The Project Gutenberg EBook of De varios colores, by Juan Valera

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Title: De varios colores

Author: Juan Valera

Release Date: January 16, 2010 [EBook #30986]

Language: Spanish

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JUAN VALERA

DE VARIOS COLORES

       BREVES HISTORIAS.
   GARUDA O LA CIGEA BLANCA.
   EL CAUTIVO DE DOA MENCA.
     EL MAESTRO RAIMUNDICO.
       CUENTOS JAPONESES.
        UN DRAMA TRGICO.

MADRID

LIBRERA DE FERNANDO F Carrera de San Jernimo, 2

1898

*       *       *       *       *

              PRLOGO
       EL CABALLERO DEL AZOR
      LOS CORDOBESES EN CRETA
        EL DOBLE SACRIFICIO
    LOS TELEFONEMAS DE MANOLITA
          EL DUENDE-BESO
         EL LTIMO PECADO
   EL SAN VICENTE FERRER DE TALLA
     GARUDA O LA CIGEA BLANCA
     EL CAUTIVO DE DOA MENCA
      EL MAESTRO RAIMUNDICO
      DOS CUENTOS JAPONESES
      EL ESPEJO DE MATSUYAMA
     EL PESCADORCITO URASHIMA
     ESTRAGOS DE AMOR Y CELOS

*       *       *       *       *




PRLOGO


Dos son los principales motivos que me llevan a escribir algunas
palabras al frente de esta coleccin de cuentos que doy al pblico
ahora.

No todas las flores son frescas y bonitas; tambin las hay mustias y
feas. No se me culpe, pues, de presumido, si valindome de una figura
retrica llamo flores de mi pobre y agostado ingenio a los cuentos que
siguen. Y suponiendo ya que son flores, aadir que carecen de relacin
entre s y que yo las reno caprichosamente para formar con ellas un
ramillete o manojo. Sea este breve prlogo la cinta o el lazo que las
ate, para que cada una de las flores no se vaya por su lado.

No soy yo quien debe elogiarlas. El benigno lector decidir si valen
algo o si nada valen. Yo dir slo para procurarme la indulgencia hasta
de los ms severos, que mi propsito al escribir y al reunir los cuentos
es tan modesto como inocente. No me propongo ensear nada, ni moralizar,
ni probar tesis, ni resolver problemas, ni censurar vicios y costumbres.
Lo nico que me propuse al escribir los tales cuentos es distraerme o
divertirme en el casi forzoso retiro a que mi vejez y mis achaques me
condenan.

No he de negar yo que me he divertido escribiendo los cuentos, pero me
guardo bien de inferir de ah y de dar por seguro que se divertir
tambin quien los lea. Los cuentos, sin embargo, no aspiran ms que a
divertir. Si no divierten, la crtica no puede ni debe ir ms all que
hasta el extremo de calificarlos de fastidiosos, y en cambio, si
divierten o entretienen algo, su fin y su objeto estn cumplidos. No son
ni quiero yo que sean sino una obra de mero pasatiempo, con cuya
lectura, sin la menor ofensa de Dios ni del prjimo, logren los
desocupados entretenerse durante algunas horas. Los que quieran aprender
algo, de sobra tienen libros a que acudir. Para saber de religin lean
los _Nombres de Cristo_, para saber de moral, lean la _Gua de
pecadores_, y para saber de filosofa, la que est publicando el Padre
Urraburu en muchos y muy gruesos tomos.

Este librejo no pretende tampoco conmover hondamente el corazn de los
lectores. La musa que me le ha inspirado (suponiendo tambin que ha
habido musa) no ha sido melanclica, ni trgica, sino regocijada y
alegre, segn convena para consolarme de mis penas reales y no para
agravar su peso con otras penas imaginarias. Por lo dems, yo creo y
siempre he credo que toda produccin artstica o literaria implica buen
humor y no desabrimiento ni aflicciones. Hasta cuando un poeta o un
novelista toma por asunto los sucesos ms lastimosos, importa que la
lstima y el pesar se hayan disipado ya casi del todo, a fin de que el
asunto, que estaba en el sujeto y que atormentaba al sujeto, salga fuera
de l, y l le contemple serenamente y sea el objeto o la primera
materia con que l compone o construye su obra, cincelndola y
pulindola.

Cada cual tiene su modo de hacer las cosas. Yo no he de dar reglas ni he
de disputar sobre esto. Dir slo que no comprendo al que embargado de
un profundo dolor se pone a cantar o a escribir sobre el dolor que le
embarga. La muerte de un ser querido, las desventuras de la patria, las
tremendas luchas y los espantosos infortunios que suelen afligir al
linaje humano, todo esto, cuando llega a convertirse en materia para
nuestras creaciones literarias es cuando ya menos nos duele, porque si
nos doliera, no escribiramos, sino trataramos de remediar el mal por
medios prcticos, o le lloraramos, informe e inefablemente y sin
literatura, si no acertsemos a remediarle.

Acaso parezca sofisma; pero, si no lo fuese, y si no temiese yo hacerme
pesado, llegara a demostrar por este camino que a fuerza de ser
sentimental cuando no escribo, soy poco sentimental en lo que escribo.
No gusto de afligirme ni de llorar, ni gusto de afligir ni de hacer
llorar a los otros. El que busque, pues, emociones terribles y profundas
que no lea ni compre este librejo. Si yo logro que el librejo no aburra,
cmprele y lale el que anhele deshechar u olvidar las terribles y
profundas emociones, por virtud de otras superficiales, amenas y gratas.






EL CABALLERO DEL AZOR



I


Har ya mucho ms de rail afios, habla en lo ms esquivo y fragoso de
los Pirineos una esplndida abada de benedictinos. El abad Eulogio
pasaba por un prodigio de virtud y de ciencia.

Las cosas del mundo andaban muy mal en aquella edad. Tremenda barbarie
haba invadido casi todas las regiones de Europa. Por donde quiera
luchas feroces, robos y matanzas. Casi toda Espaa estaba sujeta a la
ley de Mahoma, salvo dos o tres Estadillos nacientes, donde entre breas
y riscos se guarecan los cristianos.

En medio de aquel diluvio de males, pudiera compararse la abada de que
hablamos al arca santa en que se custodiaban el saber y las buenas
costumbres y en que la humana cultura poda salvarse del universal
estrago. Gran fe tenan los monjes en sus rezos y en la misericordia de
Dios, pero no desdeaban la mundana prudencia. Y a fin de poder
defenderse de las invasiones de bandidos, de barones poderosos y
desalmados o de infieles muslimes, haban fortificado la abada como
casi inexpugnable castillo roquero, y mantenan a su servicio centenares
de hombres de armas de los ms vigorosos, probados y hbiles para la
guerra.

La abada era muy rica y famosa: rica por los fertilsimos valles que en
sus contornos los monjes haban desmontado, cultivndolos con esmero y
recogiendo en ellos abundantes cosechas; y famosa, porque era como casa
de educacin, donde muchos mozos de toda Francia y de la Espaa que
permaneca cristiana acudan a instruirse en armas y en letras. Entre
los monjes haba sabios filsofos y telogos y no pocos que haban
militado con gloria en sus mocedades antes de retirarse del mundo. Estos
enseaban indistintamente las artes de la paz y de la guerra; cuanto a
la sazn se saba. Y luego, segn la ndole de cada educando, los
pacficos y humildes se hacan sacerdotes o monjes, y los belicosos y
aficionados a la vida activa salan de all para ser guerreros y aun
grandes capitanes.

Cincuenta novicios haba en la abada de continuo. Y todos, salvo en las
horas consagradas a ejercicios caballerescos, vestan el hbito de la
orden.

En una tarde de abril, terminadas las vsperas, salieron los novicios
del coro, donde haban estado entonando salmos, y fueron, segn
costumbre, a pasar dos horas de recreo jugando en un gran patio.

Haba un novicio de origen obscuro, lo cual se contrapona a la alta
nobleza de que se jactaba con razn la mayora de los otros. Este
novicio era espaol.

Seis aos haca que haba venido a refugiarse en el convento sin saber
de dnde. El caritativo abad le dio asilo, y l, con su humildad
profunda, con su aplicacin constante, con la rara inteligencia que
despleg en el estudio y con la robustez y agilidad que mostr en todos
los ejercicios corporales, se gan la voluntad de aquel venerable siervo
de Dios, que le amaba como a un hijo y que candorosamente le admiraba.
De aqu la envidia que le tenan los otros novicios y especialmente los
franceses. Tratbanle con desdn, le hacan mil burlas y hasta le
dirigan improperios, que l sufra con resignacin evanglica. Por esto
le llamaban Plcido.

En aquella ocasin la envidia de los otros novicios haba llegado a su
colmo. Plcido acababa de alcanzar brillante triunfo. Haba compuesto un
devoto e inspirado himno latino a la Santsima Virgen Mara, tan lleno
de bellezas y tan rico de amor mstico, que, entusiasmados los monjes,
le haban cantado en el coro, dando al joven poeta mil alabanzas y
bendiciones.

Sus malos compaeros, deseosos de humillarle, y tal vez fiados en que
Plcido era pacfico y sufrido, se encararon con l, aunque l se
apartaba de ellos con mansedumbre y modestia, y llegaron dos de los ms
insolentes al ltimo extremo de la injuria. Recordando la obscuridad de
su origen, se la echaron en rostro y calificaron a su madre de la ms
infame manera.

El cordero se convirti entonces de repente en bravo len. Por dicha, no
tena armas, pero le valieron los puos. Con certero y fuerte golpe
derrib por tierra, maltrecho y con la boca ensangrentada, al primero
que le haba ofendido. Despus sigui peleando l solo contra otros tres
o cuatro, apoyado contra el muro y acosado por ellos.

Fue todo tan rpido, que nadie haba acudido a interponerse y a
restablecer la paz, cuando otro de los novicios, de nobilsima alcurnia
francesa, intervino en la contienda, diciendo:

--Es cobarda que vayis tantos contra l; apartos; dejdmele a mi
solo; yo le castigar como merece.

Fue tan imperiosa la voz, fue tan imponente el ademn de aquel muchacho,
que se apartaron todos, formando ancho cerco en torno suyo.

Cay entonces el francs sobre Plcido, el cual par los golpes que le
asestaba, sin recibir ninguno, y le ci con fuerza terrible en sus
nervudos brazos.

Pasmosa fue la lucha. Firmes se mantenan ambos. Ninguno cejaba ni caa.
Hubieran semejado dos estatuas de bronce, si no se hubiera sentido el
resoplido de la fatigada respiracin de los combatientes y si no se
hubiera visto correr abundante sudor por sus encendidas mejillas.

Quin sabe cmo hubiera terminado aquel combate! Mal hubiera terminado,
sin duda, si no llega precipitadamente el abad y logra al punto
separarlos.

Despus de censurar con breves y enrgicas palabras la accin de todos,
orden a Plcido que le siguiese, y le llev a su celda.


II

--En balde he esperado, hijo mo, hacer de ti un dechado de santidad y
de paciencia, para que con el tiempo llegases a ser mi sucesor en el
gobierno de esta abada. S todo lo ocurrido y no me atrevo a culparte.
La afrenta que te han hecho era difcil, era casi imposible de tolerar.
Est visto, Dios no te quiere para la vida contemplativa. Imposible es
adems que permanezcas ya ni una hora en esta santa casa, donde has
promovido un escndalo feroz, aunque disculpable. Por otra parte, el
mozo con quien luchabas es poderossimo por su nacimiento y riqueza y t
no puedes seguir viviendo donde l est. No me queda ms recurso que el
de obligarte a salir inmediatamente de la abada. Pero no saldrs
desvalido y sin prendas de mi afecto hacia ti. La abada es rica, el
abad tambin lo es, y en nada mejor puede emplear su dinero. Toma esta
bolsa llena de oro; Hugo, el capitn de los arqueros, tiene orden ma
para entregarte enjaezado el mejor de los corceles que hay en nuestras
caballerizas. Corre, revstete a escape de tus armas, monta a caballo y
vete.

Vertiendo muchas lgrimas de gratitud y besndole respetuosamente las
manos, Plcido se despidi del abad y ste le abraz y le bendijo.

Dos horas despus cabalgaba Plcido, solo y armado, por medio de un
pinar espeso y por senda apenas trillada, que iba serpenteando junto a
la orilla de un arroyo, entre cerros altsimos.


III

Lleg la noche medrosa y sombra. En aquella soledad asaltaron a Plcido
mil ideas tristes. Los recuerdos de la niez surgieron en su mente con
claridad extraa.

Record que, seis aos haca, le haban arrojado de otro asilo con
severidad y dureza harto diferentes. Desde muy nio, desde el albor de
su vida, de que no tena sino muy confusas memorias, se haba criado en
el castillo del terrible D. Fruela, poderoso magnate de la montaa. El
castillo estaba en una altura muy cerca de la costa. Desde all, ora
sala D. Fruela con buen golpe de gente a caballo para penetrar en
tierra de moros y talar y saquear cuanto poda, ora embarcaba a sus
satlites en algunas fustas y galeras de su propiedad, e iba a piratear
o a dar caza a otros ms crueles piratas que infestaban aquellos mares
e invadan y asolaban a menudo las costas de Espaa: eran los idlatras
normandos de Noruega y de la ltima Tule.

Plcido, recogido por caridad en el castillo, e hijo de padres
desconocidos, haba sido criado con amor por doa Aldonza, la mujer de
don Fruela. Hasta la edad de ocho aos, vivi Plcido en fraternal
familiaridad con Elvira, la hija de doa Aldonza, que era de edad poco
menor que l. Juntos jugaban los nios, y juntos aprendieron a leer y la
doctrina cristiana.

Plcido y Elvira sintieron que sus almas se haban unido con el lazo del
cario ms inocente.

Algo hubo de recelar o de prever D. Fruela, y orden a su mujer que
alejase al expsito del trato y de la convivencia de su hija.

Sumisa doa Aldonza, cumpli las rdenes de su marido; pero no hasta el
extremo de evitar por completo que el pajecillo y la nia se viesen y se
hablasen.

La menor frecuencia en el trato produjo un efecto contrario al que D.
Fruela deseaba. En las mentes candorosas de l y de ella se troc en
adoracin el afecto, y se ilumin y hermose con las galas y el
esplendor de los sueos la imagen de la persona querida.

As llegaron ambos a cumplir catorce aos. En un da en que salieron de
caza con D. Fruela, el caballo de Elvira corri desbocado y fue a
perderse en la espesura de un bosque. Plcido la sigui para salvarla, y
acert a llegar cuando el caballo que ella montaba tropez y cay,
derribndola por el suelo. Elvira, por fortuna, no se hizo el menor
dao. Plcido se ape con ligereza, acudi en su auxilio y la levant en
sus brazos.

Instintivamente, sin saber qu hacan, cediendo ambos a un impulso
irreflexivo, tal vez movidos por los invisibles genios y espritus de la
selva, acercaron sus rostros y se dieron un beso. Plcido se crey por
breves instantes transportado al paraso; pero la realidad ms cruel
hubo de mostrarle en seguida que estaba en la dura y spera tierra. Una
lluvia de infamantes latigazos cay sobre sus espaldas. D. Fruela le
haba sorprendido, le castigaba y le afrentaba furioso. La jaura de sus
podencos y lebreles y sus monteros se acercaban ya. Afrentado el mozo,
aunque en edad tan tierna, no reflexion en el peligro ni en lo desigual
de la lucha, y venablo en mano se lanz contra D. Fruela para matarle.
Elvira se interpuso, dispuesta a recibir las heridas y salvar a su
padre. Plcido dej caer al suelo el venablo. La humillacin le hizo
verter amargas lgrimas.

El feroz D. Fruela, lejos de apiadarse, le azuz los perros para que le
devoraran, y orden a los monteros que disparasen contra l sus agudas
flechas.

--Slvate, Plcido, slvate!--dijo entonces Elvira.--Si no huyes, mi
cuerpo te servir de escudo y me matarn antes de que te maten.

Plcido conoci entonces lo peligroso, lo imposible de la defensa. Temi
ms por la vida de ella que por la suya. Era gil y ligero como un
gamo; conoca los ms intrincados sitios y las ms extraviadas sendas
del bosque, y pronto desapareci como por encanto, no sin exclamar antes
con su voz de nio, que se contrapona a la firmeza del tono:

--Ser padre de ella te ha salvado de la muerte. Ahora huyo, pero tal vez
un da vuelva a buscarte y a exigirte su mano como sola satisfaccin de
mi afrenta.

Refugiado Plcido en la abada, no olvid la afrenta jams, pero guard
oculto su recuerdo en el lastimado centro del alma. El horror que le
causaba volver de nuevo contra el padre de Elvira, la humildad y la
resignacin y otros sentimientos religiosos inclinaron su espritu y le
excitaron a desistir de vengarse. Y como afrentado y sin venganza no
quera vivir en el mundo, se decidi a hacer la vida del claustro. Hasta
el da en que el insulto hecho a su madre despert en l de nuevo la
ingnita fiereza, fue el ms paciente y dulce de los cenobitas. Lanzado
ya al mundo de nuevo, con veinte aos de edad, con aliento y bro y con
caballo y armas, dnde haba de ir Plcido sino al castillo de D.
Fruela a pedirle estrecha cuenta de todo?


IV

Sin detenerse sino para tomar el indispensable descanso, lleg Plcido a
la morada donde haba pasado la niez. Confiado en Dios, en su derecho
y en su valenta, sin arredrarse, se acerc a la puerta del castillo.

Todo estaba mudado. En torno, soledad y silencio. Aunque era medio da,
Plcido no vio ni hombres de armas ni campesinos. El puente levadizo,
tendido sobre el foso, dejaba franca la entrada. El escudo de piedra
berroquea, que haba sobre la puerta principal, estaba cubierto de
negro pao de luto.

Pronto, por un anciano criado, nica persona que hall y que al
desmontar le tuvo el estribo, se enter de la inmensa desventura que
abrumaba a aquella familia. D. Fruela, acusado de alta traicin, estaba
en Oviedo y deba ser condenado a muerte. Su acusador era D. Raimundo,
mayordomo de Palacio. Tres caballeros de la casa de D. Raimundo estaban
prontos a sostener la acusacin en palenque abierto contra los
defensores de D. Fruela, el cual haba apelado al Juicio de Dios. Pero
D. Raimundo era tan poderoso y temido, y por su inaudita soberbia era D.
Fruela tan odiado, que nadie acuda a defenderle. Slo faltaban tres
das para expirar el plazo. No bien Plcido supo todo esto, el rencor
antiguo se convirti en lstima en su alma generosa, y resolvi ser el
campen de quien tan rudamente le haba ofendido, probad su inocencia y
librarle de la muerte. En el castillo no haba nadie, sino el anciano
servidor. Doa Aldonza y Elvira haban ido a Oviedo a echarse a los pies
del rey y pedirle el perdn, si bien con poqusima esperanza, por ser
muy justiciero el soberano. De todos modos, la honra de la familia
quedara manchada.

Sin demora se dispuso Plcido a salir para Oviedo, pero antes el anciano
servidor le refiri y encareci lo mucho que doa Aldonza y Elvira
haban pensado en l durante su ausencia, y le dijo que haban dejado
para l un presente a fin de que le recibiese y se le llevase si por
dicha apareca por el castillo.

El anciano fue por el presente y se le entreg a Plcido. Era una fuerte
rodela, en cuya plancha de acero figuraba en esmalte, sobre campo de
gules, un azor, cubierta la cabeza por el capirote y asido por la
pihuela a una blanca mano que pareca de mujer.

--T tienes en el hombro derecho--dijo el anciano--grabado con indeleble
marca, un azor semejante al del escudo. Por l sers un da reconocido y
se sabr quines son tus padres. Entre tanto mi seora y su hija te
declaran y apellidan Caballero del Azor, y te dan en testimonio de ello
esa prenda. Concdate Dios, Caballero del Azor, la buena ventura en
lides y amores que ellas y yo te deseamos.


V

A los tres das, pocas horas antes de expirar el plazo, despus de
reposar en Oviedo y de aprestarse para el combate, sonaron las
trompetas y entr en el palenque el Caballero del Azor, con la visera
calada y la lanza en la cuja.

En alta y sonora voz proclam la inocencia de D. Fruela, llam
calumniadores a los que le acusaban, y ret a los tres, o sucesivamente
o juntos contra l solo. Los campeones de D. Raimundo fueron
sucesivamente apareciendo. Los combates fueron muy cortos.

El Caballero del Azor, con pasmosa destreza y bizarra, logr que en
menos de media hora los tres mordiesen el polvo, muy mal herido uno de
ellos.

El gento que rodeaba el palenque rompi en estrepitosas aclamaciones y
vtores. El Caballero del Azor fue llevado en triunfo a palacio e
introducido en la regia cmara.

El rey, informado de todo el suceso, ansiaba verle, y ms lo ansiaba an
su noble y desventurada hermana, la infanta doa Ximena, que estaba con
el rey en aquel momento.

--Caballero del Azor--dijo la infanta antes de que el rey hablase--por
qu llevas un azor esmaltado en la rodela?

--Alta seora--contest Plcido--porque le tengo tambin estampado en el
hombro derecho, como indeleble marca.

Doa Ximena puso entonces los ojos con carioso ahnco en el rostro
hermossimo de Plcido, e imagin que vea al Conde de Saldaa, como
estaba en su muy lozana juventud, veinte aos haca.

Ya no pudo contenerse doa Ximena; se acerc al joven, le estrech en
sus brazos y le cubri el rostro de besos, exclamando:

--Hijo mo, hijo mo!

El rey depuso su severidad, y dirigindose al joven, le estrech tambin
en sus brazos, y le dijo:

--Yo te reconozco; eres mi sobrino Bernardo; te hago merced de la Casa
Fuerte y seoro del Carpio. Como Bernardo del Carpio sers en adelante
conocido y famoso en todos los pases y en todas las edades. Perdonado
tu padre, saldr de la prisin y ser el legtimo esposo de mi hermana.

En efecto; el rey cumpli su promesa. El Conde de Saldaa sali del
castillo de Luna donde estaba encerrado. Se ase y se atavi con esmero,
de suerte que todava tena buen ver, a pesar de su prolongado martirio.

Durante cinco das consecutivos hubo magnficas fiestas en Oviedo. Las
bodas de Bernardo del Carpio y de Elvira se celebraron al mismo tiempo
que las del Conde de Saldaa y doa Ximena.

Pocos das despus pudo averiguarse que don Raimundo, el mayordomo de
Palacio, haba sido quien rob al nio Bernardo y quien le mand matar,
furioso como desdeado pretendiente que fue de doa Ximena. Los
sicarios, encargados de matar al nio, haban tenido piedad de l y le
haban expuesto a la puerta del castillo de D. Fruela. Por esta y por
otras muchas maldades que se descubrieron, se comprendi que don
Raimundo era un monstruo abominable, por lo cual el rey pudo ejercer
provechosamente su justicia mandndole ahorcar, como le ahorcaron con
general regocijo de los ciudadanos de Oviedo, porque D. Raimundo era muy
aborrecido y porque en aquella edad tan ruda la filantropa no era cosa
mayor y no infunda repugnancia la pena de muerte.

Slo queda por decir que Bernardo fue felicsimo con su Elvira y que
vivieron siempre muy enamorados ella de l y l de ella.

Por los antiguos romances y por la historia se sabe que aquella lucha a
brazo partido, que interrumpi el abad en el convento de los Pirineos,
se reanud ms tarde no lejos de all, y termin gloriosamente para
Bernardo, muriendo ahogado entre sus brazos hercleos el paladn D.
Roldn, pues no era otro quien haba luchado con l, cuando los dos eran
novicios.

Y aqu terminan los sucesos de la mocedad de Bernardo del Carpio,
ignorados hasta hace poco, y recientemente descubiertos en ciertos
vetustos e inditos Anales de la orden de San Benito, escritos en latn
brbaro en el siglo X y conservados en el monasterio de la Cava, cerca
de Npoles.




LOS CORDOBESES EN CRETA

NOVELA HISTRICA A GALOPE


SR. D. MIGUEL MOYA.

Mi distinguido amigo: Para _El Liberal_ del domingo prximo me pide
usted amablemente que escriba yo algo sobre las cosas que en las
antiguas edades pasaron en la isla de Creta. Grande es mi deseo de
complacer a usted, pero tropiezo con dos dificultades. En breves
palabras y cindome a lo consignado por mitlogos e historiadores, qu
podr yo decir que tenga alguna novedad, que no sea un extracto de lo
que ellos dijeron, y que no est mejor dicho en cualquier Diccionario
enciclopdico? Y si acudo a mi imaginacin y aado con ella algo a lo ya
sabido, no tendr consistencia ni se entender lo que yo aada, si lo ya
sabido no se pone por base, lo cual no es posible que quepa en una o dos
columnas del apreciable peridico que usted dirige. De aqu que ni de
una suerte ni de otra pueda yo escribir con acierto para el fin que
usted quiere. No es esto, sin embargo, lo que ms me aflige. Lo que ms
me aflige es que, desde hace muchsimos aos, desde antes que hubiese
pensado yo en escribir novelas de costumbres del da, se me haba
ocurrido escribir una novela histrica sobre Creta, y hasta haba
forjado el plan, aunque confusa y vagamente. Hubiera sido mi novela un
pasmoso tejido de extraordinarias aventuras, con un fundamento real del
que la historia da testimonio, aunque conciso. Mi deseo de escribir esta
novela no se ha disipado nunca. Lo que se ha disipado es mi esperanza.
Para escribirla como yo me la figuraba era menester reunir y formar un
inmenso aparato de erudicin, y para esto me falt siempre la paciencia.
Hoy, por mi desgracia, adems de la paciencia, me falta la vista. No
puedo consultar la multitud de librotes, antiguos y modernos, y escritos
en diferentes lenguas, de donde sacara yo el color _local_ y _temporal_
que mi proyectada obra requiere. La obra, pues, tiene que quedarse en
proyecto. Y ya que en proyecto se queda, para libertarme de su obsesin
y para probarle a usted que si no puedo, quiero darle gusto, voy a poner
aqu el proyecto en muy breve resumen.

       *       *       *       *       *

En el reinado de Alhakem I, por los aos 218 de la Egira, haba en
Crdoba un rico mercader llamado Abu Hafz el Goleith, natural del
cercano lugar de Fohs Albolut. En su bazar, situado en una de las calles
ms cntricas, se vean reunidos los ms preciosos objetos de la
industria humana, as de lo que en nuestra Pennsula se produca como de
lo trado de remotas regiones; de Bagdad, de Damasco, de Bocara, de
Samarcanda, de la Persia, de la India y del apenas conocido inmenso
imperio del Catay. Abu Hafz tena naves propias, que iban a los puertos
de Levante a proveerse de mercancas.

En una tarde de primavera entr en el bazar de Abu Hafz una dama
tapada, acompaada de su sirvienta. Aunque l no le vio la cara, admir
la gracia y gallarda de su andar, la esbeltez y elegancia de su talle,
cierto inefable prestigio seductor que como nimbo luminoso la
circundaba, y la aristocrtica belleza de sus blancas, lindas y bien
cuidadas manos.

La dama quiso ver cuanto de ms rico en el bazar haba. Abu Hafz, lleno
de complacencia, fue ofreciendo ante sus ojos, y poniendo sobre el
mostrador, mil extraos primores en joyas y en telas. Ella no se saciaba
de mirarlas. Era muy curiosa. El mercader le dijo:

--An no te he mostrado, sultana, lo ms esplndido y peregrino que mi
tienda atesora.

--Y para qu lo escondes y no me lo muestras?--dijo ella.

--Porque soy interesado y no quiero trabajar en balde. Mustrame t la
cara y yo en pago te ensear mis mejores riquezas.

La dama no se hizo mucho de rogar. Apart el rebozo, y dej ver el ms
bello y agraciado semblante que el mercader haba podido ver o soar en
toda su vida. Agradecido y entusiasmado, trajo entonces perlas de Ormz,
diamantes de Golconda y tejidos de seda, venidos del Catay y bordados
con tal esmero y maestra, que no pareca labor de seres humanos sino de
hadas y de genios.

De la mejor y ms estupenda de aquellas telas bordadas se prend la dama
incgnita, quiso comprarla, y pidi el precio.

--Es tan cara--dijo el mercader--que acaso no quieras o no puedas
pagarla; pero si tienes buena voluntad, la tela te saldr baratsima.

--Acaba. Di lo que me costar la tela.

--Pues un beso de tu boca--replic el mercader.

Enojada la dama de aquella irrespetuosa osada, se cubri el rostro,
volvi las espaldas a Abu Hafz y sali del bazar seguida de su sierva.

Quiso el mercader seguirla para averiguar dnde moraba y quin era; pero
la dama haba desaparecido en el laberinto de las estrechas calles.

Pintara luego la novela el furioso enamoramiento de Abu Hafz y su
desesperacin durante cinco o seis das, a pesar de mil cuidados y
misteriosos asuntos que le preocupaban y ocupaban.

Al cabo la sierva viene al bazar y le dice que su seora no puede dormir
ni sosegar, pensando siempre en la tela y anhelando poseerla; que cede,
por lo tanto, y que al da siguiente, al anochecer, vendr al bazar con
mucho recato y dar por la tela el precio que se le pide.

La dama acude en efecto a la cita. El mercader averigua entonces que
ella est en el harn del sultn, de donde ha salido a hurtadillas,
mientras el sultn est en la sierra cazando jabales. Ella se llama
Glfira. Es natural de una pequea aldea situada en la falda del monte
Ida. Aunque su familia era pobre, presuma de alta y antigua nobleza. Su
estirpe se remontaba a las edades mticas. Contaba entre sus antepasados
curetes y dctilos ideos, de los que tejiendo danzas guerreras al son de
los clarines y al estruendo de sus broqueles heridos por el pomo de las
espadas, rodearon a Zeus, cuando nio, e impidieron que Cronos le oyera
y le devorara.

En su agreste retiro, la familia de Glfira se haba resistido a hacerse
cristiana y guardaba vivos y frescos, por tradicin, los recuerdos del
paganismo. Hasta se jactaba de poseer virtudes mgicas y prendas
sobrenaturales, adquiridas por iniciacin en venerandos y primitivos
misterios. Afirmaba Glfira que uno de sus progenitores haba sido
Epimnides, sabio, legislador, poeta y profeta, diestro en el arte de
suspender la vida, permaneciendo aletargado en profundas cavernas, para
conocer por experiencia el sesgo y tortuoso curso que llevan al travs
de los siglos los sucesos humanos.

Glfira haba perdido el secreto de las artes mgicas, pero tena no
pocas habilidades. Cantaba o recitaba mil antiguas leyendas en verso de
las edades divinas, de hroes y semidioses: de la venida de Europa a su
isla, del furor amoroso de Pasifae y del triunfo y de la perfidia de
Teseo. Y bailaba an, segn ella aseguraba, la misma ingeniosa danza que
Ddalo compuso para la princesa Ariadna de las trenzas de oro.

Acusado de hechicero y de gentil, y huyendo de la intolerante
persecucin religiosa, el padre de Glfira sali de Creta con su hija.
Anduvo errante por varios pases y al fin muri dejndola abandonada.
Vagando como Io, Glfira lleg a Hesperia, sin Argos que la vigilase,
pero tambin sin tbano o estro que la picase. No tena ms estro que su
voluntad ambiciosa.

Alhakem, encantado y seducido por su talento y por su hermosura, la
haba hospedado en su alczar. Ella soaba con ser la favorita y la
reina en el imperio de los Omniadas.

El irresistible capricho de poseer la tela y cierto anhelo casi
inconsciente, que le haba infundido el joven mercader, atrajeron a
Glfira y la impulsaron a dar el precio que se le peda.

Llama ms ardiente y ms dominadora encendi el beso en el corazn de
Abu Hafz en vez de aquietarle. El era atrevido y capaz de arriesgarlo y
de aventurarlo todo, confiado en la pujanza de su nimo y juzgndose con
bros para allanar montes de dificultades. Resolvi, pues, guardar a
Glfira en su casa como prenda suya, sin soltar la esclava para que no
descubriese el secuestro.

Al saber la determinacin de Abu Hafz, Glfira se enfurece: dice que la
que espera ser reina de Hesperia, de las islas adyacentes y de parte del
Magreb, no puede resignarse a ser esposa o amiga de un mercader
cualquiera, de un plebeyo renegado de la vencida y dominada raza
espaola. Considera adems delirio lo que Abu Hafz pretende. Pronto
llegara a saberlo el sultn y tomara cruda venganza. En su rabia,
Glfira insulta a Abu Hafz y quiere matarle con un pualito que lleva
en la cintura. El la desarma y le paga su beso y sus insultos con un
beso de vampiro. Se le ha dado en el blanco cuello; y a la luz de una
lmpara, en un espejo de acero bruido, hace que ella mire la huella que
en su cuello ha dejado.

--Es el sello--le dice--de que eres mi esclava.

Glfira tena un crculo amoratado de la extensin de un _dirhem_.

--Ms de un ao--dijo Abu Hafz--tardar en borrarse ese signo. Cmo
has de atreverte a volver con l a la presencia de tu antiguo amo? Ya
eres ma; pero antes de que se borre la marca con que te he sellado,
conquistar un trono y sers reina conmigo.

       *       *       *       *       *

Haca poco que Alhakem haba hecho jurar a su hijo Abderahman como
_Vali-alahdi_ o sucesor en el imperio. El hijo cuidaba de todo,
mientras que el padre se entregaba a los placeres y slo intervena en
el gobierno cuando le agitaban sus dos ms tremendas pasiones: la ira y
la codicia. El pueblo gema agobiado por enormes tributos y vejado y
humillado por la guardia personal del prncipe, compuesta de mercenarios
eslavos, de eunucos negros y de tres mil muzrabes andaluces. Una
reyerta entre gente del pueblo y varios cobradores de tributos,
sostenidos por hombres de la guardia del rey, promovi un motn que fue
sofocado mientras que Alhakem estaba de caza. Volvi de ella, y
dejndose llevar de su crueldad, dispuso que crucificasen a los diez
principales promovedores del motn.

Tiempo haca que se conspiraba contra Alhakem. El horroroso espectculo
de los diez ajusticiados excit la compasin y el furor del pueblo. La
conjuracin estall prematuramente. La rebelin fue vigorosa. Casi todos
los mulades o renegados espaoles tomaron parte en ella. Abu Hafz los
diriga y capitaneaba. Esto fue al da siguiente del secuestro de
Glfira. La guardia del rey y los dems armados de la guarnicin fueron
dos o tres veces vencidos y rechazados, teniendo que refugiarse en el
alczar. La muchedumbre le sitiaba y se aprestaba a dar el asalto,
Alhakem recel que aquello iba a ser el fin de su reinado y de su vida.
Llam a su paje favorito, le hizo verter sobre su cabeza y sus barbas un
pomo de olorosas esencias, para que por su fragancia se le reconociese
entre los muertos, y sali a morir o a vencer a los rebeldes.

Por orden de Alhakem vade el Guadalquivir un buen golpe de sus
guerreros, fue a caer sobre el arrabal de los mulades, que estaba del
otro lado del ro, y le entreg al saqueo y a un voraz incendio. Los
mulades vieron las llamas y el humo; pensaron que ardan sus casas y
tal vez sus mujeres y sus hijos, y abandonaron la pelea para acudir a
socorrerlos. La batalla entonces se convirti en derrota y en atroz
carnicera y matanza de los mulades, atacados por todas partes, as por
los que mandaba Alhakem como por los que, atravesando el puente, volvan
del arrabal despus de haberle incendiado.

Vencido Abu Hafz, tuvo bastante fortuna y presencia de espritu para
poder escapar con no pocos de los suyos, con lo mejor de su tesoro y
llevando a Glfira consigo. Corriendo mil peligros y venciendo mil
obstculos, lleg Abu Hafz hasta Adra. All tena diez grandes naves
suyas. Se embarc en ellas y abandon a Espaa para siempre.

Alhakem, despus de la victoria, an castig fieramente a los rebeldes.
Ms de cuatrocientas cabezas de los que haban cado vivos en sus manos
aparecieron cortadas y clavadas en sendas estacas en la orilla del
Guadalquivir. Despus quiso mostrarse clemente, porque no haba de matar
millares de personas: pero las expuls de Espaa a millares. Unas fueron
a Marruecos y poblaron un gran barrio de la ciudad de Fez. Otras
emigraron ms lejos y se establecieron en Egipto.

Abu Hafz, entre tanto, con sus naves, y con los ms valerosos entre los
forajidos, se hizo pirata.

Aqu entraba en mi plan una serie de aventuras y de incursiones en la
Provenza, en Cerdea, en las costas de Calabria y en otras comarcas.

Abu Hafz, cargado de botn y con mayor nmero de naves y de gente que
se le haba allegado, aporta a Alejandra. Merced a las discordias
civiles que all hubo entonces, logra apoderarse de aquella ciudad
magnfica y la conserva durante algn tiempo. El califa de Bagdad enva
contra l un poderoso ejrcito. Abu Hafz se defiende, y si bien
capitula y abandona la ciudad, es despus de una capitulacin honrosa y
lucrativa, recibiendo cuantiosa suma por el rescate.

Con veinte naves y con unos cuantos cientos de guerreros, Abu Hafz se
dirigi, por ltimo, a Creta. Llevaba siempre consigo a Glfira,
mantena su promesa jactanciosa de hacerla reina, y ahora esperaba
hacerla reina en su patria, mucho antes de que se le borrase el
apasionado signo de esclavitud que le haba puesto en el cuello. Creta
estaba en poder de los bizantinos cuando los forajidos andaluces
desembarcaron en sus costas.

Aqu pensaba yo lucirme describiendo las bellezas naturales de la isla,
sus antiguallas, sus famosas ciudades, como Gnosos y Gortina, los
vestigios del Laberinto donde estuvo encerrado el Minotauro, los
esquivos lugares en que los dctilos y los curetes bailaban sus danzas
guerreras en torno del futuro monarca de los hombres y de los dioses, la
sagrada caverna en que durmi su sueo secular Epimnides, y el punto en
que se embarc Ariadna con el falaz e ingrato Teseo, que luego la
abandon en Naxos, de donde la sac en triunfo el dios Ditirambo con
toda aquella comitiva estruendosa de faunos y de mnades, que tan
gallardamente nos describen los poetas.

Sera menester relatar tambin cmo los guerreros de Abu Hafz, despus
de saquear algunos lugares de la isla, quisieron abandonarla para no
tener que luchar con el ejrcito del emperador de Grecia; y como Abu
Hafz, precediendo en esto a los catalanes en Galpoli y a Hernn Corts
en Mxico, hizo incendiar las veinte naves, para que no quedase otro
recurso que vencer o morir a la gente de armas que llevaba consigo.

Pintara yo, por ltimo, la guerra sostenida contra los soldados del
imperio griego y cmo fueron vencidos.

Abu Hafz entonces se enseorea de la isla toda y pone su trono y la
capital de su dominio en una fortaleza, fundada por l y cuyo nombre fue
Candax. As borr por espacio de siglos su antiguo nombre a la isla que
vino a llamarse Canda.

Glfira fue reina, como Abu Hafz se lo haba prometido. La marca no
desapareci hasta mucho despus que Glfira haba subido al trono. Y el
hijo de Glfira y su nieto y su biznieto reinaron en Creta, porque su
dinasta dur dos o tres siglos.

Todo esto cantado aqu a escape, tal vez no tenga chiste; pero yo creo
que dndole la debida extensin e iluminndolo eruditamente con los
colores _locales_ y _temporales_ de que ya he hablado, sera
divertidsima novela, y pondra adems de realce la hazaa de los
andaluces, musulmanes entonces en vez de ser catlicos, y que fueron los
primeros en llevar a Creta el islamismo, de que ahora con tanta razn
quieren los cretenses libertarse. Dios se lo conceda y a mi la gracia de
no haber fastidiado a los lectores de _El Liberal_ con este a manera de
aborto de mi seco ingenio. Vlgame por disculpa que lo hago por
complacer a usted.




EL DOBLE SACRIFICIO

EL PADRE GUTIRREZ A DON PEPITO


_Mlaga, 4 de Abril de 1842_.

Mi querido discpulo: Mi hermana, que ha vivido ms de veinte aos en
ese lugar, vive, hace dos, en mi casa, desde que qued viuda y sin
hijos. Conserva muchas relaciones, recibe con frecuencia cartas de ah y
est al corriente de todo. Por ella s cosas que me inquietan y
apesadumbran en extremo. Cmo es posible, me digo, que un joven tan
honrado y tan temeroso de Dios, y a quien ense yo tan bien la
metafsica y la moral, cuando l acuda a or mis lecciones en el
Seminario, se conduzca ahora de un modo tan pecaminoso? Me horrorizo de
pensar en el peligro a que te expones de incurrir en los ms espantosos
pecados, de amargar la existencia de un anciano venerable, deshonrando
sus canas, y de ser ocasin, si no causa, de irremediables infortunios.
S que frenticamente enamorado de doa Juana, legtima esposa del rico
labrador D. Gregorio, la persigues con audaz imprudencia y procuras
triunfar de la virtud y de la entereza con que ella se te resiste.
Fingindote ingeniero o perito agrcola, ests ah enseando a preparar
los vinos y a enjertar las cepas en mejor vidueo; pero lo que t
enjertas es tu viciosa travesura, y lo que t preparas es la desolacin
vergonzosa de un varn excelente, cuya sola culpa es la de haberse
casado, ya viejo, con una muchacha bonita y algo coqueta. Ah, no, hijo
mo! Por amor de Dios y por tu bien, te lo ruego. Desiste de tu criminal
empresa y vulvete a Mlaga. Si en algo estimas mi cario y el buen
concepto en que siempre te tuve, y si no quieres perderlos, no desoigas
mis amonestaciones.


DE DON PEPITO AL PADRE GUTIRREZ

_Villalegre, 7 de Abril_.

Mi querido y respetado maestro: El to Paco, que lleva desde aqu vino y
aceite a esa ciudad, me acaba de entregar la carta de usted del 4, a la
que me apresuro a contestar para que usted se tranquilice y forme mejor
opinin de m. Yo no estoy enamorado de doa Juana ni la persigo como
ella se figura. Doa Juana es una mujer singular y hasta cierto punto
peligrosa, lo confieso. Har seis aos, cuando ella tena cerca de
treinta, logr casarse con el rico labrador D. Gregorio. Nadie la acusa
de infiel, pero s de que tiene embaucado a su marido, de que le manda
a zapatazos y le trae y le lleva como un zarandillo. Es ella tan
presumida y tan vana, que cree y ha hecho creer a su marido que no hay
hombre que no se enamore de ella y que no la persiga. Si he de decir la
verdad, doa Juana no es fea, pero tampoco es muy bonita; y ni por alta,
ni por baja, ni por muy delgada ni por gruesa llama la atencin de
nadie. Llama, s, la atencin por sus miradas, por sus movimientos y
porque, acaso sin darse cuenta de ello, se empea en llamarla y en
provocar a la gente. Se pone carmn en las mejillas, se echa en la
frente y en el cuello polvos de arroz, y se pinta de negro los prpados
para que resplandezcan ms sus negros ojos. Los esgrime de continuo,
como si desde ellos estuviesen los amores lanzando enherboladas flechas.
En suma; doa Juana, contra la cual nada tienen que decir las malas
lenguas, va sin querer alborotando y sacando de quicio a los mortales
del sexo fuerte, ya de paseo, ya en las tertulias, ya en la misma
iglesia. As hace fciles y abundantes conquistas. No pocos hombres,
sobre todo si son forasteros y no la conocen, se figuran lo que quieren,
se las prometen felices, y se atreven a requebrarla y hasta a hacerle
poco morales proposiciones. Ella entonces los despide con cajas
destempladas. En seguida va lamentndose jactanciosamente con todas sus
amigas de lo mucho que cunde la inmoralidad y de que ella es tan
desventurada y tiene tales atractivos, que no hay hombre que no la
requiebre, la pretenda, la acose y ponga asechanzas a su honestidad,
sin dejarla tranquila con su D. Gregorio.

La locura de doa Juana ha llegado al extremo de suponer que hasta los
que nada le dicen estn enamorados de ella. En este nmero me cuento,
por mi desgracia. El verano pasado vi y conoc a doa Juana en los baos
de Carratraca. Y como ahora estoy aqu, ella ha armado en su mente el
caramillo de que he venido persiguindola. No hallo modo de quitarle
esta ilusin, que me fastidia no poco, y no puedo ni quiero abandonar
este lugar y volver a Mlaga, porque hay un asunto para m de grande
inters, que aqu me retiene. Ya hablar de l a usted otro da. Adis
por hoy.


DEL MISMO AL MISMO

_10 de Abril_.

Mi querido y respetado maestro: Es verdad: estoy locamente enamorado;
pero ni por pienso de doa Juana. Mi novia se llama Isabelita. Es un
primor por su hermosura, discrecin, candor y buena crianza. Imposible
parece que un to tan ordinario y tan gordinfln como D. Gregorio, haya
tenido una hija tan esbelta, tan distinguida y tan guapa. La tuvo D.
Gregorio de su primera mujer. Y hoy su madrastra doa Juana la cela, la
muele, la domina y se empea en que ha de casarla con su hermano D.
Ambrosio, que es un grandsimo perdido y a quien le conviene este
casamiento, porque Isabelita est heredada de su madre, y, para lo que
suele haber en pueblos como ste, es muy buen partido. Doa Juana aplica
a D. Ambrosio, que al fin es su sangre, el criterio que con ella misma
emplea, y da por seguro que Isabelita quiere ya de amor a D. Ambrosio y
est rabiando por casarse con l. As se lo ha dicho a D. Gregorio, e
Isabelita, llena de miedo, no se atreve a contradecirla, ni menos a
declarar que gusta de m, que yo soy su novio y que he venido a este
lagar por ella.

Doa Juana anda siempre hecha un lince vigilando a Isabelita, a quien
nunca he podido hablar y a quien no me he atrevido a escribir, porque no
recibira mis cartas.

Desde Carratraca presum, no obstante, que la muchacha me quera, porque
involuntaria y candorosamente me devolva con gratitud y con amor las
tiernas y furtivas miradas que yo sola dirigirle.

Fiado slo en esto vine a este lugar con el pretexto que ya usted sabe.

Haciendo estara yo el papel de bobo, si no me hubiese deparado la
suerte un auxiliar poderossimo. Es ste la chacha Ramoncica, vieja y
lejana parienta de D. Gregorio, que vive en su casa, como ama de llaves,
que ha criado a Isabelita y la adora, y que no puede sufrir a doa
Juana, as porque maltrata y tiraniza a su nia, como porque a ella le
ha quitado el mangoneo que antes tena. Por la chacha Ramoncica, que se
ha puesto en relacin conmigo, s que Isabelita me quiere; pero que es
tan tmida y tan bien mandada, que no ser mi novia formal, ni me
escribir, ni consentir en verme, ni se allanar a hablar conmigo por
una reja, dado que pudiera hacerlo, mientras no den su consentimiento su
padre y la que tiene hoy en lugar de madre. Yo he insistido con la
chacha Ramoncica para ver si lograba que Isabelita hablase conmigo por
una reja: pero la chacha me ha explicado que esto es imposible.
Isabelita duerme en un cuarto interior, para salir del cual tendra que
pasar forzosamente por la alcoba en que duerme su madrastra, y
apoderarse adems de la llave, que su madrastra guarda despus de haber
cerrado la puerta de la alcoba.

En esta situacin me hallo, mas no desisto ni pierdo la esperanza. La
chacha Ramoncica es muy ladina y tiene grandsimo empeo en fastidiar a
doa Juana. En la chacha Ramoncica confo.


DEL MISMO AL MISMO

_15 de Abril_.

Mi querido y respetado maestro: La chacha Ramoncica es el mismo demonio,
aunque, para m, benfico y socorrido. No s cmo se las ha compuesto.
Lo cierto es que me ha proporcionado para maana, a las diez de la
noche, una cita con mi novia. La chacha me abrir la puerta y me entrar
en la casa. Ignoro a dnde se llevar a doa Juana para que no nos
sorprenda. La chacha dice que yo debo descuidar, que todo lo tiene
perfectamente arreglado y que no habr el menor percance. En su
habilidad y discrecin pongo mi confianza. Espero que la chacha no habr
imaginado nada que est mal; pero en todo caso, el fin justifica los
medios, y el fin que yo me propongo no puede ser mejor. All veremos lo
que sucede.

DEL MISMO AL MISMO

_17 de Abril_.

Mi querido y respetado maestro: Acud a la cita. La pcara de la chacha
cumpli lo prometido. Abri la puerta de la calle con mucho tiento y
entr en la casa. Llevndome de la mano me hizo subir a obscuras las
escaleras y atravesar un largo corredor y dos salas. Luego penetr
conmigo en una grande estancia que estaba iluminada por un veln de dos
mecheros, y desde la cual se descubra la espaciosa alcoba contigua. La
chacha se haba valido de una estratagema infernal. Si antes me hubiera
confiado su proyecto, jams hubiera yo consentido en realizarle.
Vamos... si no es posible que adivine usted lo que all pas. D.
Gregorio se haba quedado aquella noche a dormir en la casera, y la
perversa chacha Ramoncica, engandome, acababa de introducirme en el
cuarto de doa Juana. Qu asombro el mo cuando me encontr de manos a
boca con esta seora! Dejo de referir aqu, para no pecar de prolijo,
los lamentos y quejas de esta dama, las muestras de dolor y de enojo,
combinadas con las de piedad, al creerme vctima de un amor desesperado
por ella, y los dems extremos que hizo, y a los cuales todo atortolado
no saba yo qu responder ni cmo justificarme. Pero no fue esto lo
peor, ni se limit a tan poco la maldad de la chacha Ramoncica. A D.
Gregorio, varn pacfico, pero celoso de su honra, le escribi un
annimo revelndole que su mujer tena a las diez una cita conmigo. D.
Gregorio, aunque lo crey una calumnia, por lo mucho que confiaba en la
virtud de su esposa, acudi con D. Ambrosio para cerciorarse de todo.

Baj del caballo, entr en la casa y subi las escaleras sin hacer
ruido, seguido de su cuado. Por dicha o por providencia de la chacha,
que todo lo haba arreglado muy bien, D. Gregorio tropez en la
obscuridad con un banquillo que haban atravesado por medio y dio un
costalazo, haciendo bastante estrpito y lanzando algunos reniegos.

Pronto se levant sin haberse hecho dao y se dirigi precipitadamente
al cuarto de su mujer. All omos el estrpito y los reniegos, y los
tres, ms o menos criminales, nos llenamos de consternacin. Cielos
santos!--exclam doa Juana con voz ahogada:--Huya usted, slveme: mi
marido llega. No haba medio de salir de all sin encontrarse con D.
Gregorio, sin esconderse en la alcoba o sin refugiarse en el cuarto de
Isabelita, que estaba contiguo. La chacha Ramoncica, en aquel apuro, me
agarr de un brazo, tir de m, y me llev al cuarto de Isabelita, con
agradable sorpresa por parte ma. Hall D. Gregorio tan turbada a su
mujer, que se acrecentaron sus recelos y quiso registrarlo todo, seguido
siempre de su cuado. As llegaron ambos al cuarto de Isabelita. Esta,
la chacha Ramoncica como tercera, y yo como novio, nos pusimos
humildemente de rodillas, confesamos nuestras faltas y declaramos que
queramos remediarlo todo por medio del santo sacramento del matrimonio.
Despus de las convenientes explicaciones y de saber D. Gregorio cul es
mi familia y los bienes de fortuna que poseo, D. Gregorio, no slo ha
consentido, sino que ha dispuesto que nos casemos cuanto antes. Doa
Juana, a regaadientes, ha tenido que consentir tambin, a lo que ella
entiende para salvar su honor. Y hasta me ha quedado muy agradecida,
porque me sacrifico para salvarla. Y ms agradecida ha quedado a
Isabelita, que por el mismo motivo se sacrifica tambin, a pesar de lo
enamorada que est de D. Ambrosio.

No he de negar yo, mi querido maestro, que la tramoya de que se ha
valido la chacha Ramoncica tiene mucho de censurable; pero tiene una
ventaja grandsima. Estando yo tan enamorado de doa Juana y estando
Isabelita tan enamorada de D. Ambrosio, los cuatro correramos grave
peligro, si mi futura y yo nos quedsemos por aqu. As tenemos razn
sobrada para largarnos de este lugar, no bien nos eche la bendicin el
cura, y huir de dos tan apestosos personajes como son la madrastra de
Isabelita y su hermano.

DE DOA JUANA A DOA MICAELA,
HERMANA DEL PADRE GUTIRREZ

_4 de Mayo_.

Mi bondadosa amiga: Para desahogo de mi corazn, he de contar a usted
cuanto ha ocurrido. Siempre he sido modesta. Disto mucho de creerme
linda y seductora. Y, sin embargo, yo no s en qu consiste; sin duda,
sin quererlo yo y hasta sin sentirlo, se escapa de mis ojos un fuego
infernal que vuelve locos furiosos a los hombres. Ya dije a usted la
vehemente y criminal pasin que en Carratraca inspir a D. Pepito, y lo
mucho que ste me ha solicitado, atormentado y perseguido vinindose a
mi pueblo. Crea usted que yo no he dado a ese joven audaz motivo
bastante para el paso, o mejor dir, para el precipicio a que se arroj
hace algunas noches. De rondn, y sin decir oste ni moste, se entr en
mi casa y en mi cuarto para asaltar mi honestidad, cuando estaba mi
marido ausente. En qu peligro me he encontrado! Qu compromiso el mo
y el suyo! D. Gregorio lleg cuando menos lo preveamos. Y gracias a que
tropez en un banquillo, dio un batacazo y solt algunas de las feas
palabrotas que l suele soltar. Si no es por esto, nos sorprende. La
presencia de espritu de la chacha Ramoncica nos salv de un escndalo y
tal vez de un drama sangriento. Qu hubiera sido de mi pobre D.
Gregorio, tan grueso como est y saliendo al campo en desafo? Slo de
pensarlo se me erizan los cabellos. La chacha, por fortuna, se llev a
D. Pepito al cuarto de Isabel. As nos salv. Yo le he quedado muy
agradecida. Pero an es mayor mi gratitud hacia el apasionado D. Pepito,
que, por no comprometerme, ha fingido que era novio de Isabel, y hacia
mi propia hija poltica, que ha renunciado a su amor por D. Ambrosio y
ha dicho que era novia del joven malagueo. Ambos han consumado un doble
sacrificio para que yo no pierda mi tranquilidad ni mi crdito. Ayer se
casaron y se fueron en seguida para esa ciudad. Ojal olviden, ah,
lejos de nosotros, la pasin que mi hermano y yo les hemos inspirado.
Quiera el cielo que, ya que no se tengan un amor muy fervoroso, lo cual
no es posible cuando se ha amado con fogosidad a otras personas, se
cobren mutuamente aquel manso y tibio afecto, que es el que ms dura y
el que mejor conviene a las personas casadas. A m, entretanto, todava
no me ha pasado el susto. Y estoy tan escarmentada y recelo tanto mal de
este involuntario fuego abrasador que brota a veces de mis ojos, que me
propongo no mirar a nadie e ir siempre con la vista clavada en el suelo.

Consrvese usted bien, mi bondadosa amiga, y pdale a Dios en sus
oraciones que me devuelva el sosiego que tan espantoso lance me haba
robado.




LOS TELEFONEMAS DE MANOLITA

(DRAMA EN DOS CUADROS)

Manolita, _personaje nico_.


CUADRO PRIMERO

Saln elegante y rico. Es de noche. Lmparas y bujas encendidas. Hay
telfono. Manolita sola. Inquieta, yendo y viniendo de un extremo a
otro, haba consigo misma.

Mucho quiero a mam. No faltaba ms que yo no la quisiera. El cuarto
honrar padre y madre. Adems, harto fcil es para m cumplir este
mandamiento. No estoy resentida, sino agradecida de que me haya tenido
cerca de tres aos en el colegio. Yo estaba imposible de mimada, de
traviesa y de voluntariosa. Yo era un diablillo y necesitaba que me
metiesen en costura. Ahora, que he vuelto de nuevo a casa, soy persona
de mucho juicio. Y cmo no he de querer a mam? Me mima, me celebra, me
idolatra. Mis caprichos son ley. Mam me regala mil dijes; gasta un
dineral en mis vestidos y sombreros. Nunca rabia cuando vienen las
cuentas. Hasta le parece poco lo que paga. Y con todo, no puedo
negarlo: mam me tiene quejosa.

Buena y santa es la inocencia; s, seor; muy buena y muy santa; pero yo
acabo de cumplir diecisiete aos, y aunque apenas hace tres meses que
sal del Sagrado Corazn de Jess, no por eso ha de imaginar mam que
soy tonta y que no veo ni entiendo nada.

Algo ms de ocho aos lleva ya de viuda. Mucho cuid a mi padre en su
ltima enfermedad. Sinti su muerte y le llor muy de veras; pero, en
fin, ella no tiene en el da ms que treinta y seis aos. Parece mi
hermanita mayor. A menudo me da envidia, aunque dulce y no amarga,
porque la encuentro y noto que la encuentran por ah ms bonita que a
m. Qu extrao es que mam se haya consolado? Dios me lo perdone, si
es mal pensamiento. Sospecho que mam se consuela con el general. No la
condeno. Sea en buen hora. Es libre: bien puede hacer lo que le agrade
sin ofender a Dios. Lo que a m me ofende es la falta de confianza en
m; que mam me engae sin necesidad.

Que el general tiene cerca de cincuenta aos: que era un antiguo amigo
de pap, o mejor dicho, del pap de mi pap; y que ya no est para
amoros ni nadie puede suponer semejante cosa. Y entre tanto, tenemos
general a todo pasto. El es divertido y marrullero: pero ya me tiene
cargada. En el teatro, el general se viene a nuestro palco y est con
nosotras un entreacto y un acto entero y a veces hasta dos entreactos.
Dice una chuscada; eso s, limpia siempre y sin olorcillo de cuartel, y
mam se destornilla de risa. Mam se entusiasma en el Real con la misma
msica con que el general se entusiasma. Cuando mam re en Lara los
chistes de la Valverde, el general los re tambin; y en el Espaol no
aplaude a la Guerrerito hasta que mam la aplaude. En poltica ambos
estn siempre de acuerdo. En lo nico en que el general no conviene con
mam y le arma hasta acaloradas disputas, es cuando mam pondera la
elegancia, la discrecin y la hermosura de otras seoras. Buen tunante
est el general, pero a m no me la pega. Vamos a una tertulia y l es
la primera persona a quien veo. En la mesa de tresillo, en que mam
juega, el general ha de estar siempre jugando. Salimos en coche, y no
bien llegamos al Retiro, diviso al general, hecho un pollo, trotanto y
haciendo corbetas en su fogoso caballo ingls. A casa viene todos los
das en que mam recibe y no pocos das en que mam no recibe. Y que se
empee mam en hacerme creer que esto es amistad pura! Ya, ya. Venga
Dios y lo vea.

Yo lo hallo muy natural. Si yo no celebrara, disculpara hasta que ella
se casase. Lo que me enoja, es su falta de franqueza. Y tambin me
enoja, no ya el que no piense en m y me busque novio, que tiempo hay de
sobra y yo no tengo priesa, sino que distrada ella con su general, no
me vigile y me deje confiada al adefesio de doa Rita, que, si bien fue
su aya, tiene ms conchas que un galpago.

Por fortuna, aunque me est mal el decirlo, yo soy tan prudente que ni
el descuido de mam ni el intil amparo de doa Rita pueden
perjudicarme. Y cuenta que me he visto, desde que sal hace tres meses
al mundo, en ocasiones peligrosas.

Si mam tiene sus secretos y se los calla, yo tambin tengo el mo y me
le callo, usando de represalias. Mi secreto es un novio... y guapsimo.

Aunque novicia, no he ido a ciegas ni he hecho ningn disparate. Y eso
que me encant desde que le vi la vez primera. Qu distinguido! Qu
elegante! Qu lindo muchacho! Y qu respetuoso sin timidez ni
encogimiento! Siempre que sala yo con doa Rita, a la iglesia, de
paseo, o para ir en casa de alguna amiga, zs! indefectiblemente, como
si le evocasen, se mostraba l y casi tropezaba con nosotras. Y me
miraba con unos ojos... Vlgame el cielo, qu ojos! Pero no se atreva
a hablarme.

Jams le he visto ni en bailes, ni en tertulias, ni en teatros. Y sin
embargo, no es cursi: no hay ms que verle para conocer que no lo es.
Ser forastero; me deca yo. Y notando en l un no s qu de peregrino,
imagin que no vena de ninguna provincia, sino de tierras extraas y
tal vez remotas.

As pas ms de un mes, largo para m como un siglo, porque me
atormentaba la curiosidad de saber quin era este ser misterioso. Andaba
yo deseosa y temerosa a la vez de que l me hablase; deseosa por
hallarle tan de mi gusto, y temerosa porque si l me hubiese dirigido la
palabra sin conocerme, sin la previa y debida presentacin, hubiera
tenido yo que atribuirlo a mala crianza o a falta de respeto.

Parece providencial lo que ha ocurrido. El cielo ha premiado mi piedad y
lo mucho que quera yo a mi abuela. Era una santa. Pero, en fin, con
algunos pecadillos pudo irse al otro mundo cuando muri dos aos ha. Tal
vez an est por ellos en el Purgatorio. No sobran, pues, las misas que
se digan por su alma. Pensando de este modo, hace ocho das justos entr
en la sacrista a encomendar al Padre Gonzlez veinte misas, pagndolas
yo de mis ahorrillos. Y a quin pensarn ustedes que me encontr all?
Pues me encontr a mi perseguidor hablando familiarmente con el Padre.
Quise aguardar desde lejos a que terminase aquella pltica, y el Padre
me vio, y me dijo: Qu se le ofrece a usted, seorita doa Manuela? No
deje de hablarme ni se retraiga porque vea aqu a este caballero. El, su
madre y otros individuos de su ilustre familia, son amigos mos de toda
la vida. Permtame usted que le presente a D. Narciso Sols.

De esta suerte, el Padre Gonzlez ha tenido la culpa de que yo conozca a
Narcisito.

Despus, la verdadera culpada de que hable yo con Narcisito, de que me
ponga con l de acuerdo, y de que el _flirteo_ se convierta en noviazgo,
ha sido esa hipocritona de doa Rita. Bien hacen algunas muchachas
desenfadadas en llamar _carabinas_ a tales ayas o acompaantas: son la
carabina de Ambrosio.

Por eso he dicho y lo repito, perdneseme la inmodestia, que mi
prudencia me ha valido. Parece inverosmil que tenga yo tanto mundo y
tanta perspicacia. No, yo no me equivoco. Es persona muy digna. Por su
devocin a los santos merece la amistad del Padre Gonzlez, y por la
devocin que me tiene a m, que soy tambin una santa, merece que yo le
quiera. Qu pecado hay en esto?

Qued ayer conmigo en que hablemos por telfono, a las diez de la noche,
cuando mam no est en casa. Su nmero, el 4.500. Para impedir que,
oyendo mal y no reconociendo su voz, hable yo con otro sujeto, hemos
convenido en empezar por decirnos cuatro palabras mgicas: la primera y
la tercera, yo: l, la segunda y la cuarta. Y qu palabras tan raras!
(_Sacando un papelito_). En este papelito me las escribi con lpiz. Van
a dar las diez. Como tengo una jaqueca atroz, s, la tengo, no es todo
estratagema, no he podido acompaar a mam, que se ha ido al teatro con
la vizcondesa. (_Suenan las diez en el reloj de la chimenea_.)

Lleg la hora. Ea, miedo a un lado (_Se acerca al telfono, toca el
timbre y a poco suena la campanilla._) Central..... comunicacin con el
4.500. (_Pausa. Vuelve a sonar la campanilla_.) _Logos_..... Reconozco
su voz; dice _Theos_... _Sares_... Ha contestado _Egneto_.

--Ay, Narcisito! Qu locura! Qu picarda! Razn tendra mam de
reirme si me sorprendiese hablando por telfono con usted: con un
hombre a quien ella no conoce.--Qu desenvoltura! Qu modo de sacar
los pies del plato! Es esta la educacin que en el convento te han dado
aquellas benditas madres?--exclamara mam.--Si usted me quiere de
veras, si es usted un joven formal y como Dios manda, y si quiere usted
que nuestras relaciones continen, es indispensable que se haga usted
presentar a mam lo ms pronto posible. (_Nueva pausa. Las pausas sern
ms o menos largas, segn la contestacin que se exprese o se presuma_.)

No: lo que hemos hecho hasta ahora no puede ni debe seguir. A
hurtadillas de mam, en paseo, en la calle, haciendo cmplice a doa
Rita, no he de hablar ya con usted sino muy de tarde en tarde. Hablar
as de diario sera muy feo. Usted mismo pensara mal de m. Las gentes
que nos viesen murmuraran. Mam llegara a saberlo y regaara mucho y
con razn sobrada. (_Pausa_). Bueno, me alegro con toda el alma de que
est usted decidido a hacerse presentar cuanto antes. Eso es lo recto y
lo leal.

Qu?... No me atrevo a contestar a eso. Yo no entiendo bien esta
maquinaria. Temo que las mujeres de la Central me oigan y se ran.
(_Otra pausa_.)

Pues ya que se empea usted, ya que lo pide con tanto fervor, no hay ms
remedio. Lo dir, aunque me oigan. Repetir lo que ya le dije tres o
cuatro veces, cuando echbamos migajitas de pan a los patos y peces del
estanque del Retiro: para usted las migajitas de mi corazn, que ser
todo suyo, si con amor me paga. (_Pausa_.)

Mucha precipitacin es esa. Mam dir, si no se niega, que conviene que
antes nos tratemos; que pedirme en seguidita, de sopetn, es pualada de
pcaro...

Adulador. Con que mis ojos son los pcaros que dan las pualadas? Con
que usted es el herido? Pues yo declaro que el pcaro es usted. Si el
Padre Gonzlez hubiera sospechado siquiera lo perverso que es usted y el
mal incurable que iba a causarme, de seguro que no le presenta a su hija
de confesin, que soy yo...

All veremos si, como usted pronostica, de este mi mal incurable se dice
con toda verdad que no hay mal que por bien no venga. Adis; basta de
charla. Temo que nos sorprendan. Presntese usted a mam y venga a casa
pronto. Mam recibe dos veces a la semana.


CUADRO SEGUNDO

La misma decoracin del cuadro primero. Manolita sola, entrando en el
cuarto del telfono y cerrando al entrar. (A fin de no repetir
acotaciones, se confa en la capacidad de quien lea o recite este
soliloquio para distinguir por el sentido, cuando Manolita se dirige al
pblico como si hablase para s, y cuando se acerca al telfono y habla
por l).

Hoy estoy muy mal de salud. Estoy furiosa. Mam, sin creer en mi mal, se
larg tranquilamente a su tertulia. Como no com a la mesa, a poco de
irse mam tuve mucha hambre y vengo de cenar. Me amenazan grandes penas
y trabajos y conviene restaurar las fuerzas.

Me muero de impaciencia por hablar con Narcisito. Tengo mil cosas
tristes que decirle Cuantas novedades desde ayer a hoy! Ya es intil
que se presente a mam. Sera muy mal recibido. Pero... (_Suenan las
diez en el reloj de la chimenea_). Las diez. Voy a hablarle. (_Toca el
timbre. Suena la campanilla_). Central... comunicacin con el 4.500.
(_Nueva pausa. Vuelve a sonar la campanilla_). _Logos_... contestan
_Theos_. Estar resfriado Narcisito? Qu voz tan ronca tiene hoy!
_Sares_... Est bien. _Egneto_. Pero qu voz tan ronca!

--Me quiere usted decir, Narcisito, qu significan esas palabras
enrevesadas?...

Mentira parece que haya idiomas tan concisos y que en solo cuatro
palabras se enjareten tantas cosas. De modo que las palabras son griegas
y significan: T eres un ngel que bajaste del cielo a la tierra,
tomaste cuerpo gentil y te convertiste en Manolita.

Sospecho que usted se chancea. Cmo han de decir tanto cuatro palabras
nada ms?...

Que es parfrasis y no traduccin? Entonces ya se comprende. Pero
dejmonos de parfrasis. No estoy para ellas, ni para que me echen
piropos.

Estoy desesperada. Tan desesperada estoy, que me inclino a creer que no
he tenido que fingir la enfermedad, sino que en realidad estoy enferma.
El doctor lo ha credo y ha dejado una receta muy larga, que doa Rita
ha ledo y debe cumplir. Sern simplezas del doctor...

Ay, Dios mo! Qu burla pesada es esta? Con que no me contesta
Narcisito? Me contesta el doctor, que est con l, y dice que para ver
que l no es tan simple, lea yo su receta, que, despus de bien
estudiada, ha puesto doa Rita bajo la peana de aquel reloj de chimenea.
Veamos. (_Manolita busca, halla y lee la receta_.)

_Rcipe_: A eso de las nueve, _consomm_ con huevo fresco, _filet
mignon_, _chaud froid_ de perdices, vino del marqus de Riscal,
panecillos de Viena, una chirimoya gruesa de las que gusta tanto la
enfermita, dulces, caf y media copa de _chartreuse_ para entonar el
estmago. De sobremesa, un rato de palique con Narcisito por telfono o
ms de cerca.

Habrse visto desvergenza mayor? Esto es burlarse de m a casquillo
quitado. En el pecado llevo la penitencia. El general llama griegos a
los fulleros. Hice muy mal en fiarme de un griego desconocido. Nada ms
lgico que esta fullera y esta infame burla. (_Manolita acude al
telfono, llena de ira_.)

Narcisito, lo que est usted haciendo conmigo es una maldad. Se me acab
el amor. Aborrezco a usted.

Las circunstancias son, sin embargo, muy difciles y escabrosas y me
obligan a refrenar mi enojo y a hablar an con usted de asuntos
importantes.

Dice mam que la vizcondesa y otras muchas damas son cmplices e
instigadoras de un amor en que ella ni soaba. El general, dirigindose
a m en latn, y dicindome _tu quoque, filia_, me acusa tambin de
complicidad y de provocacin al delito. A fuerza de decir que tenan
ellos relaciones amorosas, aunque ni soaban en tenerlas, les hemos
hecho creer que ser verosmil, juicioso y gustoso el que las tengan.
Ambos han exclamado: Pues tengmoslas. En efecto; ayer se declararon y
ya las tienen. Y no queriendo que el hechizo y el deleite de tales
relaciones consistan en que se presten a la murmuracin, han resuelto,
para evitarla, casarse a escape. Vea usted por dnde, echndome mam
parte de la culpa, ha decidido darme padrastro y tirano, que, sin duda,
vendr a instalarse, dentro de poco, en esta casa...

Jess, Mara y Jos! Qu lo es este? No es Narcisito, es mam quien
me responde muy picada. Afirma que no me trae el tirano a casa, sino que
se va ella a la casa del tirano y me deja aqu sola.

(_Vuelve Manolita al telfono_.)

Oye, mam. Por Dios no me dejes sola. Perdname. Yo ser buena. Vulvete
a casa y vive conmigo, aunque me traigas tambin a tu tirano. Solo te
ruego que me dejes a m elegir el mo y que no te empees en que yo
acceda a lo que el general ayer me propona. Te lo confieso; hay un tal
Narcisito, que a pesar de que ahora se est conduciendo conmigo muy mal,
y por ello debiera yo aborrecerle, me tiene perdidamente enamorada, y no
lo puedo remediar. Imagina t, cmo he de poder yo casarme con ese
sobrino del general, estando perdidamente enamorada de otro? Ser rico,
ser buen mozo, ser conde, ser todo lo que el general quiera, aunque
yo sospecho, no s por qu, que ha de ser un seorito andaluz, nacido y
criado en un poblachn, ceceando mucho, echndola de gracioso, y ms a
propsito para brillar en las ferias, vestido de majo, y cautivar el
corazn de las gitanas y de las chulas, que para mostrarse como conviene
en los salones elegantes, inspirar amor verdadero y profundo a una
seorita bien educada y hacerla luego dichosa. Ya ves, mam, que tengo
razn para no querer a tu futuro sobrino poltico y para preferir a mi
griego. Y no me pongas la objecin de que mi griego ha de ser hereje o
cismtico. De fijo que es muy buen catlico. Si no lo fuera, no sera
tan amigo del Padre Gonzlez, que me le present en la sacrista, hace
ya ms de una semana. Oyes, mam?... Qu?... Ustedes me quieren
volver loca? Ahora es el propio Padre Gonzlez quien me contesta. Dice
que Narcisito no es griego natural y de siempre, sino trashumante y
temporero. Dice que es el primer secretario de la legacin de Espaa en
Atenas y en Constantinopla, que ha venido a Madrid con cuatro meses de
real licencia.

(_Vuelve Manolita a hablar por telfono_.)

Oiga usted, Padre Gonzlez, como quiera que sea, usted tiene casi toda
la culpa de que yo haya conocido y tratado a Narcisito, me haya paseado
con l por las calles ms solitarias del Retiro y por las orillas del
estanque, dejando a doa Rita a muy respetable distancia: conque as,
apidese usted de nosotros y predique a mi madre y al general, para que
no persistan en que yo me case con ese abominable sobrino...

Cielos santos! Qu tramoya horrible, qu complicada conspiracin contra
una pobre nia inexperta. Ya no me habla el Padre Gonzlez; me habla el
general. Es su casa y no la de Narcisito desde donde me habla.--S?...
Eh?... Hoy est conmigo ms desaforado y ms insolente que nunca.

Mam se ha puesto a jugar al tresillo con el doctor y con el Padre
Gonzlez. El general aprovecha la ocasin para desatar la lengua contra
m:

Que su sobrino no es abominable, sino adorable; que yo presumo demasiado
de discreta y de lista, y que soy una criaturita mimada, voluntariosa y
terca; y que si l me hubiera presentado a Narcisito como sobrino, yo le
hubiera encontrado vulgar y feo y le hubiera dado calabazas; y que ha
sido menester armar toda esta tramoya y conjuracin, en que han entrado
mam, el general, el doctor, el Padre Gonzlez y hasta doa Rita, para
que yo crea a Narcisito griego o turco y de l me enamore.

Oiga usted, general; reprtese usted y no me insulte. Piense usted lo
que se le antoje. Lo que yo pienso y sostengo es que quiero y requiero a
Narcisito, aunque ya s, no dir si con gusto o con rabia, que es
sobrino de usted, y que es casi tan insolente como usted, tan burln y
tan desalmado. Usted me ofende de palabra, porque est lejos de m. Si
estuviera yo ah, se morira usted de miedo al verme, porque estoy hecha
una fierecita...

Hola, hola! Me desafa usted, me cita y me emplaza para que vaya a su
casa al punto. Pues ir... y nos veremos las caras. Pero como ir?...

Agradezco el deseo que usted muestra y la esperanza que me infunde de
que no sea a muerte nuestro duelo y de que a las doce de esta noche, que
es la de San Silvestre, bebamos un vaso de Champagne para celebrar
nuestra reconciliacin y la entrada del nuevo ao. Tambin agradezco la
noticia que me da usted de que en esa casa se acaban de echar los
estrechos, y de que usted ha salido con mam y yo con Narcisito. Pero
como usted todava no es mi padrastro, bien puedo yo faltarle al
respeto, y as le digo, que eso es un embuste o una fullera para
burlarse de m y para demostrar lo que ya no necesita demostracin; que
es usted ms griego y ms trapacero que su sobrino. Y, sin embargo, qu
corrupcin la de los tiempos que corren!--como decan las benditas
madres que me han educado.--Qu perversa condicin tenemos las mujeres!
Quiere usted creer que a pesar de todo, me es usted muy simptico y me
hace muchsima gracia? Lo que no apruebo, es que tenga usted tan
estrafalarias ocurrencias. Me pone usted en un apuro con que vengan ya a
buscarme la berlina de mam y Narcisito en la berlina. Si fuera el
land, si fuera al menos el _clarence_, no habra dificultad. Pero en la
berlina que es muy estrecha... quiere usted decirme, diantre de general
y aborrecible padrastro, dnde voy a colocar yo a doa Rita, que pesa
doce arrobas y parece una urca holandesa?

Ms vale tomarlo a risa para no pelearme con todos, porque me estn
tomando por juguete. El general se ha ido del telfono a hacer el cuarto
en la mesa de tresillo. Dice que su hermana la condesa viuda, mam de
Narcisito, estaba jugando por l, y como es una chambona, le lleva
perdida casi toda la paga del mes corriente. Y quin me comunica todo
esto? La taimada de doa Rita, que est muy sofocada. Afirma que no es
urca y que no pesa tantas arrobas, y que de todos modos no puedo
llevarla conmigo, porque considerando que yo no la necesito para nada,
por lo prudente que soy, y que la califico de carabina de Ambrosio, se
fue con mam, para acompaarla, desde esta calle de Don Pedro, donde
vivimos, hasta el ltimo extremo de la fuente de la Castellana, donde el
general vive.

(_Vuelve Manolita al telfono_.)

Explquese usted, doa Rita. Por qu no viene usted a buscarme?

(_Despus de escuchar por el telfono_.)

       *       *       *       *       *

Conque usted no ha cumplido la orden de mam! Conque el general ha
tolerado que Narcisito deje a usted plantada y se venga l en la
berlina! Doa Rita, es usted un monstruo!

       *       *       *       *       *

_(No responde nadie. Doa Rita ha cortado la comunicacin.)_

Pues, seor, meditemos con serenidad y con calma. Yo tengo muchsima
gana de conocer a la condesa viuda que va a ser mi suegra; tengo tambin
muchsima gana de brindar con Champagne en punto de las doce, en
compaa del general y de sus tertulianos; y como Narcisito no es un
galopn, sino un caballero, y no ha de querer empaar en lo ms mnimo
el espejo en que su honra se mire, me parece que bien puedo irme con l
sin menoscabar mi decoro.

No es necesario que el pblico sepa esta determinacin que he tomado;
pero si la sabe...

_(Suena la campanilla de la puerta.)_

Ya est ah Narcisito. Voy a ponerme el sombrero y el abrigo para irme
con l. _(Dirigindose al pblico.)_ Quieren ustedes ser indulgentes
conmigo, perdonar mi falta y aplaudirme antes de que me vaya?

_(El autor supone que el pblico aplaude.--Cae el teln.)_




EL DUENDE-BESO


I

Notabilsimo husped haba llegado al convento de Capuchinos de la
villa, all por los aos de 1672. Famoso era el husped en todas partes
por la agudeza de su ingenio, por el profundo saber que haba adquirido
y por las obras cientficas en que le divulgaba. Baste decir, y est
todo dicho, que el husped era el reverendsimo padre fray Antonio de
Fuente la Pea, ex-provincial de la Orden.

Despus de comer con excelente apetito y de dormir una buena siesta,
para reposar de las fatigas del viaje, fray Antonio recibi en su celda
al padre guardin, fray Domingo, y habl a solas con l sobre el
importante asunto que le haba impulsado a ir a aquella santa casa.

--S por fama--le dijo--el extrao caso de mi seora doa Eulalia, hija
nica del ilustre caballero D. Csar del Robledal. Y considerado bien y
ponderado todo, me atrevo a sostener que la joven no est posesa ni
obsesa.

--Vuestra reverencia me ha de perdonar si le contradigo. No veo prueba
en contra de la posesin o de la obsesin de la joven. Aunque me est
mal el decirlo, sabido es que, a Dios gracias, ejerzo bastante imperio
sobre los espritus malignos, y que he expulsado a no pocos de los
cuerpos que atormentaban. Si los que atormentan a la joven doa Eulalia
no me obedecen, no es porque no estn en ella o en torno de ella, sino
porque son muy ladinos y marrajos. Si estn en ella, se esconden, se
recatan y se parapetan de tal suerte, que se hacen sordos a mis
conjuros; y si la cercan, para atormentarla, andan sobrado listos para
escapar cuando yo llego, y no volver a las andadas sino despus que me
voy. Los sntomas del mal son, sin embargo, evidentes. Sobre lo nico
que estoy indeciso y no disputo, es sobre si el mal es posesin u
obsesin.

--Pues bien,--replic fray Antonio,--mi conclusin es enteramente
contraria, y mientras ms lo reflexiono ms me afirmo en ella. Doa
Eulalia no habla nunca en latn ni en ningn otro idioma que no sea
nuestro castellano puro y castizo; sus pies se apoyan siempre en el
suelo cuando no est sentada o tendida; en vez de estar desmedrada,
plida y ojerosa, s que est muy guapa y de tan buen color que parece
una rosa de Mayo; y el que ella repugne casarse con ninguno de los
novios que su seor padre le ha buscado, y el que ande melanclica y
retrada, y el que tenga por las noches y a solas, en su retirada
estancia, coloquios misteriosos con seres invisibles, no prueba que est
endemoniada ni mucho menos. Los demonios jams son tan benignos y
apacibles con una criatura. Ser, por consiguiente, de menos perversa y
daina condicin, que los ngeles precitos, es quien tiene trato y
coloquios con mi seora doa Eulalia. _Ergo_, no es demonio, sino duende
quien la visita y habla con ella. Y conocedor yo de este suceso, y
emplendome como me empleo en el estudio de los duendes, segn lo
testifica mi ya celebrrimo libro _El ente dilucidado_, he venido por
aqu a ver si me pongo en relacin con el duende que visita a doa
Eulalia y logro arrojarle de su lado, valindome de los medios que me
suministra la ciencia.

--Extrao es--dijo fray Domingo--que afirme todo eso vuestra reverencia
por meras conjeturas.

--No son meras conjeturas--repuso fray Antonio.--Aunque por mis pecados
nunca he sido digno de tener revelaciones sobrenaturales, lo que es
naturales las tengo con frecuencia, y tal es el caso de ahora. Aqu
estamos solos y puedo hablar con libertad, confiando en el indispensable
sigilo.

Fray Domingo hizo seal de que no descubrira lo que se le dijese y fray
Antonio continu en voz misteriosa y baja:

--El duende que visita a doa Eulalia se ha franqueado conmigo y me lo
ha explicado todo. Harto se comprende que sea yo estimado, querido y
familiar entre los duendes, a quienes he defendido de las injurias y
calumnias que propala contra ellos el vulgo ignorante. Yo he demostrado
que no son diablos, ni almas en pena, sino criaturas sutilsimas e
invisibles, casi siempre traviesas y alegres, que se engendran en lo ms
delgado del aire. Agradecidos los duendes, qu tiene de particular que
acudan a conversar conmigo? Adems, que mis estudios y meditaciones
sobre todos los secretos de la madre Naturaleza y mi asdua
investigacin acerca de los seres ms menudos y casi incorpreos, han
aguzado de tal suerte mis sentidos, que veo, toco y oigo lo que por
ingnita y grosera rudeza del sentir no notan ni descubren los otros
mortales. Perdneseme la jactancia: yo descubro, al tender mi penetrante
mirada por el Universo, cien veces ms vida y ms inteligencia que la
que ve la inmensa mayora de los hombres. En suma, y contrayndonos al
presente singular caso, el duende, har cerca de diez aos, desde que
doa Eulalia cumpli quince, hasta dentro de tres das, que cumplir
veinticinco, se entiende con ella, la aparta de la convivencia de la
gente y la hace arisca y zaharea: pero me ha predicho que desaparecer
dentro de los indicados tres das, y hasta que antes se dejar ver bajo
la figura de un gallardo mancebo. Doa Eulalia quedar libre entonces de
toda molestia, y aunque siempre recatada, honestsima y decorosa,
depondr sus desdenes, dejar de ser huraa y se har para todo el mundo
conversable y mansa.

Con acento irnico, aunque templado o velado por el respeto exclam
entonces fray Domingo:

--Sin duda que a fin de que la revelacin no haya sido a medias, el
duende habr pronosticado a vuestra reverencia el punto y la hora de su
desaparicin y de la aparicin del mancebo.

--S que me lo ha pronosticado--respondi fray Antonio.--Ello ha de ser
a media noche, en la propia habitacin de doa Eulalia, a donde hemos de
acudir, recatadamente y sin que doa Eulalia ni nadie se entere, el
padre de ella, desarmado para evitar un funesto rapto de ira, vuestra
reverencia con sus exorcismos y yo pertrechado de mi ciencia _duendina_.
Tengo la ms perfecta seguridad de que todo tendr all desenlace
dichoso.


II

En la noche y hora prefijadas, de concierto ya D. Csar con los dos
reverendos, acudieron en misterioso silencio y de puntillas a la puerta
de la habitacin de doa Eulalia, armado fray Domingo del libro de los
exorcismos y de un hisopo; armado fray Antonio de un turbulo donde
quemaba hierbas mgicas, esparciendo el humo; y armado D. Csar de
paciencia, despus de haberse comprometido solemnemente a no perderla y
a no enfurecerse, ocurriera lo que ocurriera.

Celebrados ya sus ritos y evocaciones fray Antonio y fray Domingo
prescribieron a D. Csar que llamase con bro a la puerta de la
habitacin de doa Eulalia, cerrada con llave y que ordenase que se
abriera de par en par, inmediatamente, sin excusa ni pretexto alguno.

No hubo modo de evitarlo ni de retardarlo, y la puerta se abri de par
en par y de sbito. En medio de ella, como magnfico retrato de Claudio
Coello, encerrado en su marco, apareci un galn muy bizarro y apuesto,
con traje e insignias de capitn, larga espada al cinto, airosas plumas
en el sombrero que llevaba en la diestra, rica cadena de oro y veneras
que en su pecho brillaban y espuelas, de oro tambin, asidas a sus
amplias botas de camino.

D. Csar, que era muy violento y celoso de su honra, no hubiera sabido
contenerse y hubiera cado sobre el forastero, si ambos frailes, cada
uno de un lado, no le contienen.

El galn con voz reposada y serena dijo entonces:

--Sosiguese mi Sr. D. Csar y no tome a mal que me presente tan a
deshora. Yo soy el capitn D. Pedro Gonzlez de la Rivera, de cuya renta
y condiciones ha escrito a su seora mi amigo el banquero genovs
Jusepe Salvago, y de cuyos altos hechos de armas en Portugal, en
Flandes, en Italia y en el remoto Oriente le han dado noticias otras
varias personas muy respetables. Aspiro a la mano de doa Eulalia; ella
me ha dado prueba de que me quiere para esposo; y slo nos falta el
consentimiento paterno y despus la bendicin del reverendo Padre fray
Antonio, que est presente y que espero no ha de negarse a bendecirnos.

--Todo eso estara bien--respondi D. Csar con mal reprimida clera--si
vuesa merced no lo pidiese, despus de ofender mis canas, hollar mi casa
y atropellar todo respeto.

--Yo, Sr. D. Csar--replic el capitn sonriendo--tena que vengar con
esta aparente injuria otra nada aparente que vuestra merced me hizo hace
diez aos, cuando me sorprendi en este mismo sitio en dulces coloquios
con mi seora doa Eulalia, que an no haba cumplido quince aos. Yo
era entonces un rapazuelo de diecisis, y vuesa merced me arroj de aqu
a empellones nada paternales. Por amor de doa Eulalia, lo sufr todo y
mayor afrenta hubiera sufrido a ser posible mayor afrenta. Harto he
demostrado despus mi valor. Acrisolada est mi honra. La fortuna adems
me ha favorecido. La satisfaccin que espero y pido para los pasados
agravios es que vuesa merced me acepte como yerno.

En este punto, apareci doa Eulalia al lado del galn. Estaba linda en
extremo, muy elegante y ricamente engalanada con magnficas joyas, y
manifestando en el rostro juvenil y ruboroso gran satisfaccin y
contento. Qu haba de hacer don Csar? Consinti en todo y abraz
cariosamente a sus hijos, no sin exclamar, mirando al capitn
detenidamente:

--Vlgame Dios, muchacho, y cmo has crecido y embarnecido en este
decenio! Quin al pronto haba de reconocer en ti al rubio y travieso
monaguillo de Capuchinos que repicaba tan bien las campanas?


III

No bast la respetuosa consideracin que fray Antonio inspiraba al padre
guardin, para que ste se callase y no dijese claro que, si no haba
habido demonio, tampoco haba habido duende, y que todo haba sido
farsa.

Fray Antonio quiso entonces justificarse, y antes de volver a Madrid,
donde habitualmente resida, habl al padre guardin como sigue:

--No slo ha habido duende sino uno de los duendes ms poticos que en
este mundo sublunar puede darse. Era ella tan pura, tan cndida y tan
ignorante de lo malo, que a los quince aos pareca ngel y no mujer. l
era bueno y sencillo como ella. Ambos se amaban con la ms ardiente
efusin de las almas, sin la menor malicia, sin que la dormida
sensualidad en ellos despertase. Anhelaban unirse en estrecho y santo
lazo: vivir unidos hasta la muerte, como en unin castsima haban
vivido desde la infancia. A esto se opona el desnivel de posicin
social. Menester era que Periquito ganase posicin, nombre, gloria y
bienes de fortuna. Al separarse para irse l a dar cima a su empresa,
sin estmulo vicioso, con inocencia de nios y con fervoroso amor del
cielo, se unieron sus bocas en un beso prolongadsimo. Sin duda se
interpuso entre labios y labios una levsima chispa de ter, tomo
indivisible, germen de inteligencia y de vida. El fuego abrasador de
ambas almas enamoradas penetr en el tomo, le dio brillantez y tersura,
y cuanto hay de hermoso y de noble en el mundo, vino a reflejarse en l
como en espejo encantado que lo purifica y lo sublima todo. Los santos
anhelos de amor de l y de ella, se fundieron en uno; y, sin
desprenderse enteramente de ambas almas, tuvieron en la misteriosa unin
ser singular y substancial suyo y algo a modo de vaga, indecisa y propia
conciencia. Se separaron los amantes. l fue muy lejos; peregrin y
combati. Durante diez aos, no supieron ella de l, ni l de ella, por
los medios ordinarios y vulgares. Pero el unificado deseo de ambos, el
duende que naci del beso, con pintadas alas de mariposa y con la
rapidez del rayo, volaba de un extremo a otro de la tierra: y ya se
posaba en ella, ya en l, y haca que se estrechasen como presentes, y
renovaba el casto beso de que haba nacido, no como recuerdo vano, sino
como si nuevamente y con la misma o con mayor vehemencia ellos se
besaran. No dude, pues, vuestra reverencia de que el tal duende existe o
ha existido. Cmo explicar sin l la tenaz persistencia, durante diez
aos, de los mismos amores? El deseo no era slo de ella. El deseo no
era slo de l. En ambos estaba, pero, al unirse, se separ de ambos,
creando la unin un ser distinto. Este ser no tiene ya razn de ser:
desaparece, pero no muere. No debe decirse que ha muerto o que va a
morir la chispa inteligente, enriquecida con la viva representacin de
toda la hermosura de la tierra y del cielo, cuando, cumplida la misin
para que fue creada, se diluye en el inmenso mar de la inteligencia y
del sentimiento, que presta vigor armnico, y crea la luz y hace
palpitar la vida en la indefinida multitud de mundos que llenan la
amplitud del ter.

Fray Domingo oy con atencin todo esto y mucho ms que dijo fray
Antonio, y acab por convencerse de que haba duendes; unos prosicos,
otros poticos como el de D. Pedro y doa Eulalia, sin que la teora de
fray Antonio pugnase en manera alguna con la verdad catlica, pues
redundaba en mayor gloria de Dios, hasta donde alcanza a concebirla el
limitado entendimiento humano.




EL LTIMO PECADO

(NOVELA CORTA)


I

El Sr. D. Emilio Cotarelo es un erudito de notable ingenio y de muy buen
gusto, a quien debemos estar agradecidos y dar grandes alabanzas los
aficionados a la amena literatura y a todas las artes de la palabra. Sus
libros nos maravillan por la diligencia y el tino con que el autor ha
sabido recoger noticias. Sus libros ensean mucho y deleitan ms.
Natural es que sean ledos, comprados y celebrados.

Los ha compuesto ya el Sr. Cotarelo sobre don Enrique de Villena, sobre
el conde de Villamediana y sobre el gran poeta Tirso. Pero lo que ahora
me mueve a hablar de este escritor es la serie de estudios que est
publicando sobre actores y actrices del siglo pasado. Ya han salido a
luz la vida de la divina Mara Ladvenant, y ms recientemente la vida de
_La Tirana_. Ambas obras tienen mayor inters que las novelas, y ms
que novelas parecen intrincadas selvas de aventuras, lances y casos
raros. Al leerlos, no podemos menos de exclamar casi con envidia.
Vamos, vamos, no dejaban de divertirse nuestros morigerados abuelos!

Y lo que es para m el mayor mrito que tienen los libros de que voy
hablando, es ser muy _sugestivos_. El autor no cuenta ni afirma nada sin
probar su exacta verdad con documentos fehacientes. Quedan, pues, por
contar o apenas indicados entre renglones, mil sucesos importantes y
ocultos, los cuales explican o pueden explicar otros cuyas causas no
vislumbramos, porque el Sr. Cotarelo, como historiador seversimo y
veraz, tiene que dejarnos a media miel, sin decir como cierto lo que no
est evidentemente demostrado, aunque se presuma y haya acerca de ello
rastros e indicios. Siguindolos, voy a permitirme yo poner aqu algo
muy importante de la vida de _La Caramba_, que el Sr. Cotarelo, por
virtud de su severidad histrica, no ha podido menos de dejarse en el
tintero, tal vez a pesar suyo.


II

El 8 de Septiembre de 1785, da en que celebra la iglesia la Natividad
de la Virgen Santsima Nuestra Seora, en vez de acudir al templo a
rezar sus devociones, la desenfadada Mara Antonia Fernndez baj a
pasear en el Prado, a provocar a los galanes y a escandalizar, segn
tena de costumbre. Estaba en lo mejor de su edad, como sol que culmina
en el meridiano; famosa por sus conquistas y celebrada por su gracia,
por su primor en el vestir, por su gallardo cuerpo, por su andar airoso
y por su marcial y bulliciosa desenvoltura. Iba aquel da bizarramente
ataviada: brial de raso azul, justillo recamado de seda y oro y bien
peinada la negra y undosa mata de pelo, sujeta en rodete en lo alto de
la gentil cabeza por rascamoo de oro, lleno de piedras preciosas.

Completaban su tocado el lindo adorno que ella invent y al que dio su
nombre de guerra, llamndole _La Caramba_, y una mantilla blanca de
preciosa y ligera blonda de Almagro.

De repente se obscureci el cielo; se levant terrible tempestad; el
aire silbaba y formaba remolinos; deslumbraban los relmpagos, y los
truenos espantosos ensordecan y aterraban. Se abrieron luego las nubes
y abundante lluvia, un verdadero diluvio, empez a caer sobre la tierra.
No haba coche ni silla de manos en que irse, y Mara Antonia Fernndez,
alias _La Caramba_, se refugi en la iglesia de Capuchinos del Prado,
donde se celebraba en aquel momento una solemne funcin religiosa.
Predicaba fray Atanasio, predicador tan elocuente como severo. El horror
de la tempestad que continuaba y creca, las frases tremendas con que el
padre fustigaba los vicios y con que describa las penas eternas que
Dios justiciero les impone y tal vez asimismo el devoto cuadro de Lucas
Jordn, que en aquella iglesia se pareca, representando a la Magdalena
a los pies de Cristo, todo compungi por tal arte a la bella pecadora,
penetrando en sus entraas como agudas saetas de fuego, que se llen de
atricin y aun de contricin, sinti que el Altsimo la llamaba a s y
como por milagro qued convertida.

Mara Antonia Fernndez no volvi a pisar las tablas, hizo desde aquel
punto vida retirada y ejemplar; y la amargura de su arrepentimiento
tardo, las duras mortificaciones con que se castig ella misma y la
vergenza y el profundo pesar que el recuerdo de sus pecados le causaba,
acabaron pronto con la salud de su cuerpo, concedindole en cambio la
salud del alma.

Todo esto es perfectamente histrico, notorio y sabido entonces en
Madrid, y recordado ahora con puntualidad por el Sr. Cotarelo. Lo que yo
voy a referir como apndice es lo que generalmente se ignora.


III

Cualquier pecado mortal es abominable, pero cuando el pecado no
contamina a ningn sujeto inocente y puro y no le aparta de la senda de
la virtud, su malicia es mucho menor que cuando extiende su pernicioso
influjo sobre criaturas humanas, y cuando todo lo inficiona y corrompe.
Mara Antonia Fernndez, aunque arrepentida y llorosa, tena el consuelo
de no haber pecado nunca en este segundo sentido. Cuantos haban cado
en sus redes y haban sido con ella pecadores, estaban pervertidos muy
de antemano, de modo que ella no agost ninguna virtud en flor, ni
remedando al demonio rob ngeles al cielo para llevrselos consigo. A
Mara Antonia no remorda la conciencia, sino de su propia perdicin y
no de haber procurado la ajena.

Slo en una ocasin se mostr ella propicia a cometer tan doble y feo
delito, pero se frustr y qued en conato, gracias a la entereza de un
sujeto y sobre todo, gracias a la misericordia divina. Con horror
recordaba _La Caramba_ aquel caso.

El duque de Campoverde, a quien llamo as para ocultar su verdadero
ttulo, protega y albergaba en su casa a un sobrino suyo, tan ilustre
como pobre, llamado D. Jacinto de la Mota, gallardo mancebo en la
florida edad de veinticuatro aos, elegantsimo, discreto y agradable
por todo extremo. Y lo ms singular y raro que en l haba era su
espiritual e inmaculada limpieza. No pocas damas desaforadas tenan el
descoco de rer y burlar sobre su condicin arisca, apellidndole el
nuevo Hiplito y tal vez sintiendo el prurito de remedar a Fedra con
mejor xito y ventura.

El duque, viejo alegre y algo librepensador, y dos amigos suyos, muy
curtidos y versados en aventuras ligeras y galantes mortificaban de
continuo a D. Jacinto, ridiculizando su honesto recato y urdiendo tramas
y buscando ocasiones peligrosas en que de todo punto le perdiese.

Conjurados para tan inicuo fin, buscaron el poderoso auxilio de _La
Caramba_. Hubo una cena, a la que asisti D. Jacinto, ignorando lo que
iba a haber en ella, y le sentaron al lado de la seductora actriz, bella
como nunca aquella noche, con leves y casi transparentes vestiduras, y
adornados sus brazos y su desnuda y cndida garganta con ricos
brazaletes y esplndido collar de perlas.

Pasar aqu de largo, a fin de que nadie tilde de licencioso este
escrito, sobre las infernales artes con que _La Caramba_, industriada
por los tres libertinos, excitado su amor propio, anhelante de la
victoria, y prendada adems de la gallarda e inocencia del casto mozo
se esforz por avasallarle y rendirle a todo su talante. Don Jacinto
estuvo ms firme que una roca; eclips casi la memoria del hijo
predilecto del patriarca Jacob, todo ello con tal dignidad y tan sin
melindres ni remilgos, que la risa y la chacota, que el to y sus dos
amigos empezaron a mostrar, hubo pronto de trocarse en admiracin y
respeto. Desde entonces dejaron tranquilo al mozo, sin fastidiarle y sin
embromarle ms con disolutas disertaciones e impuras acechanzas.

Lo que result de este frustrado delito, del que no pudo menos de tener
noticia la sociedad elegante y aristocrtica de Madrid, fue la fama casi
de santidad con que resplandeci D. Jacinto, a quien se dieron a
reverenciar las seoronas devotas, citndole como modelo. Y result
tambin, y este fue ms profundo resultado, un alto aprecio, una amistad
sublime y una extraordinaria gratitud en el generoso corazn de la
mujer desdeada. Porque el mozo, al rechazarla con energa, no falt en
lo ms mnimo a cuanto cumple a todo corts caballero, y nada dijo ni
hizo que exacerbase el desdn y que pudiera ser considerado como
injuria. Antes bien, con dulces y piadosas palabras suaviz lo agrio del
desvo, y verti en la herida que acababa de abrir blsamo celestial de
consuelo.

Con tal eficacia penetraron en el centro ntimo del alma de Mara
Antonia Fernndez estos sentimientos delicados que me atrevo a sospechar
que predispusieron a aquella mujer para que a poco, estimulada por la
tempestad, por el sermn elocuentsimo del padre Atanasio, y hasta por
la pintura de la Magdalena, se obrase de sbito su conversin milagrosa.
Aquellos nobles sentimientos fueron como abejas, que empezaron por
clavar sus punzantes aguijones en el pecho de _La Caramba_, y despus
labraron en su centro panal suave de msticas flores.

Lo cierto es que Mara Antonia y D. Jacinto quedaron amigos y que la
amistad hubo de estrecharse no bien se convirti Mara Antonia. Nadie la
vea ni en paseos, ni en teatros, ni en toros, ni en verbenas y veladas.
Iba solo a las iglesias, humildemente vestida con basquia y negro manto
de beata. Slo un hombre adems de su confesor, hablaba ya en ocasiones
con ella. Este hombre era D. Jacinto. Ora se hablaban en la misma
iglesia de Capuchinos, donde fue la conversin de ella y donde ambos
solan asistir; ora acuda l a casa de la actriz, si bien con prudente
recato para evitar la maledicencia.

No poda sta tener el menor fundamento, pero la malicia humana levanta
en el aire castillos de torpes embustes, y conviene evitar que la
malicia los levante y se haga fuerte en ellos.

Mara Antonia Fernndez se senta atrada hacia D. Jacinto por un afecto
angelical y todo del espritu, y se lisonjeaba adems de que afecto no
menos puro impulsaba a D. Jacinto a venir a visitarla.

Sus plticas eran edificantes y propendan a lo mstico, pero Mara
Antonia distaba mucho de caer ni de tropezar siquiera en el error de los
_alumbrados_. Para precaverse, lea con frecuencia los _Desengaos_, del
Padre Arbiol. Y por otra parte, si algo haba en su mente y en su
corazn de que, despus de examinarlo, su conciencia pudiera tener
escrpulos, era un leve asomo de complacencia, al imaginar o al notar
que, si no haba triunfado pecaminosamente de aquel mozo por los
sentidos, haba logrado elevar su alma ya purificada hasta el alma de
l, enlazndolas con amistoso y casto lazo.

Aquel nuevo gnero de vida daba al espritu de Mara Antonia grata paz y
regalo; pero la austera crueldad con que trataba ella su cuerpo, los
ayunos, las largas vigilias, el cilicio con que maceraba su carne, y
acaso la dura disciplina con que se atormentaba en su ms secreto
retiro, quebrantaron tanto su salud, que cay gravemente enferma, y
estuvo, durante tres meses, postrada en el lecho y a punto de exhalar
el ltimo suspiro.

La ciencia de un buen mdico y el cuidadoso esmero de su criada Juana,
lograron conservar su vida y devolverle la salud.

Durante la enfermedad y ms an en la convalecencia, en voz baja, al
odo, tindose sus plidas mejillas de leve color de rosa, preguntaba
ella con frecuencia a Juana:

--Ha venido a saber cmo estoy? No le has visto? No ha hablado
contigo?

Contrariada y afligida Juana, tena que confesar que D. Jacinto no haba
parecido por aquella casa; no haba enviado, al menos a un criado, a
informarse de cmo estaba la enferma.

Por ltimo, _La Caramba_ supo una novedad imprevista. La marquesa viuda
de Montefro, prendada de las virtudes de D. Jacinto, y despus de or
los consejos e informes del Padre Atanasio, su confesor, haba decidido
tomar a don Jacinto para yerno, casndole con su hija, la marquesita,
heredada ya y seora de una renta anual de ms de veinte mil ducados. Se
afirmaba que la marquesita era fea y tonta; pero prevaleci la razn de
estado; todo se concert pronto y bien, y D. Jacinto de la Mota era ya
rico y marqus de Montefro.


IV

Honda melancola se apoder del alma de Mara Antonia. Y sin embargo,
ella se esforzaba por disculpar a su amigo. El matrimonio, pensaba, no
es para santificar por medio del Sacramento el deleite y la satisfaccin
de una pasin amorosa: es, en todos los que le contraen, para cumplir
con una obligacin y servir a Dios en aquel estado: y es, adems, en los
nobles, para conservar y perpetuar el lustre y decoro de sus familias, y
sus apellidos y ttulos, gloria y ejemplo de la patria e inmediato
sostn de las bien concertadas monarquas. As se explicaba Mara
Antonia que D. Jacinto, severamente, sin amor y en cumplimiento de
deberes impuestos por su nobleza, se hubiese al fin casado.

Esto discurra para disculpar a su amigo, pero se afliga de no verle,
de no conversar con l y de la soledad y del abandono en que la haba
dejado.

En medio de su pena, pudo tanto an la briosa mocedad de Mara Antonia,
fortalecida por el modo de vivir, menos duro y penitente que su larga
convalecencia le haba impuesto, que vino al cabo a encontrarse de nuevo
sana y hermosa.

Vehemente deseo de volver a ver a D. Jacinto domin entonces su alma.
Sin dejar su humilde traje de beata, pero, con extremada, pulcra e
inconsciente diligencia, peinado el undoso cabello y acicalada toda su
gentil persona, _La Caramba_ acudi de diario a rezar en la iglesia de
Capuchinos y a pasar all largas horas.

No se lo confesaba, no quera confesrselo; pero tal vez recelaba con
miedo que no era slo la devocin la que all le llevaba, sino tambin
la esperanza de volver a ver a D. Jacinto.

Y la esperanza se cumpli. Mara Antonia volvi a verle; mas ay! cun
diferente del que antes era! Haba descendido de un coche lujoso y
llevaba al lado a la seora marquesa, su mujer, muy engalanada y muy
fea.

Mara Antonia cerr involuntariamente los ojos para no ver aquello; y
para no ser vista, se ech muy a la cara el manto y se arrim a la pared
en el lugar del templo que le pareci ms sombro.

Mara Antonia volvi, no obstante, a la iglesia de Capuchinos. No
deseaba ya ver a D. Jacinto en compaa de la marquesa. Deseaba verle
solo y hablarle. Tard en cumplirse su deseo, mas se cumpli por ltimo.

Don Jacinto, saliendo de la sacrista, atraves el templo. Ella le vio y
sali antes que l y le aguard a la puerta, entre varios mendigos que
pedan limosna. La palidez limpia y mate de su rostro tena soberano
hechizo y sus negros y rasgados ojos brillaban como dos soles de luto.

Iba tan distrado el flamante marqus que no repar en ella, hasta que
al ir a pasar la toc con el hombro. Viola entonces y se par encarnado
como la grana.

--Ingrato--exclam ella--te aguardaba aqu para cerciorarme de que no me
has olvidado del todo y para pedirte la limosna de una mirada y el favor
y la honra de que te dignes hablarme todava.

--Estoy casado--dijo l, y en el tono con que pronunci aquellas
palabras, se mostraba el temor de que alguien le viese con ella.

Don Jacinto, con todo, pareca ms mundano y menos timorato que de
soltero. Se dira, y ella lo sospech de repente, que D. Jacinto casi
haba desechado su mogigatera, logrado ya el fin principal que le haba
movido a tenerla. Mara Antonia, por primera vez despus de su
conversacin y olvidada de su conversin, le dirigi entonces una mirada
larga, fogosa, dulce y llena de promesas. Aproximando luego su rostro al
de l, hasta el punto de que penetr por su boca y por sus narices el
aliento de ella, dijo ella quedito y con desmayada dulzura:

--Ven de noche a casa. Nadie te ver y no lo sabr nadie.

En seguida Mara Antonia le volvi la espalda y se apart de aquel
sitio.


V

Salieron a relucir las galas y las joyas que se custodiaban en el fondo
del arca. Mara Antonia no pareca ya la penitente. Estaba vestida,
harto ligeramente vestida, como en la noche de la tentacin y de la
cena. Haba vuelto la espalda a Dios y ddose de nuevo al diablo. Estaba
perfumada su estancia, y lucan en ella los primorosos presentes de sus
antiguos amadores y el lujo de la plata labrada.

Don Jacinto no dej de acudir a la cita. Era ya otro hombre. Haba
desechado la mscara del misticismo. Hasta el recuerdo de la fealdad y
de la tontera de su consorte estimulaba su liviano deseo. Para
disculpar su ingratitud, brotaron de sus labios entrecortadas frases.
Despus pronunci ardientes palabras de amor, y roto ya el freno de su
bien utilizada hipocresa, se abalanz a Mara Antonia, que le atraa
con los ojos y le embelesaba con blanda risa, medio abierta la hmeda
boca y dejando ver los iguales y apretados dientes, que parecan dos
hilos de perlas.

El la estrech frenticamente entre sus brazos y busc los labios de
ella con sus labios.

Con ambas manos, Mara Antonia le rechaz tan violentamente, que falt
poco para que le derribase por el suelo. No pareca mujer, sino
furibunda leona. No era la lnguida y complaciente enamorada: ni era
tampoco la penitente mstica; era la maja de rompe y rasga, insolente y
soberbia, capaz de herir con groseros y ponzoosos insultos, y capaz de
matar con la llama fulmnea de sus ojos, cuando no con puales.

--Vete, huye--exclam--aprtate de mi presencia. No pienses que la
amistad y la admiracin que me infundiste con tus embustes, se ha
trocado en amor lascivo. Se ha trocado en asco. Si continas aqu
corres peligro de que te asesine. Slo muriendo a mis manos y no
gozndome conseguirs ya arrojarme en el infierno. Vete, repito; es un
hurto ruin el que intentas, dndome tu alma y tu cuerpo vendidos ya para
siempre y sin rescate a ese espantajo de mujer que te da ttulo y
dinero.

Don Jacinto pens que _La Caramba_ se haba vuelto loca. Si no de su
material violencia, tuvo miedo del alboroto, del escndalo y de la
resonancia ridcula que poda tener aquella escena, si se prolongaba.
Huy, pues, casi despavorido. Y como era hombre que entenda bien su
inters y su conveniencia, pero que de almas saba poco, jams lleg a
comprender ni a darse cuenta de las singulares transformaciones del alma
de Mara Antonia, convertida de sbito de libre cortesana en austera
penitente, y de austera penitente en algo a modo de vengadora y
aterradora Furia.

Cuando Mara Antonia se vio libre de la presencia de D. Jacinto, qued
inmvil y de pie por algunos instantes: rompi luego en insana risa y en
descompuesta y nerviosa carcajada; y por ltimo, se arroj al suelo,
retorcindose, derramando un mar de lgrimas y balbuceando entre dientes
el _yo, pecadora_.

De all en adelante no volvi a pecar Mara Antonia, ni en pensamiento
ni en acto. Persisti en sus rezos; redobl sus vigilias, ayunos y
mortificaciones y logr, pocos meses despus, temprano y dichoso
trnsito a mejor vida.




EL SAN VICENTE FERRER DE TALLA

(PALINODIA)


En la capilla de la hermosa quinta que posee el marqus de Montefico en
las cercanas de Valencia, hay una devota y diminuta imagen de San
Vicente Ferrer, esculpida en madera y bien pintada luego. Se debe esta
obra al ilustre escultor D. Manuel Alvarez, a quien sus contemporneos
llamaron _el griego_, por su habilidad para imitar los grandes modelos
que del arte de Fidias nos dej la antigedad clsica. Elegante ornato
del Prado es an la fuente del Apolo y de las cuatro estaciones, trabajo
del escultor susodicho; pero mayor talento e inspiracin mostr en el
San Vicente de que voy hablando y que pocos conocen. El Santo est
representado muy joven an. Su cabeza es hermossima y tiene noble
expresin de triunfante alegra, como si acabase de alcanzar una gran
victoria. En el rostro de esta efigie, alta toda ella de poco ms de
veinte centmetros, se dira que Alvarez ha procurado reproducir el
jbilo orgulloso del Apolo de Belvedere, despus de haber dado muerte
con sus flechas a la serpiente monstruosa, si bien la humildad cristiana
refrena el orgullo y calma el jbilo del Santo con la consideracin de
que l no ha vencido por su mrito propio, sino por la gracia y el favor
del cielo. Asimismo se nota en el rostro del Santo cierto vergonzoso
rubor, por donde se barrunta que la victoria que ha ganado ha sido en
combate espiritual contra el tercer enemigo del alma, segn lo refiere
el Padre Rivadeneira, hablando de aquella hembra insolentsima, que
quiso tentar y rendir al Santo y dio ocasin para que se le llamase _el
que no se quem en medio del fuego_ y para que se le comparase a los
tres mancebos del horno de Babilonia, de quienes habla Daniel profeta.

La efigie, en suma, sobre poseer muy notable valer artstico, es digna
de consideracin por causas nada comunes. En el pecho, en el sitio bajo
el cual debe de estar el corazn, lleva clavado un pualito de fuerte
acero y agudsima punta. Todo l, menos la empuadura de oro, ha
penetrado en la madera, impulsado por mano sacrlega. Y cuenta la gente
piadosa que, todava a principios de este siglo, se realizaba en la
mencionada efigie un singular milagro. Todos los aos, el 8 de
Septiembre, da de la Natividad de la Virgen Nuestra Seora, una gotita
de color rojo, a modo de sangre, manaba de la herida. No ha de
extraarse que el prodigio no se realice hoy, porque no merecen verle
los que de fe carecen.

Como quiera que ello sea, la linda efigie atrae mucho la atencin, y ms
cuando llega a saberse que entre los documentos existentes en el archivo
de la casa del marqus hay un escrito de don Melchor de la Mota, to del
marqus actual y cuarto hijo del abuelo de ste, D. Jacinto, donde se
refiere la historia de la imagen y se explica el suceso de la herida que
lleva en el pecho. El escrito que pongo aqu, ya copiando y ya
extractando o saltando no pocos prrafos, es como sigue:

La admirable escultura de D. Manuel Alvarez, que representa a San
Vicente Ferrer, vino a poder de mi madre en el ao de 1801. Se la leg
al morir el reverendo padre capuchino fray Atanasio, que la custodiaba
en su celda desde el ao de 1785. Mi madre, que era discreta y callada,
o no saba o aparentaba no saber del San Vicente sino el nombre del
autor, su mrito como objeto de arte y la inmediata procedencia por
donde lleg a sus manos. De sobra reconoca adems, y no lo disimulaba,
que el artista haba tomado para modelo de su Santo el bello y noble
rostro del marqus, marido de ella, y le haba retratado con fidelidad
pasmosa.

En varias conversaciones que tuve con el Padre Atanasio, ya muy viejo y
que me estimaba y quera mucho, logr entender y rehacer en mi mente la
historia toda de la imagen y de cuanto a ella se refiere. Y como es
curioso y no redunda en perjuicio, sino ms bien en honra de mi padre,
voy a dejarlo consignado por escrito en el archivo de nuestra casa.

D. Jacinto de la Mota jams fue hipcrita ni falso en sus devociones, ni
en la austeridad de su vida. Educado severamente, muy correcto en todo y
guiado por el santo temor de Dios, cumpla con sus deberes, sin el menor
asomo de jactancia. As como no le arredraban las burlas que de l
pudieran hacer los libertinos, tampoco calcul jams la honra y el
provecho mundanos que su recato y dems virtudes pudieran acarrearle.
Cuando se libr de los lazos que el duque de Campoverde y otros amigos
le tendieron, valindose de Mara Antonia Fernndez, alias _la Caramba_,
hizo lo que hizo por su delicadeza de sentimientos y por repugnancia a
toda sensual grosera, sin pensar en la buena fama que ganaba.

Tan convencida qued _la Caramba_ de la sinceridad de D. Jacinto y tan
prendada de las dulces palabras con que l mitig la amargura de su
desdn, que el vicioso prurito con que ella acudi a seducirle, se
transform en verdadera y profunda pasin amorosa.

Por aquel tiempo, el escultor D. Manuel Alvarez, que visitaba con
frecuencia al duque de Campoverde, oy contar a ste lo que haba pasado
entre D. Jacinto y _la Caramba_, e inspirado en aquel suceso, hizo la
diminuta imagen de San Vicente, ponindole por rostro el de D. Jacinto,
que acert a retratar fielmente de memoria.

Hubo de saber Mara Antonia Fernndez que D. Manuel Alvarez haba
terminado tan linda obra y resolvi adquirirla a toda costa para s,
como lo realiz en efecto, pagndosela bien al escultor, el cual no
quiso ni pudo negarse a ello.

_La Caramba_, aunque ya sublimemente enamorada de D. Jacinto, distaba
mucho an de haberse convertido. Como no pocas mujeres aventureras y de
vida muy rota, estaba llena de extravagantes supersticiones. Crea amar
y amaba con frenes a D. Jacinto y aspiraba a ser amada de l por
cualquier medio. Su amor adquira a veces la condicin del odio y a
veces tomaba el aspecto de la abnegacin y del sacrificio. _La Caramba_,
ya quera matarle, ya quera morir ella por amor de l; pero de todos
modos ansiaba ser amada.

Consult a una famosa gitana hechicera, que haba entonces en Madrid, y
esta gitana le vendi el pualito con puo de oro para que le clavase en
el corazn de la efigie, como _la Caramba_ lo hizo. No por eso conquist
ella el vivo y verdadero corazn de D. Jacinto. Y movida, poco tiempo
despus, de sus pasiones y desengaos, y de un muy elocuente sermn que
oy por acaso al Padre Atanasio, en el convento de Capuchinos, abandon
la desastrada vida que hasta entonces haba seguido y se volvi a Dios
de todas veras.

Pronto llegaron a odos de D. Jacinto las nuevas de conversin tan
ejemplar y milagrosa, y de aqu naci la mayor falta que en su vida
cometi D. Jacinto, estimulado, sin duda, por el demonio del orgullo,
el cual demonio hubo de prevalerse de sentimientos, muy otros, llenos de
caridad y misericordia.

Consisti el orgullo en no tener miedo de caer en la tentacin y en
atreverse a arrostrar los peligros, y consisti la caridad
misericordiosa en admirarse del cambio repentino de aquella mujer
pecadora, en compadecer el dolor agudo y tremendo que para la conversin
la haba apercibido, y en la irresistible simpata de que se dej
vencer, yendo a tratar con ella de cosas del espritu y a darle amistad
pura y grato consuelo.

Don Jacinto se alucin de tal suerte, que ni por un instante pens que
en esto pecaba; pero un da habl de ello al padre Atanasio, su
confesor, y habl, no como revelndole una culpa suya, sino para
ponderar la virtud penitente de _la Caramba_ y para tratar de que el
padre Atanasio la conociese y admirase.

Entonces fue cuando el padre Atanasio pint ante los ojos de su alma y
con colores muy vivos, el peligro espantoso de caer en pecado mortal a
que l y Mara Antonia Fernndez se exponan, y le prohibi resuelta y
terminantemente que volviese a visitarla y a tratar con ella.

Obedeci don Jacinto, no sin combatir enrgica y dolorosamente contra la
amistad y contra la pura simpata que Mara Antonia Fernndez le haba
inspirado.

Nada ms natural; nada con menos premeditacin y malicia que lo ocurrido
despus de esto.

La envidia calumniaba a la joven marquesita de Montefro, sin otra
razn que la de ser ella rica e ilustre. Educada con el mayor
recogimiento, tmida y silenciosa, sin el menor esmero en trajes y
tocados de moda y sin desenfado alguno en sus ademanes y conversaciones,
la marquesita fue declarada harto injustamente tonta y fea. No era ni lo
uno ni lo otro. No avergonzarse, sino bien poda envanecerse quien
llegase a tenerla por suya. Y de cierto haba entonces, en esta villa y
corte de Madrid, no pocas damas de alto copete, cuyo talento y cuya
hermosura eran muy inferiores a los de la marquesita; pero que
completaban con el desenfado la carencia o la escasez de tan altas
cualidades, e infundan vehementes pasiones y eran heronas de mil
galantes aventuras.

El casamiento, cristianamente considerado, no presupone historia
amorosa, por muy delicada y limpia que sea. Es ms bien un contrato,
purificado, santificado y sancionado por la religin, cuyo fin principal
es la fundacin de las familias, la educacin de los hijos y la
conservacin de los linajes. Tan cumplir con un deber es casarse como
entrar en religin. Esto prueba que puede la persona honrada y piadosa
servir a Dios en cualquier estado. As lo entendi don Jacinto.
Respetables individuos de su familia y de la familia de la marquesita
concertaron la boda de ambos. Apenas se vieron ellos y apenas se
hablaron tres o cuatro veces: lo bastante para reconocer que no haba
motivo para que ellos se repugnasen el uno al otro, sino que, por el
contrario, el mutuo agrado, la satisfaccin vanidosa de tener por
consorte a una persona de gentil presencia y el pleno convencimiento de
la inmaculada reputacin de esta persona, todo coincida con la
conveniencia de intereses y de miras que haba en el proyectado
casamiento, en cuyos conciertos intervino ms que nadie el padre
Atanasio.

En suma, don Jacinto se cas con la marquesita y de pobre hidalgo que
era se transform en rico seor titulado; pero en cierto modo pudo
seguir llamndose pobre de espritu, porque posey la riqueza como si no
la poseyese; cuid de los bienes cuantiosos de su mujer, ms como celoso
administrador que como propietario y dueo de ellos; y a su muerte, que
no fue tarda, porque muri a los trece aos despus de la boda, haba
acrecentado de tal manera el caudal de la casa con su tino y su
economa, que de la parte de gananciales que a l tocaba pudo dejar y
dej cerca de tres mil ducados de renta a cada uno de sus cuatro hijos.

Yo, que redacto estos apuntes, soy el menor de ellos. Nada digo de m
porque nada merezco; pero s dir de mis tres hermanos que todos son muy
guapos, entendidos y capaces para la profesin que siguen; y que mi
hermana es el encanto y la gala de la corte, a quien ponderan y ensalzan
todos por su apacible y honesto trato, por su discrecin y hermosura,
honrando y glorificando as la noble casa donde como cabeza y madre de
familia entr hace aos.

Bastara mirar sin prevencin todo esto, aunque se careciese de otras
pruebas, para entender que el marqus y la marquesa se amaron de verdad;
porque del enlace fro y por mero cumplimiento de un deber, no nace
jams tan lucida y generosa prole.

Asegurado esto, voy a declarar y a explicar aqu cul fue la conducta
del marqus en sus relaciones con Mara Antonia Fernndez, y cmo esta
conducta, si bien en ciertos puntos digna de censura, slo en un momento
de vergonzoso extravo no dej de conciliarse con el respeto y con el
verdadero y santo amor que consagr a su mujer la marquesa. Por lo
dems, la culpa del marqus fue castigada severamente por el cielo,
siendo el mismo marqus, con sus remordimientos y profundo y secreto
pesar, instrumento de aquel castigo.

Mucho le amargaban y atormentaban las injuriosas frases, justas con l e
injustas con la marquesa, con que _la Caramba_ le arroj de su casa;
pero ms le compungi y ms honda herida hizo en su corazn lastimado,
un escrito que le dirigi _la Caramba_, arrepentida de las injurias.

_La Caramba_ redact aquel escrito poco antes de morir; y, legndole
adems el San Vicente Ferrer de talla, se lo confi todo al padre
Atanasio. Este consider conveniente que el marqus tuviese noticia del
escrito, pero no se le comunic y le guard entre sus papeles. El padre
Atanasio consinti en que yo le leyera y en que sacase de l la copia
exacta que aqu traslado.

Ilustre seor marqus, a quien ya no me atrevo a llamar amigo: Creo
cumplir con un deber de conciencia dirigindome a usa, para pedirle
perdn de las muchas faltas que he cometido en su dao. Ni remotamente
tena yo derecho a imaginar que las caritativas visitas que usa me
hizo, despus de mi conversin, ms aparente que real, le enlazaban
conmigo, por ningn estilo, y le ponan en la obligacin de consagrarse
a mi persona con amistad exclusiva y nica y de ser constante compaero
mo en la penitencia, cuando nunca lo fue en el pecado. Mi extraa
conversin y el refinamiento vicioso de quien, sin caer en ello, era an
enamorada pecadora, me inducan a deleitarme con aquellas visitas, a
aliarlas con el sabor picante de un falso misticismo y con las
mortificaciones y castigos que yo impona a mi cuerpo, y a saborearlas
regalndome y alimentndome con la dulzura de ellas, como si usa fuese
mi Dios y no el que est en el cielo.

De aqu mi descompuesta furia y mi loca desesperacin cuando usa,
advertido a tiempo del peligro, dej con razn de visitarme. Mi enojo
fue mayor an cuando supe que usa se haba casado; enojo absurdo,
porque usa ni me haba prometido ni poda prometerme no casarse, para
ser fiel a las relaciones indefinibles en que so yo que estbamos. De
aqu que, rabiosa yo, maldijese de la marquesa, y ciega con mis celos me
la figurase un monstruo.

Y de aqu, por ltimo, que olvidando y echando a rodar todas mis
penitencias, mis cilicios, ayunos y disciplina, me entregase yo de
nuevo al demonio, cuya esclava y servidora haba sido durante mucho
tiempo. Y el demonio me prest, sin duda, el poder sobrenatural y los
medios de seduccin casi irresistibles, con los cuales tend a usa mis
infernales redes, donde por vez primera logr que usa cayese, para
insultarle y maltratarle luego con infamia. Y ms vale as, porque peor
hubiera sido que hubisemos cado ambos en ms honda sima y en pecado
ms grave.

No me arrepiento, pues, de haber rechazado a usa: de lo que me
arrepiento es de haberle atrado con inaudita perfidia para rechazarle
luego. Cuando en esto pienso me doy a cavilar y a recelar que tal vez,
al principio, no hubo en m perfidia, sino que me movi otra pasin,
cuando no peor, ms peligrosa. Me movi tal vez amor frentico y
desesperado? Fue repentino y sbito el cambio en odio de este amor,
cuando le vi triunfante? El corazn de la mujer es un abismo de malvadas
inconsecuencias. Para abrazarme a mi dolo le derrib del altar, y
cuando le vi por tierra, me llen de orgullo, y la adoracin se troc en
desprecio, y le pisote en lugar de recibir con jbilo y con vehemente
gratitud su beso.

En fin, ms vale que haya sucedido todo como ha sucedido. Dios tenga
piedad de m y perdone mis culpas. Conozco que se acerca la hora en que
me llamar Dios a su tremendo tribunal. Aun as, no puedo menos de
pensar en usa y de anhelar que usa me perdone. Yo he sido su ngel
malo, y me arrepiento de ello y lo deploro. Compadzcame usa; pero no
me llore, porque descansar con la muerte. Y no permita el cielo que la
paz del alma de usa se turbe y que se obscurezca su luz, al pensar usa
en mi ltimo pecado y en el nico sin duda que usa cometi por mi causa
e instigado por m y por todos los espritus del Averno que me
auxiliaban entonces.

As terminaba el escrito de _la Caramba_.

En cuanto al marqus, solo el padre Atanasio, su confesor, supo lo que
padeca, recordando su fea, aunque momentnea falta, y pensando, ya en
el misterioso afecto que _la Caramba_ le haba inspirado, ya en la
singular pasin que tuvo por l aquella mujer, pasin que fue tomando
diversas formas y condiciones, que sin duda no extingui el desengao ni
la penitencia, y que no se desprendi del ser de ella hasta que se
desprendi de ella el alma al exhalar el postrer suspiro.




GARUDA O LA CIGEA BLANCA


I

En las frtiles orillas del azul y caudaloso Danubio, no muy lejos de la
gran ciudad de Viena, viva, hace ya cerca de medio siglo, la Condesa
viuda de Liebestein, nobilsima y fecundsima seora. Al morir el Conde,
su marido, le haba dejado en herencia muchos pergaminos, poqusimo
dinero, escasas rentas, abundantes deudas, y once hijos, entre varones y
hembras, el mayor de dieciocho aos.

La Condesa, con admirable economa, fue poco a poco pagando todas las
deudas del Conde, y hall adems recursos para dar carrera a sus hijos
varones, que fueron militares, unos al servicio de Prusia, otros al de
Austria, y otros al de Baviera. Cas adems con caballeros de su clase,
que todos eran Condes, y el que menos tena diecisis cuarteles, a
cuatro de sus hijas, condesas tambin desde su nacimiento.

Conseguido tan difcil triunfo, la Condesa viuda viva tranquila y
retirada en el castillo o mansin seorial que le haba dejado en
usufructo y de por vida su difunto esposo.

Las hijas, casadas, se haban ido con sus respectivos consortes. Los
hijos, militares, andaban por los campamentos, o de guarnicin, o
asistiendo y sirviendo en distintas residencias imperiales y regias.

La Condesa se hubiera quedado sola con su servidumbre, si el cielo no
hubiera dispuesto que el ms alegre y entendido de sus hijos, cuando
apenas tena doce aos, hiciese la travesura de montar en un potro
cerril, que se despe y rod con l por un barranco, dejndole lisiado
para siempre, y tan cojo, que difcilmente poda salir de casa, a no
tomar muletas, en vez de tomar las armas. El conde Enrique viva en el
castillo; acompaaba a su madre, y, pensador y estudioso, se iba
haciendo gran sabio y lea mucho, porque en el castillo daba pbulo a su
aficin una copiosa y escogida biblioteca, fundada haca siglos por sus
antepasados y acrecentada de continuo.

No pequea parte del castillo estaba muy cmoda, elegante y hasta
ricamente amueblada an, gracias al esmero cuidadoso de la Condesa
viuda. Tapices flamencos cubran las paredes de dos amplios salones. Los
antiguos muebles se hallaban en perfecto estado de conservacin. En las
alcobas haba camas de roble primorosamente esculpido y con colgaduras
de damasco. Varios retratos de familia, de pomposas damas y de
caballeros armados, prestaban autoridad a las habitaciones y les ponan
muy aristocrtico sello. Durante los fros y las nieves invernales se
estaba all muy a gusto, gracias a enormes chimeneas donde podan arder
troncos enteros de encina y a colosales estufas de loza vidriada que
haba tambin en no pocos cuartos. Pero el edificio era vastsimo, y
proporcionalmente era pequea la porcin de l que se conservaba
amueblada y habitada. Largas y desiertas galeras, salas sin muebles,
pasadizos misteriosos y estrechas y torcidas escaleras que bajaban a los
profundos stanos o suban hasta lo ms alto de las torres, prestaban al
conjunto del edificio muy medroso aspecto y a la imaginacin frtil y
extenso espacio donde crear fantasmas y sobrenaturales prodigios.

Acostumbrada y encariada la Condesa viuda con su antigua vivienda,
nada, sin embargo, tema. Al contrario, tal vez se hubiera complacido
ella en ver con los ojos de su cuerpo mortal y en hablar y en or hablar
a varias almas en pena de los progenitores de su marido, las cuales
almas, segn afirmaba el vulgo, solan aparecerse durante la noche, y
andaban vagando por los ms recnditos camaranchones y obscuros
escondrijos de aquel laberinto arquitectnico.

Tampoco el conde Enrique, algo descredo y volteriano, tena miedo de lo
sobrenatural. Casi sobrenatural se consideraba l mismo. Viva
artificialmente, merced a un severo rgimen y a la atinadsima ciencia
de su mdico. En su primera mocedad, y, a pesar de su cojera, haba
gozado de mejor salud relativa, y haba podido pasar largas temporadas
en Viena, asistiendo a las aulas y dedicndose al estudio. Empeor
despus su salud y se encerr tan obstinadamente en el castillo, que
nunca sala de l y acompaaba siempre a su madre. Por su carcter era
un ngel, y por su facha, a no ser tan bondadoso, hubiera parecido un
demonio, aunque por lo feo y pequeuelo no dejaba de parecer un duende.

El ser que iluminaba el castillo con esplendores de potica hermosura,
era la gentil Poldy, nica hija de la Condesa viuda que permaneca
soltera, aunque frisaba ya en los veintiocho aos.

Como era muy distrada y muy corta de vista, y tena, si es lcito
valernos de una expresin grfica aunque harto vulgar, grandes humos
aristocrticos, apenas haba tratado ni fijado siquiera la mirada en
individuo alguno de la humanidad circunstante, como no tuviese por lo
menos diecisis cuarteles de nobleza. A los criados, a los campesinos y
a los desvalidos y pobres, s los miraba, pero los miraba para
protegerlos y ampararlos hasta donde alcanzaban sus medios y recursos.
Lo que es de igual a igual, la condesa Poldy no trataba a nadie, ni
fijaba su atencin en nadie como no fuera de su clase. Para excitar su
caridad, para pedir consejo o auxilio, toda criatura humana, por
miserable y desvalida que fuese, poda llegar hasta ella, segura de que
ella le tendera sin repugnancia sus blancas y piadosas manos, como las
de Santa Isabel, reina de Hungra, sobre la inmunda cabeza del tioso;
pero, si Poldy haba de recibir a una persona en su estrado y conversar
familiarmente con ella, esta persona necesitaba contar, entre sus
ascendientes, hroes y prncipes, y ser adems por s atildado, culto y
perfecto dechado de cortesa, de discrecin, y de otras mil raras
prendas.

Alguien calificar tal vez a esta seorita de engreda, fastidiosa y
hasta inaguantable. Yo ni la defiendo ni la injurio. La pinto como ella
fue, sin quitar ni poner nada. Su orgullo, a la verdad, aunque es falta
que no merece disculpa, no careca de fundamento, porque, sobre ser
Poldy de nobilsima estirpe y contar entre sus ascendientes a un hroe
que pele en Legnano, al lado de Federico Barba-roja, contra el ejrcito
de la liga lombarda, y a otro que estuvo de cruzado en Palestina, con el
impo Emperador Federico II, era ella de por s hermosa y discreta y de
tan fino temple de carcter y de tales bros, que pareca una reina y
avasallaba todas las voluntades.

Haban bastado sus breves apariciones en Viena, en casa de una ta suya,
para que se llevase a las gentes tras de s y la proclamasen
_hauptcomtesse_ o como si dijramos Condesa capital o princesa y
capitana de las condesas todas.

Es evidente que, siendo ella as, no haba carecido de novios, entre los
seores de su clase; pero, como era tan descontentadiza y dificultosa de
gusto, ningn pretendiente le agradaba ni le satisfaca. Uno le pareca
tonto, otro ordinario, otro feo y otro vulgar. En suma, ninguno la
enamor, y, repugnando casarse por casarse, sin estar enamorada,
permaneci soltera.

Viva casi siempre retrada en el castillo, donde no vea ni hablaba a
nadie ms que a su madre, a su hermano y a las gentes que los servan.

A fin de gozar, no obstante, de cierta libertad y de poder ir de vez en
cuando a Viena sin otra custodia que la de su doncella, a los veintids
aos se haba hecho _stiftdame_ o sea canonesa. Ningn voto perpetuo la
ligaba, apenas tena obligacin de vivir algunos das en comunidad, y
alcanzaba en cambio no cortos privilegios, exenciones y autorizada
consideracin.

A pesar de estas facilidades y ventajas, haca ya tiempo que la condesa
Poldy se haba aficionado tanto a la soledad, que no iba a Viena, ni
sala del castillo y de sus rsticas cercanas.

Su conversacin con el conde Enrique acab por infundir en su espritu
idntica curiosidad, igual afn de saber y no menos decidida aficin a
toda clase de estudios. En ella, sin embargo, predominaba el amor a la
poesa, sobre todo, cuando tena por objeto el examen de lo ntimo del
alma propia para sondear sus misteriosos abismos y buscar y hallar luego
en el lenguaje humano la expresin adecuada de sus ensueos, anhelos y
vagas creencias y esperanzas.

El misticismo algo pantesta que llenaba y colmaba su espritu, rebosaba
y trascenda a lo exterior convertido en hondo sentimiento de la
naturaleza y en arrobo contemplativo y exttico de las remotas estrellas
del cielo y de las flores y plantas del intrincado y frondoso bosque que
casi rodeaba el castillo.

Durante el invierno, la Condesa Poldy, retenida en el castillo por las
lluvias y los hielos, no daba tan largos paseos ni eran sus excursiones
tan reposadas y contemplativas como en la primavera y en el verano.
Pero, durante la primavera, se desquitaba bien de su forzada reclusin
permaneciendo largas horas en el bosque. Ya se paraba a meditar, ya iba
con lentitud y sin direccin determinada, y ya se detena, o bien
mirando una flor, una mariposa, una liblula, o los caprichosos efectos
de la luz al travs de las verdes ramas, o bien oyendo cantar los
pjaros, o el murmullo del agua del arroyo al quebrarse en las guijas, o
el manso susurrar del aura entre las verdes y tempranas hojas.

Cuando la condesa Poldy daba estos paseos meditabundos, cuando sala,
como sola ella decir, a caza de impresiones poticas, no gustaba de que
nadie la acompaase; siempre iba sola.


II

En un hermoso da de los ltimos del mes de Mayo, la condesa Poldy se
hallaba sola, en lo ms intrincado del bosque, entre diez y once de la
maana. Sencilla y elegantemente vestida, llevaba en la airosa cabeza un
gracioso sombrero de paja de Italia y pendiente del brazo izquierdo un
ligero canastillo de mimbre. Aquel da no eran la meditacin y la
contemplacin de las bellezas naturales el nico propsito de su paseo.
Tena otro ms prctico. Iba ella a coger fresas silvestres, de las muy
delicadas que en abundancia produca aquel bosque, y a coger tambin
cierta florida hierbecilla, llamada _waldmeister_, que se pone y conque
se perfuma y sazona el _maitrank_, deliciosa bebida propia de aquella
estacin y de la que gustaba muchsimo la Condesa viuda.

Buscando fresas y _waldmeister_, Poldy se haba alejado del castillo y
penetrado en la profundidad del bosque, harto ms de lo que sola. As
vino a encontrarse en sitio muy solitario y agreste, donde, rota la
espesura que los apiados rboles formaban con su denso follaje, haba
una pequea laguna. En la orilla opuesta de aqulla a la que Poldy se
haba acercado, se alzaba un obscuro y ruinoso torren. Todo el terreno
que circundaba la laguna era hmedo y vicioso. Las emanaciones paldicas
haban ahuyentado las aves de aquel sitio. Las aves no le alegraban con
sus trinos y gorjeos como hacan en otros lugares del mismo bosque. Casi
hundidas las races en el agua se vean a trechos espadaas y juncos en
muy pobladas matas. Sobre el haz del agua dormida, que no rizaba
entonces el ms ligero soplo de viento, se extendan la verde lama y las
redondas y anchas hojas de nenfar, cuyas blancas flores se levantaban
en el aire tranquilo. Los pies de Poldy se hundan en la hierba que
haba crecido muy alta. Cada vez que fijaba en el suelo uno de sus
menudos pies, se espantaban las ranas que entre la hierba se hallaban
ocultas, y daban estupendos brincos, zambullndose en el agua estancada.
El ruido que haca el agua, al chapuzar en ella las ranas, era lo nico
que interrumpa el maravilloso silencio que reinaba en torno.

Poldy, por irreflexivo y curioso instinto, sigui andando por la margen
de la laguna hacia el sitio donde el torren se pareca. Y estando ya
muy cerca de l, vio de improviso un objeto que, si bien ella no era
tmida, le produjo un sacudimiento nervioso, por mostrarse tan de
repente y cuando menos lo recelaba. Era una corpulenta cigea blanca,
que sali de detrs del torren, y que sin el menor espanto, sino mansa
y serena, se vino hacia Poldy con paso lento, grave y majestuoso. De vez
en cuando mova la cabeza a un lado y a otro con graciosa coquetera.
Cuando estuvo ms cerca, dio algunos saltitos, extendi y bati las
largas alas como en seal de jbilo, y abriendo y cerrando repetidas
veces el rojo pico, produjo un son muy semejante al de las castauelas.
Volviendo luego a andar con mayor lentitud y con cierta vacilacin, como
si el respeto le contuviera, sigui el pjaro peregrino caminando hacia
Poldy, y parndose a cada dos o tres pasos como si aguardase el permiso
de llegar hasta ella.

Comprendi Poldy la intencin del pjaro; no temi nada porque le
consider inofensivo, pero extra que se le mostrase tan carioso y
que tan resueltamente y a largos trancos de sus zancas enjutas viniese
hacia ella como si fuese un antiguo amigo suyo. Le habra conocido y
tratado antes y no lo recordara entonces? Poldy buscaba en balde por
todos los ms hondos y olvidados senos de su memoria algn vago recuerdo
de aquel conocimiento y trato. No hallaba el menor rastro ni la ms
ligera huella de haberlos tenido jams. La misma cigea dejaba ver que
nunca haba conocido a Poldy, pues aunque no atinaba a expresarse en
ningn idioma humano sino slo con los resonantes castaetazos de su
pico, la lentitud de su marcha, sus paradas frecuentes y cada una de las
miradas que sus pardos ojos dirigan a Poldy parecan significar
interrogacin y splica, como si dijesen: graciosa Condesa, me permite
V. E. que me aproxime y la trate? Haba adems en la cigea un no
sabemos qu de extico: cierto raro modo de ser, bastante parecido al
que se nota en un viajero de distincin, venido de muy remotos pases,
con quien por dicha tropezamos y entablamos conversacin sin pensarlo ni
pretenderlo y solamente a causa de sbita y misteriosa simpata.

Poldy, sin duda, simpatiz con la cigea. Le cayeron en gracia y le
ganaron la voluntad el respetuoso acatamiento y la amistosa dulzura
conque la cigea la miraba. Confes, all en sus adentros, que la
cigea saba tratar a las gentes como merecan, y que, naturalmente,
estaba dotada de exquisita buena crianza, aunque por ser crianza no
aprendida, ms bien debiera llamarse soltura fina o refinado tacto de
mundo.

En fin, Poldy se allan a tratar a la cigea sin que nadie se la
presentase y sin saber quin era ni cuntos cuarteles tena; dio tambin
hacia ella algunos pasos, y extendi la mano y le toc regaladamente la
cabeza. La cigea se dej acariciar y mostr la satisfaccin y el gusto
que aquellas nobles caricias le causaban, entornando los prpados como
si se adormeciese y restregando suavemente el largo cuello sobre la
vestidura de la linda dama. Pas sta la mano por el cuello de la
cigea, bajndola hasta el ancho buche, cubierto todo de abundantes y
blancas plumas. Entonces advirti con sorpresa que la cigea tena
all, suspendido de listn muy sutil, un pequeo retazo de tela de seda,
que, flexible y apiada, formaba poqusimo bulto.

Poldy no pudo resistir la curiosidad ni vencer el deseo de apoderarse de
aquella prenda. Pronto desat el lazo conque por medio del listn
colgaba la prenda del cuello del pjaro y se qued con la prenda en las
manos.

No se sabe si espantada entonces la cigea o enojada del que pudo
considerar despojo, se apart bruscamente de la dama, extendi las alas,
sali volando, se remont en los aires y acab por perderse de vista.

Avergonzada qued Poldy como si hubiese cometido un hurto villano, pero,
al fin, desech los escrpulos, pensando que no haba ella tenido la
intencin de quedarse con la prenda y que estaba dispuesta a
devolvrsela al pjaro, si el pjaro acuda de nuevo a ella y de algn
modo la reclamaba.

Desenred luego Poldy ms de un metro de listn que estaba devanado en
la tela de seda, dndole forma de ovillo, y desenvuelta la tela, que era
del color de los albaricoques, vio escritos en ella con muy negra tinta
varios renglones en extraas y menudas letras. Ella las mir y las
remir, pero en vano, porque no conoca una sola. Y aunque era
medianamente sabia y aprovechada discpula de su hermano el conde
Enrique, no acertaba a determinar con fijeza a qu alfabeto y lengua
aquellos signos y palabras pertenecan. Sospech, no obstante, que las
inscripciones de la tela de seda estaban en sanscrito, lengua que
estudiaba con asiduidad y provecho su hermano el conde Enrique.


III

Volvi Poldy al castillo aguijoneada por la curiosidad y deseosa de que
le descifrase su hermano lo que la tela deca. Almorz con muy buen
apetito, y luego, mientras que la Condesa viuda dorma despus del
almuerzo, como tena de costumbre, se fue a la biblioteca con su hermano
Enrique, le cont su encuentro con el pjaro zancudo, le ense la tela
de seda y le rog que tradujese lo que en ella haba escrito.

El conde Enrique confes que no estaba bastante versado en la lengua de
Valmiki para traducir de repente los versos, pues indudablemente eran
versos los que haba en la tela; pero pidi tiempo y prometi a su
hermana presentarle una exacta traduccin de todo en aquel mismo da.

En efecto; pocas horas despus busc el conde a Poldy, la llev de nuevo
a la biblioteca, y con aire de triunfo le mostr los versos ya
traducidos.

--No se qu pensar, dijo a su hermana. A veces imagino que la cigea
vino de la India, donde pas el invierno, y que los versos son obra de
algn brahman, Raj o nababo muy ilustrado, y, a veces, sospecho que
bien puede ser algn erudito compatriota nuestro quien compuso los
versos y quien colg la tela al cuello de la cigea para embromar al
que la encontrase.

--Qu fin--contest Poldy, haba de proponerse algn compatriota
nuestro con ese engao? Yo no conozco an los versos, pero doy por
seguro que su autor vive en las orillas del Indo o del Ganges, y no en
las del Rin o del Danubio. A ver... lee.

--Ya vers y notars en los versos cierta inspiracin ms europea que
asitica. Las composiciones son tres: dos muy breves; y una de estas dos
parece calcada sobre cuatro versos del _Prlogo en el cielo_ del
_Fausto_. La coincidencia es inverosmil. Y, aunque no es imposible, yo
encuentro raro y sospechoso que un brahman lea a Gothe y le imite.

--Vamos, lee los versos sin ms prlogo.

--Los versos dicen:

    Pido al cielo su estrella ms brillante;
    Pido al suelo su dicha ms completa;
    Y ni cercano amor, ni amor distante
    Mi conmovido corazn aquieta.

--Es verdad, dijo Poldy; los versos son muy semejantes a los de Gothe,
salvo que el poeta dice de s mismo lo que dice Mefistfeles de Fausto.

--Pues oye estos otros que tienen no se qu dejo de metafsica
cristiana; de misticismo por el estilo del de Tauler o del del maestro
Eckart:

    Sin alas y sin luz la mente humana
    En balde en pos de lo ideal se lanza;
    Pero la voluntad recorre ufana
    La eterna inmensidad de la esperanza.

--Eso es verdad,--exclam Poldy, y lo mismo se le puede ocurrir a un
indio que a un cristiano. En la India hay desde muy antiguo, segn he
odo decir, msticos tan profundos como los de Alemania. Adems, en
todos los pases, ha de haber habido pensadores y poetas que imaginaran
y expresaran que se poda penetrar y subir con el amor a donde nunca
sube y penetra el raciocinio por sutil y elevado que sea.

--No quiero discutir. Convengo en que un brahman puede haber compuesto
la copla que acabo de decirte traducida. Tal vez yo en la traduccin le
he prestado una apariencia europea que en el original no tiene. Oye
ahora la ltima composicin. El poeta desciende en ella de las
elevaciones msticas, y se abate y se humana como cualquier enamorado
con el amor terrenal y sensual que las mujeres inspiran. Algo, no
obstante, queda an en esta composicin del misticismo de las otras. Es
como un pequeo fragmento de _El cantar de los cantares_, o mejor dir
del Gita-govinda, cuyos requiebros, ternuras y descripciones materiales
pueden interpretarse por estilo ultramundano y trascendente. La
composicin adems tiene en este caso una singularidad que no tiene ni
el idilio ertico de los hebreos ni el de los indios. Salomn y Crishna
vean, oan y tocaban a sus bellas y enamoradas amigas, pero este poeta
ni toca, ni ve, ni oye a la suya, si no se la imagina con indecisa
vaguedad, y de tal suerte, que lo mismo puede vivir en este planeta que
en otro remotsimo, y lo mismo puede ser nuestra contempornea, que
haber nacido hace cuarenta siglos o que estar aguardando an otros
cuarenta, en el mundo de las ideas, antes de que llegue el da de su
encarnacin y de su aparicin entre los seres de nuestra casta.

--Muy curioso es lo que me cuentas, pero no es original ni nuevo. Es
tan difcil ser nuevo y original! No se enamora Fausto de Elena, que
vivi dos mil quinientos aos antes de que l naciese? No hay un cuento
rabe o persa, donde un prncipe musulmn, que vivi doscientos o
trescientos aos despus de Mahoma, est perdidamente enamorado de
cierta reina o infanta de Serendib o de Sab, que floreci en tiempo de
Salomn y fue rival de la Sulamita?

--Todo eso es as, pero an es ms vaga e indeterminada la seora de los
pensamientos de nuestro poeta indio. El prncipe musulmn enamorado de
la rival de la Sulamita, haba hallado y admirado el retrato de ella en
el tesoro de su padre, mientras que no hay retrato ni hay el menor
indicio por donde pueda entrever o tener alguna idea o nocin de su
dama, el autor de los versos que he traducido. yelos con atencin.

--Soy toda odos.

El conde Enrique ley de esta suerte:

    Dnde te escondes, hermosa ma,
    que no consiguen verte mis ojos,
    Como te suea mi fantasa,
    Llena de gracia, libre de enojos?

    Ven do el kokila dulce gorjea,
    Do presta el loto su aroma al viento,
    Ven que mi anhelo verte desea
    Y comprenderte mi entendimiento.

    No eres ensueo, realidad eres;
    No finge el alma hechizos tales,
    Aunque ms bella que las mujeres
    Suya te llamen los inmortales.

    En la luz pura de tu mirada
    Amor enciende sus dardos de oro,
    y son tus labios urna sellada
    De sus deleites fuente y tesoro.

    Ora residas lejos del suelo
    Ora aparezcas en otra edad,
    Por los tres mundos en raudo vuelo
    Ir buscndote mi voluntad.

    Perla brillante, aunque escondida
    En lo profundo del mar ests,
    Yo sabr hallarte, bien de mi vida,
    Para que excelso premio me des.

Poldy oy atentamente los versos y habl de ellos con su hermano y hasta
los juzg con aparente frialdad crtica, concedindoles algn mrito y
sealando sus muchos defectos. Lo que ella disimul, y no revel ni a su
hermano ni a nadie, fue el enjambre de suposiciones y de ensueos que
los versos suscitaron en su fantasa. Ya se figuraba ver escribindolos
a un elegantsimo y joven brahman, no lejos de su magnfica quinta, bajo
verde enramada, en las frtiles orillas del Kausik, ya que los compona
en su propio alczar el prncipe heredero de Ayosia, de Cachemira o de
cualquiera otro de los reinos y pases que describen las antiguas
epopeyas. Pero el autor de los versos era contemporneo de ella y se
pareca a ella en extremo por la dolencia y la pasin que le
atormentaban. Amaba o mejor dicho deseaba amar; nada vea en torno suyo
digno de su amor; y buscaba lejos, a ciegas y sin gua el raro y
precioso objeto que mereciese ser amado.

En lo ms ntimo de su alma cavil mucho Poldy sobre todo esto, y urdi
y teji infinidad de historias, en su sentir bellsimas, con las que
ella se deleitaba en secreto sin comunicrselas a nadie, ni siquiera a
la anciana institutriz Justina que era su confidente.


IV

Engolfadsimo en sus estudios, el Conde Enrique no tena voluntad ni
entendimiento sino para continuarlos. En las dems cosas de la vida
estaba sometido siempre al entendimiento y a la voluntad de su hermana
Poldy, a quien l amaba en extremo. Prohibiole sta que hablase con
nadie del encuentro de la cigea, de los versos y de la traduccin, y
el Conde Enrique obedeci y se lo call todo.

No quera Poldy que su madre se enterase de nada. La Condesa viuda era
una seora dotada de un espritu tan prosaicamente positivo, que sin
duda hubiera destruido con sus discursos todo el caramillo de
suposiciones poticas que Poldy haba levantado y que en manera alguna
quera ella que nadie derribase.

La Condesa viuda acusaba adems y zahera con frecuencia a su hija,
calificndola de extravagante, de soadora, de alucinada, de acrrima
enemiga de lo juicioso y de lo razonable, y de temeraria perseguidora de
ideales inasequibles y absurdos. Si la Condesa viuda pensaba as de
Poldy ignorando el suceso de la cigea, qu no pensara y qu no dira
si lo supiese?

Poldy no volvi, pues, a hablar de l ni con su mismo hermano, como si
su mismo hermano lo ignorara, o como si ella tuviese la pretensin de
que l lo olvidase.

A solas, pues, y en toda libertad, Poldy se figuraba a medida de su
deseo, al autor de las tres poesas. Ya le supona en Benars, ya en
Delhi, ya en Calcuta, ya en otros lugares de la India, pero siempre
noble, joven y hermoso, y _chatria_ o brahman, cuando no prncipe.

El incgnito personaje padeca una enfermedad mental semejante a la de
Poldy. Eran sus sntomas el desdn y el hasto de cuanto le rodeaba, y
la vaga aspiracin a un bien remoto, confusamente trazado y medio
desvanecido entre las nieblas y vapores de mil ensueos.

Poldy desechaba por vulgar y necia la creencia de su hermano, de que un
erudito alemn hubiese compuesto los versos sanscritos para entretenerse
o para mostrar su pericia. Para ella no caba la menor duda: los versos
eran obra de un ilustre y joven seor de la India.

Poldy iba amenudo ms adelante en sus atrevidas imaginaciones. No crea
ella que el pjaro zancudo que se le haba aparecido tuviese la menor
semejanza ni con el cisne de Leda ni con el toro blanco de la gallarda
hija de Agenor; pero no podra la cigea ser instrumento de algn gran
sabio; acaso de un genio o de una hada, cuyas poderosas sugestiones
hubiese obedecido al venir a visitarla? Quin se atrever a limitar la
extensin de lo posible? Si no fusemos a creer sino lo que
comprendemos, apenas creeramos nada.

Acuda a veces a la memoria de Poldy un cuento de las _Mil y una
noches_, y se deleitaba en presumir que lo que a ella le pasaba tena
algn parecido con dicho cuento. En las ms elevadas regiones del aire,
se encontraron una noche un hada y un genio que iban volando en opuestas
direcciones. All se hablaron y se confiaron que el hada vena de
visitar y dejar dormido al ms hermoso prncipe que haba en el mundo, y
que el genio, procedente del otro extremo de la tierra, vena de
contemplar y de admirar tambin a una maravillosa princesa dormida en su
lecho virginal, all, en el ms recndito, elegante y perfumado camarn
de su magnfico palacio. Genio y hada se proponen que prncipe y
princesa se conozcan, se enamoren y se casen, y los medios a que
recurren para lograrlo constituyen el enredo de la mencionada historia.
Poldy, aunque suavizando mucho lo sobrenatural, as por modestia, como
por el escepticismo que es tan propio del siglo presente, se dio a
sospechar que en todo lo sucedido podra muy bien y casi naturalmente
haber algo que con el cuento oriental coincidiera.

Ella haba odo decir y hasta haba ledo en obras recientes que tratan
de Teosofa, que hay  en la India ciertos sabios llamados _mahatmas_,
que a fuerza de introinspeccin y de asiduo examen en las honduras del
propio ser, adquieren poder estupendo y descubren raros secretos de la
naturaleza, por cuya virtud realizan acciones que tienen apariencia de
milagrosas, aunque no lo sean. No sera quizs el autor de las tres
poesas alguno de esos hbiles _mahatmas_ que haba adivinado a Poldy,
que la haba entrevisto mentalmente, que se haba prendado de ella y
que para comunicarle sus impresiones y enviarle sus versos sin
infundirle mucho asombro, se haba valido del medio naturalsimo del
pjaro zancudo, cuya condicin propia le lleva, sin nada de brujeras ni
de otras malas artes, a pasar el verano en Austria y el invierno en la
India?

De esta suerte cavilaba Poldy, forjando y desbaratando casos
fantsticos. Era como el nio que se entretiene en levantar con esmero y
conservando bien el equilibrio un alto y complicado castillo de naipes,
y luego le derriba para divertirse y jugar levantando otros.

En suma; Poldy no saba a qu atenerse ni por qu decidirse. No se
declaraba a s misma cul de los castillos por ella levantados era el
que ms le agradaba. Lo que no poda menos de reconocer era que la faena
de levantarlos y de derribarlos la deleitaba no poco.


V

Poldy buscaba la soledad entonces ms que nunca. En las conversaciones
con su hermano, con su madre y con su aya, se mostraba distrada. Y
esquivando amenudo toda compaa, iba a dar por el bosque solitarios
paseos.

Aunque sea ordinaria comparacin, as como puede conjeturarse y preverse
que el sitio ms apropsito de hallar a un goloso es una buena
confitera, as Poldy conjeturaba que de seguro volvera a hallar a la
cigea a orillas de la laguna donde la hall por vez primera. Haba
all tal abundancia de ranas, lagartos, sapos, escuerzos y otras
sabandijas, que era la tierra de promisin para aquel pjaro zancudo, el
cual, por su gran tamao y por la extraordinaria longitud de sus alas,
cubiertas en los extremos de lustrosas y negras plumas, dejaba conocer
que era del gnero masculino. Lo que Poldy no acertaba a determinar era
si el pjaro estaba casado o soltero. Poldy le vea siempre solo y como
no entenda su lenguaje, no le preguntaba si era casado, como en Espaa
solemos preguntar a los loros, que responden a la pregunta.

Era tambin un misterio para Poldy el lugar donde anidaba la cigea.

La vea a orillas de la laguna. El pjaro la saludaba con sonoros
castaetazos, dando saltitos y batiendo las alas, que abiertas abarcaban
ms de dos metros y medio. Era en su especie un individuo de
notabilsimo mrito.

Pareca meditabundo y pensativo, pero deba callarse muy buenas cosas.
En vano esperaba Poldy y hasta fantaseaba el milagro de que la cigea
hablase, pero la elocuencia de la cigea jams iba ms all de los
castaetazos de costumbre y de algunos roncos y desentonados silbos, que
eran todo su lenguaje.

Con esto nada poda ponerse en claro.

La cigea se mostraba muy amiga y muy mansa con la joven Condesa. No le
guardaba rencor porque le hubiese quitado la tela de los versos.
Restregaba la cabeza y el cuello contra la vestidura de la linda dama, y
pareca gustar de que ella le pasase la mano por el largo cuello y por
las alas, y le alisase las plumas.

Estas mudas conferencias, que tenan lugar dos o tres veces cada semana,
duraban poco y no se puede decir que fuesen muy amenas. Por lo dems, la
cigea tena el instinto de no aburrir, y siempre terminaba las
conferencias pronto y de un modo brusco, lanzndose repentinamente en el
aire, trazando graciosas espirales en su sereno vuelo y al cabo
perdindose de vista.

Pas la primavera, pas el verano, vino luego el otoo, como sucede
siempre, y empez por ltimo a aparecer el invierno. Poldy tuvo entonces
barruntos de que la cigea iba a emigrar y a volver sin duda al soado
palacio, a la ciudad oriental, al templo o a la quinta, donde el autor
de los versos moraba.

Irresistible fue la tentacin que sinti de escribirle. Porqu no haba
de hacerlo por estilo prudente y decoroso que no la comprometiera?

Poldy pens adems que, si bien no era inverosmil que por ministerio de
los genios o de las hadas o por virtud de la ciencia de los _mahaturas_,
el autor de los versos hubiera logrado tener clara visin de ella, nunca
estara de sobra enviarle un buen retrato suyo en fotografa. En
nuestros tiempos no implica esto muy decidido favor. Cualquier sujeto,
el ms plebeyo de los mortales, poda comprar por un florn el retrato
de Poldy, expuesto en los escaparates de muchas tiendas de Viena, entre
las bellezas de la corte y del teatro, entre princesas, actrices y
bailarinas. Si cualquier pelafustn compatriota de Poldy poda poseer su
imagen, qu atrevimiento ni qu falta de decoro habra en envirsela
por medio del pjaro zancudo al poeta incgnito, que no poda menos de
ser prncipe, nababo, brahaman o _chatria_, all en la tierra de Rama y
de Sita, de Nal y de Damayanti?

Hechas estas reflexiones y otras por el mismo orden, que, se omiten aqu
para evitar prolijidad, Poldy, escribi una extensa carta, en papel muy
fino para que abultase poco; tom un retrato suyo, sin cartn, en el
cual retrato estaba ella descotada y lindsima en su elegante traje de
baile; lo incluy todo en un sobre con fuerte forro de tela que cerr y
sell con lacre; escribi encima: _al incgnito poeta indio_; agujere
la carta con un punzn; pas una fuerte cinta al travs del agujero; y
as preparado todo, lo colg al cuello de la cigea como si fuese la
insignia de comendador de cualquiera ilustre Orden.

La cigea se estuvo muy quieta, aguardando que Poldy sujetase bien la
cinta a su cuello para que no se desatase y para que la carta no se
cayese. Y apenas comprendi que estaba ya bien condecorada, dio un
tremendo salto, alz el vuelo, se remont en el aire y vol con tanto
bro como si se largase ya a la India sin parar en rama.

Dejmosla ir en paz, mientras nosotros, que estamos en todos los
secretos, nos adelantamos a copiar aqu lo que Poldy haba escrito, que
era como sigue:

Irresistible impulso me lleva a escribiros sin conoceros. S que me
expongo a que me juzguis poco circunspecta, muy atrevida y harto libre.
Ignoro vuestra condicin en el mundo, vuestro linaje, vuestras creencias
religiosas, vuestra edad y vuestra patria. Mi espritu, no obstante, se
siente arrebatado hacia donde vuestro espritu se halla y se cree unido
a l por el estrecho y fuerte lazo de los mismos sentimientos y de las
mismas ideas. En torno mo todo me es indiferente, todo me parece
rastrero y mezquino. No es extrao, pues, que busque yo como vos, en
apartadas regiones, un alma que simpatice con la ma, aunque sea slo
por sentirse atormentada de la misma dolencia. No acierto a explicarme
el fin que pueda tener yo envindoos estos renglones y hasta envindoos
mi retrato. Lo hago sin propsito, fatal e irreflexivamente. Mi nico
anhelo es acaso que sepis que pienso y siento como vos, que ardiente
sed de tiernos afectos agita y quema mi corazn sin que la satisfaga ser
alguno de cuantos miro cerca de m. La clara nitidez del cielo poblado
de estrellas, el silencioso apartamiento del bosque, la belleza y la
gala de los campos floridos, todo embelesa mi alma, todo hasta cierto
grado la enamora, pero todo deja en ella inmenso vaco, que slo otra
inteligencia y otra voluntad, humanas o divinas, iguales o superiores a
mi voluntad y a mi inteligencia, pueden llenar si me acuden; si prueban
el afn que yo pruebo y si logran infundirse en el abismo de mi
pensamiento, compenetrndole, fundindose con l y hacindose con l uno
solo. No os conozco: no s si sois vos a quien yo busco. Por esto mismo
declaro sin ruborizarme mi extraa pasin, de la que en realidad no sois
objeto. Criatura mortal sois sin duda como yo lo soy. En esta vida
terrenal, que vivimos ahora, nicamente podra yo amaros si se
cumpliesen determinadas condiciones de criatura mortal que en vos tal
vez no se cumplan. Tal vez las que yo poseo no respondan a vuestra
aspiracin tampoco. Y sin embargo yo soy joven, de nobilsima estirpe, y
muy alabada de hermosa, aunque por modestia debiera callarlo. Os
confieso lo ms ntimo, lo ms oculto y delicado de mi sentir y de mi
pensar. Os declaro quien soy, donde vivo y como me llamo. La confesin y
la declaracin van dirigidas a un ser que yo me finjo: a un ser que mi
imaginacin ha forjado. Querris vos y podris vos demostrar que
convens sustancialmente con lo imaginado por m; que sois la forma
material y visible del espectro etreo por quien estoy obsesa, y el
astro luminoso cuyos matinales resplandores columbro, y el ansiado
aliento de primavera, que al venir el alba despierta y mueve a cantar a
las aves, y separa y extiende los ptalos de las flores para recoger su
aroma y darles en pago su roco? Yo explico aqu mi sueo. Si tiene
algn fundamento real, a vos os toca manifestarlo. Si no estis muy
seguro de la existencia de tal fundamento, lo mejor es que callis.
Respondindome, slo conseguirais disipar la ms bella de mis
ilusiones, reemplazndola con una realidad ruin y triste y con el
consiguiente desengao. Pero si estis seguro de que mi sueo no carece
de fundamento, respondedme, decidme quien sois, venid a m y mostraos. A
orillas del azul y caudaloso Danubio, en el castillo de Liebestein, os
espera

POLDY.


VI

Apresuradamente por el temor de que la cigea se fuese a la India sin
llevar prenda suya, y con vehemente exaltacin, sublimada por la soledad
y como destilada en el encendido alambique de sus ocultas cavilaciones,
escribi Poldy la apasionada carta que acabamos de transcribir; mas no
bien vol la cigea, llevndosela colgada en el cuello, Poldy se
arrepinti y aun se avergonz de haber escrito la carta, mostrndose tan
tierna y tan afectuosa con un desconocido. La suerte, sin embargo,
estaba echada. El mal no tena ya remedio. Menester era resignarse y
callar. Quin, desde la India, por poco sigiloso y por muy jactancioso
que fuese, haba de tener el capricho de hacer saber en Viena que Poldy,
la orgullosa, la siempre esquiva, con condes, con prncipes y hasta con
archiduques, se haba humillado a escribirle cosas de amor, sin saber
quien era e ignorando hasta su nombre?

Poldy esperaba que permaneciese secreto su impremeditado desliz; el mal
paso que haba dado y que por lo menos calificaba ya de imprudente
locura.

Por otra parte, en ocasiones en que su humor era menos negro, Poldy se
juzgaba con alguna indulgencia y hasta llegaba a absolverse de su culpa,
dado que la hubiese. Porque, si el autor de los versos era un joven y
hermoso prncipe oriental o algo por el estilo, era muy cruel para el
prncipe y para ella no llevar adelante tan potica y misteriosa
aventura y destruir las vagas esperanzas de ambos, como quien arranca de
bien cultivado terreno una planta lozana a punto ya de cubrirse de
flores.

Como quiera que fuese, Poldy vivi en adelante muy retrada y
melanclica.

Aquel ao fue el invierno muy crudo. Ni una vez sola, ni por muy breves
das, fue Poldy aquel invierno a Viena.

Penoso y terrible cuidado vino a aumentar las causas de su retraimiento.
La condesa viuda, su anciana madre, agobiada, ms que por el peso de la
edad, por las penas, los desengaos y hasta por las miserias y los
apuros econmicos, enferm gravemente.

Hizo Poldy cerca de ella el oficio de la ms vigilante, devota y
cariosa enfermera; pero ni sus desvelos, ni sus fervientes oraciones,
ni la docta asistencia de un sabio mdico, amigo de la casa, fueron
bastantes a retardar el cumplimiento de las inexorables leyes de la
naturaleza que tena marcado el trmino de aquella trabajada vida. La
condesa viuda, llena de santa y dulce resignacin, tuvo pronto una
muerte ejemplar y cristiana.

Durante algunos das rein muy lgubre animacin en el castillo. A
recoger los ltimos suspiros de la egregia dama haba acudido la mayor
parte de sus hijos, yernos y nueras.

Pronto, no obstante, volvieron todos a sus respectivos destinos y
residencias, y el castillo qued en abandono y en ms honda soledad y
silencio.

El conde Enrique, Poldy, su aya y tres criados, fueron ya los nicos
moradores del castillo. Poldy sinti profundamente la irreparable
prdida que haba tenido. Y sin que refrenase su dolor la inquebrantable
fe religiosa que daba vigor a su alma, la joven condesa, llor durante
meses a su difunta madre sin hallar consuelo, y olvidada casi de cuantos
devaneos, ilusiones y esperanzas haban poetizado su solitaria
existencia en aquellos ltimos tiempos.

Poldy, sin embargo, aunque no se consol, hubo al cabo de serenarse y
calmarse. Apacible tristeza endulz el manantial de sus lgrimas y luego
logr represarle.

Pesares de condicin harto menos noble, y mil preocupaciones de un orden
tan rastrero como prctico, invadieron y ocuparon el corazn de Poldy,
como cuadrilla de desalmados e impos bandoleros que entran a saco,
profanan y destrozan un augusto santuario.

Dos meses haca ya que haba muerto la condesa viuda. Eran los primeros
das del mes de Febrero. El fro era intenssimo. Un manto de nieve
cubra en torno la tierra y coronaba a trechos con blancos penachos las
erguidas y sombras copas de robles, abetos y pinos. Rara vez abandonaba
Poldy la abrigada habitacin del castillo, donde apenas tena ms
persona con quien conversar que su hermano el conde Enrique.

l y ella, haban quedado morando all provisionalmente, pero pronto
tendran que abandonar su antigua vivienda de la que era propietario y
haba tomado ya posesin el hermano mayor de ambos.

Poldy, pues, cavilaba con tristeza y desesperanza sobre su suerte
futura.

Su hermano Enrique, que gozaba de alta y merecida reputacin de sabio,
muy versado en varias disciplinas, estaba llamado a ser profesor en una
Universidad, donde su ciencia y su trabajo, habran de remediar la
escasez de su patrimonio, dndole para vivir honrada y decorosamente, si
bien con sobrada estrechez.

Pero cmo Poldy, que era pobre y desvalida tambin, haba de irse con
su hermano y serle constantemente gravosa? Esto no era posible. A Poldy
adems le dola en el alma tener que abandonar aquellos lugares, tan
llenos para ella, de dulces y misteriosos recuerdos.

Por otra parte, Poldy, que amaba la soledad, senta invencible
repugnancia a irse a vivir vida conventual, entre otras canonesas, en la
casa de su instituto. Para vivir sola, segn su clase, ya en Viena, ya
en otra ciudad, sus rentas eran insuficientes. Y por ltimo, contra lo
que ms se sublevaba era contra agregarse a la familia de cualquiera de
sus hermanos o hermanas y hacer all el triste papel de husped
perpetua, de ta y de acompaanta, viviendo en algo a modo de poco
airosa dependencia y de mal disimulada servidumbre.

Horror causaba a Poldy cualquiera de estos planes en que trazaba y
representaba su porvenir. An tena delante de s todo aquel ao que
empezaba entonces, y durante el cual ella y el conde Enrique, haban
concertado ya con su hermano mayor, permanecer en el castillo, mientras
duraba el riguroso luto y acababa de hacerse el deslinde y las
particiones de la muy corta hacienda, en la que todava muy poco les
tocaba.

Pasado el mencionado plazo, Poldy consideraba inevitable su salida del
castillo, as como tomar decidida resolucin para vivir a su gusto y con
independencia y decoro.

Tal era la desengaada posicin de Poldy. Slo negras nubes, que
presagiaban tempestad, columbraba, al mirar en todas direcciones, en el
horizonte de la vida. Slo una luz incierta, vaga, errante, que bien
poda ser una estrella, pero que tena ms trazas de engaoso fuego
fatuo, iluminaba de vez en cuando el vaco y obscuro espacio de su
cielo. Poldy acababa adems de cumplir veintinueve aos. Estaba en el
apogeo de su belleza, en el mejor y ms glorioso momento de su mocedad
briosa, y con la imaginacin rica de ensueos y la voluntad movida y
solevantada por poderosos impulsos de ternura.


VII

Pronto desaparecieron las nieves; se oy el canto de la alondra; calent
ms el sol y verti luz ms clara; discurri por el bosque que
circundaba el castillo un aura vital y fecunda; se tapiz el suelo de
nueva y menuda yerba, y en los sotos y umbras de las hondonadas, en la
margen de los arroyos, comenzaron a brotar florecillas tempranas,
despuntando con timidez en los lamos, mimbrones y chopos, ms
resguardados de los vientos del Norte, las primeras tiernas hojas.
Entonces Poldy sali de su retraimiento casero y se lanz con ms
frecuencia y por ms largo tiempo que nunca a sus excursiones y
meditabundos paseos por los sitios ms solitarios de aquellas cercanas.

No poco gustaba ella de ir por intrincados senderos, por donde haba ms
flores, por donde era ms tupida y frondosa la enramada. No poco gustaba
ella de sentarse en algn poyo rstico o de pararse a meditar al pie de
corpulento roble, cuyo aoso tronco estaba revestido de trepadera yedra
y de madreselva olorosa. Pero todo esto era para despus y como recurso
y consuelo. Lo primero que Poldy haca todas las maanas, lo primero de
que gustaba y a donde iba precipitadamente apenas sala de paseo, era a
la margen de la laguna a ver si se le apareca de nuevo la cigea
blanca.

Y como no se le apareca, ya se quedaba aguardndola largas horas, ya se
pona a buscarla por uno y otro lado y hasta penetrando en el obscuro y
ruinoso torren que pudiera acaso servirle de refugio. Luego que se
cansaba de sus vanas pesquisas, cesaba de hacerlas y se diriga a otros
puntos del bosque; negra tristeza embargaba su alma, y a veces asomaban
a sus hermosos ojos, harto involuntariamente, algunas lgrimas que no
eran ya de las nacidas por el afectuoso recuerdo de su madre difunta.

Por qu no volva la cigea blanca? Habra muerto en la India o
habra emigrado desde la India a otra regin distante, olvidando con
ingratitud el bosque y castillo de Liebestein y la amistad de Poldy?

En estas dudas angustiosas transcurri todo el mes de Abril.

Era el primer da de Mayo. Poldy, casi desesperada ya de volver a ver la
cigea, acudi, no obstante, como de costumbre, entre diez y once de la
maana, a la orilla de la laguna.

Apenas haca dos minutos que estaba all, absorta, pensativa y fijando
larga y melanclica mirada en la tranquila haz del agua, cuando un
precipitado sonar de alas que vena acercndose estremeci todo su
cuerpo y alboroz su alma con agradable susto. La cigea blanca haba
venido volando, se haba abatido a pocos pasos de ella, y ya se le
acercaba con su lento y majestuoso paso y dando con el pico los
castaetazos con que sola siempre saludarla.

Indescriptible fue la alegra de Poldy. Su impaciencia fue mayor que su
alegra. Impulsada por su impaciencia, ech las manos al cuello del
pjaro zancudo, y empez a buscar el cordn o la cinta de donde pendiese
la respuesta que a su carta esperaba. Qu cruel afliccin tuvo
entonces! No hallaba carta pendiente. No hallaba cinta ni cordn de que
pendiera. A punto estuvo Poldy de llorar de rabia. Pero la cigea, como
si adivinase su sentimiento, abri las largas alas y al punto con
alegra y sorpresa advirti Poldy que la cigea tena debajo del ala
izquierda y muy bien atado all con un fuerte y sutil cordoncillo que
bajo las plumas se esconda, un largo y delgado canuto o rollo.

Poldy se apoder de l en seguida y not que era ligersimo, que estaba
precintado y sellado y que era tan fuerte la cuerda del precinto y
estaba tan bien anudada, que no poda romperse ni desatarse sin tijeras.
Sobre la exterior superficie del rollo, se vea escrito en lengua y
letras alemanas: _A su excelencia la graciosa seorita Condesa Poldy de
Liebestein_.

Hizo Poldy algunos carios a la cigea a fin de mostrar su gratitud, y
hasta hay quien dice que bes su cabeza en albricias del buen recado.
Luego Poldy se fue corriendo al castillo para encerrarse en su cuarto,
cortar el precinto con tijeras y ver lo que el rollo contena. Haba en
el rollo varios objetos que Poldy fue sucesivamente examinando. Era uno
la vista fotogrfica, prolija y magistralmente iluminada con colores, de
un extenso y magnfico saln oriental, lleno de primores y de peregrinas
elegancias. En todo se advertan y se admiraban pasmoso lujo asitico y
muy acendrado buen gusto. Se dira que era aquello la prodigiosa cmara
subterrnea, donde encontr Aladino la lmpara del Genio. Pendan de las
paredes armas brillantes, indias, chinas y japonesas; colgaban del techo
cinceladas lmparas de oro; se vean en torno jarrones, tibores y vasos,
artsticamente esculpidos, de metales preciosos, de jaspes rarsimos, de
antigua porcelana y de atauja o menuda labor de pedrera, marfil,
bronce y otras materias ricas. Varios dolos de extraas cataduras y de
simblicas formas, autorizaban y caracterizaban la estancia. All
estaban representados Agni, dios del fuego; Kamala o Kamela, Venus de la
India, de cuyo nombre proceden, en nuestro vulgar idioma _camama_,
_camelo_ y sus derivados; y all estaban tambin Indra, Varuna y hasta
la misma Trimurti.

En primer trmino, sobre una esplndida alcatifa de Persia, y sentado en
mullidos almohadones de seda, admirablemente bordados, se pareca un
seor, en la flor de la juventud, cubierto de blanca y rozagante
vestidura y coronada la gentil cabeza de un amplio turbante, cndido
tambin, sobre el cual se ergua un airn o copete de rizadas y lindas
plumas, sujeto el airn al turbante por una enorme piocha de perlas,
diamantes y rubes, que deba valer un imperio. Delante del seor haba
varias mesillas enanas, donde en areos y repujados azafates, en ligeros
canastillos, en esbeltas nforas y en clices esmaltados, se ofrecan
para regalo de la vista, del olfato y del paladar, licores, conservas y
sazonados frutos. A un lado y a cierta distancia del joven seor, se
hallaba un rico y elegantsimo narguil, cuyo flexible y luengo tubo
tena el joven seor asido por el extremo, dejando ver la gruesa
boquilla de mbar, prendida al tubo por un anillo de refulgentes
esmeraldas. Al lado opuesto del narguil, aunque mucho ms cerca del
joven seor, se alzaba, en muy graciosa postura, nuestra ya conocida
amiga la cigea blanca, cuya vista complaci a Poldy no poco. No la
complaci tanto, sino que hubo de enojarla y de escandalizarla, aunque
reprimi el enojo, atribuyendo lo que vea a inveteradas e
imprescindibles modas orientales, que en el fondo del saln apareciesen
tres bayaderas, con traje de Apsaras o inmortales ninfas, las cuales
tejan voluptuosa danza, desceido y leve el transparente ropaje, los
brazos y los pies desnudos, luciendo en las gargantas de los pies y en
los brazos, ajorcas y brazaletes, y dejando ver adems las torneadas
espaldas y los firmes y redondos pechos. Varios msicos, vestidos como
dicen que se visten los Gandarbas o msicos del cielo de Indra,
acompaaban la danza con arpas, flautas y violines, y con erticos
cantares.

Poldy qued deslumbrada al contemplar todo esto y form el concepto ms
alto del esplendor y de la riqueza del seor indio. De su traza personal
es de lo que aquella fotografa no le daba idea completamente
satisfactoria. Y no era ese tampoco el propsito de la fotografa, por
bajo de la cual haba este letrero: _mi modo de vivir en Oriente_.

En otra fotografa ms pequea, apareca ya el joven seor con ms
claros pormenores. Estaba l solo, de cuerpo entero, pero sin accesorio
ninguno. Su traje, aunque sobrado pintoresco, era ms europeo que indio,
salvo el extrao sombrero que llevaba en la cabeza y que era de los que
llaman heronas en Filipinas. La chaqueta o dormn, muy ceido al cuerpo
y adornado con alamares, revelaba las formas robustas de su torso y de
sus brazos. Los calzones eran anchos y cortos. Desde la rodilla hasta la
planta de los pies calzaba botas de becerro. Pendientes de la ancha
charpa, de cuero tambin, que cea su cintura, haba un revlver a un
lado y al otro lado un enorme cuchillo de monte. En la mano derecha
cubierta de guante de gamuza, tena una escopeta de dos caones, que
descansaba en el suelo y sobre la cual se apoyaba. Por bajo, haba un
rtulo que deca: _al ir a caza de tigres_.

Por ltimo, haba una tercera fotografa que no dejaba nada que desear.
All estaba el joven seor clara, fiel y ntidamente retratado. Su
rostro era hermossimo. Los ojos eran grandes y expresivos; la barba
pareca sedosa, abundante y muy bien cuidada y atusada. La nariz, un
tanto cuanto aguilea, daba cierta majestad a su expresin. Y la anchura
y la rectitud de su frente revelaban poco comn inteligencia. Se notaba
en todo su aspecto un no s qu de bondadoso, de simptico y de
egregiamente distinguido. Sus manos sin guantes, aunque fuertes y
varoniles, eran aristocrticas, muy cuidadas y bonitas, con dedos
afilados en la extremidad y encanutadas las uas, en vez de ser cortas y
chatas. En este retrato, el joven seor estaba vestido enteramente al
uso de Europa, de toda etiqueta, con corbata blanca y con un frac, tan
admirablemente cortado y que le caa tan bien, que no soara hacerle
mejor, ni Frank, el de Viena, ni el sastre ms famoso de Londres. Por
bajo de este retrato haba otro letrero que deca: _en traje de etiqueta
para ir a un baile del Lord Gobernador de la India_.

Hechizada qued Poldy al contemplar los mencionados retratos. Se prend
de la hermosura y distincin de su remoto amigo. Y no pudo menos de
confirmarse en la creencia de que era un prncipe indio _mediatizado_,
un nababo, o por lo menos un brahman o un _chatria_ de primer orden y de
mucho fuste.

Imagine ahora el lector el afn, el asombro, las palpitaciones de gozo y
el raro deleite con que leera Poldy la carta, que tambin vena en
rollo y que estaba concebida en estos trminos:


VIII

Me repugna y hallo difcil escribir cartas dando tratamiento a quien
las dirijo, y as, adopto la antigua costumbre de los orientales. T me
permitirs, bella condesa Poldy, que desde luego te tutee sin
ceremonias.

La cigea blanca, que anida aos ha en el tejado de la esplndida
quinta que yo poseo en las floridas mrgenes del Ganges, me ha trado
gratas noticias tuyas, tus dulces palabras y tu divina imagen. Bendita
sea la cigea blanca que tanto bien me ha hecho. Con razn la llamaba
yo antes Garuda. Ahora le confirmo este nombre sagrado, con el que se
designa en mi patria al Dios-rey de las aves todas, al alado destructor
de los dragones y de las serpientes.

En extremo me complace saber que eres de noble extirpe y bastante
antigua hasta donde cabe en un pueblo que hace pocos siglos era salvaje
todava, careciendo de documentos y de archivos que pudiesen acreditar
la nobleza de persona alguna, y las hazaas de sus progenitores. Estos,
errantes en las speras selvas y en el rudo clima de los pases del
Norte, decayeron de su ilustre origen y olvidaron la primitiva cultura
de los arios del Paropamiso de donde proceden, y slo recientemente se
han civilizado, aprovechndose de los estudios y progresos de los
hombres del Medioda. Pero sea de lo dicho lo que se quiera,
relativamente t eres noble y me basta, aunque mi clara nobleza preceda
a la tuya en dos mil aos lo menos.

Te hablo con franqueza y desecho adulaciones y galanteras. As dars
mayor crdito a mis alabanzas sinceras.

Garuda, por caprichosa y feliz inspiracin ma, te llev unos versos que
distaba yo mucho de imaginar que pudiesen caer en tan hermosas manos. En
ellos ponderaba yo mi hasto de cuanto me rodea y el anhelo vehemente,
que consume mi alma, de hallar objeto, escondido y lejano, que satisfaga
mis aspiraciones amorosas, las comprenda y las comparta.

Tu retrato y tu escrito han colmado mis votos. T eres la mujer de mis
sueos.

Venerandos brahmanes, antiguos sabios de por ac, que han escrito de
amores en el Kama Sutra y en otras disertaciones y tratados, exigen
sesenta y cuatro potencias, prendas o aptitudes, para que exista en
realidad la _Padmini_ o mujer perfecta. Yo te declaro que, al ver tu
imagen y al leer tus palabras, he descubierto en ti las sesenta y cuatro
aptitudes y te he entronizado en mi corazn como reina y seora y he
reconocido en ti mi _Padmini_, sin cuyo amor no podr tener nunca
bienaventuranza. mame pues, como yo te amo, y hazme dichoso como quiero
yo que t lo seas.

Nada puede oponerse a nuestra unin futura. La distancia importa poco.
No tardar yo en salvar la distancia, y el da en que menos lo pienses,
aparecer a tu lado y me vers de hinojos a tus plantas, pidindote que
correspondas al inmenso amor que me inspiras.

No hay ya en m calidad extica y peregrina que te prohba amarme. Yo
poseo el antiqusimo saber de los brahmanes y de los _chatrias_, de
cuyas castas combinadas desciendo; pero, he estudiado tambin y he
logrado adquirir bastante del moderno saber de Europa. Y no le miro con
prevencin injusta, sino con cario paternal, como retoo lozano de
nuestras primeras, altas y fecundas doctrinas. Ya habrs notado que no
escribo muy mal tu idioma y hasta que he imitado y casi traducido en
sanscrito versos de Gothe. No ignoro tampoco las literaturas francesa,
inglesa y de otros pueblos. Y en lo tocante a religin, te dir con todo
sigilo, pues no quiero aun escandalizar y alborotar a mis parientes y
amigos, brahmanes y _chatrias_, que he renegado, tres aos ha, de la
religin brahmnica, y me he hecho, en secreto, tan catlico cristiano,
como t eres. Se debe esta conversin a cierto Padre jesuita, de nacin
espaola, que lleg a esta ciudad, procedente de Filipinas y se detuvo
algn tiempo entre nosotros. Era varn tan ilustrado, tan piadoso y tan
elocuente y melifluo, que logr convencerme. Dios le bendiga y se lo
pague. Callo su nombre, porque de seguro no te importa y porque no
quiero lastimar su extremada modestia. Slo aadir que de mi trato
frecuente con este bendito Padre, ha nacido en m grande aficin a la
lengua castellana y que he adquirido y ledo los mejores prosistas y
poetas, que en ella han escrito o escriben.

Te callo tambin mi nombre indio, porque no quiero que le estropees y
porque es tan enrevesado, que slo aprenders bien a pronunciarle por
medio de la voz viva. Contntate por ahora, con saber que el venerable
padre jesuita mi catequizador, me puso al bautizarme, el sevillano
nombre de Isidoro. No seas voluble: mame y no me olvides: no te
enamores de ninguno de esos _dandies_ de la _Hof-Adel_ o nobleza
palatina de Viena: persudete de que mi nobleza es por lo menos tan
clara y sin la menor duda muchsimo ms rancia que la de ellos. La de
ellos constar acaso en antiguos pergaminos, pero la ma consta en
documentos fehacientes, redactados veinte siglos antes de que el
pergamino se inventase, y muchos ms siglos antes de que en Austria se
usara y se contara entre los recados de escribir.

mame, repito, y ten fe y esperanza en mi amor. No necesitas buscarme,
sino aguardarme. Pronto me vers a tus pies, adorndote rendido y
suplicndote con toda el alma que seas la _Padmini_ de tu

ISIDORO.


IX

Contentsima estaba Poldy al inferir y considerar, por la lectura de la
carta, que su indio era ilustre y rico y que estaba perdidamente
enamorado de ella. Puntos haba, no obstante, en la carta, que hacan
surgir en el espritu de Poldy, reparos, contradicciones y hasta quejas.
Harto jactancioso y nada galante ni fino le pareci el encomio que hizo
el indio de su nobleza, con grave detrimento y aun menosprecio de la
nobleza austriaca; pero Poldy excusaba y hasta absolva al indio,
conjeturando que en este particular haba de estar un tanto cuanto
agriado su carcter, por que siendo l descendiente de Crishna, de Rama,
de los Pandues, o tal vez de algn Avatar, encarnacin de Vishn, de los
que el Mahavarata celebra, se vea sometido a la extranjera dominacin
de los pcaros ingleses.

Poldy disculpaba as a su amigo, pero distaba mucho de darle la razn.
Pensaba ella que los documentos nobiliarios valen solo cuando goza de
poder, alta posicin y riqueza quien los exhibe, y que todo esto, salvo
la riqueza, estaba menoscabado y deteriorado en su indio, que al fin era
un humilde sbdito de S. M. Britnica y cualquier ingls empleado de
Hacienda o cualquier coronel de caballera podra mirarle de alto a
bajo.

Poldy discurra adems, que el que vence y domina es siempre el heredero
legtimo del vencido y dominado. Y esto en todas las pocas y regiones.
En la Edad Media, por ejemplo, ya en una encrucijada, ya en abierto
palenque, topaba un caballero andante con otro, y para probar la
bizarra respectiva o para hacer confesar al contrario, que su dama era
la ms hermosa, o por qutame all esas pajas, se arremetan ambos con
furia y se daban de lanzadas. De resultas caa derribado de la silla uno
de los dos caballeros, y en el instante, toda la gloria de sus proezas,
toda la nombrada que sus aventuras y hazaas le haban granjeado, se
transferan al caballero vencedor como aditamento o apndice.

Poldy recordaba tambin haber ledo que, all en Amrica, cuando un
cacique bisoo, que no haba hecho aun cosa de provecho, se encontraba
de manos a boca con otro cacique veterano, enemigo suyo, y clebre autor
de doscientas mil ferocidades, y acertaba a darle tan terrible golpe con
la macana que le derribaba y venca, la fama toda del cacique veterano
se trasladaba al cacique bisoo, y hasta era general creencia que en el
bisoo se transfundan los bros y la audacia del veterano, sobre todo
si el bisoo le beba la sangre o se le coma, crudo o guisado, despus
de haberle muerto.

Deduca Poldy de cuanto va dicho, que los verdaderos nobles del da, son
los europeos, y muy singularmente los alemanes, porque ejercen con los
adelantos y mejoras de nuestro siglo, todas las antiguas artes de la paz
y de la guerra, por donde se sealaron y dominaron el mundo asirios y
babilonios, medos y persas, egipcios, fenicios y cartagineses, y griegos
y romanos, cuyas glorias todas, excelencias y privilegios se hallan hoy,
segn Poldy, en resumen, cifra y compendio, en sus egregios
compatriotas, y por consiguiente en ella tambin.

A pesar de todo, y despus de haber hecho la indispensable rebaja, Poldy
se complaca en que fuera noble su indio y hasta se figuraba llansimo
que fuese l naturalizado, _hof-fhig_ sin la menor dificultad, y que
asistiese con ella a la corte cuando estuviesen casados.

Como en Austria, adems de la nobleza alemana, checa, polaca, hngara,
rumana, croata, serba, dlmata, etc., la hay de origen irlands,
francs, espaol e italiano, claro est que podra haberla tambin de
origen brahmnico y _chatriesco_.

Otra cosa, de las que enojaban algo a Poldy, era la presencia en la
fotografa de aquellas tres bayaderas tan ligeramente vestidas y tan
poco modestas y comedidas en sus bailes. Pero tambin Poldy se mostraba
indulgente con este desafuero del indio, y si no le disculpaba, le
explicaba y casi le perdonaba. El indio haba tenido bayaderas, y haba
hecho aquella vida rota, de puro oriental, cuando estaba aun sumido en
las tinieblas del paganismo, pero cuando, gracias al padre jesuita, se
convirti a la verdadera religin, Poldy daba por segura su enmienda y
el abandono en que haba dejado sus viciosos deportes.

Lo nico que en este negocio la apesadumbraba era que no hubiese sido el
indio su catecmeno, porque ella le hubiera convertido mejor que el
padre jesuita, y no le hubiera dado en la pila bautismal un nombre tan
feo como el de Isidoro. Poldy ignoraba quizs que haba habido un santo
arzobispo de dicho nombre, famossimo sabio, que recogi y orden en
sus libros todo el saber de su tiempo, y se atena a lo que haba odo
decir a una vieja princesa, ta suya, terrible antisemita, la cual
princesa se empeaba en afirmar que el nombre de Isidoro era muy comn
entre judos, por donde le repugnaba de tal suerte, que tuvo tentaciones
de despedir a un excelente criado suyo porque se llamaba Isidoro, y slo
se resign a conservarle en su servicio obligndole a llamarse Filidoro
en adelante.

Por lo dems, Poldy no poda estar ms alegre ni ms satisfecha. El
istmo de Suez, acababa de abrirse y ya se presenta Poldy atravesando el
canal, salvando el estrecho de Bab-el-Mandeb, y navegando por el Mar
Eritreo, con rumbo hacia la India, para visitar las quintas, jardines y
palacios de su joven esposo.

La venida de ste no poda ya tardar mucho, y Poldy se mora de
impaciencia por verle vivo y no pintado, en cuerpo y alma y no en
imagen. Lo que excitaba su curiosidad y le cosquilleaba suavemente las
telas del cerebro era la condicin de _Padmini_, que el joven indio le
conceda. Ansiosa estaba de leer o de que le leyesen el _Kama Sutra_, y
de estudiar bien all las sesenta y cuatro aptitudes o excelencias de la
_Padmini_, para buscarlas en ella y convencerse de que las posea y de
que no era lisonja de su amigo.

En resolucin, Poldy estaba inquieta y alborozada, pero con inquietud y
alborozo, llenos de dulces esperanzas y de amorosas y poticas
venturas.


X

Muy distrada o muy afanada deba de andar Garuda, cuando no se mostraba
en la margen de la laguna a donde Poldy iba a buscarla de diario.

El indio segua tambin tan invisible como Garuda.

Poldy languideca de impaciencia, e imaginaba en ocasiones que iba a
marchitarse su juventud como entreabierta rosa, en cuyo seno, donde no
cay el roco, penetran los rayos del sol en la estacin estiva.

En efecto, estaba para acabar ya el mes de Junio y el indio no haba
aparecido.

Una maana, como de costumbre, entre diez y once, volva Poldy de la
laguna, donde en balde haba buscado a la cigea.

Fatigada y triste, en medio de la senda por donde se volva al castillo,
Poldy se sent, al pie de un olmo, en un asiento rstico, y en lo ms
frondoso, intrincado y bonito del parque. Un arroyuelo cristalino corra
cerca murmurando. Crecan en su margen blancas y moradas violetas, y
otras no cultivadas florecillas, que embalsamaban el aire con suave y
grata fragancia. Floridos rosales de enredadera y otras plantas, que se
cean a los troncos, y pasaban de un rbol a otro, como festones y
guirnaldas, formaban all misteriosa espesura y apartado recinto.

Sentada ya Poldy, se puso a meditar, y hubo de distraerse por tal arte,
que, como vulgarmente se dice, se le fue el santo al cielo. Cual no
sera su asombro y cual no sera su jbilo, cuando de repente sinti
ruido y sin tener tiempo para recobrarse, vio llegar a un gentil
caballero, que se aproxim respetuoso y vino a ponerse de hinojos a sus
plantas.

Imposible dudar. Era el original de los tres retratos en fotografa.
Vestido estaba con elegante traje de cazador, pero sin armas, porque no
iba ya a caza de tigres, sino de palomas. Y en vez del salacot oriental,
cubra su cabeza un airoso sombrero tirols adornado con una pluma de
guila.

El joven derrib por tierra el sombrero y descubri los negros y
abundantes rizos de su cabeza, antes de postrarse de rodillas.

Profunda fue la emocin de Poldy. El corazn le daba brincos en el
pecho. El joven le pareci mucho ms bello en el original que en los
retratos, y cuando oy su voz, argentina, melodiosa, y rica de tonos
persuasivos y suaves, que roban la prudencia y la calma, apenas pudo
sostenerse y pens que se desmayaba.

En aquella situacin no era dable dilogo alguno. Qu podan decirse
los dos enamorados? Con qu frases, en qu sobrehumano idioma
acertaran a expresar sus agitadores sentimientos?

Solo dijo l:

--Aqu estoy, Poldy. Tuya es mi vida. Quiero ser y ser tuyo para
siempre. Yo te amo, yo te idolatro, yo te adoro.

Qu haba de contestar Poldy, muda de asombro, radiante de alegra, y
con el amor y el pudor luchando en su alma?

Hizo, no obstante un esfuerzo y se puso de pie, aunque turbada y
vacilante.

Entonces l se levant tambin y la estrech irresistible y
cariosamente entre sus brazos. Luego, junt su rostro al de ella y
cubri de besos su frente, sus mejillas y su fresca boca.

Conoci Poldy al fin el peligro en que se hallaba, se avergonz de ceder
con tanta facilidad a quien vea y oa por vez primera; y, prestndole
fuerzas su lastimado decoro, rechaz con violencia a su amante, se
desprendi de entre sus brazos, y procur guarecerse de su atrevimiento
huyendo desalada y refugindose en el castillo.

A solas en su estancia, se repuso Poldy de su temor, logr calmarse, y
en el fondo de su alma no pudo menos de conceder su perdn al prncipe
indio. Qu no perdonar una mujer a un joven gallardo y elegante,
enamoradsimo de ella, y que viene a buscarla y a ofrecerle su mano
desde tan remotos pases? Y por otra parte, qu haba de hacer l
cuando ella haba enmudecido, trmula y palpitante, y no responda a sus
palabras? Si el indio no hubiera hecho lo que hizo, o hubiera sido un
ente sobrehumano de los que no se estilan, o un mozalvete ruin,
desmedrado y muy para poco.

As pens Poldy. Yo no digo si pens bien o si pens mal. Digo solo que
pens as y que, en consecuencia de tales premisas, ech all en su
mente la absolucin al joven indio.

Sac luego de un cajn de su escritorio la fotografa iluminada y con
morosa delectacin se puso a contemplarla.

Tan embebecida estaba en esto, sentada junto a su bufete, donde haba
extendido la fotografa, que no vio ni oy lo que pasaba en torno suyo.

De sbito, y cuando menos lo tema, oy detrs de ella una estridente y
sonora carcajada, tan diablica y tan burlona como puede darla el ms
consumado cantante, haciendo el papel de Mefistfeles y atormentando a
Margarita, en la pera del _Fausto_. Con mucho sobresalto volvi Poldy
la cara y vio apoyado en el respaldar de su silla a su hermano Enrique,
con su facha de duende maligno, que se rea a casquillo quitado.

De ordinario era Poldy apacible y afectuosa con todas las gentes y
singularmente con su enfermizo hermano, para quien no tena palabra
mala. Pero entonces la ceg la ira y dijo con cruel desabrimiento al
Conde Enrique:

--De qu te res, imbcil? De qu te res?

--Pues me ro, contest el conde tartamudeando, pues me ro...

--Vamos... interrumpi ella. Di, explcate. Dios te d habla.

--Pues me ro del enredo novelesco que has armado en tu cabeza,
convirtiendo en prncipe indio o en algo semejante... a mi antiguo amigo
y camarada de universidad, Isidoro Ziegesburg.

--Esas son simplezas tuyas. El indio se parecer a un estudiante que t
conociste. Pero de dnde haba de sacar el tal estudiante todas las
magnificencias indostnicas, todos los peregrinos tesoros de que en esta
fotografa aparece rodeado?

--Mira, hermana, mi amigo es tan rico y abundan tanto en su casa los
objetos de toda laya, que lo mismo que aparece como indostan en la
fotografa, hubiera podido aparecer griego del tiempo de Pericles,
magnate egipcio de la poca de los Faraones o de los Ptolomeos, Mirza
contemporneo de Hafiz o seor feudal del siglo de la primera cruzada. Y
siempre con las alhajas, primores, requisitos y dems accesorios que a
cada personaje caracterizan y son propios. Isidoro Ziegesburg, en una
palabra, posee el ms completo y admirable bazar de antiguallas y
curiosidades que hay en Viena. Qu digo en Viena? en toda Europa no hay
otro que se le iguale. Isidoro, as por lo que hered de su padre, como
por lo que ha trado de sus peregrinaciones por todo el mundo, durante
cuatro aos, es el ms notable y acreditado de todos los chamarileros.
Comprendo lo que ha pasado y por eso me ro. Me ro sin poderlo
remediar.

Y el conde Enrique se rea, y Poldy ponindose colorada como las
amapolas, estuvo a punto de darle de bofetones.

El conde advirti que su hermana estaba furiosa, refren su hilaridad y
sigui diciendo:

--Lo comprendo todo, porque Isidoro posee una bonita casa de campo a
ocho kilmetros de este castillo. No extrao que lo ignores, porque t
ests siempre en Babia, arrobada en tus ensueos y sin ver la realidad
de las cosas. Sin duda, en la citada casa de campo, ha de tener Isidoro
algunos animales domesticados, y entre ellos la cigea blanca. Tuvo un
da el capricho de colgar al cuello de la cigea las tres poesas
sanscritas, de cierto compuestas por l, porque es muy ingenioso y
aprovechado estudiante. El quiso embromar a alguien, sin prever a quien
embromara. Y quiso la suerte que los versos cayesen en tus manos y
fueses t la embromada. Lo dems que ha podido ocurrir, lo sabes t
mejor que yo.

--S que lo s, dijo Poldy, ms triste ya y ms abatida que airada. Y
pregunto yo ahora: es incompatible el ser chamarilero y el pertenecer a
la nobleza?

--En manera alguna es incompatible. Sujetos de muchas campanillas gustan
en el da de hoy de hacer cambalaches y de comprar y vender antiguallas
y curiosidades de todo gnero. Yo he odo decir al mismo Isidoro, cuando
acababa de volver de sus peregrinaciones, que en Lisboa tena un
estupendo baratillo nada menos que un Palha, individuo de una de las ms
ilustres y antiguas familias portuguesas, segn lo atestigua Cervantes
en el _Quijote_. Y sin ir tan lejos, en la misma capital de Austria, hay
un egregio conde que tiene tienda de cristalera, y otro muy distinguido
caballero que la tiene de tejidos de lana en la calle de Carintia.
Porqu pues, sin desdoro de sus timbres y blasones, no ha de tener un
baratillo un seor de noble prosapia?

--Acaso, dijo Poldy, Isidoro de Ziegesburg entre en esa cuenta. Acaso
figure su nombre en el cuadro genealgico de las casas principescas,
ducales y comitales, que publica todos los aos el almanaque de Gotha, o
por lo menos en el libro de los condes, que tambin da anualmente a la
estampa el mismo editor Justo Perthes.

--Desengate, hermana. No te canses. Yo debo decirte la verdad, aunque
te aflijas. Y la verdad es que Isidoro Ziegesburg es un judo.

No bien el conde Enrique hubo pronunciado aquella palabra, que son como
la trompeta del juicio en las encendidas orejas de Poldy, criada y
educada, por su madre y por su ta, desde la tierna infancia en el ms
feroz antisemitismo, cuando Poldy empez a temblar como una azogada y
tuvo un violento ataque de risa nerviosa. Tan violento fue que el conde
Enrique se llen de miedo, llam al aya e hizo que trajesen a Poldy una
taza de tila.

Cuando al fin se calm Poldy, y cuando pas su risa insana, empez a
suspirar y a sollozar, y derram un mar de lgrimas.

Todava se notaba en ella un raro movimiento nervioso. Con el pauelo se
secaba el llanto, pero se restregaba el pauelo con violencia por las
mejillas y por los labios, como si quisiese arrancarse la piel y los
besos que en ella haba estampado el prncipe indio, convertido ya en
chamarilero israelita.


XI

Luego que Poldy consigui sosegarse un poco, cay en muda y honda
melancola. Nada dijo a su hermano ni a su aya. Ellos no se atrevan a
interrogar a Poldy. Encerrada en su estancia, no iba ya a pasear por el
bosque. Apenas se dejaba ver y tratar por las personas que en el
castillo moraban.

Entre tanto, el joven Isidoro fue tan audaz que se aventur a venir a
visitarla, no ya recatadamente, sino en elegantsima victoria, tirada
por dos soberbios trotones rusos, con la cual lleg hasta la puerta del
castillo, subi las escaleras, y se empe en entrar a ver a la joven
condesa. Por fortuna se opuso el aya que le recibi en la antesala.
Isidoro dej tarjeta y se retir mal contento.

No desisti sin embargo, y repiti otras tres veces la tentativa. A la
cuarta vez, por orden de Poldy, el aya sali a desengaar a Isidoro, le
afe su tenacidad y atrevimiento, y le dijo que era intil que volviese
por all a enojar y a atormentar a Poldy, que nunca habra de recibirle
y a quien no volvera a ver en la vida.

El horror antisemtico que embarga el nimo de la nobleza austriaca
explica la conducta de Poldy, que parece extravagantsima y hasta
inexplicable en Espaa.

Poldy se haba enamorado entraablemente de Isidoro, pero, siendo l
judo, juzgaba ella imposible aceptarle primero por novio y luego por
esposo. El caso sera mirado como una abominacin sin ejemplo. Los
hermanos de Poldy dejaran de reconocerla por hermana, sus tos y tas,
por sobrina, y toda la _hig-life_ vienesa de diecisis cuarteles, la
expulsara de su seno como individuo degradado y corrompido.

Al pensar Poldy en esto, los cabellos se le erizaban y temblaba y
tiritaba todo su cuerpo como si discurriese por l el fro que precede a
la calentura.

Resuelta estaba Poldy a no volver a ver a Isidoro: pero no haba
previsto otra cosa y no haba formado sobre ella plan ni propsito.

A los pocos das de haberse negado ya por completo y para siempre a ver
a Isidoro, Poldy recibi por el correo una carta suya. Tal vez, sin
reconocer la letra, abri la carta, tal vez reconoci la letra del sobre
y sin embargo le rompi. De todos modos, una vez abierta la carta, Poldy
no pudo resistir a la curiosidad y al inters que le inspiraba lo que en
ella estaba escrito. Ley pues, y vio que deca: El enojado, el
quejoso, deba ser yo y no t, hermosa Poldy: pero el amor que me
inspiras es tan alto que no se le sobreponen los enojos y es tan firme
que no hay queja que le hunda ni acabe. Sigo, pues, adorndote, apesar
de todos los agravios. No fui yo quin te solicit. T me provocaste, t
me excitaste a que te amara envindome tu retrato con un apasionado
escrito. Me creiste brahman, nababo, prncipe de la India o cosa por el
estilo; y, no puedes negarlo, me amaste entonces. Hay nada ms
irracional, ni ms absurdo que tu desamor y tu furor de ahora, porque
sabes que, en vez de ser brahman, soy israelita? Yo segu tu humor al
principio, fingindome brahman, pero, en lo tocante a nobleza no fing
nada. Quin te ha dicho que un judo no puede ser noble? De dnde
infieres que tengo yo menos cuarteles que t? Yo puedo presentarte mi
evidente genealoga que se remonta hasta el mismo patriarca de Ur de los
caldeos, pasando por reyes, caudillos, jueces y profetas. Dnde andaban
los germanos ni qu eran cuando el poderoso rey Salomn, mi pariente,
eriga suntuoso templo al Dios nico?

Creado su concepto en la mente de los hombres de mi casta, por ellos fue
revelado al resto del humano linaje, idlatra y ciego. Tambin el rey
Salomn fundaba a Tadmor, esplndido oasis para las caravanas que iban a
las orillas del Eufrates, y mandaba sus triunfadoras naves juntas con
las de Hiram, a Ofir y a Lanka por un extremo, y a Gadir, a Tarsis y an
a las remotas Casitrides por el otro. Desde all le traan, para
autoridad, pasatiempo y deleite de l y de sus sbditos, cobre, estao y
mbar, cndidas pieles de armios y de cisnes, jimios y papagayos,
especieras y perfumes, perlas y diamantes, marfil y oro.

Alguien de mi familia priv con Ciro el Grande y volvi con Zorobabel a
reedificar la Ciudad Santa. De mi familia fue tambin el glorioso
pontfice que infundi en el nimo engredo y triunfante del Macedn
Alejandro, sbito acatamiento y saludable temor de las cosas divinas.
Alguien de mi familia combati gloriosamente por la patria al lado de
los Macabeos y derrot al rey de Siria Antioco Epifanes. Ve t pensando
mientras yo recuerdo estos sucesos que puedo demostrarte, en que pobre
choza o en que miserable zahurda estaba metida entonces tu desarrapada y
salvaje parentela. Las brutales persecuciones de Demetrio Soter, despus
de la funesta batalla y de la heroica y gloriossima muerte de los
Macabeos, movieron a mi familia a emigrar a Espaa. No quiero pecar de
prolijo ni ser tildado de jactancioso, y por eso no cuento aqu por
menudo las cosas extraordinarias que en Espaa hicimos. Te dir, no
obstante, que fue mi cercano pariente aquel gran rabino de Toledo que
redact la exposicin, y fue el primero en firmarla, dirigindose a
Caifs y tratando de convencerle, para que no condenase al santsimo
Hijo de Mara. Al lado del rey Alfonso VI de Castilla combatieron como
hroes mis antepasados, contra la brbara invasin de los almoravides,
en la sangrienta rota de Zalaca. Yo cuento en mi familia inspirados
poetas y admirables filsofos y telogos, gloria de la Sinagoga espaola
y de todo el judasmo. Entre ellos descuella Jehuda Lev, el Castellano,
a quien Heine celebra con entusiasmo fervoroso. El beso que Dios, al
crearla, dio a su alma, vindola tan bella, resuena an en los cantares
de aquel trovador admirable y produce divino encanto en los nobles
espritus que son capaces de sentirle y de comprenderle. Mi familia se
estableci ms tarde en Lucena, provincia de Crdoba, centro floreciente
de las academias y liceos judaicos, donde las ciencias y las artes se
cultivaron con abundante fruto. De all salieron mdicos, astrnomos,
hombres de Estado y ministros de hacienda para multitud de monarcas,
cristianos y muslimes, de los que reinaron en la pennsula. Nosotros
poseamos un pintoresco castillo o quinta de recreo, en el ameno
nacimiento del ro, cerca de la villa (hoy ciudad) de Cabra, y por eso
tomamos el apellido de Castillo de Cabra, que traducido al alemn llevo
ahora. Arrojados de Espaa por el fanatismo antisemita, vinimos a parar
a Austria, donde somos hoy vctimas de no menor absurdo fanatismo. Y no
es lo peor el odio, sino el infundado desprecio con que nos tratis.
Qu he hecho yo, qu ha hecho mi casta para que seamos as
menospreciados? El dinero que ha ganado mi padre y el dinero que he
ganado yo, ha sido ganado honradamente. Y para no cansarte, no digo aqu
nada ms de mi nobleza. Slo me atrever a indicar que todava hay en
Espaa familias de las ms altas clases, que se convirtieron a la
religin cristiana en el siglo XV, y con las cuales me sera harto fcil
probar mi parentesco. Baste lo dicho para que te inclines, oh hermosa
Poldy, a desechar tu loca repugnancia, impropia del clarsimo
entendimiento que Dios te ha dado, y para que vuelvas a recibirme, me
ames y seas ma.

En Austria nadie sabe de fijo lo que hizo Poldy despus de leer tan
arrogante y disparatada carta. La general creencia es sin embargo la de
que Poldy, aunque perdidamente enamorada del judo, no cedi ni se
rindi a sus razones. Muy por el contrario, todos por all dan un fin
trgico y misterioso a la presente historia.

El castillo de Liebestein est solitario y ruinoso. En sus sombros y
desapacibles salones, llenos de polvo y telaraas, se afirma que vagan y
circulan por la noche duendes y almas en pena.

El conde Enrique se fue de profesor a no s qu universidad, donde vive
an.

Y en cuanto a Poldy, unos aseguran que se ahog bandose, y dan otros
por cierto que, de propsito y movida por la desesperacin, se arroj
desde una barca en la vaguada o centro mismo de la corriente del
Danubio, y hasta aaden que con una gruesa piedra atada al cuello, para
hundirse en el fondo, para que nadie pudiera salvarla y para que no
resurgiese y se encontrase su cadver.


XII

Sin faltar descaradamente a la verdad, no hubiera podido tener mi cuento
fin menos lamentable y menos vago, a no ser por un dichoso encuentro
casual que tuve en Nueva York diez o doce aos despus de la
desaparicin de Poldy.

En el esplndido club, donde iba yo a comer casi de diario, me encontr
a un rico y amable comerciante de origen espaol, trab con l amistad y
acabamos por hacernos muy ntimos.

Era hombre de cuarenta y cinco aos a lo ms, pero pareca ms joven por
lo muy guapo, alegre y elegante.

Nos reconocimos como paisanos de la patria chica, o sea de determinada
comarca, porque si no l, no pocos de sus antepasados fueron cabreos.

Ya adivinar o sospechar el lector que este amigo mo, aunque
naturalizado ciudadano de la Gran Repblica, era y se llamaba Don
Isidoro Castillo de Cabra.

Pronto me cont hasta los pices y hasta los ms escondidos lances de su
vida. Poldy haba luchado, durante algunos meses, en espantosa
indecisin, entre el amor que Isidoro le inspiraba y los deberes ms o
menos artificiales, que la ligaban a su patria, a su familia y a la alta
clase a que perteneca.

Por ltimo, el amor triunf en el alma de Poldy, mas no para quedarse en
Austria desdeada y aborrecida de sus hermanos y parientes. No: esto era
imposible. Poldy tom una resolucin extrema, pero, en su caso, bastante
justificada. Hizo correr la voz de que haba muerto, se cas
catlicamente con el judo converso, y cambiando, o mejor dicho
traduciendo su nombre, se vino a vivir con l a los Estados Unidos.

Isidoro se trajo todo el dinero que tena y no pequea parte de los
preciosos chirimbolos, joyas y antiguallas de su bazar. El resto, as
como los predios urbanos y rsticos de que en Austria era dueo, lo
dej al cuidado de un to suyo muy de fiar y muy hbil.

En los Estados Unidos entr en grandes empresas y especulaciones y
aument sus bienes de fortuna en vez de disminuirlos.

El vena a Nueva York dos o tres das cada semana para despachar sus
negocios que, por haber muy entendidos dependientes en su escritorio, no
requeran de continuo su presencia. De aqu que la mayor parte del
tiempo se le pasase en una quinta que haba hecho construir a las
orillas del Hudson, imitando en lo posible la traza y arquitectura del
castillo de Liebestein. Como la quinta estaba sobre una pea, a
semejanza del castillo, tuvo Isidoro la ocurrencia de darle casi el
mismo nombre, aunque en lengua castellana y recordando un sitio muy
romntico que hay entre Antequera y Archidona. La quinta de Poldy se
llam la _Pea de los Enamorados_.

Distaba la quinta mucho ms de Nueva York que de Albany, capital del
Estado de Nueva York, pero, como los trenes del ferrocarril van con
extraordinaria rapidez en aquella tierra, y es deliciosa la navegacin
en los magnficos vapores que suben y bajan por el ro, poco molestaba a
Isidoro para ir y venir que fuese algo mayor la distancia. En cambio
Poldy gustaba del sosiego y de la tranquilidad del campo y aborreca el
bullicio malsano de las ciudades muy populosas.

Rara vez Poldy iba a Albany y ms rara vez aun iba a Nueva York. En su
quinta gozaba ella de todo el bienestar, lujo y regalo, que ofrece la
civilizacin moderna a los que son muy ricos.

Poldy, aun saliendo poco, y para verse al espejo, y para que su marido
la viese, se vesta a la ltima moda, con esmero, buen gusto y acendrada
elegancia.

Isidoro me llev a la quinta, me present a Poldy y tuve el placer y la
satisfaccin de admirarla. Aunque frisaba ya en los cuarenta aos, el
sol de su hermosura brillaba en el cenit y ella pareca una diosa.

Admirable era la hospitalidad conque acoga en su casa a los huspedes,
contribuyendo a este fin el privilegiado talento de su cocinero, artista
de primer orden.

Dos hijos tena Poldy: una nia de ocho aos y un nio de seis, que eran
dos ngeles de puro bonitos.

Garuda, la cigea blanca, animal que goza de largusima vida, viva
mansa, domstica y feliz en la quinta, como si para ella el tiempo no
corriese. Ms bien haba ganado que perdido, porque el plumaje de la
pechuga, que tena antes un viso ceniciento, haba adquirido el brillo y
la blancura de la nieve. Garuda pareca el genio familiar de la casa, el
vivo resumen de los lares y penates de aquel hogar transportado desde el
centro de Europa a la opuesta orilla del Atlntico.

No quiero decir ms para encarecer la felicidad de que Isidoro y Poldy
gozaban, a fin de no excitar la envidia de los que me lean. Voy, pues,
a terminar, haciendo una splica a los lectores: que se callen lo que
aqu revelo y no se lo escriban a los treinta o cuarenta condes y
condesas, hermanos, tos, cuados y sobrinos de Poldy, para que no se
aflijan ni se escandalicen.




EL CAUTIVO DE DOA MENCA


I

Pocos das ha recib el prospecto de un libro muy curioso que va a
publicarse en Crdoba. Contendr la historia de las ciudades, villas y
fortalezas de aquel antiguo reino. Me hizo esto recordar ciertos
sucesos, que me cont mi amigo D. Juan Fresco, como ocurridos hace ya
cuatrocientos treinta aos en el castillo de la poblacin en que l
vive. Ignoro si dichos sucesos sern todo ficcin, o si tendrn algn
fundamento histrico. Ya se encargarn de dilucidarlo los que escriban
el mencionado libro, ora consultando otros antiguos que deben de andar
impresos, ora en vista de Memorias y dems documentos manuscritos que ha
de haber en abundancia. Yo no quiero meterme en semejantes honduras. Me
inclino, sin embargo, a creer que en mi historia, si hay alguna ficcin,
hay tambin mucho de verdad en que la ficcin se funda: el grave
testimonio de mi querido y erudito amigo D. Aureliano Fernndez-Guerra,
a quien o referir no pequea parte de los sucesos cuya narracin me
complazco en dedicar ahora a su inolvidable espritu.

D. Aureliano tena hacienda de olivar y via en el cercano lugar de
Zuheros; iba a menudo por all, y se preciaba de saber, y haba
investigado y de seguro saba, todo cuanto desde muchos siglos atrs
haba acontecido en aquella comarca. A pesar de todo, desisto de
averiguar, para no comprometerme, lo que hay de verdad y lo que hay de
mentira en el cuento, y voy a referirle aqu como me le cont mi tocayo.

Los fuertes muros y las ocho altas torres estn hoy como en el da en
que se edificaron. No falta ni una almena. Dentro de aquel recinto
pueden alojarse bien doscientos peones y ms de ochenta caballos. De la
cmoda vivienda seorial no queda ni rastro. Han venido a sustituirla un
molino aceitero con alfarge, trojes y prensas, que durante la vendimia
sirven tambin de lagar, un grande alambique con agua corriente, y
extensas bodegas para aceite, aguardiente, vinagre y vino.

All por los aos de 1470 era todo aquello muy distinto. Extraordinaria
importancia estratgica tena la fortaleza, como construida en una
altura, sobre enormes peascos, que en gran parte le servan de
cimiento. En el centro haba cmoda habitacin, casi un palacio, donde
se albergaba el alcaide o seor que mandaba la hueste. Veinte aos
haca que dicho alcaide, lleno de ardor juvenil, haba salido en
imprudente expedicin contra los moros de Granada. Pasando por Alcal la
Real, haba entrado en la Vega por Pinos de la Puente, causando mucho
dao, talando algunos plantos y sembrados, y cobrando no poco botn en
cortijadas y alqueras. Pero al volver rico y triunfante para su
castillo, en los agrios cerros y en el espeso bosque de encinas que hay
entre Pinos y Alcal, cay en una celada que los moros, ms de mil en
nmero, le haban preparado, y all muri combatiendo heroicamente
contra ellos.

La viuda de D. Jaime, que as se llamaba el muerto adalid, qued como
nica seora y alcaidesa del castillo.

Era su nombre doa Menca. Sobrina del Conde de Cabra, se haba criado
en la casa de aquel ilustre prcer. Apasionadamente enamorada del gentil
caballero D. Jaime, venido de Aragn a ponerse al servicio del Conde, y
muy sealado ya por su habilidad y su bro en todos los ejercicios
caballerescos, por sus notables proezas y hasta por su talento y
maestra en el gay saber, el Conde no tuvo que oponer razn alguna
contra la boda, y consinti en que don Jaime y doa Menca se casasen,
dando en dote a la doncella el dominio y la alcaida del castillo de que
voy hablando.

Sin duda para mostrarse ms digno de su encumbramiento, D. Jaime
acometi la arriesgadsima empresa que caus su muerte. Diecisiete aos
acababa de cumplir doa Menca cuando se qued viuda. Amarga y
desconsoladamente llor la muerte de su gentil e idolatrado esposo.
Visti seversimo luto, hizo una vida retirada, y en los veinte aos que
se siguieron hasta el da en que empieza esta historia, no sali del
castillo sino para dar solitarios paseos.

En aquellos tiempos, las tierras todas del Rey de Castilla estaban
llenas de discordias y alborotos. No haba paz ni seguridad en parte
alguna, sino robos, sangrientos combates, muertes y estragos. Los
grandes seores, por particulares rencillas y opuestos intereses, se
hacan cruda guerra unos a otros. El reino, adems, estaba dividido en
dos opuestos y principales bandos. Fiel uno al rey D. Enrique, pugnaba
por sostenerle en el trono. El otro le haba negado la obediencia, le
haba depuesto en Avila con cruel e infamante ceremonia, y reconoca
como soberano al prncipe D. Alfonso, hermano menor del rey. El reino de
Crdoba arda en disensiones, como todo el resto del pas. Rara
prudencia y singular entereza supo mostrar doa Menca para conservarse
en cierto modo neutral estando tan divididos los nimos, sin dejar de
ser fiel y sin faltar al pleito homenaje que a los de su casa y familia
les era debido.

Todos respetaban a doa Menca, la cual, gracias a su austeridad y
recogimiento, estaba en opinin de santa. La haca an ms respetable,
prestndole algo de misterioso y sobrenatural, el que hubiese pocas
personas que se jactasen de haberla visto, ni menos hablado. Se
aseguraba, no obstante, que era hermossima mujer, de treinta y siete
aos, pero que pareca mucho ms joven por la esbeltez, elevacin y
gallarda de su cuerpo. Se deca que sus cabellos eran negros como la
endrina, que sus ojos brillaban como dos soles, que tena manos muy
bellas y seoriles, y que la palidez mate de su terso y blanco rostro
estaba suavemente mitigada por el sonrosado y vago matiz que arrebolaba
sus frescas mejillas. Doa Menca apenas conversaba con ms personas que
con el Padre Atanasio su capelln, con Nuo, su escudero y maestresala,
y con la hija de Nuo, Leonor, que era su ntima servidora y confidenta.

Mucho lamentaba doa Menca, en sus conversaciones con el Padre
Atanasio, los escndalos y las civiles contiendas que asolaban el pas y
tenan a sus hombres de ms valer armados unos contra otros.

Doa Menca haba deplorado la violenta resolucin tomada por D. Alonso
de Aguilar de prender en la misma casa del Ayuntamiento de Crdoba al
mariscal D. Diego, primo de ella, y de tenerle encerrado durante algunas
semanas en el castillo de Caete; pero ms deploraba an el desafuero de
D. Diego desafiando a D. Alonso, contra la expresa voluntad y orden del
Rey, que quera paz entre ellos, y de llevar adelante el desafo bajo el
amparo del Rey moro, que le dio campo y palenque en la vega de Granada.
All cit y aguard D. Diego a D. Alonso; y como ste no acudiese al
desafo, D. Diego, declarado vencedor por el Rey moro, at a la cola de
su caballo un carteln donde iba escrito el nombre de D. Alonso de
Aguilar con la calificacin de alevoso, y le arrastr por el suelo con
ignominia. Terrible fue la afrenta; pero D. Alonso la sufri con
paciencia magnnima, reservando su valor para ms patriticos y altos
empeos, segn supo mostrarlo en el resto de su vida y en su muy
gloriosa y trgica muerte.


II

La soledad y la monotona de la existencia de la alcaidesa no haban
tenido la menor alteracin a pesar de una extraa novedad que haba en
el castillo desde haca una semana. Doa Menca custodiaba en l a un
husped, o, mejor dicho, a un prisionero. Su primo D. Diego haba
exigido que le custodiase, imponindole adems como un deber el
abstenerse de preguntar el nombre del husped, el cual, por su parte,
haba prometido tambin no revelar su nombre. Don Diego tena grande
inters en que no se supiese el nombre de su prisionero, y hasta en que
se ignorase que tena prisionero alguno. Por eso no quiso llevarle ni a
Cabra ni a Baena, y le llev al castillo de doa Menca, donde no haba
ms gente que la guarnicin, y bajo cuyo amparo no se haba fundado an
la villa que hoy existe. Doa Menca tuvo que ceder a la imposicin de
su primo; pero gustaba tanto de la soledad, y era tan poco lo que le
importaban los sucesos del mundo, que no quiso ver al cautivo que su
primo le trajo, y le confi a Nuo, para que ste le vigilase, alojase y
cuidase con esmero, como a persona principal, y segn D. Diego quera.

La dama del castillo supo slo que su husped o prisionero era un rapaz
imberbe, que tendra diecisis aos a lo ms, y del que D. Diego se
haba apoderado, sorprendindole sin armas y en compaa de otros
rapaces cazando pajarillos con red y con liga, cimbel y reclamos, en las
orillas de un arroyo no lejos de Monturque.

En su estrado estaba doa Menca, sola y entregada a sus rezos, en una
hermosa maana del mes de Abril, cuando su doncella Leonor entr
precipitadamente, asustada y llorosa, y se ech a sus pies pidiendo
perdn y refugio.

--Yo no tengo la culpa, seora; yo no tengo la culpa. Mi padre se enoja
contra m, y quiere matarme sin justo motivo. El rapaz que est
prisionero es el ms descomedido e insolente de los rapaces. Me
sorprendi al pasar yo sola por la galera, me requebr con
desenvoltura, me asi luego entre sus brazos, y a pesar de mi
resistencia y de mis gritos, me dio muchos besos. No s cuntos, porque
me los dio tan de prisa que no tuve tiempo para contarlos. Lleg en esto
mi padre y agarr al rapaz de una oreja, tratando de castigarle; pero el
rapaz, que debe de ser fuerte y gil, le ech la zancadilla, le derrib
por tierra y se larg con risa. Mi padre se levant renqueando, y,
ansioso de vengar el agravio recibido, vino furioso contra m. Yo,
seora, me refugio aqu, y me pongo bajo tu amparo. Defindeme, seora;
mira que soy inocente.

La grave doa Menca frunci el entrecejo al or la narracin de aquel
lance; pero en la cara, en el acento y en las frases de Leonor reconoci
su sinceridad y que no era culpada; la levant del suelo en que estaba
de hinojos y le asegur que la defendera. Toda su clera estall con
vehemencia contra el atrevido rapaz, que con tan liviano desacato
ofenda su casa. Llam a Nuo, le exigi que absolviese a su hija de
culpas que en realidad no tena, y le orden que, sin entrar en nueva
lucha con el rapaz, y sin acudir tampoco a otras personas para que no se
enterase nadie de lo ocurrido, trajese al rapaz a su presencia para que
ella le reprendiese duramente, como l mereca.

Cumpli Nuo las rdenes, y pocos instantes despus compareci el rapaz
ante la hermosa dama, que le recibi, como juez seversimo, con
imponente autoridad y compostura. Nuo y Leonor se retiraron a una seal
de la dama. Esta qued sentada en un silln de brazos, como si fuera
tribunal o trono. El rapaz estaba de pie enfrente de ella, con ademn
muy respetuoso por cierto, pero en manera alguna temeroso ni turbado.
Con enrgicas palabras la dama le ech en cara su fea conducta, le
amonest para que se corrigiese, y le exigi que pidiera perdn de su
culpa. l contest de esta suerte:

--Yo, seora ma, me confieso culpado, y estoy dispuesto a pedirte
humildemente perdn, de rodillas delante de ti. Si alguna disculpa
tengo, vlganme como tal mis verdes mocedades y mi completa
inexperiencia de las cosas del mundo. Yo me figur, seora, que me
hallaba en la cumbre de una montaa, y muy cerca de una nube que pareca
de carmn y de oro, por lo cual gust tanto de ella que me atrev a
abrazarla y aun a besarla; pero la nube se me desvaneci y deshizo, y
entonces apareci el sol que la nube me ocultaba, y cuyos divinos
reflejos eran los que haban dado a la nube los brillantes matices que
me enamoraron, me sedujeron y me hicieron incurrir en la falta, que como
tal deploro, si bien, por otra parte, casi me alegro de haberla
cometido. Cometindola he apartado la nube y he logrado al fin ver el
sol, que desde hace una semana anhelaba yo ver y que ahora extasiado
contemplo.

Colorada como la grana, en parte de ira y en parte de gustosa sorpresa,
se puso doa Menca al or el desenfadado discurso de aquel audaz
muchacho. A pesar de su austeridad, tan probada y acendrada durante
veinte aos, sinti que en el fondo de su pecho pugnaba por salir y le
retozaba la risa al notar tanta juvenil desvergenza; pero al fin
triunf la condicin austera de la egregia dama, y despidi al mancebo,
dicindole:

--Est bien, nio; pero mejor estara si tu maestro o tu ayo te hubiera
enseado menos retrica y ms comedimiento y circunspeccin para no
faltar al respeto que a una ilustre dama se debe, y que se debe tambin
a su casa y a su servidumbre. Vete y corrgete, y haz de modo que no
tenga yo que apelar a dolorosos extremos para poner coto a la audaz
conducta de que parece que te jactas en vez de arrepentirte.

Quiso replicar el rapaz, pero la dama hizo tan imperioso gesto de
desagrado y despedida, y fulmin contra l tan terrible mirada de sus
negros ojos, que le hizo enmudecer y que le arroj de la estancia como
si lo hiciera a materiales empellones.


III

Escarmentado el joven cautivo y acaso ms cautivo an de su propia
cortesa y de la veneracin y del afecto que le haba inspirado la dama
con slo verla, se condujo durante los diez das que se siguieron con la
correccin ms cumplida, mostrando paciencia ejemplar para sufrir sin
quejas su triste y enojoso cautiverio. La severa doa Menca advirti
entretanto que atormentaba a veces su alma cierto arrepentimiento de
haber empleado con el rapaz severidad sobrada. All a sus solas pensaba
en l casi de continuo, y se complaca en saber lo mucho que su
reprimenda haba valido, y cun juiciosamente se conduca el mozo. Luego
recordaba su rostro y toda su gentil figura, que no haba dejado de
examinar cuando le tuvo delante de ella. Y por virtud de este recuerdo
vino a nacer en su alma la ms singular alucinacin, la ms curiosa y
rara fantasa que puede soarse. En balde procuraba apartar de su mente
aquel ensueo peligroso. El ensueo volva con tenacidad sobre ella, y
ni dormida ni despierta la dejaba en libertad y en sosiego. Imagin que
el insolente rapaz a quien haba reprendido era el vivo retrato de D.
Jaime, su difunto esposo; y yendo ms adelante en aquellas cavilaciones,
se dio a recelar o a sospechar que las hadas benficas, o algunos otros
seres o genios sobrenaturales, para premiar sus largos aos de rgida
viudez, le devolvan con vida al esposo a quien haban tenido durante
todo aquel tiempo encantado y oculto en un mgico submarino alczar, no
ya conservndole joven, sino ponindole ms joven y ms gallardo de lo
que antes era. Y como las imaginaciones no vienen solas, sino que nacen
unas de otras, enredndose y trabndose como urea cadena, doa Menca
no se content con fingir pasado lo que se acaba de decir, sino que se
crey conocedora y zahor de lo presente y aun inspirada profetisa para
ver a las claras las cosas futuras. As dio por cierto que el rapaz, su
cautivo, llevaba en la frente la marca y el sello de un genio casi
sobrehumano, y que delante de l se abran luminosos horizontes de
gloria y largo camino de triunfos y de grandezas.

Como quiera que fuese, doa Menca no pudo resistir a la tentacin de
volver a ver al rapaz. Para cohonestarla, antes de caer en ella, se le
ofrecan tres razonables motivos. Era el primero que, en virtud de la
buena conducta del joven, deba ella endulzar lo amargo de su reprimenda
llamndole y dndole su absolucin. Era el segundo que, por la gran
diferencia de edad que entre ambos mediaba, el afecto de ella hacia l
tena mucho de maternal y muy poco o nada de pecaminoso. Y era el
tercero, que el recordar es siempre mil y mil veces ms potico que el
mirar, por donde tal vez cuando ella mirase de nuevo al muchacho, caera
en la cuenta de que no se pareca a su difunto esposo, de que ni l
estaba encantado ni la encantaba a ella, y de que eran sueos vanos y
sin sustancia todos los pronsticos en que prestaba al rapaz las
grandezas y los triunfos que expresados quedan. En suma, doa Menca se
human, se apiad del aislamiento de su cautivo, y, en vez de dejarle
comer solo en la torre en que viva, le convid a comer a su mesa.


IV

Con este trato familiar y diario, doa Menca dio por seguro que pronto
acabaran por desvanecerse las ilusiones algo malsanas que haba
concebido; pero, por desgracia, aconteci muy al revs de su buen
propsito y honradsimo intento.

Don Juan Fresco pasa aqu como sobre ascuas, sin aclarar ni determinar
nada. Yo no he de ser ms explcito y terminante que mi tocayo. Dir
slo que, pocos das despus, doa Menca apareci ms bella y remozada,
iluminando su rostro una alegra dulce y mucha satisfaccin y contento,
vistindose con ms primor y saliendo a caballo a dar largos paseos, por
los ms solitarios y speros caminos, acompaada slo del mancebo
cautivo y del anciano Nuo, a quien el mozo haba ganado la voluntad y
con quien estaba muy bien avenido. Nuo tena adems la ms completa
conviccin de que el mancebo no persegua ya ni inquietaba a Leonor,
cuya honestidad estaba segura.

Harto haba notado Nuo la fina devocin y el acendrado rendimiento con
que el mancebo cautivo miraba y serva a su seora; pero no se atreva a
sospechar que ella pagase con amor tan delicados extremos, si bien
adverta que a veces, bajo la ardiente mirada del joven, doa Menca
bajaba suave y lnguidamente los ojos, y tal vez se pona encarnada como
las amapolas, y aun crey percibir en ocasiones, por entre los prpados
y sedosas pestaas de ella, asomar una lgrima, que ms que amarga
pareca ser de ternura.

Tales observaciones daban vigor a sus sospechas; pero no tardaba en
disiparlas la consideracin de que el P. Atanasio, grave y reverendo
siervo de Dios, coma siempre en la misma mesa con doa Menca y el
mancebo, y terciaba al parecer en todos sus coloquios.

Por otra parte, no caba en la imaginacin ni en el pensamiento de Nuo
que doa Menca olvidase a su esposo D. Jaime y fuese infiel a su
memoria.

La desproporcin de edad haca, por ltimo, inverosmiles las relaciones
amorosas. Doa Menca hubiera podido ser holgadamente madre de aquel
lindo muchacho.

De aqu que Nuo desechase siempre como suposicin maliciosa la idea que
a veces se le presentaba de que doa Menca tuviese amores. Lo que tena
era afecto casi maternal, y algo de satisfaccin de amor propio y mucho
de gratitud al considerarse querida. De esto s que no dudaba Nuo. La
admiracin entusiasta y el vehemente enamoramiento del mozo estaban
harto poco disimulados y eran patentes a todos los ojos.

Los guerreros de la hueste lo vean claro. Y muchos de ellos, menos
respetuosos que Nuo, y con muchsima menos fe en la probada austeridad
y virtud de la alcaidesa, afirmaban, con ms malicia que respeto, que
aquella ilustre dama no desdeaba las pretensiones del misterioso
cautivo casi adolescente.

Provino de todo ello un germen de disturbio que hubiera podido terminar
en escndalo, si la prudencia de Nuo no le hubiera sofocado al nacer.

Juan Moreno Geto, uno de los cabos de la hueste, favorito de Nuo y
aspirante a la mano de su hija Leonor, a quien requera de amores, era
asimismo respetuoso y ferviente admirador de D. Menca. Y como oyese en
cierta ocasin, en boca de algunos compaeros de armas, groseros
chistes en ofensa de su seora, no pudo contenerse y se decidi a
castigarlos de palabras y aun de obras. Por dicha, Nuo acudi a tiempo
y pudo evitar la inminente lucha, calmando los nimos, restableciendo la
paz y procurando que no se divulgase lo que haba ocurrido.

Doa Menca, no obstante, hubo de entrever algo del caso y de sentirse
lastimada y avergonzada de andar en lenguas de sus vasallos, y de ver
que empezaba a perderse la inmaculada reputacin que ella tan justamente
haba adquirido en veinte aos de la vida ms ejemplar y de las ms
severas costumbres.

Fuesen como fuesen sus relaciones con el rapaz misterioso, doa Menca
comprendi que daban harto pbulo a la maledicencia.

Sin duda el P. Atanasio, que era su director espiritual, y, segn hemos
dicho, grave y seversimo, la amonest o la reprendi, ora por el
peligro a que se expona o por la ocasin que daba a que la censurasen,
si no haba pecado, ora por el pecado mismo si, dejndose ella caer en
la tentacin, haba cometido alguno.

En resolucin, las causas por lo pronto permanecieron ocultas, y cuando
menos poda preverse hubo un suceso inesperado.

Revestido con las armas del difunto D. Jaime, que parecan expresamente
forjadas a la medida del mancebo cautivo, apareci ste a la puerta del
castillo en una hermosa maana del mes de Mayo, acompaado de Nuo y de
Juan Moreno Geto, los tres en sendos caballos; tomaron el camino de
Cabra, y no tardaron mucho en salvar la cima de los cercanos alcores,
perdindose de vista.

Alguien asegur despus que, hasta que de vista se perdieron, doa
Menca estuvo en el balcn de su estancia, que se elevaba sobre el muro,
y desde donde se oteaba el circunstante paisaje, mirando a los que
partan, y dando al mancebo cautivo un postrer adis con el blanco
paizuelo de holanda que haca ondear su diestra, cuando no se le
llevaba a los ojos para enjugarse el llanto delator que los humedeca.

A la cada de la tarde del da siguiente, Nuo y Juan Moreno Geto
volvieron al castillo, pero volvieron solos. Del mancebo nada se supo
despus. Nuo y Juan Moreno Geto no quisieron satisfacer nunca la
curiosidad de la gente de la guarnicin diciendo dnde le haban dejado.


V

Seis das pasaron despus del suceso que acabamos de referir, durante
los cuales vivi doa Menca en el ms completo retraimiento. No sala
de sus apartadas estancias, y slo la vean y hablaban con ella el P.
Atanasio, Leonor y Nuo.

Un domingo por la maana ocurri algo que all podra pasar por novedad,
ya que slo de tarde en tarde reciba la alcaidesa visitas de sus
parientes.

No se sabe si llamado por ella, o por iniciativa propia, vino el
mariscal D. Diego desde el castillo de Baena a visitar a su prima. De
todos modos, D. Diego no saba, o aparent no saber, que el mancebo
cautivo haba recobrado su libertad. Pregunt por l a doa Menca y
mostr deseo de verle.

Doa Menca contest entonces:

--No es posible que ahora le veas. Aborrezco el disimulo y el engao. No
slo le he dejado ir libre, sino que le he absuelto del compromiso que
contrajo y de la palabra que dio de permanecer en cautiverio. l no se
hubiera ido si yo no le hubiera obligado a que se fuese, mandndoselo y
despidindole. chame a m toda la culpa; toda la culpa es ma.

Don Diego no pudo reprimir su enojo, y exclam con airado acento:

--Vive Dios, prima, que te has conducido con fea deslealtad y te has
mostrado harto ingrata a los beneficios que a mi casa y familia debes!

--Vuestras quejas--replic ella--son harto infundadas, Sr. D. Diego, y
son adems muy ofensivas para m. Yo he dado libertad al joven por
respeto al honor de vuestra casa y familia, y para no ser cmplice de un
delito que la denigraba. El rapaz no ha sido maltratado en este
castillo; pero haba sido robado y secuestrado por nosotros, como si
fusemos bandidos. Yo no poda consentir largo tiempo en esto y
coadyuvar a vuestros planes. Supe que el ilustre hermano del cautivo le
buscaba inquieto y desolado, indagaba en balde su paradero y hasta
lamentaba y lloraba su por l imaginada temprana muerte. Lo mejor que
poda yo hacer, y eso he hecho, es enviarle a Montilla a que tranquilice
y aquiete a su hermano, exigindole, como le he exigido, y l cumplir
su promesa, no revelar nunca a su hermano quien le rob y le tuvo
prisionero. Mi deseo es que se restablezca la concordia entre vuestra
casa y la de ellos, y sera nuevo inconveniente para que mi deseo se
lograse que D. Alonso supiera que el mariscal D. Diego, de quien tantos
agravios ha recibido, le haba agraviado tambin siendo el raptor de su
hermano, a quien quiere con toda su alma.

--No es de maravillar ese cario--dijo don Diego,--porque el joven posee
extraordinarios atractivos, se gana la voluntad de las personas a quien
trata, aunque sean muy adustas, y si a l le roban toma represalias
terribles, y, segn parece, roba los corazones, y los trastorna y los
hechiza por tal arte, que les hace olvidar los ms sagrados deberes y el
conveniente decoro.

Subi la sangre al rostro de doa Menca y le ti de rojo al escuchar
aquellas palabras; pero con serenidad y calma, para que lo que haba
resuelto no se atribuyese a momentneo arrebato, sino a resolucin
premeditada e irrevocable, dijo a D. Diego de esta suerte:

--No hubiera yo presumido ni credo nunca, Sr. D. Diego, que faltando a
nuestro parentesco, a nuestra amistad de toda la vida y a cuanto un
caballero corts y bien nacido debe de respeto a una dama, hubierais vos
venido a mi propia habitacin y estrado a insultarme con injuriosas
reticencias. De nadie dependo, y slo a Dios tengo que dar cuenta de mi
conducta. Aunque fuese mala, no tenis derecho para afrentarme ni para
acusarme, siquiera sea en trminos embozados y ambiguos. Respetad a una
mujer como a vuestra hidalgua conviene. Y ya que juzgis que yo me he
conducido mal en lo que importa al servicio de vuestra casa y familia,
yo me extrao desde este instante de dicho servicio. Por lo pronto, os
ruego, dije mal, os exijo que salgis de mi presencia. No tardar yo en
evacuar el castillo y fortaleza cuya custodia me habais confiado. El
alfrez Calixto de Vargas quedar mandando la hueste, y dentro de
veinticuatro horas os har entrega de todo. Yo me extrao, como acabo de
deciros. Maana mismo saldr de aqu, llevando en mi compaa a Nuo, a
su hija Leonor y a Juan Moreno Geto. El mayor favor que podis hacerme
es no volver a acordaros de m, y no empearos en averiguar ni adnde
voy, ni cules sern en lo futuro mis propsitos y las andanzas de mi
vida.

Aunque harto saba D. Diego que era irrevocable toda resolucin que
tomaba su prima, y que su carcter era ms firme que la roca en que
descansaba el castillo a que ella haba dado su nombre, todava D. Diego
hubiera querido contestar a aquel discurso y procurar amansar a la dama;
pero ella lo estorb retirndose de sbito a su habitacin ms
reservada y cerrando la puerta de golpe.

No se atrevi el Mariscal a seguirla: no quiso tampoco enterar a nadie
de los trminos poco amistosos con que aquella entrevista haba
terminado, y as, aparentando reposo y sin dejar traslucir lo que
pasaba, sali del castillo con los escuderos que le haban acompaado, y
se volvi a Baena.


VI

Cruel y deshecha tempestad de encontrados sentimientos hubo de agitar
aquella noche el alma de doa Menca. Durmi poco y se levant del lecho
apenas rayaba la aurora.

Como si le quedasen pocas horas de vida y estuviese a punto de
desaparecer de sobre el haz de la tierra, dispuso de todos sus bienes,
haciendo donacin de las joyas, de los ms ricos vestidos y de parte de
sus cuantiosos ahorros a favor de Leonor, su fiel camarera.

Hallndose presente sta, as como tambin el P. Atanasio, hizo venir a
Juan Moreno Geto y le indujo a contraer con Leonor solemnes esponsales,
que autoriz el P. Atanasio, prometiendo, por su parte, ser pronto el
ministro que santificase por la virtud del sacramento la unin de los
novios.

Confi doa Menca al P. Atanasio una respetable suma de dinero para que
la repartiera con juicioso tino entre los soldados de la hueste y los
campesinos pobres de las cercanas.

Y reserv, por ltimo, buena porcin de su caudal para entregarla a la
Superiora del convento de Santa Clara en Crdoba, antigua fundacin del
rey D. Alonso _el Sabio_ y de su mujer la reina doa Violante, hija de
D. Jaime de Aragn, el que gan a los moros la ciudad de Valencia. En
aquel convento haba determinado doa Menca encerrarse para siempre y
acabar su vida.

A fin de cumplir tan devota determinacin, de que slo dio noticia
entonces al P. Atanasio, se despidi de la hueste como si tratase de
hacer una breve ausencia, y acompaada solamente del mencionado Padre,
de Nuo y del futuro yerno de ste, sali para Crdoba aquel mismo da.

Como los cuatro iban en sendos caballos, ligeros y briosos, pudieron
llegar, y llegaron, antes de anochecer a la antigua capital del
califato.

Doa Menca tard poco en cumplir su propsito. Abandon el mundo, y se
retir al convento de Santa Clara. El P. Atanasio y Juan Moreno Geto
volvieron al castillo inmediatamente. Nuo tard algo ms en volver,
pues tuvo antes que llevar un mensaje a Montilla, cumpliendo las rdenes
de su seora y el ltimo de sus encargos, en relacin y enlace con
personas y cosas de esta vida mortal, del siglo y de la tierra que nos
sustenta. Nuo llev a Montilla, y entreg recatada y secretamente al
hermano menor de D. Alonso de Aguilar, una extensa carta, escrita por
doa Menca, y que deca de esta suerte:


VII

Cuando te desped pocos das ha desde el castillo, devolvindote la
libertad y mandndote y exigindote que la recobrases, no tuve valor an
para despedirme tambin de la esperanza de volver a verte en este mundo,
oh mi dulce y joven amigo! Tomada estaba ya y escondida en el centro de
mi alma la firme resolucin de no volver a verte nunca; pero no quise
decrtelo hasta ahora. Ahora que te lo digo, ahora que por ltima vez
voy a hacer que mi palabra llegue hasta ti, aunque sea desde lejos, Dios
habr de perdonarme si me complazco en recordar mi extravo, no ya para
llorarle y lamentarle arrepentida, sino para deleitarme y glorificarme
con su recuerdo. Toda la austeridad de mi vida durante veinte aos, todo
mi primer amor, suavemente conservado en la memoria con afn religioso y
puro como rescoldo del fuego sagrado entre las cenizas del ara, y mi
orgullo y el respeto debido al nombre que llevo y a mi decoro de honrada
y casta matrona, todo se desvaneci y falleci en mi alma al ver tu
rostro y al or tus palabras, acaso desde la vez primera que me
hablastes. No creas que me ofusqu, que me cegu y que no comprend
desde el primer momento la intensidad y la fealdad de mi delito y el
casi irresistible impulso que a cometerle me llevaba. Claro apareci en
mi conciencia el amor que me habas inspirado, y cun abominable lo
haca la gran diferencia de nuestra edad, ms propia que para
convertirme en amiga o en esposa tuya, para prestarme, con relacin a
ti, por manera espiritual, el casto y limpio carcter de madre.

Yo, con todo, no supe resistirme. Fue mi pasin tan vehemente que, no
ya intil, necia y vulgar me pareci la resistencia. Hasta en la misma
tardanza vi yo algo de mezquino y grosero que apareca en mi mente como
fro artificio y estudiado melindre de mujer que anhela vender ms caras
sus finezas y realzar ms de lo justo el precio y valer de sus favores
retardando el concederlos. No extraes, pues, que, vencida y rendida yo,
cayese desde luego en tus brazos sin defenderme, y te diese mi corazn y
fuese toda tuya.

Haba yo querido antes cohonestar la inclinacin que hacia ti haba
sentido, imaginndote vivo retrato del hombre a quien yo haba amado en
mis primeras mocedades, y a quien haba llorado largos aos despus de
muerto. Pero no tard en desechar este pensamiento, considerndole
cobarde hipocresa con que mi entendimiento, ms mentiroso que sutil,
trataba de atenuar el poderoso conato de mi voluntad viciosa. No: no me
pareciste semejante a D. Jaime, sino mil y mil veces mejor que l. Su
imagen, grabada en mi alma, se borr y desapareci no bien vino tu
imagen a estamparse en ella, como sello y marca de esclavitud que la
hace tuya para siempre. Ni el temor de la maledicencia; ni el odioso
pensamiento de que hasta t mismo pudieras menospreciarme y tenerme por
liviana, nada me contuvo. La fuerza, no obstante, que no bast para
detenerme al borde del abismo y para salvarme de la cada, me ha valido
luego para romper materialmente el lazo, para huir de ti, para
levantarme lastimada y penitente y refugiarme en este retiro. Yo no
poda ser legtimamente tuya. Vivir de otra suerte a tu lado, hubiera
sido escndalo, ignominia y vergenza. Los sabios consejos de mi
confesor, a quien, dominando el rubor que encenda y quemaba mi rostro,
mostr la herida de mi alma para que la curase, y el blsamo de nuestra
santa religin que l verti en la herida, me prestaron aliento y bro
para desbaratar las cadenas en que me tuviste aprisionada, para
apartarte de m y para tomar luego la determinacin que he tomado.

Dios, en su infinita misericordia, habr de perdonrmelo. No acierto a
que as no sea. Ahora que me dirijo a ti, acuden a mi mente, la turban y
la llenan de amargo deleite aquellos momentos de embriaguez amorosa y de
completo abandono en que toda yo fui para ti y cre que eras t todo
mo.

Resuelta estoy a restaurar con plegarias, cristianas meditaciones y
dura penitencia la espantosa ruina en que mi virtud se deshizo.
Humillada y contrita estoy, y con todo, no noto en m el
arrepentimiento. A mi mente acuden en tropel ideas y razones, si no para
justificar, para disculpar en parte mi pecado, y, cuando no para
absolverme, para mitigar la sentencia que me condena.

A los indiferentes parecer locura lo que voy a decirte. A pesar de tu
modestia, t debes creerme. Algo de sobrenatural, del cielo sin duda en
su origen, aunque torcido y maleado despus por el infierno, ha sido el
mvil principal de mi enamoramiento y de mi sbita flaqueza. He sentido,
al verte y al orte, no atino a explicar qu extrao modo de proftica
revelacin, qu profundo convencimiento, qu fe y qu segura esperanza
en tus futuros y soberanos destinos. S, yo no he amado slo en tu
persona al gallardo y floreciente mancebo en toda la frescura y lozana
de su edad primera. Yo he amado y prefigurado en ti al hroe en flor,
gloria y grandeza de la patria, al que contribuir ms que nadie a que
Castilla, disuelta hoy en bandos y asolada por guerras civiles, con
Espaa toda unida a Castilla, sea la primera de las naciones. Yo, no
slo vea en tus ojos la llama del amor, sino la luz refulgente y el
fuego del entusiasmo con que un numen inspirador encenda tu alma. Yo
vea lucir en tu frente la estrella de la inmortalidad, y su resplandor
me cegaba: tus sienes se me mostraban circundadas de un nimbo luminoso.

As explico yo y as disculpo mi inevitable rendimiento; as explico yo
y as disculpo tambin el valor cruel que he tenido para echarte lejos
de m y para apartarme de ti, despus y por siempre. Retenindote en mis
brazos me hubiera rebelado yo contra los designios y decretos del
cielo. La gloria te quiere para s, y yo no quiero ni puedo ser rival de
la gloria. Bsteme la que alcanzo con haber posedo tu corazn y con que
me hayas tributado las primicias de tu amoroso y juvenil afecto.
Bsteme, sobre todo, la gloria de haber sido acaso el primer ser humano
que ha visto con toda claridad en tu frente el signo que Dios puso en
ella, sealndote as para que honres, prosperes y ensalces a tu pueblo,
y para que venzas y domines a los otros.

Adis. No me llores por desventurada. Por qu no confesrtelo? Estoy
orgullosa y soy dichosa por mi propia falta. La nica obligacin tuya,
lo nico que me debes es el cumplimiento de mi esperanza y de la fe que
puse en ti. No desmayes. Lnzate valerosamente en el sendero de la vida.
S grande, s glorioso, como yo te he soado, y paga as con usura todo
el amor que te tuve y que te tengo todava, y cuantos sacrificios hice a
ese amor justificado por tu maravilloso valer y harto premiado por el
deleite supremo que logr al ser tu amada.

No quiero yo que me olvides, dueo mo. Tuya soy yo, toda yo y por toda
la vida. Recurdame, pero ms con ternura que con pena. Y adis de nuevo
y para siempre.

Cuatro aos despus de escrita esta carta, doa Menca, apartada del
mundo y de todo trato de gentes, salvo el de sus hermanas las
religiosas, se consumi como si un fuego interior la devorase, se
marchit como rosa aromtica en el ardor del esto, y entreg a Dios su
alma en el convento de Santa Clara de Crdoba, edificando con su
resignada, ejemplar y cristiana muerte a las pocas personas que por
entonces la trataban.


VIII

Ms de cuarenta aos haban transcurrido desde la muerte de doa Menca.

Gonzalo Fernndez de Crdoba se hallaba de paso para Granada en la
ciudad que se honra con darle su nombre por apellido.

Todos los ensueos de doa Menca se haban realizado. Estaba l
cubierto de gloria, era llamado el Gran Capitn. Su nombre se
pronunciaba y se oa con respeto en todas las regiones de Europa. De l
haba dicho el ms discreto y perfecto caballero cortesano que en
aquella edad tuvo Italia, que, en paz y en guerra fue tan sealado, que
si la fama no es muy ingrata, siempre en el mundo publicar sus loores y
mostrar claramente que en nuestros das pocos reyes o seores grandes
hemos visto que en grandeza de nimo, en saber y en toda virtud no hayan
quedado bajos en comparacin de l. l haba combatido a los
portugueses en Toro, a los muslimes en Granada, en las Alpujarras a los
moriscos rebeldes, en Ostia al ms feroz de los piratas, al turco en
Cefalonia, y en Italia a los franceses, desbaratando sus ejrcitos,
venciendo a sus reyes y ms ilustres caudillos y ganando para Espaa lo
ms hermoso de aquella pennsula. Haba adquirido y prodigado inmensas
riquezas, haba ganado como trofeo de sus victorias ms de doscientas
banderas y dos estandartes reales, y haba conseguido que le celebrasen
y admirasen en toda Espaa, as en Aragn como en Castilla.

Vctima ya de la suspicacia, y tal vez de la envidia del Rey, se
retiraba harto desengaado a sus dominios de Loja, despus de haber
visto arrasada la fortaleza de Montilla, que fue su cuna, y castigados
con dureza no pocos de sus parientes y amigos.

Se cuenta que Gonzalo visit un da a su anciana parienta doa Beatriz
Enrquez, que haba sido amiga del ya difunto almirante D. Cristbal
Coln, a quien retuvo largo tiempo en Espaa a pesar de los desdenes de
la Corte.

Contra la sentencia del Dante, tan a menudo citada, no siempre es
doloroso, sino sabroso y dulce, el recuerdo de la edad feliz, de los
amores juveniles y de los triunfos y venturas que entonces se lograron.
Doa Beatriz, en su vejez y en su aislamiento, se sinti consolada al
ver y al hablar a su glorioso deudo. Animada fue la conversacin que con
l tuvo.

Doa Beatriz se mostr expansiva y acab por estar justamente
jactanciosa. Declar con orgullo que tena por gloria suya el haber
amado al aventurero genovs, el haber descubierto y reconocido todo el
valer de su espritu y el haber credo y esperado en la alta misin que
le haban confiado los cielos, cuando todava eran muy pocos los
hombres que no le desdeaban.

--Por m--dijo--se qued en Espaa aquel hombre enviado de Dios. En gran
parte me debe Espaa la gloria de haber roto ella el misterioso secreto
de los mares y de haber descubierto islas florecientes y extensa tierra
firme, rica en perlas y en oro, que todava se pone como valladar para
impedirnos llegar a Cipango, al Catay y al imperio del preste Juan, por
donde ya penetran los portugueses, siguiendo opuestos caminos y
navegando hacia las regiones donde se pensaba que tena su tlamo la
Aurora.

El Gran Capitn comprendi y aplaudi el orgullo de su parienta; pero su
mismo aplauso hizo brotar en su alma otro orgullo muy parecido. Gonzalo
Fernndez de Crdoba no supo contenerse, y dijo a doa Beatriz:

--Yo admiro la perspicacia de vidente y la fe profunda y la esperanza
certera con que amaste y detuviste al inspirado piloto. Pero perdona mi
vanidad. No has sido t en esta poca la nica cordobesa a quien hizo el
amor profetisa. Otra hubo antes que t, que compiti en esto contigo. No
merece tanto, porque el hombre cuyo valer futuro descubri ella en su
amorosa visin proftica, vale mil y mil veces menos que el que por
esfuerzo de su reveladora inteligencia y de su enrgica voluntad ha
duplicado o triplicado la grandeza del mundo conocido, y ha magnificado
el concepto de la creacin en toda mente humana. Comparada a la gloria
de ese hombre, vale poco la que se alcanza derrotando ejrcitos,
conquistando reinos y avasallando y humillando a los prncipes ms
poderosos. Merece, sin embargo, ms que t esta mujer de que te hablo,
porque t no revelaste a Coln mismo lo que l ya saba de su propio
valer. T le prestaste crdito, aliento y esperanza y confianza en los
hombres y en su fortuna; pero esta mujer de que te hablo, en su
exaltacin de amor hacia m, porque fue mi enamorada, no se limit a
darme crdito, aliento y esperanza, sino que hizo patente a mi alma la
por ella soada grandeza que mi alma tena, me infundi la fe que en m
puso, convirti mi ambicin en deber de gratitud hacia ella, y me oblig
a ser grande para que ella no fuese, ni motejada de ligera, ni tenida
por mentirosa.

El Gran Capitn no supo callar entonces. Cont a doa Beatriz los
fugitivos amores de su mocedad primera. Y hasta hay quien dice que le
cit, asomando el llanto a sus ojos, algo de la carta que le haba
escrito doa Menca, y que l conservaba piadosamente en la memoria.

Gonzalo dijo por ltimo:

--Quiero confesarte, con el debido sigilo, que despus he amado a otras
mujeres y he sido amado por ellas. Ninguna, sin embargo, ha derribado y
arrojado del santuario de mi alma la venerada imagen, puesta all sobre
todo lo terrenal y caduco, de la mujer que me revel a m mismo mi ser
propio: que tal vez con la virtud creadora de su amor sembr en mi
espritu el germen de todo lo bueno y de todo lo noble que he podido
hacer en mi vida.

Al referir esta historia que me cont D. Juan Fresco, y cuya certidumbre
confirm, hasta cierto punto, mi querido amigo D. Aureliano, no puedo
menos de recordar un estudio que escribi y public, aos ha, Rosa
Cleveland, hermana del que fue Presidente de los Estados Unidos. El
estudio se titula _Fe altruista_, y procura demostrar que la capital
misin de la mujer es la de revelar al hombre sus altos destinos,
alentarle en la lucha e inspirarle el bro y la confianza que son
menester para alcanzarlos.




EL MAESTRO RAIMUNDICO


I

En varios tratados de Economa poltica he visto yo una cuenta, de la
que resulta que la industria de los zapateros en Francia ha producido,
desde el descubrimiento de Amrica hasta hoy, seis o siete veces ms
riqueza que todo el oro y la plata que han venido a Europa desde aquel
nuevo e inmenso continente. Esto me anima, sin recelo de pasar por
inventor de inverosmiles tramoyas, a hablar aqu del maestro
Raimundico.

Haciendo zapatos empez a ser rico; acrecent luego su riqueza, dando
dinero a premio, aunque por ser hombre concienzudo, temeroso de Dios y
muy caritativo, nunca llev ms de 10 por 100 al ao; despus, fund y
abri una tienda o bazar, donde se venda cuanto hay que vender: azcar,
caf, judas, bacalao, barajas, devocionarios, libros para los nios de
la escuela, y toda clase de tejidos y de adornos para la vestimenta de
hombres y mujeres. El maestro se fue quedando tambin con no pocas
fincas de sus deudores, y lleg a ser propietario de vias, olivares,
huertas y cortijos.

Ya no esgrima la lezna, ni se pona el tirapi, ni se ensuciaba los
dedos con cerote, pero fiel a su origen, conservaba la zapatera, donde
trabajaban expertos oficiales, discpulos suyos. El magnfico bazar
estaba contiguo. Y junto a la zapatera y al bazar poda contemplarse la
revocada y hermosa fachada de su casa, situada en la calle ms ancha y
central del pueblo. A espaldas de esta casa y en no interrumpida
sucesin, haba patios, corrales, caballerizas, tinados, bodegas,
graneros, lagar, molino de aceite, y en suma, todo cuanto puede poseer y
posee un acaudalado labrador y propietario de Andaluca. La puerta
falsa, que daba ingreso a estas dependencias agrcolas, pudiera decirse
que estaba extramuros del pueblo, si el pueblo tuviera muros, mientras
que la puerta principal, segn queda dicho estaba en el centro.

El maestro Raimundico nunca haba querido comprometerse ni mezclarse en
poltica; pero de sbito acababa de cambiar. Se haba hecho fusionista y
haba consentido en ser jefe de aquel partido poltico y alcalde en
Villalegre.

Era viudo, haca ya quince aos. Y haca cerca de siete que tena a su
nico hijo, D. Raimundo Roldn de Cadenas, estudiando o paseando y
holgando en Madrid, pues sobre este punto, difieren no poco los
autores. Difieren asimismo sobre la causa de la larga y no interrumpida
ausencia del hijo, atribuyndola unos a la viudez ms alegre que
recoleta del padre, para la cual hubiera sido estorbo o escndalo la
presencia del hijo, y atribuyndola otros al despego y a la soberbia de
ste, que viva en Madrid como caballerito muy elegante e ilustre, que
hablaba de su casa solariega, y que repugnaba volver al lugar a ver la
plebeya ordinariez de su padre y la primitiva y fundamental zapatera
tenazmente conservada.

Como quiera que ello fuese, D. Raimundo se daba en Madrid tono de muy
hidalgo, y su gentil presencia, su elegancia en el vestir y el dinero
que sola gastar con rumbo, prestaban a su hidalgua no corto crdito.
l era adems robusto y gil en todos los ejercicios del cuerpo, gran
tirador de pistola, florete y sable, buen jinete, mejor bailarn, y muy
divertido, ocurrente y chistoso. Tena multitud de amigos y estaba en
Madrid como el pez en el agua.

Haca muy poco que se haba graduado de Doctor en Jurisprudencia, y
haba enviado a su padre la tesis doctoral. El padre ley con suma
atencin las cuatro o cinco primeras pginas, pero no entendi palabra,
se mare y dej la lectura. Y como era muy escamn, se puso a cavilar
entonces, sobre si el no entender aquello, sera culpa de su ignorancia,
o si sera, segn frase de Cnovas, que hasta aquel lugar haba llegado,
porque su hijo era un tonto adulterado por el estudio o si sera porque
no haba habido tal estudio ni tal adulteracin, sino porque el chico
haba estudiado poqusimo y para disimularlo, haba llenado su discurso
de frases huecas, fiado en su audacia y en la simplicidad de muchas
personas que lo que no entienden es lo que ms admiran.

De todos modos, corregido ya el maestro Raimundico, morigerado por la
ancianidad, reverdeciendo en su corazn el amor paternal sobre los
restos de otros ya muertos y menos santos amores, y tal vez proyectando
que el muchacho, que haba cumplido veinticinco aos, ganase popularidad
y simpatas en el distrito, para que fuese elegido diputado, le mand
llamar con trminos harto imperativos y hasta dejando de enviarle
dinero, que era el medio ms eficaz de que poda valerse.

D. Raimundo, pues, no pudo menos de obedecer. Complaci a su padre, vino
a Villalegre y se hall en Villalegre muy a gusto.

Para que se vea la sinceridad de su contento y el placer y la
satisfaccin que en el lugar tena, vamos a poner aqu una
circunstanciada carta que, al mes de estar en Villalegre, escribi don
Raimundo a su mejor amigo de Madrid. La carta deca como sigue.


II

Mi querido Pepe: Muy a despecho mo vine por aqu para no rebelarme
contra los mandatos de mi seor padre; pero te declaro con franqueza que
ahora me alegro en el alma de haber venido. Este lugar es lindsimo; los
frtiles campos que le rodean hacen un paraso de sus cercanas; y sus
habitantes son amenos y regocijados. Yo aqu me divierto la mar. Y no
slo me divierto, sino que, por qu no he de confesrtelo? me siento
como nunca me sent en Madrid, perdidamente enamorado de una mujer. Pero
qu mujer, chico! Es un encanto, un prodigio de bonita. Y no s decir
si por desgracia o por fortuna, de la ms pasmosa severidad de
costumbres. La llaman el Sol de Tarifa, porque de aquella ciudad sali
ella como el sol por oriente. Tal es su apodo significativo. Su
verdadero nombre es doa Marcela Gutirrez de los Olivares, por ser
viuda del teniente de la clase de sargentos, del mismo apellido, muerto
en Cuba un ao ha, a manos de los insurrectos. Llora ella an a su
difunto marido, con cuya ta, doa Pepa, vive en este lugar en ejemplar
recogimiento, y desdea y rechaza al enjambre de galanes que la
pretende. Tremendo es uno de ellos por su obstinacin y ferocidad. Es su
nombre Currito el Guapo, y es hermano de la estanquera, mujer tambin de
notable mrito, muy joven an y famosa por su hermosura y gallarda.
Currito, tan celoso de su honra como los galanes de Caldern en las
comedias de capa y espada, no consiente que nadie requiebre a la
estanquera si no viene con la buena fin. Y aplicando este modo de
proceder de su casa a la ajena y de su hermana a su pretendida novia, no
consiente tampoco que nadie se acerque a doa Marcela, ni le diga
chicoleos, celndola de suerte, que ella vive aislada, porque Currito
tiene metidos en un puo a casi todos los mozos del lugar. Navaja en
mano es tremendo, y ya que no quiera por piedad abrir a nadie una gatera
en el vientre, lo que es para pintar un jabeque en la cara al propio
lucero del alba, no tiene el menor escrpulo si se enoja.

Doa Marcela est con esto que trina, porque gusta de ser desdeosa sin
que el desdn parezca forzado, y porque no acepta la tutela o mejor
dicho el cautiverio en que galn tan crudo la tiene.

A fuerza de or tales cosas, pues no es otro el principal asunto de las
ms frecuentes conversaciones de por aqu, pronto comenz a hervirme la
sangre contra la insolencia de Currito el Guapo. Me entraron ganas de
libertar de su cautiverio a doa Marcela. Y crecieron mis ganas y se
hicieron irresistibles cuando vi, primero en la iglesia y despus en la
feria, a la recatada y joven viuda, con quien quise _timarme_, como
decimos por ah; pero, por lo pronto fue en balde mi conato, porque sin
duda, no lo consentan la modestia y la honestidad de la dama. Qu no
logran, sin embargo, la terquedad y la audacia de un mozo como yo,
curtido en toda clase de aventuras y acostumbrado a los ms peligrosos
lances de amor y fortuna? Doa Marcela me mir al fin con mal disimulada
complacencia; yo le habl, valindome de la ta Pepa que desde nio me
conoce, y, al fin logr, que en una de estas ltimas noches, que fue de
las ms calurosas del verano, doa Marcela saliese a la ventana a tomar
el fresco.

Me hice como por casualidad el encontradizo y me puse a hablar con
ella. No vayas a creer que es ninguna palurda. Culta y discretsima es
su conversacin. Y no slo habla buen castellano si bien con un gracioso
dejo tarifeo, sino que se explica corrientemente en ingls, por haber
estado algn tiempo en Gibraltar, cuando era ella mocita soltera,
acompaando a su padre, que iba all para asuntos de comercio. Pero aqu
entra lo trgico. Embelesado y engolfado estaba yo charlando con doa
Marcela, a ratos en andaluz y a ratos en ingls, cuando la temerosa
aparicin de Currito el Guapo, vino a interrumpir nuestro palique.

--Huya usted, por Dios!--exclam ella con voz trmula y llena de
susto. Ah viene ese monstruo que sin que yo le haya dado motivo es en
este lugar el tirano de mi vida. Slvese usted, caballero. Currito viene
navaja en mano y puede escabechar a usted en un santiamn. Como es loco
frentico no repara en nada. No es cobarda sino prudencia, escapar de
ese forajido.

Ya te hars cargo Pepe de que yo no hice caso ninguno de aquellas
medrosas exhortaciones. Me enred la capa en el brazo izquierdo y saqu
de la vaina una larga y recta espada de caballera que llevaba a
prevencin conmigo. Currito no se arredr por eso, sino que cay sobre
m, ora agachndose, ora dando brincos, ora acometindome por un lado,
ora por otro. Por dicha, y si he de decir la verdad, yo sospecho que l
no tena gana de herirme, sino de asustarme. Y como yo tambin tena ms
ganas de asustarle que de herirle, aquella a modo de danza, duraba ya
demasiado y se hubiera hecho interminable, a no ser por los gritos que
daba doa Marcela pidiendo socorro.

Los gritos no fueron intiles. Aunque ya era tarde, acudieron muchos
vecinos y bastantes mozos que andaban de ronda, y Currito y yo nos vimos
forzados a poner trmino a nuestro descomunal combate, envainando yo la
espada sin ensangrentar todava, y doblando l su truculenta navaja, que
era de virola y golpetillo, y produjo al cerrarse ruido muy temeroso.

All intervinieron y mediaron en nuestra contienda las personas de ms
respeto, que haban acudido y que en torno nuestro formaban corro, y
casi nos obligaron a echar pelillos a la mar, a hacer las amistades y a
convertir las casi homicidas manos en cariosas, enlazndolas y
apretndolas generosamente.

Desde entonces veo y hablo por la reja a doa Marcela todas las noches,
sin que Currito me perturbe. Y doa Marcela se me muestra
agradecidsima por haberla yo libertado de aquel espantajo o bu que sin
querer ella la defenda como el dragn en _Las tres toronjas del Vergel
de amor_ y en otros cuentos de hadas.

No imagines por eso que estoy ms adelantatado en mis pretensiones. La
virtud de doa Marcela es ms firme que una roca, aunque para mi amor
ms que roca es _lata_. Erre que erre est ella siempre, volviendo por
su honor, tambin como las damas calderonianas, por donde me temo que
voy a sufrir constantemente el suplicio de Tntalo, o voy a tener que
hacer la barbaridad o digamos la _plancha_ de acudir al cura. Porque eso
s, doa Marcela tiene poqusimo dinero, pero lo que es en punto a
conducta, ni las lenguas ms maldicientes, y no son pocas las de este
lugar, se atreven a decir nada contra ella ni a empaar con ponzooso
aliento el terso y limpio espejo de su fama.

Este era el contenido de la epstola, salvo los saludos y cumplimientos
de costumbre que en obsequio de la brevedad se omiten.


III

Se cuenta que el maestro Raimundico era escptico por naturaleza; dudaba
mucho de todo y apenas se decida a formar juicios, sin examinar antes
detenidamente las cosas y enterarse bien de ellas. Sobre su hijo haca
tiempo que tena su juicio en suspenso, sin decidir si el chico era
discreto o tonto. Tratar de ponerlo en claro era uno de los propsitos
que tuvo al llamarle al lugar. Desde que estaba en l, le espiaba, le
estudiaba y le segua recatadamente los pasos. Prevalido adems de su
posicin de alcalde, intercept la carta que acabamos de poner aqu, la
abri y la ley. El maestro se desconsol con aquella lectura e imagin
que al chico le faltaban por lo menos dos o tres tornillos en la cabeza.
Doa Ramona, hermana del maestro y viuda del pellejero, quera mucho al
chico, de quien haba cuidado en la niez, y sostena que su candor no
deba calificarse de simplicidad, sino de exceso de imaginacin potica.
Una vez cortados los vuelos de esta imaginacin, el chico, segn doa
Ramona, sera apto para todo, se abrira camino y subira como la
espuma.

--Cortemos, pues, los vuelos de la imaginacin del chico, dijo para s
el maestro, y mostrmosle la realidad tal cual es.

Despus de haber recapacitado, formado su plan, y hecho los convenientes
preparativos para realizarle, el maestro, a solas una noche con su hijo,
en la principal sala alta de la casa, al toque de nimas, le habl de
este modo:

--Mira, Raimundo, t eres hijo de un zapatero y no puedes ni debes
presumir de aristcrata; pero no conviene tampoco que por seguir ciertas
opiniones, muy de moda en nuestros das, te des a creer que las almas
heroicas, el semillero de las virtudes y de las proezas y los corazones
donde brota el germen de los ms nobles sentimientos, se hallan en las
tabernas y en los presidios, y que la educacin esmerada ms bien agosta
y comprime que desenvuelve tan excelentes facultades. Quien piensa as
es lo contrario de progresista, ya que debe entender que nada conduce
mejor a la virtud que retroceder al estado selvtico. Tu padre, con su
zapatera, hubiera entonces contribuido no poco a la corrupcin humana,
porque los hombres calzados deben de ser mil veces ms perversos que los
descalzos. Pero no quiero aturrullarme. Ya no s lo que te digo.
Discursos, pues, a un lado. Y as, en vez de abrir los odos para orme,
abre bien los ojos para ver lo que ocurra en la tertulia que voy a tener
aqu, echando una cana al aire y renovando esta noche, por
extraordinario, mis retozonas costumbres de otros das.

Doa Ramona, hermana del alcalde y viuda como l, fue la primera que se
present en la sala. Tres aos haca que haba muerto su esposo el
pellejero, pero la fabricacin, la recomposicin y el despacho de
corambres, seguan ms florecientes que nunca, si bien, en aquellos
ltimos meses, haba surgido y continuaba una crisis en los asuntos de
doa Ramona. Currito el Guapo, su ms aventajado oficial, hbil como
nadie en remendar y zurzir cueros y sobre todo en poner botanas, se
haba despedido de casa de la maestra, y se haba lanzado en la vida
heroica del jaque, buscando aventuras y aterrando a toda la gente
pacfica de la poblacin. Naturalmente la pellejera de doa Ramona, se
resenta ya y empezaba a perder crdito y marchantes con la retirada de
Currito.

Las malas lenguas del lugar daban por causa de esta retirada el sobrado
empeo de Currito en vigilar y celar a doa Ramona, aislndola de todo
pretendiente, y el amor de sta a la libertad y su indmito
aborrecimiento a todo linaje de tutela. Currito sali, pues, de su casa,
como de estampa; y, segn hemos visto, se puso a ejercer su misin
avasalladora y morigeradora de mujeres, en defensa y custodia de su
hermana la estanquera y del resplandeciente Sol de Tarifa, de quien
estaba o aparentaba estar enamorado. Se sonaba, no obstante, en el lugar
que el verdadero objeto del amor de Currito era la maestra doa Ramona,
la cual no haba cumplido an cuarenta aos, estaba colorada y sana, y
por los bros y robustez de sus frescas y apretadas carnes era una
bendicin de Dios y daba gloria verla. Recelaba la gente que los amores
de Currito, por el Sol de Tarifa, eran fingidos o por lo menos fruto de
anterior despecho amoroso y que estos amores ponan la mira, ms o menos
conscientemente, en dar picn a doa Ramona.

La segunda persona que acudi a la tertulia fue el ciego organista, D.
Antonio, a par que gran msico y maestro en el rgano, hbil tocador de
guitarra, as rasgueando como de punteo.

El Sol de Tarifa entr poco despus en la sala, seguida de la ta Pepa.
Y vinieron por ltimo, y segn vulgarmente se dice, con este meln se
llen el sern, Currito el Guapo, acompaado de Rosita la estanquera, su
linda hermana.

No haba ni vinieron ms convidados, porque el alcalde quiso que su
tertulia fuese aquella noche de lo ms ntimo, selecto y _cremoso_ que
en el lugar poda imaginarse. La sala, sin embargo, resplandeca como un
ascua de oro, porque estaba iluminada con tres magnficos velones de
Lucena de a cuatro mecheros cada uno y con algunas velas de cera que
ardan en los candeleros de media docena de hermosas cornucopias,
colgadas en las paredes sobre el rojo damasco que las tapizaba.

El maestro Raimundico saba vivir y viva con todo el boato y la pompa
que conviene a un seor lugareo. Y ya se presenta por ciertos indicios
y hasta se olfateaba y casi se mascaba, merced al grato tufillo y a los
vapores crasos que al travs de pasadizos llegaban desde la cocina a la
sala, que aquella noche iba a haber all pavo en arrope, y no slo
_refrescanda_, sino _papandina_ tambin, y de lo ms delicado y costoso.


IV

El maestro Raimundico haba ledo no pocos peridicos y algunos libros,
inicindose en varias ciencias morales y polticas, y sobre todo en una
novsima, que las comprende casi todas, y que se llama Sociologa. Mas
no por eso presuma de orador, de sabio o de hombre de consejos. Su
orgullo se cifraba en ser hombre de accin y completamente prctico. No
asegurar yo que l hubiese ledo los _Ensayos_ de Lord Macaulay, aunque
me parece que hay de ellos versin castellana; pero, si no los haba
ledo, su mrito era mayor, pues coincida con el positivista noble Lord
en uno de sus ms singulares pensamientos. Sneca haba compuesto un
elocuentsimo discurso contra la ira, lo cual de nada sirvi, ya que no
se sabe de sujeto alguno que haya dejado de ponerse iracundo y de hacer
mil barbaridades, convencido y corregido por los razonamientos de
Sneca. Y como no se sabe que nadie haya ido con zapatos sin que los
haya hecho algn zapatero, as el Lord como el maestro Raimundico
inferan, con juiciosa dialctica, que es ms til que Sneca, en toda
sociedad humana, el ms humilde de los zapateros. El maestro Raimundico,
por consiguiente, como era o haba sido zapatero y como nunca haba sido
humilde, se estimaba en mucho ms que Sneca, sobre todo en lo tocante a
utilidad y arte de la vida.

Despreciaba o aparentaba despreciar la oratoria; pero, sin darse cuenta
de ello, y dejndose arrebatar de sus convicciones, echaba amenudo
discursos, si bien, ms que floridos, enrgicos y breves.

Veamos ahora lo que dijo a Currito el Guapo, hallndose presentes las
dems personas que hemos enumerado:

--Tu modo de proceder, amigo Currito, me tiene ya harto, y como soy
alcalde no he de consentir que siga. Nadie te ha dado el encargo de
vigilar y de celar a las muchachas y de hacer el papel, navaja en mano,
de Catn censorino. Ya sabes t que yo pertenezco al partido liberal,
que gusta ahora de la autonoma y la concede a varias provincias de
Ultramar. Considera, pues, si no quieres enojarme, a tu hermana Rosita y
a mi seora doa Marcela, y djalas autnomas, o sea en completa
libertad de hacer cuanto se les antoje. Slo as y no por violencia,
miedo o tutela constante, tendr verdadero mrito que resplandezcan en
ellas la entereza y la persistencia con que mantienen su inmaculada
virtud, defendindola de todos los ataques y asechanzas de los galanes
seductores. Si ellas quieren de verdad que no entre en sus dominios
contrabando ni matute, no es menester que t asustes ni que mates a los
contrabandistas y matuteros. Y si ellas quieren contrabando o matute le
habr aunque mates a docenas a los matuteros y contrabandistas. No puede
ser el guardar a una mujer: ha dicho no s qu sabio, y con sobrada
razn a lo que entiendo. En suma, aunque el sabio no tuviera razn ni yo
tampoco, yo tengo aqu la autoridad y la fuerza, que para el caso
importan ms que la razn, y te declaro que si continas amedrentando a
la gente, a m no me amedrentas, y te empapelo, y si me empeo te envo
a Ceuta o a Melilla para que all luzcas tu valor matando moros. Si eres
tan animoso, por qu no te vas a Cuba o a Filipinas a espantar y a
vencer a los rebeldes en vez de espantar al pacfico vecindario que yo
gobierno ahora?

--Yo, maestro, me hallo bien en este lugar, y maldita la gana que tengo
de ir a Cuba o a Filipinas. Con que as no me amenace usted, que ya
procurar enmendarme. De todos mis furores tiene la culpa la penilla
negra, y de la penilla negra que hay en mi corazn, bien me s yo quien
tiene la culpa.

Aqu intervino doa Ramona y dijo:

--Ea, hermano, djate de sermones que aqu no hemos venido a sermonear
sino a divertirnos. Ya se enmendar Curro y se pondr ms suave que un
guante. D. Antonio, rasguee usted esa guitarra y que bailen el fandango
estas nias. Currito tiene buena voz y mejor estilo y cantar las
coplas.

No fue menester decir ms. El organista toc un fandango estrepitoso.

Doa Marcela y Rosita bailaron con gracia y primor, repiqueteando las
castauelas.

El maestro Raimundico, la ta Pepa y doa Ramona batieron palmas. Fue
tal el estruendo que armaron que no pareca que hubiese all siete sino
setecientas personas.

Cuando las palmas y las castauelas cesaron y slo son la guitarra,
Currito cant con voz sentimental y suave la copla siguiente:

    Atame con un cabello
    a los palos de tu cama,
    y aunque el cabello se rompa
    no hay miedo que yo me vaya.

Mostr Currito al cantar inspiracin tan amorosa y mir con ojos tan de
carnero a medio morir a doa Ramona, que estaba sentada cerca de l, que
doa Ramona no acert a dominarse por ms tiempo; sinti que se derreta
y hasta que se evaporaba el hielo de sus desdenes; y, desechando sus
propsitos de resistencia y echando a rodar hasta cierto punto su
seoril o _magistral_ recato, dijo dirigindose a Currito:

--Vamos, hombre, si al fin ha de ser, no quiero molerte ms. Mejor es
vergenza en rostro que mancilla en corazn. No te atar con un cabello,
pero voy a atarte con este hilo, de la lana con que, sin que t lo
supieses, te estaba haciendo calcetines y pensando en ti, ingratn,
prfugo, arrastrado!

Doa Ramona sac entonces de la faltriquera de su delantal un enorme
ovillo de lana parda, que all tena, desenvolvi un par de metros, hizo
un lazo corredizo y se le ech a Currito cogindole por el pescuezo y
tenindole por el otro extremo a modo de brida.

Aplaudieron todos que al fin se hubiera humanado la maestra y
aplaudieron ms an que, en virtud de nuevas declaraciones y promesas de
Currito, se reconociese y se proclamase all la autonoma de Rosita y de
doa Marcela. Para solemnizarla, ambas nias bailaron unas sevillanas
con notable garbo y maestra.

Tres doncellas, de la servidumbre del maestro Raimundico, las tres muy
aseadas y graciosas, sirvieron luego la cena en el comedor contiguo.

En Villalegre se vive an a la antigua usanza. Todos los vecinos
acomodados coman la sopa y el puchero a las dos de la tarde. No se ha
de extraar, por consiguiente, que los asistentes en la tertulia
tuviesen voraz apetito a eso de las once de la noche en que se sirvi la
cena.

En ella hubo lomo de cerdo en adobo, conservado en manteca, semejante a
lquidos rubes por el color rojo que le prestaba el alio. Hubo tambin
pavo asado y boquerones; exquisito vino de los Moriles; y, para postres,
frutas y pionate. Por ltimo, como apndice y complemento de festn tan
opparo, chocolate con hojaldres, mostachones y bizcotelas.

El festn fue todava ms regocijado y alegre que suculento,
prolongndose hasta las dos de la madrugada.

Como despedida, quiso el maestro Raimundico poner el sello y dar la
conveniente firmeza a lo que all se haba concertado. Impuso silencio y
habl de esta suerte:

--Yo tengo en Chinchn un excelente amigo, llamado D. Arturo Gonzlez,
el cual es tan profundo socilogo como hbil fabricante o cosechero de
aguardiente de ans doble. De este producto suyo me ha enviado algunas
botellas, en cuyo marbete, que hoy se llama _etiqueta_, se lee con
asombro: _Espritu-Sociolgico o lquido altruista_. Yo he querido
competir con mi amigo D. Arturo, y sin robarle su _marca registrada_ he
hecho aguardiente de ans doble tambin, que es tan altruista y tiene un
espritu tan sociolgico como el suyo. Estas muchachas traern en
sendas bandejas copas y aguardiente de Villalegre y de Chinchn. Cada
uno de nosotros se beber dos copitas, una de cada clase, dir cual le
parece mejor, y brindar luego, as por el futuro consorcio de mi
hermana y de Currito el Guapo, como por la gloriosa autonoma y plena
libertad de Rosita y de doa Marcela.

En efecto, trajeron el aguardiente, y cada uno bebi dos copas. Los
pareceres se dividieron. Hubo quien vot por Chinchn, y hubo quien vot
por Villalegre: pero, como cada cual bebi por lo menos segunda copa del
aguardiente que le pareci mejor, el resultado vino a ser que salieron a
tres o a cuatro copas por barba.

Todo fue luego regocijo y afecto mutuo, y qued demostrado que ambos
aguardientes eran altruistas y estaban dotados de igual espritu
sociolgico.

Entonces el cortesano D. Raimundo, merced a varios evidentes indicios,
no tard en convencerse de que la virtud de doa Marcela no era cosa del
otro jueves, ni con autonoma, ni sin autonoma.

Pocos das despus, se volvi D. Raimundo a la corte, convencido ya de
que los inocentes idilios no son ms fciles que en ella en los ms
rsticos y apartados lugares. En la corte se olvid pronto de doa
Marcela, puso la mira en distinguirse como personaje poltico, logr
salir diputado, y hay quien asegura que es hombre de gran porvenir, que
llegar a ser Director General, Embajador o Ministro, y que al cabo el
Gobierno espaol, o cuando no el pontificio, le conceder el ttulo de
Conde de Cartabn o de Hormabella.

Doa Marcela, reconociendo que Villalegre es mezquino recinto para sus
expansiones y propsitos, se ha ido a Tarifa, su patria, y desde Tarifa
ha pasado a Gibraltar, cuya reconquista tal vez haga. Lo cierto es que
as como a los Escipiones y a otros hroes de la antigua Roma, los
apellidaron el Africano, el Numantino, el Britnico y el Germnico,
segn la ciudad de que se haban apoderado o segn la nacin que haban
subyugado, a ella, sin dejar de ser nunca el Sol de Tarifa, la apellidan
la Gibraltarea, y como tal es famosa y celebrada en las cinco partes
del mundo.

Rosita se ha distinguido y ha prosperado menos desde que es autnoma;
pero tampoco se duerme en las pajas. Sigue con el estanco, y por
comprarle tabaco, hasta los que antes no fumaban, ya fuman, y la
Tabacalera hace en Villalegre doble o triple negocio. Por comprarle
sellos de correo no hay villalegrino que no escriba hoy ms cartas de
las que sola escribir. Y por ltimo, Rosita vende tanto papel sellado
que es una maravilla. Para explicarla racionalmente, hay quien da por
seguro que ella no recibe ni acepta declaracin alguna amorosa si no
viene escrita en folios de a peseta.

Entretanto doa Ramona y Currito, convertido ya en maestro, son cada da
ms venturosos y prosperan mucho haciendo y vendiendo corambres. No
sabemos cmo se las compone Currito, pero es el caso que nunca sabe a
pez el vino que se echa en sus odres; que hace botas lindsimas; y que
tambin construye otra clase de cueros muy apropsito para llevar en
ellos aceite a las Alpujarras, porque los _mangurrinos_, que as llaman
en Villalegre a los alpujarreos, no producen aceite. En cambio producen
miel de caa o de prima, de la cual miel llenan los arrieros los odres
en que llevaron el aceite, y la traen a la provincia de Crdoba. Esta
miel hace las delicias de las golosas lugareas cordobesas, que la sacan
del plato a pulso empapando en ella pedacitos de pan, y luciendo as las
lindas manos con los deditos engarabitados en forma de cresta de gallo.

No acierto a decidir qu leccin moral pueda sacarse, ni qu tesis pueda
probarse, en vista de los sucesos que he referido. Dir, pues,
sencillamente, que cada cual saque la leccin moral o pruebe la tesis
que se le antoje, o no saque leccin moral ni pruebe tesis alguna, con
tal de que no se fastidie demasiado leyndome.




DOS CUENTOS JAPONESES


Mi cuado el Excmo. Sr. D. Jos Delavat, siendo Ministro de Espaa en el
Japn, tuvo la buena idea de enviarme de all, por el correo, un lindo y
curioso presente. Consiste en doce tomitos, impresos en un papel tan
raro, que ms parece tela que papel, y con multitud de preciosas
pinturas intercaladas en el texto. Lo pintado es mucho ms que lo
escrito, y est pintado con grande originalidad y gracia.

Si lo escrito estuviese en japons, yo me quedara con la gana de
entenderlo, porque no s palabra de la lengua o lenguas que se hablan o
escriben en el Japn. Slo s que los japoneses tienen muchos libros, y
que algunos de ellos, novelas sobre todo, estn ya traducidos en varias
lenguas europeas, y particularmente en ingls, francs y alemn. Por
dicha, los doce tomitos o cuadernitos que poseo, aunque impresos y
pintados en Tokio, estn en lengua inglesa, y son cuentos para nios, a
fin de que los nios del Japn aprendan el ingls. Parece que estos
cuentos, enteramente populares, estn tomados palabra por palabra de
boca de las nieras japonesas; y debe de ser as porque la candidez de
la narracin lo deja ver a las claras.

Me han agradado tanto estos cuentos que no s resistirme a la tentacin
de poner un par de ellos en castellano. Elijo los dos que me parecen ms
interesantes: uno porque se diferencia mucho de casi todos los cuentos
vulgares europeos; y otro por lo mucho que se asemeja a ciertas leyendas
cristianas; como la de San Amaro, la de otro santo, referida por el
Padre Arbiol en sus _Desengaos msticos_, y la que ha puesto en verso
el poeta americano Longfellow en su _Golden Legend_. Sin ms
introduccin all van los cuentos.




EL ESPEJO DE MATSUYAMA


Mucho tiempo ha vivan dos jvenes esposos en lugar muy apartado y
rstico. Tenan una hija y ambos la amaban de todo corazn. No dir los
nombres de marido y mujer, que ya cayeron en olvido, pero dir que el
sitio en que vivan se llamaba Matsuyama, en la provincia de Echigo.

Hubo de acontecer, cuando la nia era an muy pequeita, que el padre se
vio obligado a ir a la gran ciudad, capital del Imperio. Como era tan
lejos, ni la madre ni la nia podan acompaarle, y l se fue solo,
despidindose de ellas y prometiendo traerles, a la vuelta, muy lindos
regalos.

La madre no haba ido nunca ms all de la cercana aldea, y as no poda
desechar cierto temor al considerar que su marido emprenda tan largo
viaje; pero al mismo tiempo senta orgullosa satisfaccin de que fuese
l, por todos aquellos contornos, el primer hombre que iba a la rica
ciudad, donde el rey y los magnates habitaban, y donde haba que ver
tantos primores y maravillas.

En fin, cuando supo la mujer que volva su marido, visti a la nia de
gala, lo mejor que pudo, y ella se visti un precioso traje azul que
saba que a l le gustaba en extremo.

No atino a encarecer el contento de esta buena mujer cuando vio al
marido volver a casa sano y salvo. La chiquitina daba palmadas y sonrea
con deleite al ver los juguetes que su padre le trajo. Y l no se
hartaba de contar las cosas extraordinarias que haba visto, durante la
peregrinacin, y en la capital misma.

--A ti--dijo a su mujer--te he trado un objeto de extrao mrito; se
llama espejo. Mrale y dime qu ves dentro.

Le dio entonces una cajita chata, de madera blanca, donde, cuando la
abri ella, encontr un disco de metal. Por un lado era blanco como
plata mate, con adornos en realce de pjaros y flores, y por el otro,
brillante y pulido como cristal. All mir la joven esposa con placer y
asombro, porque desde su profundidad vio que la miraba, con labios
entreabiertos y ojos animados, un rostro que alegre sonrea.

--Qu ves?--pregunt el marido encantado del pasmo de ella y muy ufano
de mostrar que haba aprendido algo durante su ausencia.

--Veo a una linda moza, que me mira y que mueve los labios como si
hablase, y que lleva caso extrao! un vestido azul, exactamente como el
mo.

--Tonta, es tu propia cara la que ves;--le replic el marido, muy
satisfecho de saber algo que su mujer no saba.--Ese redondel de metal
se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por ms que
nosotros, aqu en el campo, no los hayamos visto hasta hoy.

Encantada la mujer con el presente, pas algunos das mirndose a cada
momento, porque, como ya dije, era la primera vez que haba visto un
espejo, y por consiguiente, la imagen de su linda cara. Consider, con
todo, que tan prodigiosa alhaja tena sobrado precio para usada de
diario, y la guard en su cajita y la ocult con cuidado entre sus ms
estimados tesoros.

Pasaron aos, y marido y mujer vivan aun muy dichosos. El hechizo de su
vida era la nia, que iba creciendo y era el vivo retrato de su madre, y
tan cariosa y buena que todos la amaban. Pensando la madre en su propia
pasajera vanidad, al verse tan bonita, conserv escondido el espejo,
recelando que su uso pudiera engrer a la nia. Como no hablaba nunca
del espejo, el padre le olvid del todo. De esta suerte se cri la
muchacha tan sencilla y candorosa como haba sido su madre, ignorando su
propia hermosura, y que la reflejaba el espejo.

Pero lleg un da en que sobrevino tremendo infortunio para esta familia
hasta entonces tan dichosa. La excelente y amorosa madre cay enferma, y
aunque la hija la cuid con tierno afecto y solcito desvelo, se fue
empeorando cada vez ms, hasta que no qued esperanza, sino la muerte.

Cuando conoci ella que pronto deba abandonar a su marido y a su hija,
se puso muy triste, afligindose por los que dejaba en la tierra y sobre
todo por la nia.

La llam, pues, y le dijo:

--Querida hija ma, ya ves que estoy muy enferma y que pronto voy a
morir y a dejaros solos a ti y a tu amado padre. Cuando yo desaparezca,
promteme que mirars en el espejo, todos los das, al despertar y al
acostarte. En l me vers y conocers que estoy siempre velando por ti.

Dichas estas palabras, le mostr el sitio donde estaba oculto el espejo.
La nia prometi con lgrimas lo que su madre peda, y sta, tranquila y
resignada, expir a poco.

En adelante, la obediente y virtuosa nia jams olvid el precepto
materno, y cada maana y cada tarde tomaba el espejo del lugar en que
estaba oculto, y miraba en l, por largo rato e intensamente. All vea
la cara de su perdida madre, brillante y sonriendo. No estaba plida y
enferma como en sus ltimos das, sino hermosa y joven. A ella confiaba
de noche sus disgustos y penas del da, y en ella, al despertar, buscaba
aliento y cario para cumplir con sus deberes.

De esta manera vivi la nia, como vigilada por su madre, procurando
complacerla en todo como cuando viva, y cuidando siempre de no hacer
cosa alguna que pudiera afligirla o enojarla. Su ms puro contento era
mirar en el espejo y poder decir:

--Madre, hoy he sido como t quieres que yo sea.

Advirti el padre, al cabo, que la nia miraba sin falta en el espejo,
cada maana y cada noche, y pareca que conversaba con l. Entonces le
pregunt la causa de tan extraa conducta.

La nia contest:

--Padre, yo miro todos los das en el espejo para ver a mi querida madre
y hablar con ella.

Le refiri adems el deseo de su madre moribunda y que ella nunca haba
dejado de cumplirle.

Enternecido por tanta sencillez y tan fiel y amorosa obediencia, verti
l lgrimas de piedad y de afecto, y nunca tuvo corazn para descubrir a
su hija que la imagen que vea en el espejo era el trasunto de su propia
dulce figura, que el poderoso y blando lazo del amor filial haca cada
vez ms semejante a la de su difunta madre.






EL PESCADORCITO URASHIMA


VIVA muchsimo tiempo hace, en la costa del mar del Japn, un
pescadorcito llamado Urashima, amable muchacho, y muy listo con la caa
y el anzuelo.

Cierto da sali a pescar en su barca; pero en vez de coger un pez, qu
piensas que cogi? Pues bien, cogi una grande tortuga con una concha
muy recia y una cara vieja, arrugada y fea, y un rabillo muy raro. Bueno
ser que sepas una cosa, que sin duda no sabes, y es que las tortugas
viven mil aos: al menos las japonesas los viven.

Urashima, que no lo ignoraba, dijo para s:

--Un pez me sabr tan bien para la comida y quizs mejor que la tortuga.
Para qu he de matar a este pobrecito animal y privarle de que viva an
novecientos noventa y nueve aos? No, no quiero ser tan cruel. Seguro
estoy de que mi madre aprobar lo que hago.

Y en efecto, ech la tortuga de nuevo en la mar.

Poco despus aconteci que Urashima se qued dormido en su barca. Era
tiempo muy caluroso de verano, cuando casi nadie se resiste al medio da
a echar una siesta.

Apenas se durmi, sali del seno de las olas una hermosa dama que entr
en la barca y dijo:

--Yo soy la hija del dios del mar y vivo con mi padre en el Palacio del
Dragn, allende los mares. No fue tortuga la que pescaste poco ha, y tan
generosamente pusiste de nuevo en el agua en vez de matarla. Era yo
misma, enviada por mi padre, el dios del mar, para ver si t eras bueno
o malo. Ahora, como ya sabemos que eres bueno, un excelente muchacho,
que repugna toda crueldad, he venido para llevarte conmigo. Si quieres,
nos casaremos y viviremos felizmente juntos, ms de mil aos, en el
Palacio del Dragn, allende los mares azules.

Tom entonces Urashima un remo y la Princesa marina otro; y remaron,
remaron, hasta arribar por ltimo al Palacio del Dragn, donde el dios
de la mar viva e imperaba, como rey, sobre todos los dragones, tortugas
y peces. Oh que sitio tan ameno era aquel! Los muros del Palacio eran
de coral; los rboles tenan esmeraldas por hojas, y rubes por fruta;
las escamas de los peces eran plata, y las colas de los dragones, oro.
Piensa en todo lo ms bonito, primoroso y luciente que viste en tu vida,
ponlo junto, y tal vez concebirs entonces lo que el Palacio pareca. Y
todo ello perteneca a Urashima. Y cmo no, si era el yerno del dios
de la mar y el marido de la adorable Princesa?

All vivieron dichosos ms de tres aos, paseando todos los das por
entre aquellos rboles con hojas de esmeraldas y frutas de rubes.

Pero una maana dijo Urashima a su mujer:

--Muy contento y satisfecho estoy aqu. Necesito, no obstante, volver a
mi casa y ver a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas.
Djame ir por poco tiempo y pronto volver.

--No gusto de que te vayas, contest ella. Mucho temo que te suceda algo
terrible: pero vete, pues as lo deseas y no se puede evitar. Toma, con
todo, esta caja, y cuida mucho de no abrirla. Si la abres, no logrars
nunca volver a verme.

Prometi Urashima tener mucho cuidado con la caja y no abrirla por nada
del mundo. Luego entr en su barca, naveg mucho, y al fin desembarc en
la costa de su pas natal.

Pero qu haba ocurrido durante su ausencia? Dnde estaba la choza de
su padre? Qu haba sido de la aldea en que sola vivir? Las montaas,
por cierto, estaban all como antes: pero los rboles haban sido
cortados. El arroyuelo, que corra junto a la choza de su padre, segua
corriendo: pero ya no iban all mujeres a lavar la ropa como antes.
Portentoso era que todo hubiese cambiado de tal suerte en slo tres
aos.

Acert entonces a pasar un hombre por all cerca y Urashima le
pregunt:

--Puedes decirme, te ruego, donde est la choza de Urashima, que se
hallaba aqu antes?

El hombre contest:

--Urashima? cmo preguntas por l, si hace cuatrocientos aos que
desapareci pescando? Su padre, su madre, sus hermanos, los nietos de
sus hermanos, ha siglos que murieron. Esa es una historia muy antigua.
Loco debes de estar cuando buscas an la tal choza. Hace centenares de
aos que era escombros.

De sbito acudi a la mente de Urashima la idea de que el Palacio del
Dragn, allende los mares, con sus muros de coral y su fruta de rubes,
y sus dragones con colas de oro, haba de ser parte del pas de las
hadas, donde un da es ms largo que un ao en este mundo, y que sus
tres aos, en compaa de la Princesa, haban sido cuatrocientos. De
nada le vala, pues, permanecer ya en su tierra, donde todos sus
parientes y amigos haban muerto, y donde hasta su propia aldea haba
desaparecido.

Con gran precipitacin y atolondramiento pens entonces Urashima en
volverse con su mujer, allende los mares. Pero cul era el rumbo que
deba seguir? quin se le marcara?

--Tal vez, cavil l, si abro la caja que ella me dio, descubra el
secreto y el camino que busco.

As desobedeci las rdenes que le haba dado la Princesa, o bien no las
record en aquel momento, por lo trastornado que estaba.

Como quiera que fuese, Urashima abri la caja. Y qu piensas que sali
de all? Sali una nube blanca que se fue flotando sobre la mar.
Gritaba l en balde a la nube que se parase. Entonces record con
tristeza lo que su mujer le haba dicho de que, despus de haber abierto
la caja, no habra ya medio de que volviese l al Palacio del dios de la
mar.

Pronto ya no pudo Urashima ni gritar, ni correr, hacia la playa, en pos
de la nube.

De repente, sus cabellos se pusieron blancos como la nieve, su rostro se
cubri de arrugas, y sus espaldas se encorvaron como las de un hombre
decrpito. Despus le falt el aliento. Y al fin cay muerto en la
playa.

Pobre Urashima! Muri por atolondrado y desobediente. Si hubiera hecho
lo que le mand la Princesa, hubiese vivido an ms de mil aos.

Dime: no te agradara ir a ver el Palacio del Dragn, allende los
mares, donde el dios vive y reina como soberano sobre dragones, tortugas
y peces, donde los rboles tienen esmeraldas por hojas y rubes por
fruta, y donde las escamas son plata y las colas oro?




ESTRAGOS DE AMOR Y CELOS

DRAMA TRGICO


ESTE drama, tan excesivamente trgico, carece de todo valer literario,
pero se publica aqu para satisfacer la curiosidad de no pocas personas
que deseaban verle cuando se represent y no lo consiguieron a causa de
la pequeez del saln que sirvi de teatro. El autor compuso el drama a
peticin de la graciosa y discreta seorita doa Mara de Valenzuela,
que prescribi determinadas condiciones a las que deba sujetarse la
obra. El drama no haba de durar ms de catorce o quince minutos, la
accin haba de ser tan tremenda como rpida, y, salvo los comparsas y
personajes mudos, slo haban de figurar en l seis interlocutores, tres
varones y tres hembras, todos los cuales haban de morir de desastrada y
violenta muerte en la misma escena. Tan espantoso desenlace no haba de
tener por causa ni peste, ni hambre, ni fuego del cielo, ni ningn otro
medio sobrenatural, sino que todo haba de ocurrir sencillamente por
efecto del truculento frenes que el amor y los celos producen en el
alma de una mujer apasionada. Yo creo haber cumplido con las condiciones
que la mencionada seorita me impuso y de ello estoy orgulloso.
Reconozco, no obstante, que mi drama no hubiera sido tan aplaudido y
celebrado a no ser por el mrito de los actores y de las actrices que me
hicieron la honra de representarle. Fueron stos la simptica seora
doa Rosario Conde y Luque de Rascn, las dos seoritas doa Mara y
doa Isabel de Valenzuela y los Sres. D. Alfonso Danvila, D. Javier de
la Pezuela y D. Silvio Valln. A ellos, y no a la menguada y pobre
inspiracin del poeta, se debe el xito pasmoso que obtuvo el drama, en
el precioso teatro que el Sr. D. Fernando Bauer improvis en su casa, y
cuya magnfica decoracin mudjar pint lindamente el Sr. Conde del Real
Aprecio. Debo aadir aqu que no se prescindi de medio alguno, ni se
excus diligencia para procurar que los trajes y la pompa y aparato
escnicos correspondiesen y hasta realzasen la grandeza y solemne
majestad del argumento. Despojada ahora mi produccin de todos los
primores que entonces le prestaron valer, ser muy difcil que agrade.
Yo, sin embargo, me atrevo a insertarla aqu, confiado en la indulgencia
del pblico y para complacer a varios amigos y conocidos mos que desean
tenerla en letra de molde.




ACTO NICO

Magnfico vestbulo del Castillo. Gran puerta en el fondo. Puertas
laterales. Es de noche. Ruge la tempestad. Obscuridad profunda,
iluminada a veces por relmpagos vivsimos. Mucho trueno.


ESCENA PRIMERA

Entra _D. Brianda_ vestida con traje de mediados del siglo XV, y con un
candil en la mano.

    _Doa Brianda_.

    Ay que noche, Dios mo!
    Siento a veces calor y a veces fro.
    Truena y relampaguea,
    y con furor tan brbaro graniza
    que el cabello en la frente se me eriza,
    y tengo el corazn hecho jalea.
    Y eso que soy valiente cual ninguna:
    bien lo conoce D. Ramn, mi hermano,
    que me abandona en noche tan fatal
    y sale, confiado en su fortuna,
    con todo el escuadrn fuerte y lozano
    que manda y rige cual seor feudal.
    Lo que piensan hacer es un misterio,
    pero debe de ser lance muy serio.
    A media legua de esta casa fuerte
    est ya el reino moro de Granada,
    donde estragos y muerte
    van a llevar entrando en algarada.
    Mas bien puede en el nterin venir
    a este castillo el moro,
    y darme que sentir,
    y hasta faltar un poco a mi decoro.
    Grandes son mis recelos!
    (Dan fuertes aldabonazos a la puerta de entrada.)
    Qu horror! Quin llamar? Divinos cielos!
    (Suena desde fuera una voz.)

    _Voz._

    Ah del castillo! Hola!

    _Doa Brianda_.

    (Que se ha acercado a la puerta y ha mirado por el agujero de
    la llave.)
    Voz de mujer parece y est sola.
    (Vuelve a mirar por el agujero.)
    Mas no, que un negro bulto la acompaa.
    Quin es?

    _Voz de fuera_.

    breme!

    _Doa Brianda_.

    Cielos! Qu maraa
    es aquesta? qu voz ora me saca
    el corazn de quicio?
    o he perdido el juicio,
    o esta es la propia voz de doa Urraca.

    _Doa Urraca_.

    Yo soy. Abre, Brianda.

    _Doa Brianda_.

    Entra. Ya estoy como la cera blanda.


    ESCENA II


    Dicha. _Doa Urraca_ y el moro _Tarfe_ embozado en su capa hasta los
    ojos.

    _Doa Brianda_.

    T por aqu a horas tales?
    Qu sucesos fatales
    te hacen vagar en tan horrible noche,
    sin pajes, sin caballos y sin coche
    por esos andurriales?

    _Doa Urraca_.

    Decirlo todo quiero,
    mas tu favor y tu indulgencia pido.
    Es mi padre, D. Suero,
    el padre ms ruin y cicatero
    que en el mundo ha nacido.
    Por no dar dote no me da marido.
    Para empapar dinero,
    mas no para soltarle, es una esponja;
    y en lugar de buscarme un buen partido,
    se empea cruel en que me meta monja.
    Yo al vendaval de mi pasin amante
    me doy sobreexcitada a todo trapo,
    y con un novio tierno y arrogante
    de la casa paterna al fin me escapo.
    Con l huyendo voy a morera,
    pero la tempestad nos extrava.
    El bagaje, una tropa
    de malhechores nos rob en la va.
    De mi amigo el valor me ha libertado,
    mas hasta aqu con pena hemos llegado
    cada cual con la lluvia hecho una sopa
    y en lastimoso estado.

    _Doa Brianda_.

    Y quin, oh mi seora,
    es el tal novio con que vas ahora?

    _Doa Urraca_.

    Es Tarfe, un mahometano,
    mas me promete que se har cristiano.

    _Doa Brianda_.

    Entonces menos mal.
    (El moro se desemboza. Doa Brianda le acerca el candil y le
    mira con detencin.)
    Es muy buen mozo!

    _Doa Urraca_.

    Ya lo creo.

    _Doa Brianda_.

    Yo aplaudo tu alborozo.
    (Suenan clarines y se oyen muchas voces.)
    Ay Dios de los ejrcitos! ya llega
    mi fiero hermano de la atroz refriega.
    l considerar grave delito
    fugarse con un moro, e infelices
    seris los dos, si os coge en el garlito.
    Le cortar a tu moro las narices,
    y a ti te mandar bien escoltada
    de tu padre D. Suero a la morada.

    _Doa Urraca_.

    Pues escndenos pronto, cara amiga.

    _Doa Brianda_.

    Venid a un escondite.

    _Doa Urraca_.

    Puede que as se evite
    el presentido mal que me atosiga.

    (Queda por un momento la escena vaca. Vuelve a poco doa Brianda y abre
    de nuevo la puerta principal. La trompetera ha sonado ms cerca. Entra
    D. Ramn con toda su hueste, armada de brillantes armas, y dos personas
    cubiertas de negros capuces. Algunos de la comitiva traen antorchas o
    candelabros, que colocados en lugar conveniente iluminan la escena.)


    ESCENA III


    _Doa Brianda_, _D. Ramn_, la hueste y los encubiertos.

    _D. Ramn_.

    Ya ests en salvo en mi casa.
    Valientemente reas
    cuando acud con mi hueste
    y rechac a la morisma,
    haciendo tremendo estrago
    en sus apretadas filas.

    _D. Tristn_.

    (Sin descubrirse.)

    Mucha gratitud te debo.
    Sin ti perdiera la vida.

    _D. Ramn_.

    Descbrete y di quin eres.

    _D. Tristn_.

    A estar oculto me obliga
    la prudencia, mas a solas
    te descubrir en seguida
    quin soy y de dnde vengo.
    Despide a tu comitiva.

    _D. Ramn_.

    Despejad!

    (Vanse todos los guerreros y solo quedan los dos de los capuces y doa
    Brianda.)

    _D. Tristn_.

    An queda alguien.

    _D. Ramn_.

    Esta es mi hermana querida.

    _D. Tristn_.

    Pues aunque sea tu hermana
    haz que se vaya.

    _D. Ramn_.

    Hermanita
    lrgate.

    _Doa Brianda_.

    Me largar.
    (Ap.) qu sospecha, suerte impa!
    Qu fatal presentimiento
    en mi corazn se agita!
    La voz del encapuchado,
    la de D. Tristn imita.
    Ser D. Tristn acaso?
    Yo me quedar escondida
    atisbando y escuchando
    para descubrir la intriga. (Vase.)


    ESCENA IV


    _Don Tristn_, _D. Ramn_ y _Zulema_. _Doa Brianda_ entre bastidores
    atisbando lo que pasa y asomando de vez en cuando la cabeza.

    _D. Ramn_.

    Solos ya, satisface mi deseo:
    desembzate.

    _D. Tristn_.

    Mira!

    _D. Ramn_.

    Ay, Dios! qu veo!
    Don Tristn eres t, mi amigo caro.
    Por qu caso tan raro
    te encontr solo en la tremenda lid,
    ms valiente que el Cid,
    entre fieros paganos?

    _D. Tristn_.

    Yo me volva a tierra de cristianos
    despus de estar en la imperial Granada,
    de donde traigo a esta mujer robada.
    Es mi dicha suprema,
    es mi esposa, es mi bien,
    es la hermosa Zulema,
    hija mayor del rey Muley Hacen.
    Contempla su hermosura.

    (Don Tristn se dirige a Zulema, le quita el negro capuz y ella aparece
    deslumbradora, con rico traje oriental, todo cuajado de oro y de piedras
    preciosas.)

    _D. Ramn_.

    (Mirando a Zulema y como en xtasis.)

    Un sol en el zenit se me figura!
    qu vas a hacer con tan sin par doncella?

    _D. Tristn_.

    Me casar con ella
    cuando est en mi lugar y busque al cura,
    que de antemano le dar el bautismo:
    Ya una esclava catlica
    le ense el catecismo.
    Ella est melanclica
    porque deja a su padre y a su grey
    en la maldita ley
    del Profeta Mahoma,
    que sin fallar los llevar al infierno.

    _D. Ramn_.

    Harto pesada broma
    das t entretanto al rey
    con hacerte su yerno.

    _D. Tristn_.

    Djate de discursos y razones.

    _D. Ramn_.

    Me callo, pues. Di t lo que dispones.

    _D. Tristn_.

    Aqu pernoctar quiero
    hasta que raye el matinal lucero.
    Entonces prosiguiendo en mi camino
    me volver al castillo de D. Suero,
    mi padre muy amado,
    conduciendo a mi dueo idolatrado
    sobre las ancas de mi fiel rocino.

    _Zulema_.

    Ah! s, vmonos pronto, D. Tristn.
    Temo que an nos ocurra algn desmn.

    _D. Ramn_.

    No tema Vuestra Alteza,
    que est segura en esta fortaleza.
    Venid, pues, al mejor de mis salones
    a descansar del hrrido combate,
    y a lavaros tambin.
    Despus os servirn el chocolate,
    con bollos de manteca, mojicones,
    buuelos y otras frutas de sartn. (Vanse.)


    ESCENA V


    _Doa Brianda_ sola.

    _Doa Brianda_.

    Malvado! traidor, infiel!
    Por esa perversa mora
    me deja quien me enamora
    en abandono cruel.
    Palabra de casamiento
    me dio el impo hace un ao.
    Espantoso desengao!
    Todo se lo lleva el viento!
    Pero no; ruda venganza
    tomar de ese salvaje.
    Dar a la mora un brevaje
    que le destroce la panza
    y la vida le arrebate.
    Mi criada, que es ladina,
    esta esencia de estricnina
    verter en su chocolate.

    (Ensea un pomo que tiene en la mano y se va por donde ha entrado.)


    ESCENA VI


    Sale _D. Ramn_ por el lado opuesto, despus de haber dejado lavndose a
    sus dos huspedes.

    _D. Ramn_.

    (Meditando.)

    Confieso que me escama
    el empeo que tiene D. Tristn
    de ocultar a mi hermana que el galn
    es l, en esta novelesca trama.
    Catstrofes barrunto;
    pero ser mejor no cavilar.
    A mis huspedes quiero agasajar.
    Har que lleven chocolate al punto.

    (Vase por el otro lado. Queda un momento la escena vaca.)


    ESCENA VII


    Aparece la criada con una bandeja, dos jcaras de chocolate y bollos, y
    pasa de largo. Entra _Doa Brianda_.

    _Doa Brianda_.

    El veneno vert ya
    en la jcara espumante,
    y dentro de breve instante
    la mora le beber.
    De fijo reventar,
    dando as satisfaccin
    a mi burlada pasin
    y a mis espantosos celos,
    y cumpliendo mis anhelos
    de hacer a Tristn tristn.


    ESCENA VIII


    Dicha y _D. Tristn_ que trae entre los brazos medio desmayada a
    _Zulema_.

    _D. Tristn_.

    Qu espanto! Qu maravilla!
    Apenas bebe Zulema
    el chocolate, se quema
    cual si comiese morcilla
    de la que echan a los perros
    para darles cruda muerte.
    Qu bien castiga la suerte
    mis enamorados yerros!

    _Zulema_.

    Ay, D. Tristn! Yo reviento,
    qu chocolate endiablado
    es el que ahora he tomado?
    Fuego en mis entraas siento!

    _Doa Brianda_.

    Qu es esto, seor, qu pasa?

    _D. Tristn_.

    Que Zulema se me muere!

    _Doa Brianda_.

    Pues me alegro. Ella me hiere
    y mi corazn traspasa
    de los celos con la punta.
    Infiel Tristn, asesino,
    de ti me venga el destino
    al dejrtela difunta!

    _Zulema_.

    Yo me muero!

    (Hace una horrible mueca, se desprende de entre los brazos de don
    Tristn y cae muerta en el suelo.)

    _Doa Brianda_.

    Ya espich. (Con jbilo feroz.)

    _D. Tristn_.

    Muerta est! Trance funesto! (Tocndola.)

    _Doa Brianda_.

    Pues no me basta con esto.
    Mi furia no se calm,
    y para vengarme ms,
    te har saber que tu hermana
    ms que esa mora liviana
    y peor que Barrabs,
    se ha escapado con un moro
    de la morada paterna
    y est locamente tierna
    ofendiendo tu decoro.

    _D. Tristn_.

    Qu me dices? Maldicin!
    Ha de costarle la vida!
    Dnde se encuentra?

    _Doa Brianda_.

    Escondida
    la tengo en esta mansin.
    Ella y el alarbe juntos
    se esconden en el granero.

    _D. Tristn_.

    Voy a buscarlos y espero
    que pronto estarn difuntos.

    (Desenvaina la espada y echa a correr.)


    ESCENA IX


    _Doa Brianda_ sola.

    _Doa Brianda_.

    Muertes hoy y guerra ruda
    los celos producirn.
    Ya habr subido al desvn,
    y habr encontrado sin duda
    al moro y a doa Urraca.
    Ya est la pobre aviada...
    Tristn no envaina la espada
    sin sangre, cuando la saca.


    ESCENA X


    Entra huyendo _Doa Urraca_, y _D. Tristn_ persiguindola con la espada
    desnuda.

    _Doa Urraca_.

    No me mates, hermano!
    Tarfe se har cristiano
    y ser mi marido:
    As quedar todo corregido.

    _D. Tristn_.

    No puedo perdonarte tu pecado.
    T mi honor has manchado
    con un perro sectario de Mahoma!
    Toma el castigo que mereces! Toma!

    (Le da una tremenda estocada y doa Urraca cae muerta.)

    _Doa Brianda_.

    Mi agradable venganza va adelante.


    ESCENA XI


    Dichos y el moro _Tarfe_ que entra furioso y con el chafarote
    desenvainado.

    _Tarfe_.

    Dnde est ese tunante,
    que por el intrincado laberinto
    de esos mil corredores
    se escabull siguiendo a mis amores?

    _D. Tristn_.

    Aqu me tienes, moro majadero,
    y ya en la sangre de tu amiga tinto
    est mi fuerte acero.

    _Tarfe_.

    Pues vivo no saldrs de este recinto!
    Pague tu desalmada
    sangre, la que vertiste de mi amada.

    (Rien. Don Tristn atraviesa al moro de una estocada y el moro cae
    muerto.)


    ESCENA XII


    Dichos y _D. Ramn_ que entra apresurado.

    _D. Ramn_.

    Qu ocurre aqu? Qu estruendo!
    Qu horror! cuntos cadveres!

    _D. Tristn_.

    Oh, dura
    inevitable ley del hado horrendo!

    _Doa Brianda_.

    Ay don Ramn! El mostruo que ests viendo
    me burl con infame travesura.
    Su palabra me dio de matrimonio,
    y engandome luego,
    de ngel que fui, me convirti en demonio,
    y del infierno me lanz en el fuego.
    De mi horrible venganza estoy ufana!

    _D. Ramn_.

    (Dirigindose a D. Tristn.)

    D. Tristn, o te casas con mi hermana,
    o tu maldad te costar muy cara.

    _D. Tristn_.

    No puedo: un mar de sangre nos separa.

    _D. Ramn_.

    Pues aun la sangre me parece poca,
    y esa tu negativa del casorio
    a derramar la tuya me provoca.

    _D. Tristn_.

    Esto va a ser sobrado mortuorio,
    pero es irresistible mi arrebato...
    Defindete o te mato.

    (Rien los dos y ambos se hieren mortalmente y caen muertos en tierra.)

    _Doa Brianda_.

    Ya de mi celoso ahnco
    el resultado me asombra;
    en pie estoy como una sombra
    entre cadveres cinco.
    De demonios un enjambre
    muy pronto vendr por m.
    Mi celoso frenes
    ha roto el vital estambre
    de estos cinco personajes,
    a quien yo tanto quera.
    Ahora siente el alma ma
    remordimientos salvajes.
    No est bien, es indecente
    que yo conserve el vivir,
    cuando logr hacer morir
    a tan buena y noble gente.

    (Dirigindose al cadver de D. Ramn.)

    Perdona, hermano, perdona
    si por mi culpa ests muerto.

    (Dirigindose a doa Urraca.)

    Aunque ya cadver yerto,
    ests, Urraca, muy mona.

    (Dirigindose a Zulema.)

    Y t, gallarda Zulema,
    qu culpa de amar adquieres
    a quien para las mujeres
    fue ms dulce que la crema?

    (A D. Tristn.)

    Ay D. Tristn! de mi rabia
    me arrepiento ya muy tarde.
    An te adoro! Asaz cobarde
    fuera la que as te agravia,
    si en tan solemne ocasin
    a vivir se resignara,
    y al punto no se matara
    con firme resolucin!

    (Saca el pomo del veneno.)

    An se esconde en este frasco
    gran cantidad de veneno.
    Valiente soy... Dar un trueno;
    me lo beber sin asco.

    (Apura todo el veneno que hay en el pomo.)

    Ya me lo beb; ya miro
    de feos demonios un bando,
    que estn en torno esperando
    que yo d el postrer suspiro,
    para ir en procesin,
    con horrenda algaraba,
    a llevarme a la sombra
    honda crcel de Plutn.
    All expiar mi delito
    con fieras penas, mas antes
    no quieran los circunstantes
    castigarme con el pito;
    sino que, para consuelo
    de mi agona mortal,
    con aplauso general
    se dignen calmar mi anhelo.

    (Hace contorsiones horribles y cae muerta por virtud del veneno.)

FIN


OBRAS DEL MISMO AUTOR


Pepita Jimnez; un vol. en 8., Ptas. 3.

Doa Luz; un vol. en 8., 3.

El comendador Mendoza; un vol. en 8., 3.

Algo de todo; un vol. en 12., 2,50.

Las ilusiones del doctor Faustino; dos vols. en 12., 5.

Pasarse de listo; un vol. en 12., 2,50.

La buena fama; un vol. en 16. con grabados, 2,50.

El hechicero. El bermejino prehistrico. Las salamandras azules; un vol.
en 16. con grabados, 2,50.

Dafnis y Cloe (traduccin del griego); un vol. en 12., 3.

Estudios crticos; tres vols. en 12., 9.

Disertaciones y juicios literarios; dos vols. en 12., 6.

Cuentos y dilogos; un vol. en 12., 2,50.

Poesa y arte de los rabes en Espaa y Sicilia; tres volmenes en 12.,
9.

Tentativas dramticas; un vol. en 12., 2,50.

Canciones, romances y poemas; un vol. en 12., 5.

Cuentos, dilogos y fantasas; un vol. en 12., 5.

Nuevos estudios crticos; un vol. en 12., 5.

Cartas americanas (primera serie); un vol. en 12., 1.

Nuevas cartas americanas (segunda serie); un vol. en 8., 3.

Pequeeces... Currita Albornoz al P. Luis Coloma; un folleto en 8., 1.

Las mujeres y las Academias, cuestin social inocente; un folleto en
8., 1.

Ventura de la Vega, biografa y estudio crtico; un vol. en 8. con el
retrato del biografiado, 1.

Juanita la larga; un vol. en 8., 3,50.

A vuela pluma, artculos literarios y artsticos; un vol. en 8..

Genio y figura; un vol. en 8., 3.





End of the Project Gutenberg EBook of De varios colores, by Juan Valera

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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
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increasing the number of public domain and licensed works that can be
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($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
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The Foundation is committed to complying with the laws regulating
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particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
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