Project Gutenberg's El paraiso de las mujeres, by Vicente Blasco Ibanez

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Title: El paraiso de las mujeres
       Novela

Author: Vicente Blasco Ibanez

Release Date: January 24, 2004 [EBook #10822]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO Latin-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PARAISO DE LAS MUJERES ***




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    EL PARASO DE LAS MUJERES




    VICENTE BLASCO IBAEZ




     EL PARASO

     DE LAS

     MUJERES


     (NOVELA)




    Copyright 1922.




AL LECTOR


Considero necesario dar una explicacin sobre el origen de este libro.

Una casa editorial cinematogrfica de los Estados Unidos me pidi hace
un ao una novela para convertirla en _film_, recomendndome que fuese
muy interesante y se despegase por completo de los convencionalismos y
rutinas que hasta ahora vienen observndose en las historias presentadas
por medio del cinematgrafo.

Yo admiro el arte cinematogrfico--llamado con razn el sptimo
arte--, por ser un producto legtimo y noble de nuestra poca. Como
todo progreso, ha encontrado numerosos enemigos, que fingen
despreciarlo; especialmente entre los escritores faltos de las
condiciones necesarias para servir  este arte, aunque lo deseasen. La
llamada Repblica de las Letras es un estado conservador y misgeno, que
se subleva instintivamente ante toda novedad y la repele con sarcasmos
que cree aristocrticos.

Cuando se invent la imprenta, una gran parte de los literatos de
entonces tambin la consideraron como algo populachero y ordinario, que
nunca podra gustar  los espritus escogidos. Fu preciso el transcurso
de algunas decenas de aos para que todos se convenciesen de que el
libro impreso, aunque menos hermoso que el cdice escrito  mano y con
letras capitulares artsticamente iluminadas, serva mejor  la difusin
de las ideas y al mejoramiento intelectual de la humanidad.

Dentro de un siglo las gentes se asombrarn tal vez al enterarse de que
hubo escritores que presenciaron el nacimiento de la cinematografa y no
hicieron caso de ella, aprecindola como una diversin pueril y frvola,
buena nicamente para el vulgo ignorante.

Conozco todas las objeciones contra el cinematgrafo y su creciente
difusin. Son las mismas que todava  estas horas formulan algunas
devotas, en el fondo de las provincias, contra la novela y contra el
teatro, creyndolos la perdicin de la humanidad y la causa de todas las
inmoralidades existentes.

Si la cinematografa no hubiese de dar en el curso de su desarrollo
otras cosas que el sainete grotesco  inverosmil que hace reir con
payasadas de _clown_,  las historias de ladrones y detectives, yo
abominara de ella, como lo hacen muchos. Pero el nuevo arte est
todava en los primeros vagidos de su infancia; no tiene ms all de
veinticinco aos de existencia--que equivalen  veinticinco minutos en
la historia de un invento til--, y nadie sabe hasta dnde pueden llegar
el desarrollo de su juventud y el esplendor de su madurez.

Tambin la novela di en distintos perodos de su vida una floracin de
libros que tuvieron por hroes  bandidos simpticos  tenebrosos y 
policas providenciales, y  nadie se le ocurre decretar por ello la
supresin de dicho gnero literario. Al lado de la novela psicolgica y
de observacin directa existir siempre la novela de folletn. Y lo
mismo puede decirse del teatro. Juntos con el drama y la comedia,
atraern siempre  una gran parte del pblico el melodrama espeluznante
 la farsa grotesca.

La cinematografa no iba  librarse de esta divisin impuesta por los
dos gustos diversos y antitticos que se reparten la gran masa del
pblico. Como ocurre en la infancia de todo arte, el primer producto del
cinematgrafo ha sido el melodrama terrorfico y la farsa que hace reir
hasta desquijararse, gneros que con ms rapidez atraen  las
multitudes. Pero ahora, despus de dos docenas de aos de existencia,
los que nos preocupamos del desarrollo cinematogrfico vamos viendo cmo
se afina el gusto del pblico en las naciones ms instruidas y cmo al
lado de las historias para reir y las tragedias detectivescas surgen las
primeras manifestaciones de la verdadera novela cinematogrfica, con
caracteres extrados de la realidad, observaciones psicolgicas y una
fbula que mantiene despierto al mismo tiempo el inters del espectador.

Yo creo prximo el nacimiento de muchas novelas cinematogrficas que
sern al mismo tiempo grandes obras literarias. Pero estas novelas
resultan de ms difcil produccin que una novela en forma de libro, ya
que en ellas no es posible lo que en la jerigonza literaria llamamos el
relleno.

       *       *       *       *       *

La cinematografa no es el teatro mudo, como creen muchos; es una novela
expresada por medio de imgenes y frases cortas.

El teatro tiene convencionalismos de lugar y de tiempo, impuestos por
los breves lmites de un escenario, y de los cuales no puede librarse.
En cambio, la accin de la novela no reconoce limites; es infinita, como
la del cinematgrafo, y puede componerse de tres  cuatro historias
diversas, que se desarrollan  la vez, y al final vienen  confundirse
en una sola; puede tener por escenario los lugares ms diversos de
nuestro planeta.

Una obra teatral llegar, cuando ms, hasta siete actos y cambiar sus
decoraciones quince  veinte veces: pero le es imposible ir ms all.
Una novela, lo mismo que una historia cinematogrfica, puede disponer de
tantos escenarios como captulos, tener por fondo los ms diversos
paisajes y por actores verdaderas muchedumbres.

Repito que el sptimo arte es novela y no teatro, y tal vez por esto
todas las obras teatrales clebres que fueron trasladadas al
cinematgrafo pasaron inadvertidas, mientras las novelas famosas, al ser
filmadas, obtuvieron grandes xitos, agrandndose el inters de su
fbula con la plasticidad de los personajes que el lector slo haba
podido imaginarse vagamente  travs de las lneas impresas.

Hoy empieza  aumentar considerablemente en todas las naciones el nmero
de los novelistas que nos preocupamos del arte cinematogrfico.

La multiplicidad de los idiomas con que expresan los hombres su
pensamiento representa para el artista literario un obstculo que no
conocen el pintor, el escultor, ni el msico. Es cierto que los
traductores se encargan de salvar este obstculo; pero por grande que
sea su pericia y la conciencia con que realicen su trabajo, resulta
siempre tan diversa la novela traducida de la novela original, y se
pierden tantas cosas en el traslado de una  otra!...

En cambio, la expresin cinematogrfica puedo proporcionar  la novela
la universalidad de un cuadro, de una estatua  de una sinfona. Los
rtulos del _film_ y la necesidad de traducirlos representan poca cosa
en esta clase de obras. Lo importante es la imagen vivida, la accin
interpretada por seres humanos, valindose del gesto, que ignora el
estrecho molde de las slabas.

Gracias  este nuevo medio de expresin, el novelista que por su
nacimiento pertenece  un pas determinado puede tener por patria
intelectual la tierra entera y ponerse en comunicacin con los hombres
de todos los colores y todas las lenguas, hasta con los que viven en los
lmites de un salvajismo recin abandonado. Por medio del sptimo
arte, un autor puede en la misma noche contar su historia imaginada 
los pblicos de Nueva York, Londres y Pars,  las muchedumbres
cosmopolitas de los grandes puertos del Pacfico  los rabes que llegan
 caballo al aduar del desierto donde funciona el modesto aparato del
cinematografista errante,  los marineros que invernan en una isla del
Ocano Glacial y entretienen sus noches interminables con el relato mudo
de las novelas luminosas.

Yo puedo decir que una de mis mayores satisfacciones literarias la tuve
hace dos aos, estando en California, al conversar con un japons que
haba viajado por toda Asia.

Este hombre me habl de una de mis novelas, contndome su argumento
del principio al desenlace para convencerme de que la conoca bien. No
la haba ledo, por no estar traducida an al idioma de su pas, y
pensaba comprar la versin inglesa.

Pero la haba visto en un cinema de Pekn.

       *       *       *       *       *

Adems hay que hacer una confesin. La novela est en crisis actualmente
en todas las naciones.

El siglo XIX fu el siglo de la msica y de la novela. Resulta tan
enorme la produccin novelesca de los ltimos cien aos y tan diversas
las actividades de sus novelistas, que autores y pblico viven ahora
como desorientados.

Es casi imposible encontrar un camino virgen de huellas. Cuando el
novelista cree seguir un sendero completamente inexplorado, se entera 
los pocos pasos de que otros avanzaron por el mismo sitio antes que l.
Todos los resortes de la maquinaria novelesca parecen flojos y
mortecinos de tanto funcionar; todas las situaciones emocionantes, todos
los caracteres salientes, todos los tipos de humanidad, estn casi
agotados. La originalidad novelesca va siendo cada vez ms ilusoria. Por
eso sin duda, muchos autores violentan la serena sencillez de su idioma,
obligndole  producir una florescencia atormentada, de invernculo, y
hacen de ello su mayor mrito. Buscan ocultar de tal modo, bajo la
frondosidad forzada del lenguaje, la anmica pobreza de la historia que
cuentan.

Los novelistas se agitan infructuosamente en busca de novedad; el
pblico exige igualmente novedad; pero la novela actual, cuando pretende
en Francia y otros pases ser verdaderamente nueva, no tiene nada de
novela, y aburre al lector.... Y en esta crisis, que es universal, nadie
columbra la solucin.

Yo no afirmo que el cinematgrafo sea un remedio nico y decisivo;
reconozco adems como indiscutible que la novela impresa ser siempre
superior  la novela expresada por el gesto, pues esta ltima no puede
disponer con la misma amplitud que la otra de la sugestin inmaterial
del estilo; pero creo que si los novelistas empiezan  intervenir
directamente en el desarrollo del sptimo arte, monopolizado hasta
hace poco por personas sin competencia literaria, su esfuerzo servir
cuando menos para reanimar la novela, comunicndola una segunda juventud
y haciendo ms extensos sus dominios actuales.

Sin embargo, no  todos los pases les es fcil adaptarse con xito al
nuevo medio de expresin literaria.

La cinematografa depende del desarrollo industrial de un pas y de su
riqueza.

El libro tambin necesita sujetarse  la influencia de estos dos
factores; pero un editor de novelas impresas puede establecerse en
cualquier parte donde existan imprentas y almacenes de papel, y le
bastan unos cuantos miles de pesetas para publicar sus primeros
volmenes.

Las casas editoriales de cinematografa necesitan capitales de millones
y crear por su propia cuenta inmensos talleres. Adems, les es
indispensable tener  sus espaldas la grandeza de una de esas naciones
que son primeras potencias industriales, para encontrar con facilidad
energas elctricas gigantescas, fbricas capaces de producir nuevas
maquinarias: en una palabra, para disponer de poderosos aliados y
servidores.

Por este motivo, el ms enorme de los pueblos americanos es y ser
siempre el primer productor cinematogrfico de la tierra. Francia, que
invent la cinematografa, figura actualmente como una simple
importadora de _films_ facturados desde Nueva York.

El cinematgrafo ocupa en los Estados Unidos el quinto lugar entre los
productos nacionales. Avanza  continuacin del acero, el trigo y otros
artculos indispensables para la vida.

Hay en aquella Repblica veinticinco mil salas de cinematgrafo, algunas
de ellas con lugar para ms de seis mil espectadores.

En los miles de ciudades donde viven agrupados sus ciento veinte
millones de habitantes, los teatros se mantienen en una situacin
estacionaria, mientras los cinemas son cada vez ms numerosos.

De una obra cinematogrfica americana que obtiene xito en el mundo
entero llegan  venderse por trmino medio doscientas copias. Es lo que
se llama, en lenguaje de librera, una mediana tirada. De estas copias
Francia compra tres  cuatro para pasarlas en sus diversos cinemas;
Espaa tres; Italia tres  dos, etc. La Gran Bretaa, que es la mayor
compradora de Europa, adquiere once  quince para la metrpoli y sus
colonias.

En total: de las doscientas copias, los Estados Unidos consumen ellos
solos ciento veinte, y las ochenta restantes son para los dems pueblos
de la tierra. As se comprende que los cinematografistas americanos, sin
salir de su pas, puedan cubrir todos sus gastos, que son inauditos, y
realizar ganancias. El producto del resto del mundo es para ellos  modo
de una propina.

Despus de saber esto, reconocer el lector que el cinematgrafo slo
puede ser americano, y que la suprema aspiracin de todo novelista que
desee triunfos en el sptimo arte consiste en abrirse paso all ... si
es que puede, pues la empresa no resulta fcil.

       *       *       *       *       *

Pero volvamos  la explicacin del origen de este libro.

Como mi novela _Los cuatro jinetes del Apocalipsis_ ha sido convertida
en _film_--ms extenso y costoso de todos los que se conocen hasta el
presente, y el cual obtiene en los Estados Unidos un xito que durar
aos--, recib de Nueva York, como ya he dicho, el encargo de escribir
un relato novelesco que pudiera servir para una obra cinematogrfica de
inters y novedad.

As produje EL PARASO DE LAS MUJERES.

Esta historia fantstica, que se despega por completo de mis novelas
anteriores, no ha nacido verdaderamente ahora, pues data de los tiempos
de mi infancia.

Desde que le, siendo nio, los _Viajes de Gulliver_, el recuerdo de
Liliput y sus pequeos habitantes se fij para siempre en mi memoria.
Muchas veces me pregunt, en aquellos aos ya remotos: Qu habr
ocurrido en Liliput despus que se march el hroe de Swift?... Y me
entretena imaginando  mi modo los diversos episodios de la historia
contempornea de los pigmeos.

Ahora, en la madurez de mi vida, he intentado otra vez rehacer la
historia moderna de Liliput, pero como puede realizarlo la fantasa de
un hombre, menos optimista y generosa que la de un nio.

Esto de imaginarse una humanidad ms pequea que la nuestra, con
nuestros mismos defectos y preocupaciones, como si fuese contemplada 
travs de un microscopio, es algo que halaga la vanidad de los hombres,
y por lo mismo resulta tan antiguo como su existencia.

Swift, el humorstico den irlands, fu el creador de Gulliver y del
reino de Liliput; pero cien aos antes, Rabelais, que indudablemente le
sirvi de modelo, haba descrito con no menor humor las costumbres de
enanos y gigantes.

Tengo la certeza de que en todas las literaturas antiguas fueron muchos
los relatos sobre pases de pigmeos y pases de colosos. Qu pueblo no
cont historias de gnomos minsculos, de vida misteriosa, y gigantes que
para contemplar  uno de nuestra especie necesitan colocarlo sobre la
palma de una mano?... Voltaire se inspir en Swift para crear su
_Micromegas_, y sera muy largo el relato de todos los novelistas y
cuentistas que imitaron ms  menos directamente este gnero de
fantasas.

Yo escrib la presente novela creyendo que nicamente iba  servir para
la produccin de una cinta cinematogrfica, y jams aparecera en forma
de libro. En realidad, la casa editorial de Nueva York no me pidi una
novela, sino lo que llaman en lenguaje cinematogrfico un escenario,
un relato escueto y de pura accin, para que sirva de gua al director
de escena,  los encargados de las tramoyas y  los actores que
interpretan los personajes.

Pero excitado por la novedad del trabajo y  impulsos tambin de mis
hbitos de novelista, empec  escribir y  escribir, sin darme cuenta
de que en vez de un escenario produca una novela, y en veintiuna
tardes termin EL PARASO DE LAS MUJERES.

Nunca he trabajado tan aprisa y con tanto fervor. Creo que si me pusiera
ahora  hacer una copia del presente libro empleara ms tiempo.

Repito que jams pens que mi novela cinematogrfica pudiera convertirse
en volumen impreso; y mi sorpresa fu grande al ver que el escenario
era un libro al que algunos pretendan encontrar cierta intencin
filosfica y poltica. Hasta en los Estados Unidos--pas donde las
mujeres ejercen una enorme y legtima influencia--creen algunos,
equivocadamente, que mi novela es  modo de una stira del feminismo
norteamericano.

Como EL PARASO DE LAS MUJERES ha sido traducida ya  varios idiomas, me
decido  publicarla igualmente en espaol, aunque no pensase en ello
cuando la escrib.

Ser una obra ms dentro del marco de la novela espaola, la cual desde
hace algunos aos no peca ciertamente por exceso de variedad. Los ms de
los novelistas marchan en fila india, uno tras otro, y slo de tarde en
tarde se les ocurre saltar un poco fuera del sendero. Mientras tanto, en
los otros pases la novela procura renovarse y los autores cambian con
frecuencia su manera de ver la vida y de expresar sus impresiones, para
que no los encasille el pblico, adivinando de antemano lo que pueden
decir. Adems, la novela es un gnero de variedad infinita, y all donde
todos los novelistas describen lo mismo, con un lenguaje semejante, la
novela corre peligro de muerte.

Tal vez el presente libro sea considerado por muchos como una
equivocacin al compararlo con mis anteriores obras; pero yo prefiero
equivocarme yendo en busca de novedad,  conseguir aciertos fciles, que
muchas veces no son mas que simples repeticiones de triunfos anteriores.
De todos modos, me anima la esperanza de que este relato ligero tal vez
resulte ms entretenido para el lector que muchas novelas de moda
reciente, en las que se emplean trescientas pginas slo para preparar
el encuentro  puerta cerrada de dos personas de distinto sexo, llegando
as  la escena culminante de la obra, que es simplemente una escena
de libro verde, escrita con las precauciones necesarias para bordear
el Cdigo y que el volumen pueda exponerse sin peligro en los
escaparates de las libreras.

Del _film_ que di origen  esta novela dir que an est por nacer.
Segn parece, fui amontonando en l tales dificultades do ejecucin, que
los ingenieros norteamericanos que inventan nuevas magias para esta
clase de obras todava estn haciendo estudios y no han podido encontrar
el modo de que aparezcan en el lienzo luminoso,  un mismo tiempo y sin
trampa visible, la enormidad del Gentleman-Montaa y la bulliciosa
pequeez de las muchedumbres que pueblan la Ciudad-Paraso de las
Mujeres.

VICENTE BLASCO IBAEZ

Villa Fontana Rosa Mentn (Alpes Martimos) Febrero 1922




EL PARASO DE LAS MUJERES


       *       *       *       *       *


Frente  la Tierra de Van Diemen


Edwin Gillespie, joven ingeniero de Nueva York, llevaba varias semanas
de navegacin  bordo de uno de los paquebotes ingleses que hacen la
carrera entre San Francisco y Australia.

Nunca haba conocido un viaje tan triste. Recordaba con dulce nostalgia
su navegacin de tres aos antes, desde los Estados Unidos  las costas
de Francia, cuando era oficial del ejrcito americano  iba  guerrear
contra los alemanes. Aquella travesa resultaba peligrosa; reinaba 
bordo una continua vigilancia por miedo  los submarinos y  las minas
flotantes; pero Gillespie tena entonces como inseparables compaeros la
alegra de una juventud ansiosa de aventuras y el entusiasmo del que va
 exponer su vida por un ideal generoso.

Ahora llevaba como invisibles camaradas de viaje la desesperacin y el
aburrimiento, y cuando consegua huir de uno, caa en los brazos del
otro. Se haba embarcado apresuradamente, creyendo encontrar la fortuna
lejos de los Estados Unidos; pero se senta cada vez ms triste as como
iba alejndose de su tierra natal.

Era el amor el que le haba aconsejado esta resolucin desesperada.

A su vuelta de la gran guerra haba visto el mundo transfigurado. Todo
le pareca ms hermoso; las cosas adoptaban nuevas formas; el aire
cantaba junto  sus odos, agitado por las vibraciones de una sinfona
interminable. Y todo esto era porque acababa de conocer  miss Margaret
Haynes, una persona primaveral, cuyos diez y nueve aos, alegres y
graciosos, se desbordaban en risas, palabras musicales y gestos
encantadores.

Gillespie olvid de golpe todo su pasado al hablar con esta adorable
criatura. Crey que su vida anterior haba sido un ensueo. Recordaba
con esfuerzo, como si fuesen plidas visiones, su ida  Europa; los
combates junto  Saint-Mihiel, de los que sali herido; la ceremonia
guerrera durante la cual  l y  otros compaeros les colocaron sobre
el pecho la roja cinta de la Legin de Honor.

Para Edwin Gillespie la nica realidad era miss Margaret, y los das que
no la vea, aunque slo fuese por unos momentos, se imaginaba que el
cielo era otro y que se desarrollaban en su inmensidad tremendos
cataclismos de los que no podan enterarse los dems mortales.

Toda una primavera se encontraron en los ts de los hoteles elegantes de
Nueva York. Despus, durante el verano, siguieron conversando y bailando
en las playas del Atlntico ms de moda.

Miss Margaret era la hija nica del difunto Archibaldo Haynes, que haba
reunido una fortuna considerable trabajando con xito en diversos
negocios. La sonriente _miss_ iba  heredar algn da varios millones; y
esto no representaba para ella ningn impedimento en sus simpatas por
Gillespie, buen mozo, hroe de la guerra y excelente bailarn, pero que
an no contaba con una posicin social.

El ingeniero se tuvo durante medio ao por el hombre ms dichoso de su
pas. Miss Haynes fu la que se encarg de envalentonar su timidez con
prometedoras sonrisas y palabras tiernas. En realidad, Edwin no supo con
certeza si fu l quien se atrevi  declarar su amor,  fu ella la que
con suavidad le impuls  decir lo que llevaba muchos meses en su
pensamiento, sin encontrar palabras para darle forma.

Margaret acept su amor, fueron novios, y desde este momento, que deba
haber sido para Gillespie el de mayor felicidad, empez  tropezar con
obstculos. Seguro ya del cario de la hija, tuvo que pensar en la
madre, que hasta entonces slo haba merecido su atencin como una dama
de aspecto imponente, muy digna de respeto, pero que siempre se mantena
en ltimo trmino, cual si desease ignorar la existencia del ingeniero.
Mistress Augusta Haynes era una seora de gran estatura y no menos
corpulencia, breve y autoritaria en sus palabras, y que contemplaba el
deslizamiento de la vida  travs de sus lentes, apreciando las personas
y las cosas con la fijeza altiva del miope. Dotada de un meticuloso
genio administrativo, saba mantener ntegra la fortuna de su difunto
esposo y acrecentarla con lentas y oportunas especulaciones.

Amaba  su hija nica, tanto como detestaba  la juventud actual por su
carcter frvolo y su inmoderada aficin al baile. En las reuniones
buscaba siempre  las personas graves, lamentndose con ellas de la
ligereza y la corrupcin de los tiempos presentes. Se haba fijado en la
asiduidad con que el ingeniero segua  su hija, en su aficin  bailar
juntos y en sus conversaciones aparte. Adems, tena noticias de varios
encuentros, demasiado casuales, en los paseos de la ciudad.

Como si su instinto le avisase la certeza de un amor que hasta entonces
slo haba sospechado, mistress Augusta Haynes, al llegar el invierno,
decidi pasarlo lejos de Nueva York, y fu  instalarse con su hija en
un lujoso hotel de Pasadena. Crey, sin duda, con egosta ilusin, que
un hombre que haba ido de Amrica  Europa para hacer la guerra era
incapaz de trasladarse igualmente de Nueva York  California detrs de
su amada; pero pronto pudo convencerse de su error.

Una semana despus, al bajar por la maana al parque del hotel, vi 
Margaret jugando al _tennis_ con un _gentleman_ de pantaln blanco,
brazos arremangados y camisa de cuello abierto: el ingeniero Gillespie.

Miss Haynes, que haba hecho el viaje malhumorada y nerviosa, sonrea
ahora como si viese revolotear escuadrillas de ngeles por encima de los
naranjos californianos. En cambio, la madre recobr su gesto
inquisitorial, acogiendo con helada cortesa las grandes demostraciones
de afecto del ingeniero.

--Ha sido para m una agradable sorpresa--dijo el joven--. Yo no saba
que estaban ustedes aqu....

Y por debajo de la naricita sonrosada de miss Margaret revoloteaba una
sonrisa que pareca burlarse de tales palabras.

Desde entonces, la majestuosa viuda empez  pensar en lo urgente que
era librarse de este aspirante  la dignidad de yerno suyo. La gallarda
fsica del buen mozo, su aventura militar, que tanto entusiasmaba  las
jvenes, y sus destrezas de danzarn, eran para la seora Haynes otros
tantos ttulos de incapacidad.

Ella apreciaba en los hombres cualidades ms positivas. A cunto
ascenda su fortuna? Qu es lo que haba hecho hasta entonces de serio
en su existencia?...

Era ingeniero; pero esto no representaba mas que un simple diploma
universitario. Haba prestado sus servicios en unas cuantas fbricas,
ganando lo preciso para vivir, y cuando llegaba el momento de la guerra,
en vez de quedarse en Amrica para trabajar en un gran centro industrial
 inventar algo que le hiciese rico, prefera ser soldado, debiendo slo
 un capricho de la suerte el no quedar tendido para siempre sobre la
tierra de Europa.

Su marido haba sido otro hombre, y ella deseaba para Margaret un esposo
igual, con una concepcin prctica de la existencia, y que supiese
aumentar los millones de la cnyuge aportando nuevos millones producto
de su trabajo.

La viuda no ahorr medios para hacer ver al ingeniero su hostilidad.
Evitaba ostensiblemente el invitarlo  sus fiestas; finga no conocerle;
estorbaba con frecuentes astucias que su hija pudiera encontrarse con
l.

Miss Margaret se mostraba triste cuando de tarde en tarde consegua
hablar con Edwin, lejos de la agresividad de su madre y de la
animadversin de todas las familias amigas, igualmente hostiles  l.

Un da, Gillespie, con un esfuerzo supremo de su voluntad y ms
conmovido que cuando avanzaba en Francia contra las trincheras alemanas,
visit  la majestuosa viuda para manifestarle que Margaret y l se
amaban y que solicitaba su mano.

An se estremeca en el buque al recordar el tono glacial y cortante con
que le haba contestado la seora. Su hija era heredera de una
respetable fortuna, y bien mereca que su esposo aportase, cuando menos,
otro tanto  la asociacin matrimonial.

--Adems--dijo la viuda--, yo deseo un yerno que sea persona seria y
trabaje con provecho. Nunca me han gustado los hombres que pasan el
tiempo soando despiertos, leyendo libros  escribiendo cosas que nada
producen.

Gillespie tuvo que reconocer que la viuda estaba bien enterada de su
existencia; tal vez por la indiscrecin de un amigo infiel, tal vez por
las informaciones de algn detective particular. En realidad, este
ingeniero era algo dado al ensueo, gustaba mucho de la lectura, y en
sus cajones, junto con los planos y los clculos de su profesin,
guardaba varios cuadernos de versos.

Margaret le amaba; pero el amor de una seorita de buena familia y
excelente educacin, acostumbrada  las comodidades que proporciona una
gran fortuna, debe tener sus lmites forzosamente. No iba ella 
abandonar  su madre y  reir con todas las familias amigas para
casarse con un novio pobre, dedicado por completo  su amor  ignorante
del camino que deba seguir en el presente momento. Estas resoluciones
desesperadas slo se ven en las novelas.

Tena adems cierta confianza en el porvenir y consideraba oportuno
dejar pasar el tiempo. Su madre tal vez cediese al ver que transcurran
los aos sin que ella amase  otro hombre. Edwin poda estar seguro de
su fidelidad. Mientras tanto, la Fortuna tal vez se fijase de pronto en
Gillespie, como se haba fijado en mister Haynes. Acostumbrada  ver en
los salones de su casa  muchos hombres que haban empezado su carrera
siendo pobres y ahora eran millonarios, se imagin que esta era
inevitablemente la historia de todos los humanos y que  Edwin le
llegara su turno.

Pero la madre velaba, y cort con una enrgica resolucin esta rebelda
mansa. La seora y la seorita Haynes desaparecieron de su hotel. El
ingeniero, despus de disimuladas averiguaciones entre las familias
amigas de ellas residentes en Pasadena y en Los ngeles, lleg  saber
que se haban trasladado  San Francisco. Fu all, y consigui una
tarde hablar con Margaret en el Gran Parque, cuando paseaba con su
maestra de espaol.

La entrevista result grata para el joven, porque le di la seguridad de
que Margaret le amaba siempre; mas no por eso sac de ella un resultado
positivo.

Miss Haynes era una buena hija y no se declarara nunca en rebelin
contra su madre. Pero como en sus afectos slo poda mandar ella, jur 
Edwin que le esperara un ao, dos, tres, todos los que fuesen
necesarios, hasta que l encontrase una situacin verdaderamente
lucrativa  un medio indiscutible de hacer fortuna. Con esto era seguro
que la madre cejara en su resistencia.

El ingeniero jur tambin con el entusiasmo de una juventud enrgica. l
conseguira esta fortuna. Ignoraba completamente, al formular su
juramento, de qu modo puede obtenerse la riqueza; pero una nueva
voluntad, ms fuerte que la que hasta entonces le haba guiado en la
vida, empezaba  despertar en su interior.

--Adis, Margaret! Antes de un ao ser rico, y nos casaremos....

Luego, al verse solo, sin la dulce embriaguez que pareca invadirle
cuando estaba al lado de su novia, volvi  contemplar la realidad tal
como era, hostil y repelente. Cmo puede un hombre ganar unos cuantos
millones en un ao cuando los necesita para casarse con la mujer que
ama?... Quiso ver otra vez  Margaret, para que su voluntad adquiriese
nuevas fuerzas, pero no pudo encontrarla. La viuda de Haynes, que sin
duda haba tenido noticias de esta entrevista por la profesora de
espaol, se march de San Francisco con su hija, y esta vez Edwin no
pudo averiguar nada acerca de su paradero.

Le era preciso, despus de esto, tomar una resolucin. Su vida en Los
ngeles, siguiendo los pasos de una muchacha millonaria, haba
disminudo considerablemente los contados miles de dlares que
representaban todo su capital. Necesitaba lanzarse cuanto antes  un
nuevo trabajo para no verse en la indigencia.

Crey, como todos, que la fortuna nicamente puede esperarnos en un
lugar de la tierra muy apartado de aquel en que nacimos, casi en los
antpodas, y por eso acept con verdadera fe los informes de un amigo
que le aconsejaba ir  Australia, ofrecindole para all varias cartas
de recomendacin.

Gillespie acab embarcndose con rumbo  Melbourne, pero antes escribi
 una amiga de Margaret para que sta conociese su resolucin y el lugar
de la tierra adonde le encaminaba su nueva aventura.

La larga navegacin fu muy triste para l. La soledad voluntaria en que
se mantuvo entre los pasajeros sirvi para excitar sus recuerdos
dolorosos. Durante la primera escala en Honolulu tuvo la esperanza, sin
saber por qu, de recibir un cablegrama de Margaret animndole 
perseverar en su resolucin. Pero no recibi nada.

Luego vino la interminable travesa hasta Nueva Zelandia, siguiendo la
curva de ms de una mitad del globo terrqueo,  travs de los numerosos
archipilagos esparcidos en el Pacfico. En Auckland tampoco le sali al
encuentro ningn cablegrama.

Varias familias de Nueva Zelandia tomaron pasaje para ir  Sidney  
Melbourne. El joven americano evitaba toda amistad con los compaeros de
viaje. Prefera la melancola de sus recuerdos, entregndose  ellos ya
que no le era posible el placer de la lectura. Durante la larga travesa
haba ledo todos los volmenes que llevaba con l y los de la
biblioteca del buque, que por cierto no eran nuevos ni abundantes.

Una tarde, cuando el paquebote deba hallarse cerca de la antigua Tierra
de Van Diemen, el ingeniero, que dormitaba tendido en un silln del
puente de paseo, vi un libro abandonado en el silln inmediato. Le
bast la primera ojeada para darse cuenta da que deba pertenecer  los
nios de una familia subida al buque en Nueva Zelandia.

La cubierta del libro era en colores, y el dibujo de ella le hizo
conocer su ttulo antes de leerlo. Vi un hombre con sombrero de tres
picos y casaca de largos faldones, que tena las piernas abiertas como
el coloso de Rodas y las manos apoyadas en las rtulas. Por entre las
dos columnas de sus pantorrillas desfilaba,  pie y  caballo, llevando
tambores al frente y banderas desplegadas, todo un ejrcito de enanos
tocados con turbantes y plumeros,  estilo oriental.

--Las _Aventuras de Gulliver_--murmur el ingeniero--. El gracioso libro
de Swift ... Cunto tiempo hace que no he ledo esto!... Qu feliz era
yo en los aos que poda interesarme tal lectura!...

Y Gillespie, tomando el volumen, lo abri con una curiosidad risuea y
algo desdeosa. Primeramente fu mirando las distintas lminas; despus
empez la lectura de sus pginas, escogidas al azar, dispuesto 
abandonarla, pero retardando el momento  causa de su curiosidad, cada
vez ms excitada. Al fin acab por entregarse sin resistencia al inters
de un libro que resucitaba en su memoria remotas emociones.

Pero esta lectura, empezada contra su voluntad, fu interrumpida
violentamente.

Tembl el piso de la cubierta bajo sus pies. Todo el buque se estremeci
de proa  popa, como un organismo herido en mitad de su carrera, que se
detiene y acaba por retroceder  impulsos del golpe recibido.

El ingeniero vi elevarse sobre la proa un gran abanico de humo negro y
amarillento atravesado por muchos objetos obscuros que se esparcan en
semicrculo. Esta cortina densa tom un color de sangre al cubrir el
horizonte enrojecido por la puesta del sol.

Son una explosin inmensa, ensordecedora, y despus se hizo un profundo
silencio en la dulce serenidad de la tarde, como si el infinito del mar
y el horizonte hubiesen absorbido hasta la ltima vibracin del
atronador desgarramiento. Pero el silencio fu corto. A continuacin,
todo el buque pareci cubrirse de aullidos de dolor, de gritos de
sorpresa, de carreras de gentes enloquecidas por el pnico, de rdenes
enrgicas. Por las dos chimeneas del paquebote se escaparon torrentes
mugidores de humo negro, al mismo tiempo que debajo de la cubierta
empezaba un jadeo ruidoso, igual al estertor de un gigante moribundo.

A partir de este momento, el ingeniero crey haber cado en un mundo
irreal, en una vida distinta de la ordinaria. Los hechos se sucedieron
con una rapidez desconcertante.

Se vi hablando con un oficial que corra  lo largo de la cubierta
dando gritos  los marineros para que echasen los botes al agua.

--Hemos tocado con la proa una mina flotante--dijo contestando  las
preguntas de Gillespie--. Y si no es una mina, ser un torpedo
abandonado por alguno de los corsarios alemanes que navegaron en el
Pacfico.

Respondi el ingeniero con un gesto de incredulidad. Cmo podan las
corrientes ocenicas arrastrar una mina flotante hasta Australia?...
Por qu raro capricho de la suerte iban ellos  chocar con un torpedo
abandonado por un corsario en la inmensidad del Pacfico?... Oy que le
hablaban; pero esta vez era un pasajero con el que slo haba cambiado
algunos saludos durante el viaje.

--No creo en la mina ni en el torpedo--dijo este hombre--. Deben haber
embarcado dinamita en Nueva Zelandia  alguna otra materia explosiva. Lo
cierto es que nos vamos  pique irremediablemente.

Gillespie se di cuenta de que este pasajero deca verdad. El buque
empezaba  hundir su proa y  levantar la popa lentamente. Las olas
invadan ya la parte delantera del buque, llevndose los objetos rotos
por la explosin y los cadveres despedazados.

Los tripulantes echaban los botes al agua. Los oficiales, ayudados por
algunos pasajeros, todos con su revlver en la diestra, iban
reglamentando el embarco de la gente. Las mujeres y los nios ocupaban
con preferencia las grandes balleneras; luego embarcaban los hombres por
orden de edad.

Se abstuvo Gillespie de unirse  los grupos que esperaban sobre la
cubierta el momento de huir del buque. Saba que l, por su juventud y
su vigor, deba ser de los ltimos. Un tranquilo fatalismo guiaba ahora
sus acciones. La muerte se le apareca como algo dulce y triste que
poda solucionar todas las contrariedades de su existencia.

Automticamente se meti en su camarote, tomando muchos objetos de un
modo instintivo, sin que su razn pudiese definir por qu haca esto.

Al volver  la cubierta, ya no vi  los grupos de pasajeros. Todos
estaban en los botes. Slo quedaban algunos tripulantes, y el mismo
oficial que le haba hablado corra ahora de una borda  otra, dando
rdenes en el vaco.

--Qu hace usted aqu?--le pregunt severamente--. Embrquese en
seguida. El buque va  hundirse en unos minutos.

As era. La proa haba desaparecido enteramente; las olas barran ya la
mitad de la cubierta; el interior del paquebote callaba ahora con un
silencio mortal. Las mquinas estaban inundadas. Un humo denso y fro,
de hoguera apagada, sala por sus chimeneas.

Gillespie tuvo que subir  gatas por la cubierta en pendiente, lo mismo
que por una montaa, hasta llegar  un sitio designado por el oficial,
del que colgaba una cuerda. Se desliz  lo largo de ella con una
agilidad de deportista acostumbrado  las suertes gimnsticas, hasta que
tuvo debajo de sus plantas el movedizo suelo de madera de un bote.

Unos pies golpearon su cabeza, y tuvo que sentarse para dejar sitio al
oficial, que descenda detrs de l.

El bote no era gran cosa como embarcacin. Lo haban despreciado, sin
duda, los dems tripulantes y pasajeros que llenaban varias balleneras
vagabundas sobre la superficie azul. Todas estas embarcaciones se
alejaban  vela   remo del buque agonizante.

Por fortuna, este bote, en el que podan tomar asiento hasta ocho
personas, slo estaba ocupado por tres: Gillespie, el oficial y un
marinero.

El paquebote, acostndose en una ltima convulsin, desapareci bajo el
agua, lanzando antes varias explosiones, como ronquidos de agona. La
soledad ocenica pareci agrandarse despus del hundimiento de esta isla
creada por los hombres. Las diversas embarcaciones, pequeas como
moscas, se fueron perdiendo de vista unas de otras en la penumbra
vagorosa del crepsculo. El mar, que visto desde lo alto del buque slo
estaba rizado por suaves ondulaciones, era ahora una interminable
sucesin de montaas enormes de angustioso descenso y de sombros
valles, en los que el bote pareca que iba  quedarse inmvil, sin
fuerzas para emprender la ascensin de la nueva cumbre que vena  su
encuentro.

Los tres hombres remaron varias horas. Luego la fatiga pudo ms que su
voluntad, y acabaron tendindose en el fondo de la embarcacin.

La lobreguez de la noche abati sus energas. Para qu seguir remando 
travs de las sombras, sin saber adonde iban? Era mejor esperar la luz
de la maana, economizando sus fuerzas.

Acab Gillespie por dormirse con ese sueo pesado y profundo, de una
densidad animal, que slo conocen los hombres cuando estn en vsperas
de un peligro de muerte.

Le pareci que este sueo y la misma noche slo haban durado unos
minutos. Una impresin custica en la cara y en las manos le hizo
despertar.

Era la caricia del sol naciente. El bote se agitaba con movimientos ms
suaves que en la noche anterior. El cielo no tena sobre sus ojos una
nube que lo empaase; todo l estaba impregnado de oro solar. Las aguas
se extendan ms all de las bordas del bote, formando una llanura de
azul profundo y mate que pareca beber la luz.

Se incorpor, y al tender su vista de un extremo  otro de la
embarcacin, no pudo retener un grito de sorpresa. Se llev una mano 
los ojos, restregndoselos para ver mejor.

Estaba solo.




II

Noche de misterios y despertar asombroso


No pudo comprender la desaparicin de sus compaeros. Es ms: presinti
que este misterio no lo aclarara nunca. Tal vez se haban precipitado
sin quererlo en el mar, al hacer una maniobra de la que l no se di
cuenta durante su sueo. Luego pens que, al encontrarse en el curso de
la noche con alguna de las grandes balleneras procedentes del paquebote,
el oficial y el marinero haban querido pasar  ella por considerarla
ms segura, abandonando  Edwin  su suerte para no cargar  la repleta
embarcacin con un pasajero ms.

El joven olvid pronto esta felona. Necesitaba trabajar para salir de
su angustiosa situacin. Durante algunas horas rem y rem, siguiendo el
rumbo que le aconsejaba su instinto.

Se haba sentido en muchas ocasiones orgulloso de su vigor corporal,
pero jams sus fuerzas se mostraron tan poderosas  incansables como en
la presente aventura. De vez en cuando se pona de pie, esparciendo su
vista por todo el crculo del horizonte, sin distinguir la ms pequea
embarcacin. Los fugitivos del naufragio estaban ya muy lejos,  los
haba tragado el mar durante la noche.

A medioda descans para comer. En el bote haba abundantes provisiones,
as como numerosos y diversos objetos en disparatado amontonamiento. Era
una suerte que sus compaeros no hubiesen pensado en llevarse tantas
cosas preciosas.

Algunas horas despus, Edwin presinti la proximidad de la tierra. El
mar tranquilo, sin ms alteracin que algunas leves ondulaciones, muga
sordamente en el horizonte, formando una lnea de espumas. Deba ser una
barrera de obstculos submarinos, en torno  los cuales se revolvan las
aguas, hirviendo en incesantes espumarajos.

El ingeniero rem directamente hacia estos escollos, adivinando que eran
las crestas de invisibles murallas formadas por el coral. Ms all
existiran tal vez tierras firmes. Avanz con precaucin  travs de las
aguas alborotadas, sufriendo violentas sacudidas sobre tres lneas de
olas, que casi le hicieron zozobrar. Pero una vez pasado tal obstculo,
se vi en un inmenso y tranquilo circo de agua.

En todo lo que abarcaba su vista, el mar ofreca la tersura de un lago,
teniendo por orla la lnea de rompientes, y por el lado opuesto, una
sucesin de tierras bajas que deban ser islas.

Edwin sigui bogando. Varias veces hundi un remo verticalmente en el
agua con la esperanza de tocar fondo. No pudo conseguirlo; pero adivin
que su bote se deslizaba sobre una extensin acutica que slo tena
algunos metros de profundidad.

Media hora despus, al volver  hundir el remo, crey tocar una roca;
pero sigui avanzando mucho tiempo, sin que la quilla del bote rozase
ningn obstculo. Empezaba  ocultarse el sol cuando lleg cerca de
tierra, y fu siguiendo su contorno  unos cincuenta metros de
distancia. Iba en busca de una baha pequea  de la desembocadura de un
riachuelo para poder desembarcar, conservando su bote.

Como empezaba  anochecer, aceler su exploracin antes de que se
extinguiese por completo la incierta luz del crepsculo. Vi que la
costa avanzaba formando un pequeo cabo y que, en torno de su punta, las
aguas se mantenan tranquilas, con una pesadez que denunciaba cierta
profundidad. Lleg  tocar con la proa esta tierra, relativamente alta
entre las tierras inmediatas. Apoyando sus manos en el reborde de la
orilla, di un salto y qued de pie sobre el reducido promontorio.

Lo primero que pens fu buscar una piedra, un rbol, algo donde atar la
cuerda del bote, que sostena con su diestra. Tuvo miedo de que durante
la noche la resaca se llevase mar adentro esta embarcacin, que
representaba su nica esperanza.

Buscando en la penumbra, di con un grupo de arbustos vigorosos cuyas
ramas llegaban  la altura de su cabeza. Fijndose en ellos, pudo ver
que tenan la forma de rboles altsimos, contrastando su aspecto con su
relativa pequeez.

Pero no crey oportuno perder el tiempo en la contemplacin de este
fenmeno vegetal, y se limit  pasar la cuerda en derredor de tres de
los rboles enanos, dejando sujeto de este modo su bote para que no se
alejase de la costa. Despus sigui adelante por el promontorio,
metindose tierra adentro.

La noche haba cerrado ya completamente, y Gillespie tuvo que desistir 
la media hora de continuar esta marcha sin rumbo determinado. No se vea
una luz ni el menor vestigio de habitacin humana. Tampoco lleg 
descubrir la existencia de animales bajo la maleza, en la que se hunda
 veces hasta la cintura.

Quiso volver atrs, convencido de la inutilidad de su exploracin.
Prefera pasar la noche en el bote, por ofrecerle mayores comodidades
para su sueo que esta tierra desconocida. Pero al poco tiempo de
marchar en varias direcciones se di cuenta de que estaba completamente
desorientado. Aquel mar tranquilo como una laguna, sin rompientes y sin
olas, no poda guiarle con el ruido de sus aguas al chocar contra la
orilla.

Un silencio absoluto envolvi  Edwin. La profunda calma de la noche
solamente se turbaba con el crujido de los arbustos, que tenan forma de
rboles. Sus ramas, al partirse bajo sus pies, lanzaban chasquidos de
madera vigorosa.

Al salir  una llanura abierta en la selva enana, se sent en el suelo,
admirando la suavidad del csped. Lo mismo era pasar all la noche que
en la embarcacin. No haca fro, y adems l estaba abrumado por el
cansancio y por las tremendas emociones sufridas en el mar. Comi varias
galletas y un pedazo de chocolate encontrados en sus bolsillos y acab
por tenderse, reconociendo que este lecho algo duro no le privara del
sueo.

Iba  dormirse, cuando not algo extraordinario en torno de l.
Adivinaba la proximidad invisible de pequeos animales de la noche,
atrados sin duda por la novedad de su presencia. Bajo los matorrales
inmediatos sonaba un murmullo de vida comprimida y susurrante, igual 
un revoloteo de insectos  un arrastre de reptiles.

--Deben ser ratas--pens el ingeniero.

Al extender, desperezndose, uno de sus brazos, di contra los
matorrales ms prximos,  inmediatamente son bajo el ramaje un rumor
medroso de fuga.

Gillespie sonri, satisfecho de no estar solo en esta tierra misteriosa.
No se haba equivocado: eran ratas  otros roedores del bosque de
arbustos.

De nuevo empezaba  adormecerse, cuando un zumbido, que pareca sofocado
voluntariamente, pas varias veces sobre su rostro. Al mismo tiempo le
abanic las mejillas cierta brisa dulce, semejante  la que levantan
unas alas agitndose con suavidad.

--Algn murcilago--volvi  decirse.

Sus ojos creyeron ver en la lobreguez algo ms obscuro an que pasaba,
flotando en el aire, por encima de su rostro. De este pjaro de la noche
surgieron repentinamente dos puntos de luz, dos pequeos focos de
intensa blancura, iguales  unos ojos hechos con diamantes. Un par de
rayos sutiles pero intenssimos se pasearon  lo largo de su cuerpo,
iluminndole desde la frente hasta la punta de los pies. El ingeniero,
asombrado por el supuesto murcilago, levant un brazo, abofeteando al
vaco. Instantneamente, el misterioso volador apag los rayos de sus
ojos, alejndose con un chillido de velocidad forzada que le hizo
perderse  lo lejos en unos cuantos segundos.

Esta visita quit el sueo  Edwin, obligndole  sentarse sobre la
pequea pradera que le serva de cama. Sus ojos pudieron ver entonces
por encima de los matorrales varios puntos de luz que se movan con una
evolucin rtmica, cambiando la intensidad y el color de sus
resplandores.

--Indudablemente son lucirnagas--murmur--; lucirnagas de este pas,
distintas  todas las que conozco.

Las haba de una blancura ligeramente azul, como la de los ms ricos
diamantes; otras eran de verde esmeralda, de topacio, de palo, de
zafiro. Pareca que sobre el terciopelo negro de la noche todas las
piedras preciosas conocidas por los hombres se deslizasen como en una
contradanza. Volaban formando parejas, y sus rayos, al cruzarse, se
esparcan en distintas direcciones.

Gillespie encontraba cada vez ms interesante este desfile areo; pero
de pronto, como si obedeciesen  una orden, todos los fulgores se
extinguieron  un tiempo. En vano aguard pacientemente. Pareca que los
insectos luminosos se hubiesen enterado de su presencia al tocar con
algunos de sus rayos la cabeza que surga curiosa sobre los matorrales.

Pas mucho tiempo sin que la obscuridad volviera  cortarse con la menor
raya de luz, y Edwin sinti el desencanto de un pblico cuando se
convence de que es intil esperar la continuacin de un espectculo.
Volvi  tenderse, buscando otra vez el sueo; pero, al descansar la
cabeza en la hierba, oy junto  sus orejas unos trotecillos medrosos y
unos gritos de susto. Hasta sinti en su cogote el roce de varios
animalejos que parecan haberse librado casualmente por unos milmetros
de morir aplastados.

--Voy  pasar la noche en numerosa compaa--se dijo Edwin--. Y yo que
me imaginaba esta tierra como un desierto!... Maana, indudablemente,
presenciar cosas extraordinarias y podr explicarme los misterios de
esta noche. Ahora,  dormir!

Y como si hubiese perdido toda curiosidad, fu sumindose en el
sueo.... Pero antes de dormirse completamente sinti un pinchazo en una
mueca, algo semejante  la mordedura de un colmillo nico, una incisin
que pareci llegar hasta el torrente de su sangre.

Quiso mover el brazo en que haba recibido esta herida y no pudo. Una
torpeza creciente se fu difundiendo por sus msculos y sus nervios,
paralizando toda accin.

Pens que tal vez haba serpientes bajo los matorrales y que acababa de
recibir su mordedura venenosa. Fu  mover el otro brazo, y, en el
momento que intentaba levantarlo del suelo, recibi una segunda
picadura, igualmente paralizante.

--Ya no hay remedio--se dijo--. Me han mordido las vboras.

Y cay vencido por el sueo, como si se esparciese por todo su cuerpo el
sopor de un narctico.

Cuando despert, tuvo inmediatamente la certidumbre de habar dormido
muchas horas. El sol estaba alto, y al abrir los ojos se vi obligado 
cerrarlos inmediatamente. Lade la cabeza, huyendo de la causticidad de
su luz, y poco  poco fu entreabriendo el ojo ms inmediato  la
tierra, mientras conservaba cerrado el otro.

Al extenderse esta visin nica casi  ras del suelo, fu tal la
sorpresa experimentada por l, que volvi por segunda vez  juntar sus
prpados. Deba estar durmiendo an. Lo que acababa de ver era una
prueba de que se hallaba sumido todava en el mundo incoherente de los
ensueos. Dej transcurrir algn tiempo pura resucitar en su interior
las facultades que son necesarias en la vida real. Despus de
convencerse de que no dorma, de que se hallaba verdaderamente
despierto, volvi  abrir sus prpados lentamente, y se estremeci con
la ms grande de las sorpresas viendo que persista el mismo
espectculo.

Todo el lado de la pradera que llegaba  abarcar con su ojo abierto, as
como la linde de la masa de matorrales y la tierra que quedaba entre sus
troncos, estaban ocupados por una muchedumbre de seres humanos,
idnticos en sus formas  los componentes de todas las muchedumbres.
Pero lo que l crea matorrales eran rboles iguales  todos los rboles
y formando un bosque que se perda de vista. Lo verdaderamente
extraordinario era la falta de proporcin, la absurda diferencia entre
su propia persona y cuanto le rodeaba. Estos hombres, estos rboles, as
como los caballos en que iban montados algunos de aquellos, hacan
recordar las personas y los paisajes cuando se examinan con unos gemelos
puestos al revs,  sea colocando los ojos en las lentes gruesas, para
ver la realidad  travs de las lentes pequeas.

Gillespie abri y cerr su ojo repetidas veces, y al fin tuvo que
convencerse de que estaba rodeado de un mundo extraordinariamente
reducido en sus dimensiones. Los hombres eran de una estatura entre
cuatro  cinco pulgadas. Personas, animales y vegetales,
partiendo reducido tipo minsculo, guardaban entre ellos las mismas
proporciones que en el mundo de los hombres ordinarios.

--Igual que le ocurri  Gulliver!--se dijo el ingeniero--. Debo estar
soando,  pesar de que me creo despierto.

Y para convencerse de que no dorma, quiso mover su brazo derecho. An
perduraba en l la torpeza sufrida en la noche anterior. Se acord de
las picaduras y de la parlisis que se haba extendido luego por sus
miembros. Al principio, el brazo se neg  reflejar el impulso de su
voluntad; pero finalmente consigui despegarlo del suelo con un gran
esfuerzo. Iba  continuar este movimiento, cuando not que una fuerza
exterior, violenta  irresistible, tiraba de su brazo hasta colocarlo
horizontalmente, y lo mantena de este modo en vigorosa tensin. Al
mismo tiempo sinti en su mueca un dolor circular, lo mismo que si un
anillo fro oprimiese y cortase sus carnes.

Una explosin de regocijo estall en torno de la cabeza de Gillespie, un
huracn de gritos, carcajadas y aclamaciones. La muchedumbre enana rea
al verle con el brazo en alto, inmovilizado por el tirn de esta fuerza
incomprensible para l.

Abri Edwin los dos ojos para mirar su brazo, erguido como una torre,
fijndose en la mueca, donde continuaba el agudo anillo de dolor. Vi
que de esta mueca sala un hilo sutil y brillante, que haca recordar
los filamentos al final de los cuales se balancean las araas. Tambin
al extremo de este hilo, que pareca metlico, haba una especie de
araa enorme y susurrante. Pero no penda del hilo, sino que, al
contrario, flotaba en el espacio tirando de l.

Era del tamao de un palomo, pero desarrollaba una fuerza impropia de su
volumen, fuerza que mantena el hilo de plata con la tensin vibrante de
una cuerda de piano, no permitiendo que el hombre contrajera su brazo.

Edwin se fij en que esta ave extraordinaria tena las formas
fantsticas de los dragones alados que imaginaron los escultores de la
Edad Media al labrar los capiteles y grgolas de las catedrales. Su
cuerpo estaba revestido de escamas metlicas y tena en su parte
delantera una cabeza de monstruo quimrico, con dos globos de faro 
guisa de ojos. Sus alas eran  modo de cartlagos erizados de pas.
Sobre el lomo del horripilante aeroplano, cuatro hombrecitos iguales 
los que se movan en la pradera asomaban sus cabezas cubiertas con un
casquete dorado, al que serva de remate una pluma largusima.

Montados en su mquina, que permaneca inmvil encima de los ojos de
Gillespie,  unos tres metros de altura, estos aviadores acogieron con
un regocijo pueril el gesto de asombro que puso el gigante al sentir el
tirn que aprisionaba  inmovilizaba su brazo. Pero luego adivinaron en
el prisionero una expresin de dolor. Senta el hilo metlico hundido en
su mueca como el filo de un cuchillo, y al mismo tiempo un fuerte dolor
en la articulacin del hombro. Para evitar este tormento, los
hombrecillos del aeroplano soltaron una cantidad de cable sutil, lo que
permiti  Edwin descender su brazo hasta el suelo.

Slo entonces se di cuenta de que alrededor de la otra mueca, as como
en torno de sus tobillos, deba tener amarrados unos filamentos
semejantes. Tendido de espaldas como estaba y mirando  lo alto, alcanz
 ver otros tres aeroplanos en forma de animales fantsticos, que se
mantenan inmviles al extremo de otros tantos hilos de plata,  una
altura de pocos metros. Comprendi que todo movimiento que hiciese para
levantarse dara por resultado un tirn doloroso semejante al que haba
sufrido. Era un esclavo de los extraos habitantes de esta tierra, y
deba esperar sus decisiones, sin permitirse ningn acto voluntario.

Mientras permaneca inmvil fu examinando lo que le rodeaba. La
muchedumbre era cada vez ms numerosa en torno de su cuerpo y en las
profundidades del bosque. El zumbido de sus palabras y sus gritos iba en
aumento. Se presenta la llegada incesante de nuevos grupos. Por entre
los cuatro aeroplanos inmviles al extremo de sus cables volaban otros
completamente libres, que se complacan en pasar y repasar sobre la
nariz del prisionero. Eran dragones rojos y verdes, serpientes de
enroscada cola, peces de lomo redondo, todos con alas, con escamas de
diversos colores y con ojos enormes. Gillespie adivin que eran las
lucirnagas que en la noche anterior lanzaban mangas de luz por sus
faros, ahora extinguidos.

Una de las naves areas detuvo su vuelo para bajar en graciosa espiral,
hasta inmovilizarse sobre el pecho del coloso. Asomaron entre sus alas
rgidas los cuatro tripulantes, que rean y saltaban con un regocijo
semejante al de las colegialas en las horas de asueto.... Al mismo
tiempo otros monstruos de actividad terrestre se deslizaron por el
suelo, cerca del cuerpo de Gillespie. Eran  modo de juguetes mecnicos
como los que haba usado l siendo nio: leones, tigres, lagartos y aves
de aspecto fatdico, con vistosos colores y ojos abultados. En el
interior de estos automviles iban sentadas otras personas diminutas,
iguales  las que navegaban por el aire.

Parecan venir de muy lejos, y la muchedumbre pedestre abra paso
respetuosamente  sus vehculos. Estos recin llegados tambin rean al
ver al gigante, con un regocijo pueril, mostrando en sus gestos y sus
carcajadas algo de femenino, que empez  llamar la atencin de
Gillespie.

Iba ya transcurrida una hora, y el prisionero empezaba  encontrar
penosa su inmovilidad, cuando se hizo un profundo silencio. Procurando
no moverse, torci  un lado y  otro sus ojos para examinar  la
muchedumbre. Todos miraban en la misma direccin, y Gillespie se crey
autorizado para volver la cabeza en idntico sentido. Entonces vi, como
 dos metros de su rostro, un gran vehculo que acababa de detenerse.
Este automvil tena la forma de una lechuza, y los faros que le servan
de ojos, aunque apagados, brillaban con un resplandor de pupilas verdes.

Dentro del vehculo, un personaje rico en carnes estaba de pie, teniendo
ante su boca el embudo de un portavoz. Al fin alguien iba  hablarle.
Por esto sin duda acababa de hacerse un profundo silencio de curiosidad
y de respeto en la muchedumbre.

Son la voz del abultado personaje, que era dulce y temblona como la de
una dama sentimental, pero con el agrandamiento caricaturesco de la
bocina.

--Gentleman: queda usted autorizado para mover la cabeza, para
levantarla, si es que puede, y para cambiar de postura con cierta
suavidad, sin poner en peligro  la muchedumbre justamente curiosa que
le rodea. En cuanto  mover los brazos  las piernas, le aconsejo una
completa abstencin hasta nueva orden. Ya habr visto usted que su
primer intento di mal resultado. Le ruego que no insista.

Da todas las sorpresas experimentadas por Gillespie desde que despert,
sta fu la ms estupenda. El exiguo personaje hablaba su mismo idioma,
pero con un tono afectado, con un esfuerzo por conseguir la correccin,
detallando las slabas, lo mismo que hablan ciertos profesores.

--Cmo sabe usted el ingls?--pregunt Edwin--. Dnde ha podido
aprenderlo?...

Una risa aflautada del gordo personaje fu la primera respuesta. Luego
pareci arrepentirse de su falta de correccin al contestar con risas 
las preguntas, y dijo gravemente:

--Oh, Gentleman-Montaa!... Va usted  encontrar en mi patria tantas
cosas extraordinarias dignas de su asombro!...




III

De cmo Edwin Gillespie fu llevado  la capital de la Repblica


Hubo un largo silencio. El ingeniero, absorto por el carcter
inverosmil de su aventura, no supo qu decir. Eran tan numerosos los
pensamientos que bullan en su cabeza y las preguntas que iba
amontonando su curiosidad!...

El personaje subido en la lechuza rodante interpret este silencio como
una muestra de timidez.

--Puede usted hablar sin miedo, Gentleman-Montaa. De todos los miles de
seres que estn aqu presentes, los nicos que conocen el ingls somos
usted y yo. Los dems slo hablan el idioma de nuestra raza.... Y para
aplacar su curiosidad, le dir cuanto antes que el ingls es la lengua
particular de nuestros sabios; algo semejante  lo que fu el latn,
segn mis noticias, durante algunos siglos, en los pases habitados por
los Hombres-Montaas. Yo soy el profesor de ingls en la Universidad
Central de nuestra Repblica.

Edwin qued silencioso ante esta revelacin.

--Entonces, estoy verdaderamente en Liliput?--dijo al fin--. No es
esto un sueo?

La risa del profesor volvi  sonar con la misma vibracin femenil,
considerablemente agrandada por el portavoz.

--Oh, Liliput!--exclam--. Quin se acuerda de ese nombre? Pertenece 
la historia antigua; qued olvidado para siempre. Si usted pudiese
hablar nuestro idioma, preguntara por Liliput  los miles de seres que
nos escuchan en este momento sin entendernos, y ninguno comprendera el
significado de tal palabra. Nuestra tierra se ha transformado mucho.

Call un momento para reflexionar, y luego dijo con orgullo:

--Antes ramos nosotros los que nos asombrbamos al recibir la visita de
un Hombre-Montaa. Ahora son los Hombres-Montaas los que deben
asombrarse al visitar nuestro pas. Hemos hecho triunfar revoluciones
que ellos seguramente no han intentado an en su tierra.

Gillespie sinti desviada su curiosidad por estas palabras del profesor.

--Pero han venido aqu otros hombres despus de Gulliver?

--Algunos--contest el sabio--. Recuerde usted que la visita de ese
Gulliver fu hace muchos aos, muchsimos, un espacio de tiempo que
corresponde, segn creo,  lo que los Hombres-Montaas llaman dos
siglos. Imagnese cuntos naufragios pueden haber ocurrido durante un
perodo tan largo; cuntos habrn venido  visitarnos forzosamente de
esos hombres gigantescos que navegan en sus casas de madera ms all de
la muralla de rocas y espumas que levantaron nuestros dioses para
librarnos de su grosera monstruosa.... Nuestras crnicas no son claras
en este punto. Hablan de ciertas visitas de Hombres-Montaas que yo
considero apcrifas. Pero con certeza puede decirse que llegaron  esta
tierra unos catorce seres de tal clase en distintas pocas de nuestra
historia. De esto hablaremos ms detenidamente, si el destino nos
permite conversar en un sitio mejor y con menos prisa. El ltimo gigante
que lleg lo vi cuando estaba todava en mi infancia; el nico que hemos
conocido despus del triunfo de la Verdadera Revolucin. Era un hombre
de manos callosas y piel con escamas de suciedad. Babia un lquido
blanco y de hedor insufrible, guardado en una gran botella forrada de
juncos. Este lquido ardiente pareca volverle loco. Nuestros sabios
creen que era un simple esclavo de los que trabajan en los buques
enormes de los mares sin lmites. Como el tal lquido despertaba en l
una demencia destructiva, mat  varios miles de los nuestros, nos caus
otros daos, y tuvimos que suprimirle, encargndose nuestra Facultad de
Qumica de disolver y volatilizar su cadver para que tanta materia en
putrefaccin no envenenase la atmsfera. Creo necesario hacerle saber
que desde entonces decidimos suprimir todo Hombre-Montaa que apareciese
en nuestras costas.

Gillespie,  pesar de la tranquilidad con que estaba dispuesto  aceptar
todos los episodios de su aventura, se estremeci al oir las ltimas
palabras.

--Entonces, debo morir?--pregunt con franca inquietud.

--No, usted es otra cosa--dijo el profesor--; usted es un gentleman, y
su buen aspecto, as como lo que llevamos inquirido acerca de su pasado,
han sido la causa de que le perdonemos la vida ... por el momento.

Las palabras del sabio le fueron revelando todo lo ocurrido en esta
tierra extraordinaria desde el atardecer del da anterior. Los escasos
habitantes de la costa le haban visto aproximarse, poco antes de la
puesta del sol, en su bote, ms enorme que los mayores navos del pas.
La alarma haba sido dada al interior, llegando la noticia  los pocos
minutos hasta la misma capital da la Repblica. Los miembros del Consejo
Ejecutivo haban acordado rpidamente la manera de recibir al visitante
inoportuno, hacindole prisionero para suprimirlo  las pocas horas. Los
aparatos voladores del ejrcito salan  su encuentro una vez cerrada la
noche. El Hombre-Montaa pudo vagar  lo largo de la costa sin
tropezarse con ningn habitante, porque todos los ribereos se haban
metido tierra adentro por orden superior.

Al verle tendido en el suelo, empez el asedio de su persona. El
manotazo  la primera mquina volante que le haba explorado con sus
luces, as como la curiosidad de Gillespie, que le permiti descubrir
por encima del bosque todas las evoluciones de la flotilla luminosa,
aconsejaron la necesidad de un ataque brusco y rpido.

Dos sabios de laboratorio y su squito de ayudantes, llegados de la
capital en varios automviles, se encargaron del golpe decisivo,
pinchndole en las muecas y en los tobillos con las agudas lanzas de
unas mangas de riego. As le inocularon el soporfico paralizante.

--Es verdaderamente extraordinario--continu el profesor--que haya
conocido usted el nuevo sol que ve en estos instantes. Estaba acordado
el matarle, mientras dorma, con una segunda inyeccin de veneno, cuyos
efectos son muy rpidos. Pero los encargados del registro de su persona
se apiadaron al enterarse de la categora  que indudablemente pertenece
usted en su pas. Le dir que yo tuve el honor de figurar entre ellos, y
he contribudo, en la medida de mi influencia,  conseguir que las altas
personalidades del Consejo Ejecutivo respeten su vida por el momento.
Como la lengua de todos los Hombres-Montaas que vinieron aqu ha sido
siempre el ingls, el gobierno consider necesario que yo abandonase la
Universidad por unas horas para prestar el servicio de mi ciencia. Ha
sido una verdadera fortuna para usted el que reconocisemos que es un
gentleman.

Gillespie no ocult su extraeza ante tan repetida afirmacin.

--Y cmo llegaron ustedes  conocer que soy un gentleman?--pregunt,
sonriendo.

--Si pudiera usted examinarse en este momento desde los bolsillos de sus
pantalones al bolsillo superior de su chaqueta, se dara cuenta de que
lo hemos sometido  un registro completo. Apenas se durmi usted bajo la
influencia del narctico, empez esta operacin  la luz de los faros de
nuestras mquinas volantes y rodantes. Despus, el registro lo hemos
continuado  la luz del sol. Una mquina-gra ha ido extrayendo de sus
bolsillos una porcin de objetos disparatados, cuyo uso pude yo adivinar
gracias  mis estudios minuciosos de los antiguos libros, pero que es
completamente ignorado por la masa general de las gentes. La gra hasta
funcion sobre su corazn para sacar del bolsillo ms alto de su
chaqueta un gran disco sujeto por una cadenilla  un orificio abierto en
la tela; un disco de metal grosero, con una cara de una materia
transparente muy inferior  nuestros cristales; mquina ruidosa y
primitiva que sirve entre los Hombres-Montaas para marcar el paso del
tiempo, y que hara reir por su rudeza  cualquier nio de nuestras
escuelas.

Tambin he registrado hasta hace unos momentos el enorme navo que le
trajo  nuestras costas. He examinado todo lo que hay en l; he
traducido los rtulos de las grandes torres de hoja de lata cerradas por
todos lados, que, segn revela su etiqueta, guardan conservas animales y
vegetales. Los encargados de hacer el inventario han podido adivinar que
era usted un gentleman porque tiene la piel fina y limpia, aunque para
nosotros siempre resulta horrible por sus manchas de diversos colores y
los profundos agujeros de sus poros. Pero este detalle, para un sabio,
carece de importancia. Tambin han conocido que es usted un gentleman
porque no tiene las manos callosas y porque su olor  humanidad es menos
fuerte que el de los otros Hombres-Montaas que nos visitaron, los
cuales hacan irrespirable el aire por all donde pasaban. Usted debe
baarse todos los das, no es cierto, gentleman?... Adems, el pedazo
de tela blanca, grande como una alfombra de saln, que lleva usted sobre
el pecho, junto con el reloj, ha impregnado el ambiente de un olor de
jardn.

Se detuvo el profesor un instante para agregar con alguna malicia:

--Y yo pude afirmar adems, de un modo concluyente, que es usted un
verdadero gentleman, porque he ordenado  dos de mis secretarios que
volviesen las hojas de un libro ms grande que mi persona, con tapas de
cuero negro, que nuestra gra sac de uno de sus bolsillos. He podido
leer rpidamente algunas de dichas hojas. En la primera, nada
interesante: nombres y fechas solamente; pero en otras he visto muchas
lneas desiguales que representan un alto pensamiento potico.
Indudablemente, el Gentleman-Montaa ha pasado por una universidad. En
nuestro pas, slo un hombre de estudios puede hacer buenos versos. Los
de usted, gigantesco gentleman, me permitir que le diga que son
regulares nada ms y por ningn concepto extraordinarios. Se resienten
de su origen: les falta delicadeza; son, en una palabra, versos de
hombre, y bien sabido es que el hombre, condenado eternamente  la
grosera y al egosmo por su propia naturaleza, puede dar muy poco de s
en una materia tan delicada como es la poesa.

Gillespie se mostr sorprendido por las ltimas palabras. Sus ojos, que
hasta entonces haban vagado sobre la enana muchedumbre, atrados por la
diversa novedad del espectculo, se concentraron en el profesor,
teniendo que hacer un esfuerzo para distinguir todos los detalles de su
minscula persona.

Llevaba en la cabeza un gorro cuadrangular con dorada borla, igual al de
los doctores de las universidades inglesas y norteamericanas. El rostro
carilleno y lampio estaba encuadrado por unas melenillas negras y
cortas. Los ojos tenan el resguardo de unos cristales con armazn de
concha. Cubran el resto de su abultada persona una blusa negra apretada
 la cintura por un cordn, que haca ms visible la exagerada curva de
sus caderas, y unos pantalones que,  pesar de ser anchos, resultaban
tan ajustados como el malln de una bailarina.

--Pero usted es una mujer!--exclam Gillespie, asombrado de su
repentino descubrimiento.

--Y qu otra cosa poda ser?--contest ella--. Cmo no perteneciendo 
mi sexo habra llegado  figurar entre los sabios de la Universidad
Central, poseyendo los difciles secretos de un idioma que slo conocen
los privilegiados de la ciencia?

Call, para aadir poco despus con una voz lnguida, dejando  un lado
la bocina:

--Y en qu ha conocido usted que soy mujer?

El ingeniero se contuvo cuando iba  contestar. Presinti que tal vez
corra el peligro de crearse un enemigo implacable, y dijo evasivamente:

--Lo he conocido en su aspecto.

La sabia qued reflexionando para comprender el verdadero sentido de tal
respuesta.

--Ah, si!--dijo al fin con cierta sequedad--. Lo ha conocido usted, sin
duda, en mis abundancias corporales. Yo soy una persona seria, una
persona de estudios, que no dispone de tiempo para hacer ejercicios
gimnsticos, como las muchachas que pertenecen al ejrcito. La ciencia
es una diosa cruel con los que se dedican  su servicio.

--Lo he conocido tambin--se apresur  aadir Edwin--en la dulzura de
su voz y en la hermosura de sus sentimientos, que tanto han contribudo
 salvar mi vida.

La profesora acogi estas palabras con una larga pausa, durante la cual
sus anteojos de concha lanzaron un brillo amable que pareca acariciar
al gigante. Pensaba, sin duda, que este hombre grosero y de aspecto
monstruoso era capaz de decir cosas ingeniosas, como si perteneciese al
sexo inteligente,  sea el femenino. Baj los ojos y aadi con una
expresin de tierna simpata:

--Por algo he encontrado tantas veces en sus versos la palabra Amor con
una mayscula ms grande que mi cabeza.

Despus pareci sentir la necesidad de cambiar el curso de la
conversacin, recobrando su altivo empaque de personaje universitario.
Aunque ninguno de los presentes pudiera entenderla, tema haber dicho
demasiado.

--Usted se ir dando cuenta, Gentleman-Montaa--continu--, de que ha
llegado  un pas diferente  todos los que conoce, una nacin de
verdadera justicia, de verdadera libertad, donde cada uno ocupa el lugar
que le corresponde, y la suprema direccin la posee el sexo que ms la
merece por su inteligencia superior, desconocida y calumniada desde el
principio del mundo.... Deje de mirarme  m unos instantes y examine la
muchedumbre que le rodea. Tiene usted permiso para moverse un poco; as
har su estudio con mayor comodidad. Espere  que d mis rdenes.

Y recobrando su portavoz, empez  lanzar rugidos en un idioma del que
no pudo entender el americano la menor slaba. La mquina volante que
descansaba sobre su pecho levant el vuelo, y los otros cuatro
aeroplanos aflojaron los hilos metlicos sujetos  sus extremidades. La
muchedumbre se arremolin, iniciando  continuacin un movimiento de
retroceso.

Gillespie vi que unos grupos de jinetes repelan al gento para que se
alejase. Otros soldados acababan de descender de varias mquinas
rodantes que tenan la forma de un len. Estos guerreros jvenes eran de
aire gentil y graciosamente desenvueltos.

Uno de ellos pas muy cerca de sus ojos, y entonces pudo descubrir que
era una mujer, aunque ms joven y esbelta que la profesora de ingls.
Los otros soldados tenan idntico aspecto y tambin eran mujeres, lo
mismo que los tripulantes de las mquinas voladoras. Sus cabelleras
cortas y rizadas, como la de los pajes antiguos, estaban cubiertas con
un casquete de metal amarillo semejante al oro. No llevaban, como los
aviadores, una larga pluma en su vrtice. El adorno de su capacete
consista en dos alas del mismo metal, y haca recordar el casco
mitolgico de Mercurio.

Todos estos soldados eran de aventajada estatura y sueltos movimientos.
Se adivinaba en ellos una fuerza nerviosa, desarrollada por incesantes
ejercicios. Paro,  pesar de su gimnstica esbeltez de efebos vigorosos,
la blusa muy ceida al talle por el cinturn de la espada y los
pantalones estrechamente ajustados delataban las suaves curvas de su
sexo. Iban armados con lanzas, arcos y espadas, lo que hizo que
Gillespie se formase una triste idea de los progresos de este pas, que
tanto parecan enorgullecer  la profesora de ingls.

El cordn de peones y jinetes empuj  la muchedumbre hasta los linderos
del bosque, dejando completamente limpia la pradera. Entonces, la
doctora, desde lo alto de su carro-lechuza, volvi  valerse del
portavoz.

--Gentleman Montaa, puede usted incorporarse.

El ingeniero se fu levantando sobre un codo, y este pequeo movimiento
derrib varias escalas porttiles que an estaban apoyadas en su cuerpo
y haban servido para el registro efectuado horas antes. Tres enanos que
vagaban sobre su vientre, explorando por ltima vez los bolsillos de su
chaleco, cayeron de cabeza sobre la tupida hierba de la pradera y
trotaron  continuacin dando chillidos como ratones. Sin dejar de huir
se llevaban las manos  diferentes partes de sus cuerpos magullados,
mientras una carcajada general del pblico circulaba por los lindes de
la selva.

Al fin Gillespie qued sentado, teniendo como vecinos ms inmediatos 
la profesora y sus secretarios, que ocupaban el automvil-lechuza, y por
otro lado  los tripulantes de las cuatro mquinas areas, las cuales se
movan dulcemente al extremo de sus hilos metlicos, flcidos y sin
tensin.

En esta nueva postura Gillespie pudo ver mejor  la muchedumbre. Sus
ojos se haban acostumbrado  distinguir los sexos de esta humanidad de
dimensiones reducidas, completamente distinta  la del resto de la
tierra. Los soldados; los personajes universitarios, mudos hasta
entonces, pero que se haban ocupado en adormecerle y registrarle; los
empleados, los obreros, todos los que se movan dando rdenes 
trabajando en torno de l, llevaban pantalones y eran mujeres.

Edwin vi que de un automvil en forma de clavel que acababa de llegar
descendan unas figuras con largas tnicas blancas y velos en la cabeza.
Eran las primeras hembras que encontraba semejantes  las de su pas.
Deban pertenecer  alguna familia importante de la capital; tal vez era
la esposa de un alto personaje acompaada de sus tres hijas. Concentr
su mirada en el grupo para examinarlas bien, y not que las tres
seoritas, todas de apuesta estatura, asomaban bajo los blancos velos
unas caras de facciones correctas pero enrgicas. Sus mejillas tenan el
mismo tono azulado que la de los hombres que se rasuran diariamente. La
madre, algo cuadrada  causa de la obesidad propia de los aos,
prescinda de esta precaucin, y por debajo de la corona de flores que
circundaba sus tocas dejaba asomar una barba abundante y dura.

Un oficial de los del casquete alado corri galantemente  proteger 
las recin llegadas, con el inters que merece el sexo dbil, y las tres
seoritas acogieron con gesto ruboroso las atenciones del militar.

Gillespie se di cuenta de que la doctora segua sus impresiones con
ojos atentos, sonriendo de su asombro.

--Ya le dijo, gentleman, que vera usted grandes cosas. No olvide que
este es el pas de la Verdadera Revolucin.

Todava pudo hacer Edwin nuevas observaciones. Vi con estupefaccin
entre el pblico, repelido y mantenido  distancia por la fuerza armada,
mujeres menos lujosas que la familia recin venida de la capital, pero
igualmente con largas tnicas.... Y sin embargo parecan hombres  causa
de sus barbas  de sus rostros azulados por el rasuramiento. En cambio,
todos los individuos de aspecto civil que llevaban pantalones y
mostraban ser trabajadores del campo, obreros de la ciudad  acaudalados
burgueses, venidos para conocer al gigante, tenan el rostro lampio y
las formas abultadas de la mujer.

Encontr, sin embargo, algunas excepciones, que sirvieron para
desorientarlo en sus juicios. Vi verdaderos hombres, cuyo aspecto
vigoroso no se prestaba  equvocos, y que, sin embargo, marchaban sin
el embarazo de las faldas. Estos hombres iban casi desnudos, al aire su
fuerte musculatura, y sin ms vestimenta que un corto calzoncillo. Todos
ellos mostraban la pasividad resignada, la fuerza brutal y sin
iniciativa de las bestias de labor. Algunos acababan de desengancharse
de pesadas carretas, de las cuales haban venido tirando hasta el
lindero del bosque, y se limpiaban el sudoroso cuerpo. Otros lavaban y
secaban los grandes aparatos que haban servido para la narcotizacin y
el registro del gigante.

Vi adems Gillespie que la mayor parte de los jinetes que mantenan en
respeto  la muchedumbre eran hombres igualmente; hombres enormes y
barbudos, con una expresin de estupidez disciplinada, de brutalidad
automtica, reveladora de su situacin inferior. A pesar de que iban
armados con grandes cimitarras, su traje era una tnica igual  la de
las mujeres. Todos ellos parecan simples soldados. Varias muchachas de
blica elegancia, llevando sobre sus cortas melenas el casquete alado,
hacan caracolear sus caballos entre las de estos guerreros inferiores,
dndoles rdenes con un laconismo de jefes.

La doctora volvi  interrumpir las reflexiones del prisionero.

--Antes de que emprendamos la marcha  la capital, creo oportuno que
tome usted un ligero refrigerio. Mi gusto hubiese sido prepararle un
desayuno al estilo de nuestro pas, pero no hemos tenido tiempo para
ello, pues, como lo dije, su vida estaba en peligro, y nadie piensa en
dar de almorzar  un muerto. Poda haber hecho traer algunas de las
latas de conserva que guarda usted en su embarcacin, pero sta se halla
ya muy lejos.

La noticia hizo perder su calma al gigante.... Verse privado de un bote
que representaba la nica probabilidad de volver al mundo de sus
semejantes!...

--Poco despus de la salida del sol--continu la traductora--se han
encargado de remolcarlo hasta el puerto de la capital los navos de
nuestra escuadra del Sol Naciente.

Gillespie necesit mostrar su mal humor con palabras ofensivas.

--Y qu navos son esos?... Cmo unos barquitos iguales  juguetes,
con slo la fuerza de sus velas, van  poder remolcar mi bote, dentro
del cual cabe amontonada toda esa escuadra del Sol Naciente?...

--Gentleman--dijo la profesora con sequedad--, nuestros buques no tienen
velas; eso fu en tiempos remotos. Nuestros navos navegan  voluntad
sobre el agua y por debajo del agua. La misma energa que mueve nuestras
mquinas terrestres y areas agita las colas de ellos con igual fuerza
que las de los peces ms veloces.... De su tamao no creo necesario
hablar. El tamao no significa nada. Nosotros hemos llegado  poseer
navos ms grandes que el que le trajo  usted, y los suprimimos por
inhbiles para defenderse.

Hubo un largo silencio despus de las palabras poco cordiales cruzadas
entre los dos. Pero la doctora no pareca tenaz en sus rencores y sigui
hablando:

--He tenido que improvisar un ligero desayuno con lo que encontr ms 
mano. Perdone usted su frugalidad y su monotona. Cuando estemos en la
capital (si es que los altos seores del Consejo Ejecutivo quieren
concederle la vida  perpetuidad,  sea hasta que perezca usted de
muerte ordinaria), estoy seguro de que comer mejor.

Sin separarse el portavoz de la boca, empez  rugir otra vez una serie
de palabras desconocidas, que despertaron gran actividad en los linderos
del bosque.

Un grupo de aquellos hombres bestiales y semidesnudos, fuerzas ciegas y
sometidas como los constructores de las Pirmides faranicas, avanz por
la pradera tirando de un enorme cilindro vertical. Era una bomba
rematada por un largo pistn. Esta bomba la acababan de limpiar los
vigorosos siervos, pues haba servido durante la noche para inyectar al
gigante su dosis de narctico. Poco despus empezaron  salir de la
selva rebaos de vacas bien cuidadas, gordas y lustrosas. Parecan
enormes junto  los hombrecillos que las guiaban, pero no tenan en
realidad para Gillespie mayor tamao que una rata vieja. A los pocos
momentos eran centenares; al final llenaron la mayor parte de la
pradera, siendo ms de mil.

Numerosos enanos, que por sus trajes parecan hombres de campo y en
realidad eran mujeres, silbaron y agitaron sus cayados para ordenar y
agrupar  estos animales.

--Es todo lo que hemos podido reunir--dijo la profesora--. El _Comit de
recibimiento del Hombre-Montaa,_ nombrado anoche por el gobierno, no ha
tenido tiempo para preparar mejor las cosas. Sin embargo, en pocas horas
nuestras mquinas terrestres y areas han llegado  requisar todas las
vacas existentes en un radio de diez millas, como dira usted. Y ahora,
gentleman, vuelva  tenderse; adopte su primera postura para tomar un
poco de leche.

Pero Gillespie estaba pensativo desde mucho antes. Se dispuso  obedecer
la orden y luego se detuvo para mirar con una expresin interrogante 
la universitaria.

--Una palabra nada ms, y en seguida me tiendo.

La doctora le hizo ver con un gesto que estaba dispuesta  escucharle.
El americano mostr con un dedo los automviles que le rodeaban, despus
las mquinas areas inmviles en el espacio, y finalmente las esbeltas
muchachas del casquete alado, armadas con lanzas, arcos y sables.

--No comprendo, profesora....

--Llmeme profesor--interrumpi la dama universitaria--. Profesor
Flimnap.

--Est bien--continu el americano--. Digo, profesor Flimnap, que no
puedo comprender todas esas armas primitivas al lado de tanta mquina
terrestre y area, que me parecen perfectas, y de esa escuadra del Sol
Naciente de que me ha hablado antes.

El doctor hembra sonri con superioridad.

--Ya le dije que los Hombres-Montaas deben asombrarse cuando nos
visitan, as como nosotros nos asombrbamos al verles en otros tiempos.
Hay cosas que no comprender usted nunca si no le damos una explicacin
preliminar. Y esta explicacin slo la recibir usted si los altos
seores del Consejo Ejecutivo quieren que viva. En cuanto  la
desproporcin entre nuestras armas y nuestras mquinas, no debe usted
preocuparse de ella. Vivimos organizados como queremos, como  nosotros
nos conviene.

El joven no quiso mostrarse vencido por el aire de superioridad con que
fueron dichas tales palabras, y aadi:

--Entre los objetos que han sacado de mis bolsillos habr visto usted
seguramente una mquina de hierro formada por un tubo largo y un
cilindro con otros seis tubos ms pequeos, dentro de los cuales hay lo
que llamamos una cpsula, que se compone de una porcin de substancia
explosiva y un pedazo de acero cnico. Tengan mucho cuidado al mover la
tal mquina, porque es capaz de hacer volar  uno de los navos de su
escuadra del Sol Naciente. Con varias mquinas de la misma clase ustedes
seran mucho ms fuertes que lo son ahora.

La universitaria abandon el portavoz para reir con una serie da
carcajadas que le hicieron llevarse las manos  las dos curvas
superpuestas de su pecho y de su abdomen.

--Cuntas palabras--dijo al extinguirse su risa--, cuntas palabras
para describirme un revlver! Pero si yo conozco eso tan bien como
usted!... Las gentes que hoy han visto el suyo (los cargadores y los
marineros) seguramente que no saben lo que es; pero para nosotros, las
personas estudiosas, esa mquina del tubo grande y de los seis tubos con
sus cpsulas explosivas resulta una verdadera antigualla. Adems, la
consideramos repugnante  indigna de todo recuerdo. No intente,
gentleman, deslumbrarnos con sus descubrimientos. Aqu sabemos ms que
usted. Prescinda da nuevas observaciones y acustese prontito  tomar su
leche.

El americano tuvo que obedecer, avergonzado de su derrota. Las vacas, en
fila incesante, suban y bajaban por una dobla rampa situada junto  la
bomba. Cuando estaban en lo alto, al lado da la boca del receptculo,
los siervos forzudos las ordeaban rpidamente con un aparato, arrojando
la leche en el interior del enorme vaso de metal. Varios hombres tomaron
el doble balancn del pistn para subirlo y bajarlo, impeliendo el
lquido del interior. Mientras tanto, otros de los siervos desnudos
desarrollaban los flexibles anillos de una manga de riego ajustada  la
bomba.

--Abra usted la boca, Gentleman-Montaa--orden el profesor hembra.

Gillespie obedeci,  inmediatamente le introdujeron entre los labios
una barra de metal ampliamente perforada, de la que surga un chorro de
leche ms grueso que el brazo musculoso de cualquiera de aquellos
atletas. Gillespie bebi durante mucho tiempo este hilillo de lquido
dulzn, algo ms claro que la leche de otros pases.

--Quiere usted ms?--pregunt la traductora--. No tema ser importuno.
Nuestros agentes continan en este momento su requisa de vacas por todos
los distritos inmediatos.

Pero el gigante se mostraba ahito del amamantamiento por manga de riego,
 hizo un gesto negativo.

Volvi  rugir el portavoz dando rdenes, y huyeron las vacas hacia la
selva, perseguidas por los gritos, las pedradas y los garrotes en alto
de sus conductores. Desapareci igualmente la mquina que haba servido
el desayuno, y los siervos atletas empezaron  trabajar en torno del
cuerpo de Gillespie.

En un momento le libraron de las ligaduras que sujetaban sus muecas y
sus tobillos. Al desliarse el enroscamiento de los hilos metlicos, las
mquinas voladoras tiraron de estos cables sutiles, hacindolos
desaparecer. Pero no por esto se alejaron. Las cuatro permanecieron
inmviles en el mismo lugar del espacio, como si esperasen rdenes.

--Gentleman--volvi  decir Flimnap--, ha llegado el momento ms difcil
para m. Vamos  partir para la capital, y necesito recordarle que la
continuacin de su existencia no es an cosa segura. Falta saber qu
opinin formarn de usted las altas personalidades del Consejo
Ejecutivo. Pero yo tengo cierta confianza, porque el corazn justo y
fuerte de las mujeres es siempre piadoso con la debilidad y la
ignorancia del hombre. Adems, cuento con la buena impresin que
producir su aspecto.

Usted es muy feo, gentleman; usted es simplemente horrible. Su piel,
vista por nuestros ojos, aparece llena de grietas, de hoyos y de
sinuosidades. Como usted no ha podido afeitarse en dos  tres das, unas
caas negras, redondas y agujereadas empiezan  asomar por los poros de
su piel, creciendo con la misma rigidez que el hierro. Pero si le miran
 usted con una lente de disminucin, si le ven empequeecido hasta el
punto de que se borren tales detalles, reconozco que tiene usted un
aspecto simptico y hasta se parece  algunas de las esposas de las
altas personalidades que nos gobiernan. Yo pienso llegar  la capital
mucho antes que usted, para rogar al Consejo Ejecutivo que le mire con
lentes de tal clase. As, su juicio ser verdaderamente justo....

Y ahora, perdneme lo que voy  aadir. Yo no figuro en el gobierno; no
soy mas que un modesto profesor de Universidad. Si de m dependiese, le
llevara hasta la capital sin precaucin alguna, como un amigo. Pero el
gobierno no le conoce  usted y guarda un mal recuerdo de la grosera de
los Hombres-Montaas que nos visitaron en otros tiempos. Teme que se le
ocurra durante el camino derribar alguna casa de un puntapi  aplastar
 las muchas personas que acudirn  verle. Puede usted perder la
paciencia; la curiosidad del pblico es siempre molesta; hay hombres que
ren con la ligereza y la verbosidad propias de su sexo frvolo; hay
nios que arrojan piedras,  pesar de la buena educacin que se les da
en las escuelas. El sexo masculino es as. Por ms que se pretenda
afinarle, conserva siempre un fondo originario de grosera y de
inconsciencia. En fin, gentleman, tenemos orden de llevarle atado hasta
nuestra capital, pero marchando por sus propios pies.

Nada de fabricar una enorme carreta y de amarrarle sobre ella, siendo
arrastrado por centenares de caballos. Esto resultara interminable y
hara durar su viaje varios das. Adems, es indigno de nuestro
progreso,  pesar de que usted nos cree brbaros porque hemos querido
olvidar la existencia de la plvora. En tres horas llegaremos  la
capital. Usted podr marchar  grandes pasos, sin salirse del camino, y
le escoltarn  gran velocidad nuestras mquinas terrestres y voladoras.
Pero como nuestros gobernantes no le conocen y temen una humorada como
las de aquel Hombre-Montaa que se enloqueca bebiendo un lquido
custico, ser usted sometido  las siguientes precauciones:

Una mquina voladora ir delante, despus de haber enroscado un cable 
su cuello. Otra volar detrs, con su cable amarrado  las dos manos de
usted cruzadas sobre la espalda. Puede avanzar sin miedo. Los
tripulantes de nuestros voladores conservarn siempre flojos estos lazos
metlicos. Pero por si usted intentase (lo que no espero) alguna
travesura, le advierto que los guerreros del aire tienen orden de dar un
tirn inmediatamente con toda la fuerza de sus mquinas, y que los tales
cables metlicos cortan lo mismo que una navaja de afeitar.... Y ahora,
gentleman, pngase de pie con cierta precaucin, para no causar graves
daos en torno de su persona. Debemos separarnos por unas horas; yo
marcho delante. Adems, la comunicacin va  quedar interrumpida entre
nosotros desde el momento que usted recobra la posicin vertical,
aislndose en su grandeza intil.

El ingeniero quiso protestar, algo ofendido por las precauciones  que
se le someta.

--Ni una palabra ms--insisti el doctor--. Le advierto que anoche casi
demoli usted en la obscuridad una de nuestras mquinas voladoras al dar
un zarpazo en el aire. Falt poco para que cayese al suelo desde una
altura enorme, matndose sus tripulantes. Despus de esto, reconocer
que nuestro gobierno obra prudentemente al no tratarle con una confianza
ciega.

Se apart el vehculo-lechuza, sin que por esto la traductora, dejase de
dar rdenes  travs de su bocina.

Gillespie, despus de convencerse de que no quedaban cerca de l
personas ni animales  los que pudiera aplastar, empez  incorporarse.
Sus piernas, tras una inmovilidad de tantas horas, estaban entumecidas y
se resistan  obedecerla. Al fin se puso de pie despus de largas
vacilaciones, y al recobrar su posicin vertical, los rboles ms altos
quedaron  la altura de su pecho. Todo su busto sobrepasaba la
centenaria vegetacin, y la muchedumbre de enanos, casi invisible bajo
el ramaje, salud con un largo rugido la cabeza del gigante al surgir
sta por encima del bosque. Podan apreciar ahora la grandeza del
Hombre-Montaa mejor que cuando le vean tendido en el suelo.

Los tripulantes de las mquinas voladoras se unieron  esta ovacin
haciendo evolucionar sus quimricas bestias en torno del rostro de
Gillespie. Pasaban tan cerca, que ste tuvo que echar atrs su cabeza
por dos veces, temiendo que le cortase la nariz una de aquellas alas
escamosas con sus puntas agudas como cuchillos. Las muchachas del
casquete dorado y larga pluma saludaban con risas los movimientos
inquietos del gigante. Pero una orden venida de abajo acab con estos
juegos, restableciendo el silencio. Todava la traductora rugi su
ltima orden, antes de partir.

--Gentleman-Montaa, las manos atrs! Gillespie lo hizo as, y, apenas
hubo cruzado sus manos sobre la espalda, sinti en torno de las muecas
algo que pareca vivo y se enrollaba con una prontitud inteligente. Era
el cable metlico de la mquina que iba  volar detrs de l. Al mismo
tiempo, otro monstruo del aire descendi con toda confianza al verle con
las manos sujetas, y qued flotando cerca de sus ojos.

Ahora pudo ver bien  sus tripulantes: cuatro jvenes rubias, esbeltas y
de aire amuchachado. Gillespie hasta les encontr cierta semejanza con
miss Margaret Haynes cuando jugaba al _tennis_. Estas amazonas del
espacio le saludaron con palabras ininteligibles, envindole besos. l
sonri, y al oir las carcajadas de ellas pudo adivinar que su sonrisa
deba parecerles horriblemente grotesca. Estos seres pequeos vean todo
lo suyo ridiculamente agrandado.

La consideracin de su caricaturesca enormidad le puso triste, pero las
guerreras areas volvieron  enviarle besos, como un consuelo, y hasta
una de ellas dirigi contra su nariz dos rosas que llevaba en el pecho.
Queran pedirle, sin duda, perdn por lo que iban  hacer con l
cumpliendo rdenes superiores.

Del fondo de la mquina voladora parti, silbando, un hilo plateado,
que, despus de dar varias vueltas en el aire como una serpiente
delgadsima, se meti por la cabeza de Gillespie, no parando hasta sus
hombros. El ingeniero se sinti cogido lo mismo que las reses de las
praderas americanas  las que echan el lazo. Un pequeo alejamiento del
avin, que tena la forma y los colores de un lagarto alado, estrech en
torno del cuello de Edwin el cable metlico.

Bajando sus ojos pudo examinarlo de cerca. Pareca hecho de un platino
flexible y era intil todo intento de romperlo. Por el contrario, un
movimiento violento bastara para que se introdujese en su carne lo
mismo que una navaja de afeitar, como haba dicho el profesor hembra.

Las tripulantes del lagarto areo tiraron ligeramente de este hilo
metlico, y Gillespie, comprendiendo el aviso, di el primer paso.
Ningn obstculo terrestre se opona  su marcha. La pradera estaba
ahora limpia de gente, lo mismo que los linderos del bosque. Todas las
mquinas rodantes, as como las tropas de  pie y  caballo, haban
abierto la marcha, empujando  la muchedumbre para que se apartase del
camino.

Guiado por la mquina voladora que iba delante y dirigido igualmente por
la mquina de atrs, que funcionaba  modo de timn, Gillespie slo
tena que fijarse en el suelo para ver dnde colocaba sus pies.

Empez  marchar por un camino de gran anchura para aquellos seres
diminutos, pero que  l le pareci no mayor que un sendero de jardn.
Durante media hora avanzaron entre bosques; luego salieron  inmensas
llanuras cultivadas, y pudo ver cmo se iba desarrollando delante de l,
 una gran distancia, la vanguardia de su cortejo, compuesta de mquinas
rodantes y pelotones de jinetes. A su espalda levantaban una segunda
nube de polvo las tropas de retaguardia, encargadas de contener  los
curiosos.

Slo algunos audaces, contraviniendo las rdenes, se atrevan  llegar 
los bordes del camino. En torno de los pueblos de agricultores herva el
vecindario, gritando y agitando sus gorras al pasar el gigante. Su
estatura permita que lo viesen  largusimas distancias.

Le obligaron  marchar sin descanso, porque el Consejo Ejecutivo deseaba
conocerle antes de que anocheciese. A las dos horas distingui por
encima de una sucesin de gibas del camino, penosamente remontadas por
la vanguardia del cortejo, una especie de nube blanca que se mantena 
ras de tierra.

Estaba envuelta en el temblor vaporoso de los objetos indeterminados por
la distancia. Slo l poda abarcar con su mirada una extensin tan
enorme. Los tripulantes del lagarto volador examinaban la misma nube,
pero con el auxilio de aparatos pticos.

Una de las amazonas areas le grit algunas palabras en su idioma, al
mismo tiempo que sealaba con un dedo la remota mancha blanca. El
gigante le contest con una sonrisa indicadora de su comprensin.

A partir de este momento la nube fu tomando para l contornos fijos.
Salieron poco  poco de la vaporosa vaguedad grandes palacios blancos,
torres con cpulas brillantes, toda una metrpoli altsima, en la que
los edificios parecan de proporciones desmesuradas, sin duda porque sus
pequeos habitantes, por la ley del contraste, sentan el ansia de lo
enorme.

Esta capital de la Repblica de los pigmeos se llamaba Mildendo en otros
tiempos. Cmo se titulara en el presente, despus de haber ocurrido lo
que el profesor Flimnap llamaba la Verdadera Revolucin?...




IV

Las riquezas del Hombre-Montaa


El antiguo palacio imperial, construdo por los soberanos de la
penltima dinasta, ocupaba el centro de la ciudad y era la residencia
de los altos seores del Consejo Ejecutivo.

Incendiado repetidas veces en el curso de los siglos y bombardeado
durante las guerras, haba sufrido numerosas reconstrucciones; pero la
ms grande y vistosa databa de pocos aos despus de la Verdadera
Revolucin, suceso que haba iniciado un nuevo perodo histrico. Los
cinco seores del Consejo Ejecutivo vivan en el centro del palacio; en
una ala estaba la Cmara de diputados, y en la opuesta, el Senado.

A la maana siguiente de la entrada de Edwin en la capital, este
palacio, que era como el corazn de la Repblica, reanud su vida ms
temprano que en los das anteriores. Fueron llegando los altos empleados
del gobierno y casi todos los diputados y senadores,  pesar de que las
sesiones parlamentarias slo empezaban  celebrarse despus de medioda.

En sus inmediaciones se aglomer una muchedumbre de curiosos para ver
cmo centenares de siervos, con la ayuda de varias gras, iban
descargando de una fila de camiones-automviles enormes y misteriosos
objetos, cuya aparicin era saludada con largos murmullos de asombro.
Todo el pueblo recordaba el espectculo extraordinario de la tarde
anterior, cuando lleg el Hombre-Montaa  los alrededores de la ciudad.
El Consejo Ejecutivo haba determinado darle alojamiento en la antigua
Galera de la Industria, recuerdo de una Exposicin universal celebrada
diez aos antes.

Esta Galera era la obra ms audaz y slida que haban realizado los
ingenieros del pas. El Hombre-Montaa iba  pasearse por dentro de ella
sin que su cabeza tocase el techo. Diez gigantes de su misma estatura
podan acostarse en hilera de un extremo  otro de la grandiosa
construccin. Su ancho equivala  cuatro veces la longitud del coloso.

Situada sobre una altura vecina  la ciudad, el prisionero poda
contemplar, sin moverse de su alojamiento, toda la grandiosa metrpoli
extendida  su pies, as como el puerto con sus numerosos navos al
ancla y los campos y pueblecillos cercanos, llegando con su vista hasta
la cordillera que cerraba el horizonte, en la que haba cumbres de
ciento ochenta metros, solamente exploradas por algunos sabios capaces
de morir como hroes al servicio de la ciencia.

Una fuerte guardia impeda que los curiosos subiesen hasta la vivienda
del gigante, donde se estaban realizando grandes trabajos para su cmoda
instalacin. El pblico, ya que no poda verle, concentraba su
curiosidad en todo lo que era de su pertenencia, y por esto desde el
amanecer se aglomer en torno del palacio del gobierno para contemplar
la llegada de los objetos extrados del navo del Hombre-Montaa, que
los buques de la escuadra del Sol Naciente haban remolcado el da
anterior.

Slo los amigos del gobierno y los personajes oficiales tenan permiso
para entrar en el palacio y ver de cerca tales maravillas. El enorme
patio central, donde podan formarse  la vez varios regimientos y en el
que se desarrollaban las ms solemnes ceremonias patriticas, fu el
lugar destinado para tal exhibicin. Mientras llegaba el momento, los
invitados entraban  saludar  los altos y poderosos seores del Consejo
Ejecutivo y  los dos presidentes de la Cmara de diputados y del
Senado, que vivan igualmente en el inmenso edificio.

Los guerreros de la Guardia gubernamental, hermosas amazonas de aire
desenvuelto y gallardo, defendan el acceso  las habitaciones
reservadas  se paseaban en grupos por el patio al quedar libres de
servicio. Estos militares privilegiados, que gozaban la categora de
oficiales, pertenecan  las primeras familias de la capital. Iban
vestidos de la garganta  los pies con un traje muy ceido y cubierto de
escamas de plata. Su casquete, del mismo metal, estaba rematado por un
ave quimrica. Apoyaban la mano izquierda en la empuadura de su espada,
mirando  todas partes con una insolencia de vencedores,  se inclinaban
galantemente ante las familias de los altos personajes que iban llegando
para la ceremonia. Algunas mams, severas y malhumoradas, encontraban
atrevida la expresin de sus ojos. Otras matronas, cuya barba empezaba 
poblarse de canas, quedaban pensativas y melanclicas  la vista de
estos hermosos guerreros, que parecan despertar sus recuerdos. Las
seoritas que ya estaban en edad de afeitarse fingan rubor ante sus
miradas audaces; pero las que no se vean objeto de la belicosa
admiracin se mostraban nerviosas, envidiando  sus compaeras.

Pas por entre estos guerreros, con toda la austeridad de su carcter
universitario y sus opiniones antimilitaristas, el profesor Flimnap. La
inesperada aparicin del Gentleman-Montaa haba dado una importancia
extraordinaria  la traductora de ingls. En unas cuantas horas se haba
convertido en el personaje ms interesante de la Repblica. El gobierno
le llamaba para conocer sus opiniones; el rector de la primera de las
universidades, que hasta entonces le haba considerado como un triste
catedrtico de una lengua muerta y de problemtica utilidad, se dignaba
sonreirle, y hasta en la noche anterior, despus del recibimiento del
Hombre-Montaa, lo haba invitado  cenar para que en presencia de su
familia contase todo lo ocurrido.

Los periodistas de la capital iban detrs de l pidindole intervis, y
hasta lo adulaban, hablando con entusiasmo de varios libros
profesionales que llevaba publicados y nadie haba ledo. Personas que
le miraban siempre con menosprecio hacan detener en la calle su
automvil universitario en figura de lechuza.

--Mi querido profesor Flimnap--gritaban--, siempre he sentido una gran
admiracin por su sabidura y soy de los que creen que la patria no le
ha dado hasta ahora todo lo que merece por su gran talento. Cunteme
algo del Hombre-Montaa. Es cierto que se alimenta con carne humana,
como van diciendo por ah los hombres en sus charlas y chismorreos?...

Pero el profesor Flimnap tena demasiado que hacer para detenerse 
contestar las preguntas de las ciudadanas curiosas. Apenas haba dormido
en la noche anterior. Despus de su cena con el jefe supremo de la
Universidad se traslad  la Galera de la Industria para convencerse de
que el Gentleman-Montaa poda dormir provisionalmente sobre trescientas
cuarenta y dos carretadas de paja que la Administracin del ejrcito
haba facilitado  ltima hora. Poco despus de amanecer ya estaba en
pie el buen profesor, conferenciando con todos sus compaeros del
_Comit de recibimiento del Hombre-Montaa._ Estos, divididos en varias
subcomisiones, iban  dirigir  quinientos carpinteros encargados de
fabricar, antes de que llegase la noche, una mesa y una silla apropiadas
 las dimensiones del gigante, y  una tropa igualmente numerosa de
colchoneros, que en el mismo espacio de tiempo fabricaran una cama
digna del recin llegado.

El profesor Flimnap se propona entrar ahora en las habitaciones
particulares de uno de los altos seores del Consejo Ejecutivo, que
momentneamente era el presidente del supremo organismo. Cada uno de los
cinco individuos del Consejo lo presida durante un mes, cediendo su
silln al compaero  quien tocaba el turno.

Estos cinco gobernantes eran mujeres, as como todos los que
desempeaban un cargo en la Administracin pblica, en la Universidad,
en la industria  en los cuerpos armados. Pero como durante los luengos
siglos de tirana varonil todos los cargos y todas las funciones dignas
de respeto haban sido designadas masculinamente, la Verdadera
Revolucin crey necesario despus de su victoria conservar las antiguas
denominaciones gramaticales, cambiando nicamente el sexo  que se
aplicaban. As, las cinco damas encargadas del gobierno eran denominadas
los altos y poderosos seores del Consejo Ejecutivo, y las otras
mujeres directoras de la Administracin pblica se titulaban
ministros, senadores, diputados, etc. Por eso Flimnap haba
protestado al oir que el gigante le llamaba profesora en vez de
profesor. En cambio, los hombres, derribados de su antiguo despotismo y
sometidos  la esclavitud dulce y cariosa que merece el sexo dbil,
eran dentro de su casa la esposa  la hija, y en la vida exterior,
la seora  la seorita.

Flimnap haba credo necesario, teniendo en cuenta su nueva importancia
oficial, llevar bajo el brazo una gran cartera de cuero, semejante  la
que ostentaban los altos funcionarios del Estado cuando iban  despachar
con los seores del Consejo Ejecutivo. En esta cartera guardaba las
actas de las tres sesiones que haba celebrado el _Comit de
recibimiento del Hombre-Montaa,_ as como los presupuestos de gastos,
presentes y futuros, para la manutencin de tan costoso husped. Adems
llevaba una traduccin, en idioma del pas, que haba hecho de los
versos escritos por el Gentleman-Montaa en su cuaderno de notas.

El buen profesor Flimnap estaba inquieto por la suerte de su protegido.
Gillespie le inspiraba un inters que jams haba experimentado por
ningn hombre de su propia tierra. Dedicado por completo  los trabajos
lingsticos  histricos, solamente haba tratado con mujeres, y stas
eran todas profesores malhumorados y de austeras costumbres. Senta una
temblorosa timidez siempre que el rector le invitaba  alguna de sus
tertulias, donde haba hombres jvenes en edad de casamiento, ansiosos
de que alguien los sacase  bailar  que entonaban romanzas
sentimentales acompandose con el arpa.

Adems, en su afecto sincero por el recin llegado haba algo de
egosmo. Gracias al Gentleman-Montaa, acababa de conocer
instantneamente todas las dulzuras de la celebridad, siendo el
personaje ms popular de la Repblica en los presentes momentos. Despus
de la fama de Gillespie vena la suya. Qu derrumbamiento tan doloroso
en la sombra si el gobierno acordaba la muerte de su gigante!...

La tarde anterior haba corrido hacia la capital  toda velocidad del
automvil-lechuza, prestado por su jefe el rector. Los altos seores del
gobierno estaban sobre un estrado junto al camino para ver llegar al
prisionero, teniendo  sus espaldas todo el vecindario de la capital, un
gento tan enorme que se perda de vista. Estos poderosos personajes lo
recibieron con grandes muestras de consideracin que no correspondan 
su humilde rango de profesor. El les hizo los mayores elogios de la
intelectualidad del gentleman gigantesco, declarndole distinto  todos
los colosos llegados antes al pas. Insinu la conveniencia de guardarlo
por mucho tiempo, hasta saber, gracias  su cultura, los adelantos
realizados en el mundo de los hombres monstruosos, y copiar lo que
resultase aprovechable, si es que realmente haba algo digno de
imitacin, lo que le pareca algo problemtico.

--Es lstima que este Hombre-Montaa no sea una mujer....

Los seores del Consejo miraron con inters  Flimnap despus de sus
ltimas palabras, aprecindolo como un profesor de mrito que haba
vegetado injustamente en el olvido, y merecera en adelante su alta
proteccin. Tambin halag los gustos del rector, poderoso personaje
cuyos consejos eran siempre escuchados por los seores del organismo
ejecutivo.

El Padre de los Maestros--pues tal era su ttulo honorfico--gustaba
mucho de los poetas, y hasta haca versos cuando no estaba preocupado
por sus averiguaciones histricas. Todos los escritores de la Repblica
alababan sus poesas como obras inimitables, siendo tales elogios el
medio ms seguro de alcanzar un buen empleo en la Enseanza pblica.

Al verlo Flimnap en el estrado de los seores del gobierno, se apresur
 darle la noticia de que el gigante era tambin poeta, aunque  su
modo, con toda la grosera y la torpeza propias de su sexo, pero
aadiendo que,  pesar de tales defectos, propios de su origen, pareca
poseer cierto talento.

--Oh Padre de los Maestros!--dijo--. Maana tendr el honor de
entregarle una traduccin hecha en nuestro idioma de los versos que he
encontrado en el cuaderno de bolsillo del Gentleman-Montaa. Sera
deplorable que los altos seores del Consejo decidiesen su muerte. Mi
gusto sera traducir al ingls algunas de las inmortales obras de
nuestro admirable Padre de los Maestros, para que ese pobre gigante se
entere de que nuestra poesa ha llegado  una altura que jams conocer
l, no obstante la grandeza material de su organismo.

Sonri el Padre de los Maestros con modestia; pero esta sonrisa di la
seguridad al profesor de que la vida del gigante estaba asegurada y que
ste tendra ocasin de leer los versos del rector traducidos al ingls.

Luego, Flimnap recomend  todos los ocupantes del estrado gubernamental
que mirasen al monstruo con los lentes de disminucin que haba trado
un compaero suyo de la Universidad, profesor de Fsica, pues as
podran apreciarle tal como era.

Al entrar al da siguiente en el despacho del jefe mensual del gobierno,
vi con alegra que el doctor Momaren, el Padre de los Maestros, estaba
hablando con el supremo magistrado. Flimnap, antes de dar cuenta al
presidente de todos sus trabajos, ofreci  Momaren varias hojas de
papel con la traduccin de los versos de Gillespie. El Padre de los
Maestros, colocndose ante los ojos unas gafas redondas, empez su
lectura junto  una ventana. Cuando Flimnap acab su informe sobre los
trabajos para la instalacin del gigante, el personaje universitario se
aproxim conservando los papeles en su diestra.

--Algo flojitos--dijo con una severidad desdeosa--. Son
indiscutiblemente versos de hombre, y de hombre enorme. Pero sera
injusto negarle cierta inspiracin, y hasta me atrevo  decir que aqu
entre nosotros aprender mucho, si es que llega  ejercitarse en el
idioma nacional.

--Para eso, oh Padre de los Maestros!--dijo Flimnap--, ser preciso que
el pobre gigante viva.

--Mi opinin es que debe vivir--interrumpi el presidente--. Mi esposa y
mis nias lo encontraron ayer muy simptico al verle entrar en la
ciudad. Un hijo mo, que es del ejrcito del aire y montaba una de las
mquinas que lo condujeron, me ha contado cosas muy graciosas de l.
Todos los muchachos de la Guardia gubernamental lo encuentran igualmente
muy agradable, y hasta algunos afirman que es hermoso.... Tuvo usted una
buena idea, profesor Flimnap, al aconsejar que lo mirsemos con lentes
de disminucin.... Yo opino que debemos dejarle vivir, aunque sea
nicamente por una temporada corta. Resultar carsimo, pero la
Repblica puede permitirse este lujo, lo mismo que mantiene  los
animales raros de su Jardn Zoolgico. Y usted qu opina de esto,
ilustre amigo Momaren?

El Padre de los Maestros, convencido de que para el jefe del gobierno
resultaba infalible la menor de sus palabras, se limit  decir con
lentitud:

--Opino lo mismo.

--Entonces--continu el presidente--, si usted manifiesta esa opinin 
mis compaeros de Consejo, como todos ellos respetan mucho su alta
sabidura, la vida del gigante queda segura.

El profesor Flimnap, deseoso de ocultar la satisfaccin que le producan
estas palabras, se apresur  pedir la vena de los dos altos personajes
para abandonar el saln. Llegaba hasta l un rumor creciente de
muchedumbre. El gran patio del palacio deba estar ya repleto de
invitados. Una msica militar sonaba incesantemente.

Escap Flimnap por unos pasillos poco frecuentados, temiendo tropezarse
con los periodistas, que iban  la zaga de l desde el da anterior
pidindole noticias frescas. Dos diarios de la capital, siempre en
escndalos  rivalidad, publicaban cada tres horas una edicin con
detalles nuevos sobre el Hombre-Montaa y sus costumbres, poniendo en
boca del pobre sabio mentiras y disparates que le hacan rugir de
indignacin. Uno de los diarios defenda la conveniencia de respetar la
vida del gigante, y esto haba bastado para que la publicacin contraria
exigiese su muerte inmediata, por creer que la voracidad tremenda de tal
husped acabara por sumir al pas en la escasez, siendo causa de que
miles y miles de compatriotas pereciesen de hambre.

El profesor odiaba por igual  los dos peridicos y  las dems
publicaciones, que enviaban sus redactores detrs de l como si fuesen
perros perseguidores de un ciervo asustado.

Deseoso de pasar inadvertido, subi  los pisos superiores con la
esperanza de encontrar un asiento en las galeras que daban al patio, y
estaban ocupadas esta maana por las esposas y las hijas de todos los
personajes de la Repblica.

Su galantera de mujer bien educada le oblig  permanecer de pie, para
no privar de asiento  los seres dbiles y masculinos de larga tnica y
amplio manto que haban venido  presenciar la fiesta. La gloria del
profesor iba acompaada de una nueva visin de la existencia. Nunca le
haba parecido la vida tan hermosa y atrayente. Todas aquellas matronas
de barba canosa y brazos algo velludos, graves y seoriles, con la
majestad de la madre de familia, no podan conocerle por la razn de que
l haba rehuido hasta entonces las dulzuras y placeres de la vida
social. Nadie poda adivinar en su persona al clebre profesor Flimnap,
tan alabado por todos los peridicos. Despus hizo memoria de que en la
misma maana los diarios ms importantes haban publicado su retrato, y
procur ocultar el rostro cada vez que un hombre se echaba atrs el velo
para mirarle con vaga curiosidad.

Se fu tranquilizando al notar que las damas slo se fijaban en el fondo
del patio, ocupado nicamente por las mujeres. Los guerreros de la
Guardia, siempre con una mano en la empuadura de la espada y
acaricindose con la otra sus rizosas melenas, miraban  lo alto,
sonriendo  las seoritas, emocionadas bajo sus guirnaldas de flores y
sus velos. Algunas de ellas, que ya se consideraban en edad de
matrimonio por haberles apuntado la barba, contestaban  estas miradas
con guios, que equivalan  frases amorosas, evitando el ser vistas por
las ceudas matronas sentadas  su lado. Este espectculo frvolo, que
un da antes habra sido despreciado por Flimnap, le emocionaba ahora
con honda sensacin de ternura.

--Oh, amor!... amor!--murmur el sabio.

La vida es hermosa, y l reconoca que guarda dulzuras y misterios no
sospechados por la Universidad.

Para vencer esta emocin inoportuna, se fu fijando en los personajes
que llenaban el patio. Un estrado, todava desierto, era para el Consejo
Ejecutivo, los ministros y dems dignatarios. En otros estrados, ya casi
llenos, estaban los padres y los esposos de todas las damas que ocupaban
las galeras. Flimnap conoca  muchos por los retratos aparecidos en
los peridicos. Eran personajes parlamentarios, famosos  causa de sus
discursos. Algunos haban pertenecido al Consejo Ejecutivo y deseaban
volver  l, apelando  toda clase de intrigas para conseguirlo.

Guiado por la curiosidad y los comentarios de varias damas barbudas,
acab por fijarse el profesor en una de las mujeres que ocupaban el
estrado de los senadores. Era Gurdilo, el clebre jefe de la oposicin
al actual gobierno: una hembra alta, desprovista de carnes, con el cutis
avellanado como si fuese de correa, y unos tendones gruesos y tirantes
que se marcaban en el cuello, en los brazos y en las dems partes
visibles de su cuerpo. Los ojos tenan una agudeza fija  imperiosa, y
su gesto era avinagrado, como de persona eternamente indignada contra
todo lo que no es obra suya.

El profesor, que por vivir dedicado  sus raros y profundos estudios
conceda escasa atencin  las cuestiones de actualidad, no se haba
fijado nunca en este personaje; pero ahora le mir con gran inters.
Adivinaba en l  un enemigo del Gentleman-Montaa. Bastara que el
gobierno decidiese el indulto de Edwin para que Gurdilo aconsejase su
muerte, como si de esto dependiese la felicidad nacional. Adems, el
diario que peda la supresin del Hombre-Montaa haba ya reproducido en
una de sus ediciones ciertas palabras inquietantes del temible jefe de
la oposicin.

Vi el profesor cmo agitaba los brazos con violencia al hablar  sus
compaeros del Senado, al mismo tiempo que frunca el entrecejo y torca
la boca con un gesto de escandalizada severidad. Esto le hizo creer que
estaba protestando de la ceremonia presente, de que el pobre gigante
hubiese sido conducido  la capital; en una palabra, de todo lo hecho
por el Consejo Ejecutivo y de cuanto pensase hacer.

Pero las observaciones del profesor fueron interrumpidas repentinamente
por el principio de la ceremonia. La msica militar, que segua tocando
en el patio, qued ensordecida por el redoble de una gran banda de
tambores que se aproximaba viniendo del interior del palacio.

Los altos y poderosos seores del Consejo Ejecutivo slo podan
presentarse en las ceremonias oficiales rodeados de gran pompa.

Entraron en el patio los tambores, que eran unos treinta, y detrs de
ellos igual nmero de trompeteros. A continuacin desfil una tropa del
ejrcito de lnea,  sea de aquellas muchachas con casco de aletas que
Gillespie haba visto al despertar. Los soldados iban armados, unos con
arcos y otros con alabardas. Despus pasaron los guardias porta-espada,
llevando con la punta en alto y sostenidos por sus dos manos cerradas
sobre el pecho unos mandobles enormes que brillaban lo mismo que si
fuesen de plata.

De los tiempos del Imperio quedaba an el ceremonial absurdamente
ostentoso de que se rodean los dspotas. Varios pajecillos pasaron
moviendo altos abanicos de plumas blancas para que ningn insecto
viniese  molestar  los cinco magistrados supremos de la Repblica.
Despus fueron desfilando stos uno por uno, pero no  pie, sino en
cinco literas llevadas  hombros por hijos de personajes influyentes,
pues tal honor representaba el principio de una gran carrera
administrativa. Las muchachas portadoras de las literas del Consejo eran
enviadas despus  gobernar alguna provincia lejana.

Pasaron igualmente las literas de los presidentes del Senado y de la
Cmara de diputados, y  continuacin la del rector de la Universidad,
que tena la forma de una lechuza y era llevada  brazos por cuatro
profesores auxiliares. Finalmente, cerraban la marcha, pero  pie, los
ministros, los altos funcionarios y un destacamento de la Guardia
gubernamental con largas lanzas.

Cuando los cinco del Consejo Ejecutivo y el Padre de los Maestros con
sus respectivos squitos se instalaron en el estrado de honor, cesaron
de sonar las trompetas, los tambores y la msica, hacindose un largo
silencio. Iba  empezar el desfile de las cosas maravillosas que
formaban el equipaje del Hombre-Montaa.

Un alto funcionario del Ministerio de Justicia, del cual dependan todos
los notarios de la nacin, avanz con un portavoz en una mano y
ostentando en la otra un papel que contena las explicaciones
facilitadas por el doctor Flimnap, despus de haber traducido los
rtulos de numerosos objetos pertenecientes al gigante. Estas
explicaciones arrancaron muchas veces largas carcajadas  la muchedumbre
pigmea, que senta compasin por la ignorancia y la grosera del coloso.
En otros momentos, el enorme concurso quedaba en profundo silencio, como
si cada cual, ante las vacilaciones del inventario, buscase una solucin
para explicar la utilidad del objeto misterioso.

Lo que todos comprendieron, gracias  las explicaciones del profesor de
ingls, fu el contenido y el uso de unas torres brillantes como la
plata, que fueron pasando por el patio colocada cada una de ellas sobre
un vehculo automvil. Estos torreones tenan cubierto todo un lado de
sus redondos flancos con un carteln de papel, en el que haba trazados
signos misteriosos, casi del tamao de una persona.

La ciencia de Flimnap haba podido desentraar este misterio gracias 
la interpretacin de los rtulos. Eran latas de conservas. Pero aunque
el traductor no hubiese prestado sus servicios cientficos, el olfato
sutil de aquellos pigmeos habra descubierto el contenido de los enormes
cilindros,  pesar de que estaban hermticamente cerrados. Para su
agudeza olfativa, el metal dejaba pasar olores casi irresistibles por lo
intensos. Todos aspiraban con fuerza el ambiente, desde los cinco jefes
del gobierno hasta los pajecillos porta-abanicos.

El paso de cada torren deslumbrante era acogido con un grito general:
Esto es carne!... Poco despus decan  coro: Esto es tomate!...
Transcurridos unos minutos, afirmaban  gritos: Ahora son guisantes!
y todos se asombraban de que un ser en figura de persona, aunque fuese
un coloso, pudiera alimentarse con tales materias que esparcan un hedor
insufrible para ellos, casi igual al que denuncia la putrefaccin.

Deseosos de suprimir cuanto antes esta molestia general, los
organizadores del desfile hicieron aparecer en el patio  una veintena
de siervos desnudos, llevando entre ellos, muy tirante y rgida, una
especie de alfombra cuadrada, de color blanco, con un ribete suavemente
azul, y que ostentaba en uno de sus ngulos un jeroglfico bordado, que,
segn la declaracin del profesor Flimnap, se compona de letras
entrelazadas.

Aqu la ciencia del universitario se extenda en luminosa digresin para
explicar  sus compatriotas la existencia del pauelo entre los
Hombres-Montaas, el uso incoherente que le dan y las cosas poco
agradables que depositan en l. Pero, como ocurre siempre en las grandes
solemnidades, el pblico no prest atencin  las explicaciones del
hombre de ciencia, prefiriendo examinar directamente lo que tena ante
sus ojos.

Un perfume de jardn que pareca venir de muy lejos empez  esparcirse
por el patio, haciendo olvidar los densos hedores exhalados por las
torres plateadas. Las seoras y seoritas de las galeras se agitaron
aspirando con deleite esta esencia desconocida. Las mams hablaban entre
ellas, buscando semejanzas y similitudes con los perfumes de moda entre
el sexo masculino. Algunas concentraban su atencin para poder explicar
en el mismo da  los perfumistas de la capital la rara esencia del
Hombre-Montaa, y que la fabricasen, costase lo que costase.

Luego entraron ms siervos desnudos llevando  brazo nuevos objetos.
Seis de ellos sostenan como un peso abrumador el libro de notas cuyas
hojas haba traducido Flimnap. Despus otros atletas pasaron, rodando
sobre el suelo, lo mismo que si fuesen toneles, varios discos de metal,
grandes, chatos y exactamente redondos, encontrados en los bolsillos del
gigante.

Estos discos eran de diversos tamaos y metales, llevando todos ellos de
relieve en sus dos caras un busto de mujer gigantesco y un ave de rapia
con las alas abiertas. Segn la explicacin del sabio Flimnap, servan
en el pas de los Hombres-Montaas como signos de cambio, y estaban
todos ellos comprendidos bajo el ttulo general de moneda.

Algunos eran de plata, y slo llegaban  las rodillas del siervo
atltico que se inclinaba sobre ellos para hacerlos rodar. Otros eran de
cobre, y poco ms  menos del mismo tamao. El pblico, algo aburrido
por estos objetos sin inters, slo mostr cierta curiosidad al ver
cuatro discos movidos cada uno por dos hombres. Los tales discos
llegaban casi  la cintura de sus guas, y eran de oro macizo, teniendo
por adorno el relieve de una gran guila con las alas desplegadas y una
especie de escudo con rayas y con estrellas.

Volvi  decaer el inters mientras iban desfilando otros esclavos por
parejas. Cada dos hombres llevaban entre ellos, lo mismo que si fuese un
carteln anunciador, una faja de papel impreso mucho ms larga que alta.
Todos estos carteles tenan una capa de grasa y de suciedad, en la que
la vista microscpica de los pigmeos vea rebullir pequesimos
monstruos del mundo microbiano. Los papeles estaban ornados de retratos
de Hombres-Montaas completamente desconocidos por el profesor Flimnap.
Todos ellos ostentaban la palabra Banco y una cifra seguida de la
palabra _dollar_.

El sabio profesor osaba emitir en su informe la teora de que los tales
papeles tal vez representasen algo semejante  la moneda, pero sin poder
comprender su funcionamiento y su utilidad, y extrandose adems de que
hubiese gentes que los aceptasen en lugar de los discos metlicos.

Tampoco el pblico se fij mucho en tales explicaciones. Deseaban todos
que terminase cuanto antes el desfile de los cartelones grasientos.
Entre las delicadas criaturas que ocupaban las galeras altas hubo
ciertos conatos de desmayo. Las matronas sacaban sus frasquitos de sales
para reanimar el dolorido olfato. En el estrado de los senadores se oy
la voz del terrible Gurdilo.

--Slo una humanidad inferior--grit--puede llevar en sus bolsillos
semejantes porqueras. No creo que tengan empeo los Hombres-Montaas,
si gozan de sentido comn, en adquirir tales suciedades. Esto debe ser
simplemente un vicio, una mala costumbre del gigante que ha venido 
perturbarnos con su presencia.

Pero una nueva aparicin borr el malestar del pblico, imponiendo
silencio al tribuno.

Varios hombres de fuerza avanzaron llevando sobre sus hombros una
especie de cofre cuadrado y muy plano. Pareca de plata, y sobre su cara
superior haba grabado un jeroglfico igual al que adornaba una punta
del pauelo.

El profesor Flimnap ignoraba lo que exista dentro de esta caja enorme.
No se haba credo autorizado para violar su secreto. El jefe de los
mecnicos de la flota area estaba all con varios de sus ayudantes para
abrir el cofre, cuyo cierre haba estudiado durante toda la maana.

Colocaron los esclavos esta caja en el suelo verticalmente, mientras el
ingeniero y sus aclitos empezaban  forcejear en la cerradura, sin
resultado. Un martillazo dado por inadvertencia en una arista saliente
hizo que las dos enormes valvas de plata se abriesen de pronto, lo mismo
que una concha gigantesca, lanzando un crujido metlico. Los hombres de
fuerza se apresuraron  tirar de ellas, temiendo que se cerrasen, y
qued visible su interior.

A ambos lados, sostenidos por una faja elstica, haba en lnea como una
docena de cilindros de papel blanco, estrechos y prolongados, cuyo
interior estaba lleno de una hierba obscura. Estos cilindros tenan
recubierto el papel en su parte inferior con un zcalo de oro.

Varios hombres de fuerza, con la inconsciencia propia, de su brutalidad,
tiraron de una de las fajas de goma que estaba casi desprendida de la
pared de plata. Inmediatamente seis de los cilindros de papel vinieron
al suelo, partindose sobre las espaldas de los atrevidos que haban
provocado el accidente, y al partirse esparcieron densas nubes de polvo
rojo y picante.

El ingeniero, sus aclitos y todos los hombres de fuerza sintieron que
sus ojos se humedecan. Luego, llevndose las manos  la garganta,
empezaron  estornudar.

Esto fu contagioso, pues inmediatamente estornudaron tambin las
hermosas muchachas de la Guardia, los pajes de los abanicos, los
conductores de las literas de honor, y, como si las ondas del aire
transmitiesen la epidemia con la rapidez de un huracn, estornudaron
igualmente todos los diputados y senadores de las tribunas, as como los
altos personajes del estrado del gobierno. Finalmente, el sexo dbil de
las galeras superiores se uni al estornudo general, cubrindose con
los velos para ocultar las muecas  que le obligaba este gesto.

Durante mucho tiempo slo se oyeron estornudos. Hasta el infatigable
Gurdilo, que intent aprovecharse de una ocasin tan propicia para
protestar contra el gobierno, no pudo conseguir su propsito. Cada vez
que intentaba un apstrofe oratorio tena que cortarlo para dar salida 
un estornudo.

Adivin el profesor Flimnap este misterio al recordar algunas crnicas
remotas sobre la llegada de otros gigantes. Los tales cilindros de papel
contenan, sin duda alguna, cierta materia que los colosos llamaban
tabaco. En otros tiempos lo guardaban en polvo dentro de cajas de
concha; ahora lo compriman en forma de cabelleras vegetales bajo una
envoltura de papel.

Vi cmo el rector, que indudablemente tena tambin noticias de esto,
daba explicaciones  los seores del Consejo. El presidente, que pareca
furioso por haber estornudado grotescamente en presencia del jefe de la
oposicin, se apresur  ordenar que se llevaran el cofre y arrojasen su
contenido fuera del puerto, como nocivo para la salud pblica y la
tranquilidad de la patria.

Los esclavos hicieron desaparecer la cigarrera, mientras otros cargaban
con los fragmentos de los cilindros de papel y barran el temible polvo
esparcido en el suelo.

Poco  poco cesaron los estornudos y pudo reanudarse el desfile. A
partir de este incidente, pareci que el pblico haba perdido todo
inters por los objetos del gigante. Avanzaron dos portadores, uno tras
del otro, llevando un fuerte palo sobre sus hombros y colgando de tal
sostn el reloj de bolsillo del Hombre-Montaa. Los oyentes ms cultos
no necesitaron las explicaciones del inventario. Cuantos haban ledo la
historia del pas estaban enterados de cmo era esta mquina primitiva
de medir el tiempo que todos los colosos traan en sus visitas.

Otra mquina de uso misterioso para los ms de los presentes hizo su
entrada en el patio despus que desapareci el cronmetro de oro.

Ms de treinta cargadores sostenan el revlver extrado de un bolsillo
de Gillespie. Se not cierta emocin en la tribuna del gobierno. Los
seores del Consejo Ejecutivo no pudieron contener su sorpresa en el
primer instante. Luego consiguieron dominar sus nervios y quedaron
impasibles, en una forzada indiferencia.

Los cinco gobernantes, obedeciendo  la ley que reglamentaba las
ceremonias pblicas, iban vestidos con un lujo deslumbrador. Se
envolvan en mantos bordados de oro, y sobre sus cabezas llevaban unas
tiaras del mismo metal con adornos de piedras preciosas. Queran imitar
el esplendor de los ltimos emperadores del pas, para que el pueblo se
convenciese de que los elegidos de la Repblica no eran menos
importantes que los antiguos dspotas. Bajo su uniforme esplendoroso los
cinco afectaron una actitud de hipcrita indiferencia, mirando sin
expresin alguna la mquina que acababa de entrar en el patio. El rector
Momaren tambin hizo un gesto igual, y hasta Gurdilo permaneci
inmvil, imitando la actitud del odiado gobierno. Todos fingan no
conocer el mecanismo de acero ni sentir inters por averiguar su uso.

Las seoras y seoritas empezaron  bostezar de aburrimiento en las
galeras altas. Las cosas de la industria pertenecan  las mujeres.
Cmo poda interesar  los hombres un armatoste metlico?...

En cambio, las muchachas de la Guardia sentanse atradas de un modo
irresistible por este objeto enorme y desconocido. Al verlo, latan en
su interior confusos instintos, y fu tan fuerte su curiosidad, que
hasta olvidaron la disciplina. Varios porta-espada, dejando en el suelo
su brillante mandoble, se confundieron con los esclavos medio desnudos,
deseosos de tocar y examinar de cerca el misterioso mecanismo.

Mientras tanto, el personaje encargado de la lectura del inventario
recitaba  travs de su portavoz los informes del profesor Flimnap. El
sabio no vacilaba en declarar pblicamente que le era totalmente
desconocido el uso de esta mquina, sin que sus lecturas ni sus
deducciones le permitieran suponer  qu era dedicada entre los
gigantes.

--Muy bien!--dijo por lo bajo el presidente del Consejo Ejecutivo.

Y el Padre de los Maestros manifest con una grave sonrisa el mismo
contento.

Estos personajes, en el primer instante, haban sentido indignacin
viendo entrar en el patio  la tal mquina. Consideraron esto como una
torpeza del _Comit de recibimiento del Hombre-Montaa,_ que casi
equivala  un delito contra la seguridad del Estado. Pero cuando
pensaban ya en qu castigo deberan imponer  Flimnap y sus compaeros,
los prrafos obscuros y descorazonantes del profesor hicieron resurgir
su optimismo y su bondad.

Una de las varias muchachas de la Guardia que curioseaban en torno del
revlver se haba quitado el casco para asomarse  la negra boca del
can del arma. Al fin acab por meter toda su cabeza en el tubo
obscuro, sacndola poco despus completamente desfigurada. Su rostro
apareca tiznado de negro y sus melenas sucias de holln.

El accidente hizo reir  los graves personajes de las tribunas, y el
sexo dbil de las galeras se uni  la hilaridad general.

Mientras tanto, el profesor Flimnap, por medio del texto del inventario,
formulaba una opinin decisiva. Este aparato deba guardarse para
siempre en la Universidad,  fin de que los sabios se dedicasen  su
estudio, si lo juzgaban interesante. Por eso la Comisin haba credo
oportuno traerlo  este acto en vez de dejarlo  bordo de la flota,
donde slo poda servir para suposiciones errneas y perturbadoras.

--Muy bien! muy bien!--volvieron  decir por lo bajo los seores del
gobierno y sus allegados.

A partir de este momento, el desfile de objetos perdi decididamente
todo inters. Empezaron  abrirse grandes claros en las filas de hombres
con faldas que ocupaban las galeras. El sexo dbil demostraba su
fastidio marchndose. Tambin se abrieron vacos cada vez mayores en el
pblico de las tribunas parlamentarias. Hasta Gurdilo haba
desaparecido, adivinando que su oposicin nada poda ya encontrar de
aprovechable en esta ceremonia.

Pas un automvil con dos torres negras unidas por un doble puente de
acero del mismo color y que tenan en su parte alta dos lentejas de
cristal  guisa de tejados. El inventario explicaba que estas torres
gemelas eran un aparato ptico por medio del cual los Hombres-Montaas
podan ver  largas distancias. Pero los profesores de la Universidad
Central saban en tal materia mucho ms que los gigantes.

Apareci otro vehculo llevando uno de aquellos torreones metlicos que
haban aparecido al principio del desfile. En el carteln de ste haba
pintados unos frutos gigantescos. Un olor de melocotn y de azcar
lquido se esparci por el patio.

Pero,  pesar de que el olor no era molesto, el pblico empez 
marcharse.

--Ya hay bastante!--decan todos.

Al desvanecerse su curiosidad, se acordaban de las ocupaciones que
haban abandonado, sintiendo por ellas nuevo inters.

El presidente del Consejo llam al lector del inventario para pedirle
sus papeles, examinndolos. Todos los objetos que an no haban sido
vistos resultaban semejantes  los otros y carecan de novedad. Se
pusieron de pie los altos seores del gobierno, y cada uno de ellos,
llevando detrs  una nia-paje encargada de sostener la cola de su
manto, fu en busca de su correspondiente litera. Redoblaron los
tambores, sonaron las trompetas y la banda de msica, mientras volva 
formarse el majestuoso cortejo, saliendo del patio en el mismo orden que
haba entrado.

El profesor Flimnap abandon las galeras altas, siguiendo los pasillos
solitarios que conducan  las habitaciones del presidente del Consejo
Ejecutivo.

En un saln encontr  Momaren, que acababa de despojarse de la
vestidura de gran ceremonia, yendo simplemente con su toga de diario y
el gorro de doctor. Este gorro, en vez de una borla llevaba cuatro, para
dar  entender la magnitud sin lmites de su sabidura.

Al ver  Flimnap sonri protectoramente.

--Los altos seores del gobierno--dijo--estn muy satisfechos de su
discrecin y su cordura. Acaban de perdonarle la vida al gigante, y
quieren que sea usted el encargado de todo lo referente  su enseanza y
su alimentacin.

El profesor hizo una reverencia para manifestar su gratitud, y crey
necesario aadir:

--Lo que yo siento es que este nuevo empleo me impedir por algunos
meses trabajar en la obra de justicia histrica femenina que emprendimos
bajo la gloriosa direccin de nuestro Padre de los Maestros. Tengo 
punto de terminar el volumen cincuenta y cuatro.

Pero el Padre de los Maestros sonri modestamente al oir mencionar la
empresa ms gloriosa de su existencia, y dijo  Flimnap:

--Tiempo le quedar, profesor, para dedicarse  ese trabajo patritico.
Por el momento, creo conveniente que explique  su Gentleman-Montaa lo
que fu la Verdadera Revolucin y todo lo que ha venido despus de ella.
Esta leccin de Historia resultar til.




V

La leccin de Historia del profesor Flimnap


Gillespie, que haba puesto en duda la civilizacin avanzada de estos
pigmeos, tuvo que reconocer que saban hacer las cosas aprisa y bien.

Al aparecer el segundo sol despus de su entrada en aquella Galera
recuerdo de una feria universal, todo lo ms primario de su instalacin
estaba ya hecho. Una tropa de carpinteros manej incesantemente sus
martillos, subiendo y bajando por escalas y cuerdas con agilidad
simiesca.

As tuvo el segundo da un taburete en que sentarse, apropiado  su
estatura, y una mesa, cuyos tablones, aunque no ms anchos que las
piezas de un entarimado fino, estaban ensamblados con tal exactitud que
apenas si se distinguan las rayas divisorias.

Cada pata de la mesa sostena en torno de ella un camino en espiral, por
el que podan subir y bajar los servidores. Uno de estos caminos hasta
tena la anchura y el suave declive necesarios para que ascendiesen por
sus revueltas los portadores de literas.

En el fondo de la Galera se haban improvisado varias cocinas para la
alimentacin del gigante, sus guardianes y su servidumbre. Eran cocinas
porttiles pertenecientes al ejrcito. Los alimentos del Hombre-Montaa
exigan un trabajo extraordinario. Dos bueyes formaban un simple plato
para su apetito colosal. Atravesados por fuertes asadores, estos
animales daban vueltas sobre enormes hogueras hasta quedar dorados y 
punto de ser comidos. Los cuadrpedos ms pequeos, as como las aves,
entraban  docenas en la confeccin de cualquiera de los platos.

Uno de aquellos vehculos automviles, veloces y sin ruido, que tenan
forma de animales, serva para trasladar los alimentos del
Hombre-Montaa desde las cocinas hasta los pies de su mesa.

En cada viaje slo llevaba un plato. Al llegar, su motor lanzaba tres
rugidos,  inmediatamente descenda de lo alto un cable con dos ganchos
que sujetaban automticamente el plato. Una gra fija en el borde de la
mesa suba el enorme redondel de metal repleto de viandas humeantes.
Varios hombres de fuerza se agarraban  sus bordes al verlo aparecer,
empujndolo hasta las manos del coloso.

Gillespie tuvo la esperanza de que esta alimentacin abundante sera
acompaada con algn vino del pas; pero en las tres comidas que llevaba
hechas, la gra slo subi un tonel, que poda servirle de vaso, lleno
de agua. Al ver su gesto de extraeza, la mujer que prestaba servicios
de mayordomo hizo subir un segundo tonel, pero slo contena leche.

Todas las funciones de su vida estaban previstas y atendidas por la
comisin encargada de su cuidado. Detrs de la eminencia en cuya cumbre
haba sido construda la Galera de la Industria se deslizaba un ro que
iba  desembocar cerca del puerto. En este ro anchsimo, que para el
gigante era un riachuelo, poda lavarse y satisfacer otras necesidades
corporales.

Por el frente de la Galera gozaba  todas horas de un hermoso
espectculo. Los organizadores de su existencia haban echado abajo la
vidriera que serva de fachada, convirtindola en una puerta siempre
abierta.

Gillespie admir en las horas de sol la blanca arquitectura de la
capital,  la que poda llegar con slo varios saltos, y durante la
noche sus esplndidas iluminaciones. Vea entrar y salir en el puerto
los buques, que parecan juguetes de estanque, y llegar por el aire,
sobre la llanura ocenica  sobre las montaas, innumerables mquinas
voladoras llevando sobre sus lomos y sus pintarrajeadas alas pasajeros y
mercancas procedentes de misteriosos pases.

Estos navos areos anunciaban su llegada nocturna con los rayos de sus
ojos, entrecruzndolos con los rayos de otros aviones, as como de los
vehculos terrestres, de las torres de la ciudad y de los navos del
puerto.

Cuando senta cansancio, despus de esta contemplacin nocturna, se iba
al fondo del edificio para tenderse en un blando colchn formado con dos
mil ochocientos colchones del pas. Tambin poda envolverse en una
manta cuyo grueso estaba formado con cinco de las que empleaban las
muchachas del ejrcito cuando salan de maniobras. Esta envoltura haba
consumido el material de abrigo de tres regimientos.

Viva en una aparente libertad. Todos los pigmeos instalados en la
Galera para su servicio procuraban evitarle molestias, y hasta
pretendan adivinar sus deseos cuando estaba ausente el traductor. Pero
le bastaba ir ms all de la puerta para convencerse de que slo era un
prisionero. Da y noche permanecan inmviles en el espacio, sobre la
vivienda del gigante, dos mquinas voladoras, que se relevaban en este
servicio de montona vigilancia.

Si intentaba ir hacia la capital,  si avanzaba por el lado opuesto ms
all del ro, sentira inmediatamente en su cuello el enroscamiento de
uno de aquellos hilos de platino que le amenazaban con la decapitacin.
Imposible tambin salir durante la noche, pues los ojos de las bestias
areas partan incesantemente la sombra con sus cuchillos luminosos.

La nica satisfaccin de Gillespie era ver aparecer sobre un borde de su
mesa el abultado cuerpo, la sonrisa bondadosa, los anteojos redondos y
el gorro universitario del profesor Flimnap. Era el nico pigmeo que
hablaba correctamente el ingls y con el que poda conversar sin
esfuerzo alguno. Los otros personajes, as los universitarios como los
pertenecientes al gobierno, conocan su idioma como se conoce una lengua
muerta. Podan leerlo con ms  menos errores; pero, cuando pretendan
hablarlo, balbuceaban  las pocas frases, acabando por callarse.

El profesor tema las escaleras y las cuestas  causa de su obesidad de
sedentario dedicado  los estudios; pero,  pesar de esto, acometa
valerosamente cualquiera de las rampas en torno  las patas de la mesa,
llegando arriba congestionado y jadeante, con su honorfico gorro en una
mano, mientras se limpiaba con la otra el sudor de la frente, echando
atrs la hmeda melena.

De buena gana hubiese ordenado la instalacin de un ascensor; pero el
pensamiento de que sus cuentas podan ser examinadas y discutidas en
pleno Senado le hizo desistir de tal deseo.

Al fin se decidi  emplear en sus visitas la gra montadora de
alimentos. Silbaba desde abajo para que los trabajadores hiciesen
descender el cable, y sentndose en uno de los platos ms pequeos
empleados en el servicio, suba sin fatiga hasta la gran planicie donde
apoyaba sus codos el gigante amigo.

ste la vi llegar en la maana del segundo da de su instalacin
acompaada de varios objetos, que los siervos masculinos fueron sacando
del plato-ascensor.

Despus colocaron ante el Hombre-Montaa una mesita y un silln, que
sobre la mesa enorme parecan juguetes infantiles. Tambin depositaron
en la mesita muchos libros.

Llegaba el profesor vestido de ceremonia, con su mejor toga y su birrete
de gran borla, lo mismo que si fuese  leer una tesis ante la
Universidad en pleno.

--Gentleman--dijo--, hoy no vengo como amigo ni como administrador de su
vida material. El gobierno me enva para que ilustre su entendimiento, y
he credo del caso vestir mis mejores ropas universitarias y traer lo
necesario para una buena explicacin.

Ocup solemnemente su pequea poltrona, orden sobre la mesita los
montones de libros y qued mirando el rostro gigantesco de su amigo, que
slo estaba  un metro de distancia de ella.

No necesitaba Flimnap de bocina, como en otras ocasiones. Poda
expresarse sin esforzar su voz, que era naturalmente armoniosa y
contrastaba con su exterior algo grotesco.

--Le confieso, gentleman, que me turba ver su rostro de tan cerca. Me
infunde espanto. Adems, su fealdad aumenta por horas; las caas de
hierro que surgen de su piel son cada vez ms grandes y rgidas. Habr
que ver cmo los barberos de la capital pueden suprimir esta vegetacin
horrible. Permtame que le mire un poco  travs de mi lente, para verle
con unas proporciones ms racionales y justas, como si fuese un ser de
mi especie.

El dulce profesor contempl al gigante largo rato  travs de una
lenteja de cristal sacada de su toga, mientras tena los anteojos
subidos sobre la frente. Su rostro se contrajo con una sonrisa de
doncella feliz, como si estuviese contemplando algo celestial. Al fin se
arranc  este deleite de los ojos para cumplir sus deberes de maestro.

--Va usted  saber--dijo--lo que tanto desea desde que nos conocimos.
Vengo para explicarle la historia de este pas y lo que fu la Verdadera
Revolucin. Los misterios y secretos que le preocupan van 
desvanecerse. Escuche sin interrumpirme, como hacen las jvenes que
asisten  mi ctedra. Al final me expondr sus dudas, si es que las
tiene, y yo le contestar.

Despus de este prembulo, el profesor empez su leccin.

--Usted sabe, gentleman, quin fu el primer Hombre-Montaa que visit
este pas. Hasta creo que el tal gigante dej escrito un relato de su
viaje, y usted debe haberlo ledo, indudablemente.

Como ya le dije, otros gigantes vinieron detrs de l en diversas
pocas; pero esto slo tiene una relacin indirecta con los sucesos que
quiero relatarle. Ya sabe usted tambin, aunque sea de un modo vago,
cmo era la vida de mi pas en aquella poca remota. Nuestro pueblo
estaba gobernado por los emperadores, que se crean el centro del mundo
y de una materia divina distinta  la de los otros seres. La vida de la
nacin se concentraba en la persona del soberano. Los ms altos
personajes saltaban sobre la maroma y hacan otros ejercicios
acrobticos para divertir al monarca del Imperio, que entonces se
llamaba Liliput. La gran ambicin de todo liliputiense era conseguir
algn hilo de color de los que regalaba el dspota para cruzrselo sobre
el pecho  guisa de condecoracin. En resumen: mi pas viva sometido 
una autoridad paternal pero arbitraria, y los hombres llevaban una
existencia montona y soolienta, al margen de todo progreso. De las
mujeres de entonces no hablemos. Eran esclavas, con una servidumbre
hipcrita disimulada por el cario egosta del esposo y la falsa dulzura
del hogar.

As era el Imperio de Liliput, cuando siglo y medio despus de la
llegada del primer Hombre Montaa se inici la serie de acontecimientos
histricos que acabaron por cambiar su fisonoma.

Un nufrago gigante que haba pasado algn tiempo entre nosotros tuvo
ocasin de volver  su tierra natal valindose de un bote en armona con
su talla que la marea arrastr hasta nuestras costas.

Al emprender su viaje de regreso no iba solo. Un liliputiense se march
tambin; unos dicen que de acuerdo con el gigante; otros, y son los ms,
suponen que se escondi en la enorme barca con el deseo de conocer el
mundo de los Hombres-Montaas.

Este viajero extraordinario es clebre en nuestra historia. Su nombre
fu Eulame. Yo tengo compaeros en la Universidad que suponen que Eulame
era una mujer, pues no pueden explicarse de otro modo tanta inteligencia
y tanto herosmo reunidos en una sola persona. Han escrito varios libros
para probar que Eulame fingi ser hombre porque en aquellos tiempos slo
dominaban los hombres, y casi lo demuestran plenamente. Pero yo nunca me
he apasionado por este misterio de nuestra historia. Bien puede Enlame
haber sido hombre, como creyeron los de su poca. Una excepcin no
altera la regla, y reconozco que el dbil sexo masculino es capaz de
producir de tarde en tarde algn personaje clebre, sin que esto le
saque de su inferioridad....

Digo que Eulame se march al pas de los gigantes y permaneci all
algunos aos. Tambin este perodo de su existencia ha dado lugar 
muchos estudios histricos y crticos. Unos dicen que anduvo por aquel
mundo monstruosamente grande, de feria en feria, siendo exhibido en
circos y barracas como una curiosidad nunca vista, y que sus viajes le
sirvieron para conocer los diversos pueblos en que se hallan divididos
los colosos.

Otros autores afirman, basndose en el testimonio de personas que
trataron  Enlame y pudieron oir sus confidencias, que el audaz
liliputiense apenas fu conocido por la generalidad de los gigantes. l
y el marinero en cuyo bote se escap fueron recogidos por un gran barco,
y, al llegar  la tierra donde todo es monstruosamente enorme, los
navegantes lo vendieron  un sabio, y con l vivi, en el ambiente de
una soledad estudiosa, aprendiendo con rpidas sntesis todo lo que el
ilustre gigante haba buscado en los libros y en las experiencias de
laboratorio durante muchos aos.

Tampoco en esta cuestin me decido ni por unos ni por otros. En
realidad, no se sabe nada sobre el primer perodo de la vida de Eulame,
que fu tan misterioso como la juventud de muchos fundadores de
religiones. Todo lo que dicen mis compaeros de Universidad y lo que
dijeron igualmente muchos sabios anteriores est fundado en hiptesis.

Lo nico cierto es que Eulame volvi  Liliput, pero no en una simple
barca, como la que le trajo  usted, Gentleman-Montaa. Al otro lado de
la gran barrera de rocas y espumas levantada por nuestros dioses qued,
segn cuentan los cronistas de aquella poca, un buque de proporciones
inmensas, un verdadero navo de gigantes. Un simple bote salv el
obstculo de la muralla divina, trayendo hasta nuestras costas  Eulame
y  un Hombre-Montaa viejo, seco de cuerpo, con barba blanca, que
supongo debi ser su estudioso protector.

ste tena el propsito de ir trayendo en la lancha hasta nuestra tierra
todos los inventos de su mundo, de que vena repleto el navo enorme;
pero nuestros dioses, como aman poco  los gigantes, agitaron el mar sin
lmites con una furiosa tempestad, y el buque se estrell contra la
barrera de rocas y de espumas.

Qued entre nosotros el gigante viejo tan desamparado y falto de medios
cual se ve usted ahora. Adems, como sus aos no le permitan vivir en
un mundo tan nuevo para l y tan falto de las comodidades que necesita
la vejez, muri al poco tiempo. Yo sospecho que los emperadores de la
ltima dinasta se sintieron inquietos tal vez por la frecuencia con que
llegaban  nuestras costas huspedes de la misma talla, y trataron al
viejo con brusquedad, sin considerar que el pobre vena atrado por los
relatos de Eulame para establecer generosamente su civilizacin entre
nosotros.

Su cadver di poco trabajo para ser anulado. Era un esqueleto
recubierto de piel nada ms, y sus huesos se emplearon como ricos
materiales en numerosas obras de arte. Todava conservamos en la
Universidad varios libros de l, que me sirvieron muchsimo para el
estudio de la lengua que usted habla y para el conocimiento de las
costumbres de los Hombres-Montaas.

Pero volvamos  Eulame. Al verse solo, se lanz  predicar entre sus
compatriotas las ventajas de la civilizacin de los gigantes. Los
descontentos del Imperio, que eran muchos, vieron en l un jefe que
poda sustituir  la dinasta reinante. Los sabios le escucharon como un
maestro divino, y todas las universidades fueron declarndose discpulas
suyas. De entonces data la introduccin del ingls en este pas como
idioma secreto y sagrado, que sirvi para entenderse  las personas de
clase superior.

Las cosas que hizo Eulame en poco tiempo! Jams se conoci en nuestra
historia una actividad como la suya. El pueblo no pudo creer que fuese
un hombre igual  los dems, y le tuvo por hijo de los dioses. Hasta la
industria del pas la modific radicalmente en pocos meses. Implant
entre nosotros todos los progresos mecnicos que haba visto en el mundo
de los colosos. Nuestros ingenieros, que hasta entonces haban marchado
 ciegas, movindose siempre dentro del mismo crculo, luego de escuchar
las lecciones de Eulame vieron nuevos caminos abiertos ante sus ojos, y
se lanzaron por ellos, haciendo descubrimientos con una rapidez
vertiginosa, inventando casi instantneamente lo que haba costado tal
vez largos aos de meditacin en el pas de los gigantes.

El ltimo emperador intent asesinar al profeta; pero ste posea la
fuerza, y crey llegado el momento de pasar de las palabras  la accin.
Haba trado del otro mundo los explosivos y las armas de fuego. Los
ricos industriales partidarios del eulamelismo fabricaron secretamente
un material de guerra igual al de los Hombres-Montaas, y bast que mil
discpulos con fusiles y caones marchasen contra el palacio del
emperador para que ste huyese, acabando en un momento la dinasta
secular.

Las viejas tropas, armadas con arcos y lanzas, se desbandaron, dando
vivas  Eulame, al recibir la primera granizada de balas de sus
partidarios. El Regenerador fu elevado entonces  la dignidad imperial,
y empez el perodo ms agitado, ms sangriento  interesante de nuestra
historia.

Debo advertir que como entonces dirigan los hombres la marcha del pas,
tuvieron el cinismo de dar el nombre de _poca gloriosa_  un perodo en
el que murieron millones de personas, siendo adems incendiadas muchas
ciudades, que an no estn reconstruidas, y devastadas provincias
enteras.

Al verse Eulame en el poder, se crey investido de una misin
sobrehumana.

Esta misin consista en llevar  todas las naciones prximas pobladas
por seres de nuestra especie los beneficios de la civilizacin
implantada por l. Adems, como dispona de una fuerza superior,
necesitaba usarla, lo mismo que el atleta, incapaz de vivir
tranquilamente sin dar golpes contra algo para ejercitar sus msculos.

Las tropas irresistibles de Eulame marcharon contra Blefusc, el pueblo
que durante siglos haba sido nuestro adversario. Result una guerra
fcil por la gran desigualdad entre los respectivos armamentos; pero los
de Blefusc se defendieron con esa tenacidad irracional que la Historia
llama herosmo, dejndose matar en cantidades enormes.

Despus de haber dominado  esta nacin, el conquistador llev sus armas
 otra, y luego  otra, no quedando continente ni isla que dejase de
reconocer su autoridad imperial. Pero la misma grandeza de su xito pes
sobre l, acabando por aplastarle. Sus generales obedecieron  esa ley
de los hombres segn la cual todo discpulo, cuando se ve en lo alto,
debe atacar  su maestro.

Lleg un da en que los belicosos caudillos que gobernaban por
delegacin las tierras conquistadas se sublevaron contra Eulame. Todo lo
que ste haba aprendido en el pas de los gigantes lo comunic
confiadamente  sus allegados: los nuevos medios de destruccin eran ya
del dominio comn; sus adversarios saban lo mismo que l; ya no era un
semidis, era un hombre como los otros. Y como sus enemigos resultaban
mucho ms numerosos, le vencieron en una batalla campal  las puertas de
esta ciudad, que entonces se llamaba Mildendo, reunindose despus en
congreso diplomtico para decidir su futura suerte.

No se atrevieron  matarle porque haban sido sus discpulos; pero como
deseaban verse libres de su presencia, lo confinaron perpetuamente en
una pequea isla, en un pen solitario y malsano, lejos de toda vida,
en las inmediaciones de la muralla de rocas y espumas que muy pocos osan
pasar.

El emperador muri  los pocos aos en este destierro de un modo
obscuro. An vivan las familias de los catorce  quince millones de
seres que haban muerto  causa de sus guerras y sus ambiciones. Luego,
con el transcurso de los aos, el vulgo, que necesita para vivir el
culto de los hroes y cuando no los tiene los inventa, ha glorificado 
Eulame, convirtiendo sus matanzas en hazaas gloriosas y dando un
carcter casi divino  su recuerdo.

Yo puedo ensearle, gentleman, como unos cincuenta mil libros escritos
para glorificar  Eulame y narrar sus hazaas. Sin embargo, su herencia
no pudo resultar ms fatal. Este fabricante de guerras hizo lo necesario
antes de desaparecer para que nuestro mundo se viese condenado
eternamente  la guerra.

El congreso reunido en Mildendo intent un nuevo reparto de las
naciones, dividiendo las antiguas conquistas de Eulame; pero este
arreglo fu un semillero de futuras peleas. Todos los vencedores
hablaban de la paz  gritos, pero cada uno procuraba vivir ms armado
que los otros, y al sentirse con mayores fuerzas exiga una porcin ms
considerable en el reparto.

Abreviar mi relato, gentleman, pues me duele recordar este perodo, el
ms vergonzoso de nuestra historia. Los pueblos vivan regidos por los
hombres; las armas estaban en manos de los hombres; el trabajo lo
organizaban y reglamentaban los hombres ... qu otra cosa poda
ocurrir?...

Los herederos del emperador organizaron cada uno  su placer el pedazo
de tierra que les toc en el reparto. Algunas naciones se constituyeron
en Repblica; otras fueron monarquas; unas cuantas, con el ttulo de
Imperios, restauraron la autoridad desptica y terriblemente paternal de
los antiguos soberanos.

Nuestra nacin, al recobrar sus primitivos lmites, crey oportuno
quedarse con dos provincias de Blefusc, fundndose en confusos derechos
histricos. Durante varios aos los de Blefusc slo pensaron en
recobrar estas provincias, como si les fuese imposible la vida sin
ellas. Las recordaban en sus cantos patriticos; no haba ceremonia
pblica en que no las llorasen; los muchachos, al entrar en la escuela,
lo primero que aprendan era la necesidad de morir algn da para que
las provincias cautivas recobrasen su libertad; los hombres organizaban
su existencia con el pensamiento fijo de que eran soldados de una guerra
futura. Y al fin vino la guerra, y los de Blefusc nos quitaron las dos
provincias.

Entonces nosotros les imitamos, y durante varios aos los nios de
nuestras escuelas aprendieron que haba que morir para recobrar estos
territorios, y hubo cnticos iguales  los del pas enemigo, y los
hombres fueron todos soldados, y surgi una segunda guerra, en cuyo
transcurso recobramos las dos provincias....

Y los de Blefusc se prepararon  su vez para una tercera guerra....

Al mismo tiempo haba luchas sangrientas entre los dems pases poblados
por gentes de nuestra especie. Ninguna nacin poda conformarse con sus
lmites actuales. A la adoracin de los antiguos dioses haba sucedido
la idolatra de unos trapos de colores llamados banderas. Cada uno, con
agresivo fetichismo, consideraba que el trapo de su nacin era ms
hermoso que los otros y deba ondear triunfante sobre los pases
inmediatos. Las gentes separadas por un brazo de mar, un ro, una
montaa  un bosque, llamados fronteras, se odiaban de un modo feroz,
sin haberse visto nunca.

Cada pas calumniaba al otro, inventando sobre l las ms absurdas
mentiras, y estas mentiras las aceptaban las generaciones siguientes sin
tomarse el trabajo de comprobarlas. De padres  hijos se perpetuaba la
degollina por la simple razn de que los abuelos tambin se haban
degollado.

Nunca se realizaron inventos con tan asombrosa rapidez; pero todos ellos
servan fatalmente para agrandar el arte de las matanzas. La ciencia se
haba hecho servidora de la guerra; los laboratorios temblaban de
patritico regocijo cuando un descubrimiento proporcionaba la seguridad
de poder exterminar mayor nmero de hombres. Las fbricas ms potentes
eran las de materiales para la guerra. Todos los pases rivalizaban en
una carrera loca, buscando adelantarse los unos  los otros en los
medios de destruccin. Los hombres se mataban sobre la tierra y sobre el
mar, y hasta en el ltimo momento llegaron  exterminarse en las
silenciosas alturas de la atmsfera.

Las fortunas ms grandes de cada pas las posean los fabricantes de
armamento. La lucha industrial y los egostas deseos de lucro tomaban un
carcter de abnegacin patritica. Si un pas inventaba un can enorme,
al ao siguiente el pas adversario produca otro dos veces ms grande.
Sobre las olas todava era ms disparatada esta exageracin de los
medios ofensivos. Como Blefusc y nosotros estamos separados por el mar,
nos lanzamos  una rivalidad devoradora de nuestras riquezas y de
nuestro trabajo.

Estudibamos ansiosamente su flota para que nuestra flota resultase
superior. Si ellos construan un navo grande, con numerosos caones,
nosotros al momento empezbamos en nuestros astilleros otros navos ms
enormes, hasta llegar  proporciones inverosmiles, que parecan un reto
al buen sentido y  todas las leyes fsicas.

Baste decir, gentleman, que hemos tenido buques de guerra ms grandes
que la barca que le trajo  usted; navos con cien piezas de artillera
iguales al revlver que le sacamos del bolsillo,  tal vez mucho ms
grandes, y llevando tres mil  cuatro mil hombres de tripulacin.... En
fin, verdaderas islas flotantes.

Y lo peor fu que estas construcciones gigantescas y los gastos enormes
que exigan, todo result intil. El continuo invento de medios
destructivos di vida  nuevas embarcaciones no ms grandes que algunos
peces de nuestros mares, pero que,  semejanza de stos, podan
deslizarse por la profundidad submarina, atacando de lejos  los
monstruos flotantes hechos de acero. A pesar de su humilde aspecto,
muchas veces, en nuestros combates navales, echaron  pique  los navos
gigantescos, que representaban el valor de una ciudad.

Toda guerra resultaba ms mortfera y costosa que la anterior. Las
madres, al dar  luz  sus hijos, saban que no fabricaban hombres, sino
soldados.

No pretendo hacerle creer, gentleman, que la guerra era algo nuevo en
nuestra historia y slo la habamos conocido despus que Eulame trajo
sus inventos del pas de los gigantes. Habamos tenido guerras desde las
pocas ms remotas, como creo que las tuvieron todos los grupos humanos.
Pero eran guerras con pequeos ejrcitos, que no alteraban la vida del
pas; guerras sostenidas por tropas de combatientes voluntarios y
profesionales; una especie de lujo sangriento, de elegancia mortfera,
que se permitan nuestros viejos emperadores de tarde en tarde. Pero
despus de la demencia ambiciosa de Eulame y del perfeccionamiento de
los medios de destruccin, las guerras fueron de pueblo  pueblo, y toda
la juventud de un pas, abandonando campos y talleres, corra  matar la
juventud vigorosa del otro pas que haba hecho lo mismo.

Cada guerra significaba un largo alto en el desenvolvimiento humano, y
luego un retroceso. En la capital de cada pas haba un arco de triunfo
para que desfilasen bajo su bveda unas veces el ejrcito que volva
victorioso y otras los invasores triunfantes.

Despus de toda guerra, el suelo abandonado pareca vengarse del olvido
y de la bestialidad de los hombres restringiendo su produccin. Las
grandes empresas militares iban seguidas por el hambre y las epidemias.
Los hombres se mostraban peores al volver  sus casas durante una paz
momentnea. Haban olvidado el valor de la vida humana. Rean con el
menor pretexto; se encolerizaban fcilmente, matndose entre ellos;
pegaban  sus mujeres. Adems, todos eran alcohlicos. Durante sus
campaas, los gobernantes les facilitaban en abundancia el vino y los
licores fuertes, sabiendo que un hombre en la inconsciencia de la
embriaguez teme menos  la muerte.

La riqueza pblica ahorrada durante muchos aos se derrochaba en unos
meses, convirtindose en humo de plvora, en acero hecho fragmentos, en
escombros de poblaciones y de fbricas.

Cuando, al fin, llegaba la paz, era para que empezase una nueva
miseria....

Los perodos tranquilos resultaban tan peligrosos como los tiempos de
guerra. Siempre han existido descontentos de la organizacin social;
siempre los que no tienen mirarn con odio  los que poseen. Pero
despus de las guerras la falta de concordia social an era ms
violenta. La envidia que siente el de abajo resultaba ms amarga. Como
los pobres haban sido soldados  la fuerza, se consideraban con nuevos
derechos  poseerlo todo. Cuando cesaban las guerras, los hombres se
resistan al trabajo y hablaban de un nuevo reparto de la riqueza....

Esta situacin absurda no poda durar.

Yo reconozco, como he dicho antes, que existen entre los hombres almas
generosas y superiores, aunque con menos abundancia que entre las
mujeres. Los crmenes originados por los hombres no podan menos de
conmover  algunas de estas almas masculinas, y un gobernante de aquella
poca di una especie de reglamento para la paz humana, dividido en
catorce artculos.

Pero entre los hombres las mejores ideas se transforman y se corrompen.
Hay en ellos un fondo de egosmo que desfigura toda idea generosa apenas
se encargan de implantarla.

No haba un pas que dejase de alabar la paz, pero esta paz deba
hacerse de acuerdo con sus gustos y ambiciones. Todos queran que las
cosas fuesen no como deben ser, sino con arreglo  sus conveniencias. Y
los catorce artculos  puntos se vieron retorcidos y desfigurados de
tal modo, que acabaron por convertirse prcticamente en otras tantas
calamidades. As ocurre siempre con las leyes hechas por los hombres y
aplicadas por los hombres.

Los pueblos sintieron la necesidad de poner remedio  esta demencia
general. Era preciso suprimir las guerras, resolver las cuestiones entre
los pases por medio de tribunales, como se resuelven las diferencias
entre los individuos. Y cada Estado design varios representantes, que
se reunieron en esta ciudad, formando un organismo llamado Sociedad de
las Naciones.

Mientras los oradores se limitaron  pronunciar elocuentes arengas en
nombre de los ms sublimes principios todo march bien; pero cuando la
asamblea tuvo que hacer algo prctico, su trabajo result infructuoso y
tan temible como el de los gobernantes guiados por la ambicin.

Los congresistas, al rehacer el mapa, dieron ms terrenos  unos pases
y se lo quitaron  otros, fundndose en antecedentes histricos,
geogrficos y tnicos. Fu un trabajo de gabinete semejante  los que
hacemos en la Universidad,  inspirado por la mejor buena fe. Pero los
pueblos fuertes y rapaces se rean de sus consejos cuando los
consideraban perjudiciales para su egosmo, y en cambio los exhiban
como obras maestras siempre que eran favorables  sus intereses. Por su
parte, los pueblos adolescentes, ganosos de crecimiento, cuando tenan
un vecino dbil olvidaban  la Sociedad de las Naciones, apelando al
eterno recurso de las armas.

Este perodo sirvi para demostrar que los hombres ya haban dado de s
todo lo que poda esperarse de ellos. El mundo estaba condenado  una
guerra eterna. El egosmo, la acometividad y la astucia se haban
convertido en virtudes polticas, y los pueblos eran tanto ms ilustres
y gloriosos cuanto ms cnicamente las ponan en prctica.

No quiero insistir en las miserias de aquel perodo. La humanidad estaba
en una especie de callejn sin salida. Se realizaban grandes progresos
materiales; pero el alma humana, merced  la enseanza dada por los
hombres, continuaba siendo un alma primitiva, un alma brutal, semejante
 la de las fieras, y tal vez peor, ya que las fieras no conocen la
hipocresa ni saben llorar sobre el cuerpo de sus vctimas.

Afortunadamente haba en nuestro mundo algo ms que hombres. Las
guerras, con sus grandes matanzas y sus dolores colectivos, venan
indignando  las mujeres.

No necesita usted de grandes esfuerzos mentales para formarse una idea
aproximada de lo que ramos las mujeres en este pas antes de que
ocurriese la Verdadera Revolucin. Por lo que he ledo en algunos libros
que trajo el viejo sabio compaero de Eulame, s que las mujeres han
llevado en la tierra de los gigantes, y tal vez llevan todava, una
existencia deplorable. Las rodean de grandes muestras de respeto y
cario, como si fuesen unos animales hermosos desprovistos de alma; los
poetas cantan sus virtudes; pero los hombres se indignan y protestan en
masa siempre que las mujeres piden una participacin directa en el
desarrollo y la direccin del pas que habitan. Mucho besar su mano y
quedar ante ellas con la cabeza descubierta y acoger sus palabras con
gestos galantes de proteccin  admiracin!... Pero apenas representan
un obstculo para el egosmo del hombre, ste las repele  las
atropella, resucitando su animalidad de las pocas remotas.

As, poco ms  menos, ramos nosotras en el tiempo de los emperadores.
Los hombres, para sostener su despotismo, ensalzaban los mritos de la
mujer recluida en la casa, llevando una existencia de esclava y
administrando con economa la fortuna del marido. Las mujeres con el
alma soolienta, sin iniciativas, sin voluntad, y que apenas saban leer
y escribir, resultaban el tipo perfecto de la dama honesta.

Indudablemente seran as las que vi  travs de los ventanales del
palacio imperial el primer Hombre-Montaa que vino  nuestro pas. Pero
el progreso, que transform fulminantemente en los tiempos de Eulame la
vida de los hombres, tambin cambi con no menos rapidez la mentalidad
de las mujeres. Leyeron, salieron  la calle, se interesaron por los
asuntos pblicos, frecuentaron las universidades. Las que eran pobres
quisieron ganar su vida y no deberla  la gratitud amorosa de un hombre,
considerando el trabajo como un medio de libertad  independencia. No
vieron ya un misterio en los estudios cientficos, que haban sido
patrimonio hasta entonces de los hombres, y se asociaron lentamente para
una accin comn todava no bien determinada.

Conozco los trabajos de las mujeres en este perodo de gestacin
revolucionaria. Los conozco no solamente por los libros, sino por algo
ms directo y viviente. Mi abuela fu una de las agitadoras en este
perodo difcil y glorioso.

Le confesar, gentleman, que no todas las mujeres tenan una idea exacta
del papel que les tocaba desempear. Las haba tmidas,
contemporizadoras, sentimentales, de las que necesitan al hombre para
vivir y consideran que el amor es la principal ocupacin femenina.

No las critico ni las excuso; nadie puede decir con certeza quin tiene
razn y quin no la tiene. Cambiamos de creencias con tanta facilidad
los seres humanos!... Antes de que usted viniese  este pas yo pensaba
de un modo, y ahora reconozco que veo las cosas de distinta manera....
Pero no nos salgamos de la leccin.

Digo que eran muchsimas las mujeres convencidas de que los hombres
gobernaban mal, pero que nicamente pretendan colaborar con ellos,
participando de dicho gobierno. Se daban por contentas con que el tirano
les dejase un hueco  su lado, cedindoles una pequea parte de su
soberana. Pero otras (y entre ellas mi valerosa abuela) odiaban al
hombre, estaban convencidas de que ste haba hecho todo lo que poda
hacer, dando pruebas indudables de su incapacidad y su barbarie, y era
intil esperar que se corrigiese, empezando una nueva existencia.
Mientras el hombre gobernase, las leyes seran injustas, la vida
ordinaria una batalla de hipocresas y egosmos, y la guerra la nica
solucin de todas las cuestiones. Haba que vencer al hombre, haba que
dominarlo, obligndole  bajar del pedestal que l mismo se haba
erigido. La nica solucin era tenerle en un estado dependiente 
inferior, igual al de la mujer durante siglos y siglos.

Adivino en su rostro la curiosidad. Se pregunta usted cmo pudo
realizarse esta maravillosa reversin en la preeminencia de los sexos.

Era empresa difcil ... pero al fin triunfamos, como va usted  ver.




VI

Donde el profesor Flimnap termina su leccin


El hombre no slo monopolizaba el gobierno, la justicia, la enseanza y
todos los medios de produccin; guardaba adems las armas, como un
privilegio de su sexo. De qu modo vencer  los hombres, cuando
disponan de instrumentos destructores como jams se conocieron en
nuestra historia?...

Sus caones del tamao de casas, sus fusiles y ametralladoras, que
lanzaban plomo con la misma rapidez que una mquina de coser da
puntadas, podan suprimir instantneamente las manifestaciones
femeninas, por numerosas que fuesen. Adems, la mujer, acobardada por
tantos siglos de servidumbre, tena miedo  los procedimientos de
violencia. Slo las jvenes que haban cultivado sus msculos en los
deportes al aire libre se rean de estos temores de las seoras de
saln. Todas se mostraban acordes al lamentar los crmenes de los
hombres, pero la situacin angustiosa pareca sin remedio....

Y de pronto surgi el hecho providencial y decisivo, un descubrimiento
cientfico que casi puede ser calificado de milagro.

Una de las mujeres nuevas dedicadas  la ciencia orient sus estudios
hacia una finalidad prctica y humanitaria. Quera terminar las guerras
definitivamente, y el medio ms seguro era conseguir la anulacin de
todos los descubrimientos industriales empleados por los hombres para
exterminarse. Un da, para bien de la humanidad, invent unos rayos
prodigiosos, que deban haberse titulado la aurora de la nueva vida,
pero que la sabia mujer, poco dada  los trminos imaginativos, design
ridamente con el nombre de rayos negros.

Estos rayos, proyectados  largas distancias, hacan estallar todas las
materias explosivas, aunque estuviesen preservadas por muros  por
envolturas metlicas. Hasta en el fondo del agua conseguan su objeto
los rayos maravillosos.

La sabia genial era en la vida corriente una mujer de cortos alcances, y
slo presinti en su invencin un medio de llamar al orden  los
humanos, impidindoles que insistiesen en sus guerras; como si esto
fuese posible quedando en manos del hombre la direccin de la Historia.
El _Comit supremo de las reivindicaciones feministas_ vi ms claro que
esta qumica ilustre y simplona. Se fu enterando minuciosamente de sus
trabajos, y  continuacin la guard presa, con toda clase de
miramientos, en una cueva del Club Feminista, para que no pudiese
revelar su secreto  los hombres.

Qu envidia siento al pensar en las mujeres que presenciaron la ms
estupenda de las revoluciones! Cunto me hubiese gustado ver lo que vi
mi madre, que era entonces una nia!... Las muchachas ms valerosas,
acostumbradas  los deportes, montaron una maana en varios aeroplanos,
volando sobre toda la extensin del pas. Cada avin llevaba un aparato
de los inventados por la saba providencial. Eran  la vista unas
simples cajas de las que salan varios chorros de humo tenue y negro.
Estas mangas, al descender del avin, iban pasando sobre la superficie
de la tierra, y toda materia inflamable que tocaban, aunque estuviese
defendida por paredes  oculta bajo el suelo, haca explosin
inmediatamente. As, en unas cuantas horas volaron todos los arsenales,
polvorines y depsitos de municiones existentes en nuestro pas.

Aqu, en la capital, el gobierno de los hombres, asustado por esta
revolucin catastrfica, intent apresar al Comit feminista. Toda la
guarnicin march al asalto de nuestro Club. Esfuerzo intil! El Comit
aguardaba tranquilamente en medio de la calle, armado de los famosos
rayos negros. Le bast proyectarlos, para que una mitad de las tropas
huyesen  la desbandada y la otra mitad quedase tendida en el suelo.

Los soldados vieron cmo sus fusiles estallaban entre sus manos antes de
disparar y cmo se inflamaban las cpsulas en sus cartucheras,
acribillndolos de heridas mortales. Los que estaban ms lejos,
espantados por el fenmeno, arrojaban las armas y se despojaban de sus
bolsas de municiones, viendo en el propio equipo militar un peligro de
muerte. Los oficiales, impulsados por el orgullo profesional, gritaban:
Adelante!, pero el revlver estallaba en su diestra, llevndoles la
mano y el brazo. Los artilleros abandonaban las piezas para huir, en
vista de que los armones llenos de proyectiles se inflamaban solos lo
mismo que si fuesen volcanes, haciendo volar los miembros de los hombres
despedazados.

Gracias  los rayos negros, en unas cuantas horas se cambi el orden
de la vida, y el Comit vencedor se instal en el antiguo palacio
imperial, decretando que haba muerto para siempre el gobierno de los
varones.

Mentira si le dijese que este movimiento feminista fu unnime. Las
prudentes, las contemporizadoras, las amigas del hombre, acudieron
llorosas al Comit para suplicarle que no insistiese en su lucha contra
los tiranos masculinos. Debo aadir que estas conservadoras, faltas de
carcter y de dignidad sexual, eran en aquellos momentos la mayora del
pas. Pero qu revolucin no ha sido hecha por una minora y no se ha
visto obligada  imponerse  la debilidad y el pensamiento miope de los
ms? El gobierno provisional del feminismo no prest atencin  estas
trnsfugas que lamentaban la muerte de los varones de su familia 
teman por la existencia de los que an se mantenan vivos, prefiriendo
su egosmo particular  los intereses del sexo.

El Comit triunfador hizo bien en no oiras. Las revoluciones no se
miden por los dolores que originan, sino por los nuevos beneficios que
aportan al bienestar y la libertad de los humanos.

No quiero entrar en los detalles de la Verdadera Revolucin, pues esto
alargara mucho mis explicaciones. Baste decir que al da siguiente
andaban fugitivos y aterrados por todo el territorio de la Repblica los
hombres, que horas antes se crean eternamente superiores. Era tal el
terror infundido por los rayos negros, que todo el que tena armas se
apresuraba  dejarlas abandonadas en medio de los campos. Los padres y
los maridos miraron con nuevos ojos  las mujeres dentro de sus casas.
Imploraban su proteccin para que intercediesen con el gobierno
femenino.

Como usted adivinar, un movimiento de esta clase no poda quedar dentro
de los lmites de lo que se llamaba antiguamente Liliput. Las mujeres de
Blefusc enviaron una comisin por los aires para pedir  sus hermanas
victoriosas que fuesen  libertarlas de una esclavitud de cuarenta
siglos. Media docena de aparatos y un pelotn de voladoras resultaron
suficientes para que el reino vecino quedase en poder de las mujeres,
muriendo su monarca y los principales dignatarios.

En resumen: bast una semana para que en todos los pases triunfasen las
mujeres, quedando los hombres en un servilismo igual al que haban
infligido  nuestro sexo durante miles de aos. As fu lo que hemos
convenido en llamar la Verdadera Revolucin, tan distinta en sus
resultados  las revoluciones hechas por los hombres.

Pero la muerte de la tirana masculina no era suficiente. Haba que
organizar y gobernar la nueva existencia del mundo, y esto lo hicimos
mucho mejor y con ms rapidez que cuando reunan los hombres su intil
Sociedad de las Naciones para acabar con las guerras.

Como ya no quedaban armas explosivas, y las que se haban salvado de la
destruccin resultaban intiles gracias  los rayos negros, no fu
difcil evitar la reproduccin de los exterminios humanos. No habiendo
ya ejrcitos de hombres, era imposible que resucitase la guerra.

He olvidado decirle que sobre el mar ocurri lo mismo que en las
ciudades. Los aviones del Comit, con sus temibles chorros de luz negra,
suprimieron todas las islas movibles artilladas por los hombres. Apenas
fueron volados unos cuantos de aquellos navos colosales, las
tripulaciones huyeron de los dems, dejndolos abandonados en los
puertos. Algunos flotaron perdidos en el mar, pues los marineros,  la
vista de uno de los aeroplanos femeniles, echaban al agua las
embarcaciones menores, escapando del buque, que era para ellos un volcn
prximo  hacer erupcin. Los submarinos se apresuraron igualmente 
ganar los puertos, vomitando toda su gente. Teman  los rayos negros,
capaces de buscarles en las mayores profundidades.

En una palabra, gentleman: acab el ejrcito y la flota de los hombres
en todas las naciones de nuestra raza. Murieron muchsimos al intentar
la resistencia, y los supervivientes quedaron aterrados despus de una
derrota tan inesperada y completa.

La gran superioridad de nuestro sexo se hizo patente cuando el Comis
femenino, de acuerdo con las mujeres de los otros pases, decret la
apertura de una Asamblea para reglamentar la victoria. Nunca se ha visto
una reunin poltica en que se hablase menos y se adoptasen acuerdos
prcticos con mayor rapidez.

Los hombres, que durante su larga tirana se dejaron dominar siempre por
oradores, creyendo que un varn de buena palabra sirve para todo y lo
sabe todo, han tenido el cinismo de burlarse de las mujeres en muchas
ocasiones, asegurando que somos habladoras.

Y sin embargo, nuestra Revolucin se hizo sin discursos. Slo despus de
pasados algunos aos ha renacido la oratoria en este pas.

Lo primero que acordaron las mujeres fu suprimir las naciones con todos
sus fetichismos patriticos provocadores de guerras. Ya no hubo Liliput,
ni Blefusc, ni Estado alguno que guardase sus antiguos nombres y
diferencias. Todos se federaron en un solo cuerpo, que tom el ttulo de
Estados Unidos de la Felicidad. La capital de esta confederacin
verdaderamente pacfica fu Mildendo, por haber partido de ella el
movimiento libertador; pero se despoj de su nombre, que databa de los
antiguos emperadores, para llamarse en adelante Ciudad-Paraso de las
Mujeres.

Al terminar la influencia de los hombres, disminuy el descontento
social y perdieron su fuerza amenazante las teoras sobre la supresin
de la propiedad, el nuevo reparto de la riqueza y otras utopas. La
mujer es profundamente conservadora y ama la propiedad y el orden. Ella
ha sido la que,  pesar de su papel secundario, mantuvo al hombre en la
razn durante miles de aos y le impidi hacer tonteras irremediables.
Sin ella no hubiese podido subsistir la sociedad. El hombre es tan vano
y presuntuoso, que apenas discurre un disparate para remediar lo que tal
vez no tiene remedio, intenta ponerlo en prctica, lo considera
infalible por ser suyo, y se siente capaz de prender fuego al mundo
entero  cambio de que triunfe su orgullo de autor.

Al gobernar las mujeres, solucionaron por el sentimentalismo y el
instinto lo que los hombres no haban podido arreglar nunca valindose
de su razn. Los ms de los problemas sociales se resolvieron
simplemente suprimiendo la envidia. Pero prescindo de entrar en detalles
y vuelvo  lo que hicieron los primeros organizadores de la Verdadera
Revolucin.

Esta Asamblea, creadora de un mundo nuevo, se di cuenta de que para
consolidar su obra era preciso que las futuras generaciones ignorasen el
pasado. Todo lo que haca referencia al perodo de miles y miles de aos
durante el cual dominaron los hombres qued suprimido. Se destruyeron
los libros, los peridicos, los monumentos, todo lo que pudiera hacer
sospechar  los varones del porvenir la autoridad desptica ejercida por
sus antecesores. nicamente en las bibliotecas de las universidades
conservamos las obras de aquellos tiempos; pero slo tienen permiso para
leerlas los profesores de indiscutible lealtad que se dedican al estudio
de la Historia.

Adems, todos los que se haban considerado hroes y personajes
importantes durante la dominacin masculina fueron enviados  islas
remotas, y murieron obscuramente, lo mismo que Eulame.

Quedaron en poder de las mujeres escuelas y universidades, y slo se di
en ellas una instruccin de acuerdo con las rdenes del gobierno. Si
usted pudiese hablar con las muchachas que frecuentan nuestros
establecimientos de enseanza, se convencera de que no tienen la menor
sospecha de cmo fu el mundo antes de la Verdadera Revolucin. Creen
que las hembras han gobernado siempre y que los varones forman un sexo
dbil y tmido, necesitado de que lo protejan. De hablar usted nuestro
idioma, el gobierno no me hubiese encargado que le contase la historia
nacional, ni yo me habra atrevido  revelrsela,  pesar de la simpata
con que le miro. Piense que le estoy comunicando secretos de Estado y
que una imprudencia puede pagarse con la vida. Nosotros mismos, los
profesores, slo nos atrevemos  hablar da estos sucesos empleando el
ingls, para tener la certeza de que ningn curioso puede entendernos.

Confieso que la Revolucin caus muchas vctimas y que aun hoy el
mantenimiento da sus reformas exige ciertas precauciones que tal vez
parezcan poco humanitarias; pero qu de beneficios nos trajo!... Hace
cincuenta aos que gobiernan las mujeres, y no ha habido una sola guerra
ni asomo de motivo capaz de provocarla en lo futuro. Hemos suprimido las
dos calamidades que excitaban la brutalidad de los hombres: la guerra y
el alcohol. Nuestros gobiernos se suceden provocando luchas da palabra
nicamente: sin choques sangrientos y sin revoluciones. Jams fu tan
bien administrada la fortuna pblica.

Las buenas condiciones de ahorro y de modestia que hubo de aprender la
mujer para la direccin del hogar durante la poca de su esclavitud las
emplea ahora en el gobierno. Los Estados Unidos de la Felicidad son
administrados como una casa donde no se conoce el desorden ni el
despilfarro. Todo marcha con una estricta economa, y sin embargo
nuestro pas no carece de comodidad y de opulencia. Slo aceptamos como
gobernantes  las mujeres que saben realizar el mismo milagro que
realizaban en tiempos del despotismo masculino ciertas esposas  las que
daban sus esposos poco dinero y no obstante mantenan su casa con un
aspecto de abundancia y de regocijo.

Ningn pas, durante los largos siglos de tirana masculina, pudo
alabarse como nosotras da no haber tenido en cincuenta aos un solo
gobernante  un solo empleado que fuese ladrn. Todo lo dirigen las
mujeres: las escuelas, las fbricas, los campos, los buques, las
mquinas de locomocin terrestres y voladoras, y la vida es ms dulce,
ms pacfica que antes. Esto demuestra la injusticia con que la mujer
era mirada en aquellos tiempos nefastos de la tirana hombruna, cuando
se la consideraba apta nicamente para administrar una casa pequea y
cuidar los hijos. Al hombre corresponden ahora estas funciones
secundarias.

Reconozco, gentleman, que nuestro triunfo no ha sido del todo generoso.
Cuando se sufre una esclavitud de miles de aos, el mal recuerdo y la
venganza resultan inevitables. Hoy las mujeres se han acostumbrado  su
situacin dominante, y el amor y la vida ntima en la casa les hacen
mirar con un cario protector  los varones de su familia. Pero en los
primeros aos despus de la Verdadera Revolucin, los hombres lo pasaron
mal. La autoridad tuvo que intervenir muchas veces para aconsejar
prudencia y tolerancia  ciertas amazonas, que, acordndose de los malos
tratos sufridos en otros tiempos, daban todas las noches una paliza 
sus maridos.

Todava quedan entre nosotras espritus conservadores y tradicionalistas
que guardan un odio implacable al antiguo tirano. Estas son,
generalmente, mujeres intelectuales, que, dedicadas  un trabajo mental
y sintiendo ambiciones puramente idealistas, no han tenido tiempo para
pensar en el amor y se mantienen en laborioso celibato.

Yo he vivido tambin as, gentleman, pero no crea que he seguido sus
costumbres.

A estas masculinfobas se las conoce en la calle y en todas partes por
la tenacidad con que muestran su odio  los hombres. Algn da ver
usted  Golbasto, nuestro poeta laureado, la mujer que cant mejor el
triunfo de la Verdadera Revolucin. Es la nica persona que admira y
respeta Momaren, nuestro Padre de los Maestros.

El Consejo Ejecutivo le regal una mquina rodante que tiene la forma de
un guila con una lira en las garras, pero ella ha guardado este tributo
de la gratitud nacional, y prefiere seguir yendo  todas partes, como
otras seoras viejas de su poca, en un carrito ligero tirado por tres
hombres que estn  su servicio, y  los que acaricia frecuentemente con
el ltigo.... Qu piensa usted, gentleman? Adivino en su rostro hace
rato que desea hacerme una pregunta....

Gillespie indic con un movimiento de cabeza que as era, y viendo que
el profesor Flimnap pona los codos en su mesita y la frente entre las
manos para escucharle, se decidi  interrumpir la interesante leccin.

--Habla usted, querido profesor, de que las mujeres lo son todo en este
pas y monopolizan funciones y trabajos; pero yo he visto desde que
llegu unos hombres atlticos que intervienen en la mayor parte de las
operaciones. Es que acaso no son hombres?

--Lo son--contest Flimnap--; pero una sociedad bien organizada como la
nuestra no poda consentir que las mujeres, mucho ms inteligentes que
los hombres, cargasen con los trabajos pesados y enojosos, mientras el
sexo vencido viva en la tranquilidad y la molicie. Es tolerable que no
trabajen los varones que viven recluidos en el hogar como esposas 
hijas y muestran una delicadeza necesitada de proteccin; pero hemos
considerado necesario el aprovechamiento de la fuerza de todos los
hombres atlticos y groseros, para manejar las mquinas peligrosas, para
cargar los objetos pesados; en una palabra, para las funciones que
exigen el msculo y no necesitan de la inteligencia.

Adems, le revelar que todos estos hombres forzudos son descendientes
de los militares y los personajes masculinos que monopolizaban el poder
antes de la Revolucin. Ahora viven aparte, formando una casta especial,
y, por qu no decirlo?, estn sometidos  la esclavitud, y slo la
muerte puede librarles de ella.

No lo hacemos por venganza, sino por necesidad y conveniencia. Ya le
dije que nuestra Revolucin (semejante en esto  todas las revoluciones
de los hombres) ha tenido que valerse de ciertos medios antihumanos, que
benefician  la mayora. La casta de los vencidos vigorosos se reproduce
de un modo alarmante, como todo lo que pertenece  un gnero inferior.
Pero no crea que nos infunde miedo. Nuestra ciencia ha encontrado el
medio de extirpar  estos hombres la memoria y la ambicin. Los hijos
resultan ms estpidos y ms forzudos que los padres. Pasadas unas
cuantas generaciones, estas mquinas de msculos, sin iniciativa ni
voluntad, resultarn perfectas.

En nuestra vida de familia ejerce un miedo salutfero la existencia de
dicha clase inferior. Los hombres obedecen sin discusin  la esposa 
la madre, por miedo  perder las dulzuras de la vida de harn que llevan
en sus casas. Tiemblan de que puedan enviarlos  engrosar el nmero de
los hombres adormecidos interiormente, de los esclavos que slo sirven
para prestar sus fuerzas.

--Y el ejrcito?--pregunt el gigante--. Habla usted, profesor, de que
ya no hay guerras ni puede haberlas, de que termin la casta militar al
perder los hombres el disfrute del gobierno, y desde que llegu aqu he
visto por todas partes  esas muchachas de casco con aletas y espada al
cinto, as como  las otras que tripulan las mquinas voladoras.

El profesor Flimnap mir  un lado y  otro, como si algn indiscreto
pudiese entenderle,  pesar de que hablaba en ingls. Luego dijo,
bajando un poco la voz:

--Eso que ha visto, gentleman, no es un ejrcito. Usted, que conoce,
como unos pocos de nosotros, el gran poder destructivo de las materias
explosivas, qu importancia puede dar  nuestros regimientos, armados
de flechas y lanzas, como en los reinados de los ms remotos
emperadores?...

Pero necesitamos mantener este ejrcito poco temible, porque los
pueblos, aunque vivan en paz, quieren saber que existe una fuerza
pblica capaz de defenderlos. Tambin debe tenerse en cuenta que la
juventud, necesitada de los deportes para consumir una parte de su
exceso de vida, considera la profesin militar como el ms divertido y
gallardo de los juegos.

Sin ejrcito no sabramos qu hacer de todas esas muchachas de veinte
aos, fuertes, animosas, sanas, con una sangre rica que hace arder su
piel  hincha sus msculos. Andaran sueltas por ah, perturbando la
tranquilidad de la Repblica; molestaran  los hombres tmidos,
inclinados  la modestia y el recogimiento, y quin sabe si acabaran
por raptarlos!... Con el ejrcito, estas energas sueltas se canalizan
hacia la gloria militar, y aunque la tal gloria no exista, su ilusin
nos proporciona la tranquilidad. Ms adelante, al entrar en aos, las
muchachas de la Guardia y las del casco con aletas, como usted dice, se
hacen prudentes y mesuradas, se casan y forman una familia. Pero si
usted viese lo que dan que hacer mientras tanto  sus coroneles y
capitanes, personas expertas que han tenido hijos y conocen las
exigencias de la vida!...

A lo mejor, el jefe de una legin nota el malestar de sus soldados. Se
muestran melanclicos y plidos, parece que suean despiertos, aspiran
el aire como si les trajese perfumes y msicas. Esta epidemia militar es
ms frecuente en la primavera que en el resto del ao.

Maana, maniobras, ordena el jefe. Y al da siguiente salen al campo
las tropas  disparar flechas y tirar lanzazos al aire; marchan
largusimas jornadas, duermen  la intemperie sobre el duro suelo, pasan
ros  nado, comen mal, y al fin, toda esta hermosa juventud vuelve
abrumada de cansancio, pero sana de pensamiento y curada por algunos
meses de su inquieta y misteriosa enfermedad.

Nosotros, gentleman, sostenemos un ejrcito por exigencias de la moral:
para que no se perturben las abstinencias virtuosas que debe guardar la
juventud.

--Pero yo--dijo el gigante--he visto hombres en ese ejrcito: atletas
barbudos con traje de mujer y grandes cimitarras, que iban  caballo y
eran mandados por oficiales hembras.

--Cierto--contest el profesor--; pero esos hombres, en realidad, no
pertenecen al ejrcito; ms bien son esclavos, como los atletas que se
dedican  los rudos trabajos de fuerza. Nuestro ejrcito es  modo de
una aristocracia femenil, y no puede encargarse de las funciones de
polica, que considera faltas de gloria.

Necesitbamos una fuerza pblica que velase por la seguridad individual,
que persiguiese  los ladrones y los homicidas, y hemos dedicado al
hombre  esta funcin demasiado ordinaria. Adems, cuando hay algn
motn en las calles por causas frvolas de nuestra vida econmica, esa
tropa es la que restablece el orden entre silbidos y pedradas, lo que
proporciona el resultado saludable de que los hombres sean nuevamente
odiados por las mujeres.

--Y no sufre la vanidad femenil al verse dominada en la calle por un
hombre  caballo y con armas, lo mismo que en los tiempos de la tirana
masculina?

--Oh, gentleman!--dijo el profesor con acento de reproche--. En la vida
no puede ser todo perfecto y lgico. Tambin entre ustedes, segn he
ledo, hubo pueblos que encargaron su polica  gentes de otros pases,
y el extranjero poda perseguir y pegar al nacional en nombre del orden.
Igualmente, en la tierra de los gigantes, cuando ocurran choques
sociales, el rico no guarda con sus brazos la propia riqueza, puesta en
peligro por la envidia revolucionaria de los pobres, sino que paga 
otros pobres vestidos con un uniforme para que repelan y maten  sus
compaeros de miseria.

Gillespie, desconcertado por esta lgica, qued silencioso por algunos
momentos. Luego aadi, con un deseo de tomar el desquite:

--Pero los guerreros masculinos estn mandados por oficiales hembras,
sin duda para mantener los privilegios del sexo. No temen ustedes que
esos atletas brutales falten al respeto  sus jefes y atenten contra
ellos?

El profesor Flimnap se ruboriz y dijo con apresuramiento:

--No tema eso, gentleman. Ya le he hablado de nuestra ciencia, y con la
misma ligereza que extirpa la voluntad y la memoria  los esclavos
forzudos, puede extirpar tambin otras cosas. Crea usted que esos
hombres de la cimitarra,  pesar de su aspecto terrible, slo piensan en
comer y en conservar su caballo limpio y brillante.

--Usted me ha hablado, profesor, de su flota, compuesta de buques que
navegan sobre el agua y debajo del agua. Recuerdo que la escuadra del
Sol Naciente remolc mi bote hasta el puerto.

--As es--contest el catedrtico--. Los Estados Unidos de la Felicidad
tienen una flota numerosa, dividida en tres escuadras: la del Sol
Naciente, que navega  lo largo de estas costas; la del Sol Poniente,
que guarda el otro lado del mar, y la de las Islas. Los nuevos buques
son un resultado del triunfo de la Verdadera Revolucin. Al quedar
suprimidos los caones y los torpedos por los rayos negros, nuestros
navos, cuando estn sobre el agua, emplean las flechas, las piedras y
otras armas arrojadizas de los tiempos remotos. Si pudiesen existir
guerras bajo nuestro gobierno, stas se desarrollaran en las
profundidades submarinas, y para tales combates nuestros buques cuentan
con un aparato poderoso, un cable metlico en forma de lazo, que se
mueve  travs de las aguas con la agilidad de una serpiente, subiendo,
bajando, retorcindose, hasta que envuelve al barco enemigo en sus
anillos y lo inmoviliza, arrastrndolo prisionero.

Como todo buque tiene la misma arma agresiva, un combate naval es  modo
de una lucha de pulpos en los abismos martimos, entrelazando la maraa
de sus patas metlicas, tirando el uno del otro, hasta que el ms hbil
 el ms forzudo consigue paralizar al adversario. Adems, los navos
estn armados con unos aparatos que hacen oficio de tijeras para cortar
los cables metlicos del enemigo.

Adivino sus nuevas preguntas, gentleman. Quiere usted saber para qu
sirve nuestra flota, y yo le dir que para lo mismo que sirve nuestro
ejrcito. La juventud entusiasta, que no gusta de los uniformes de las
tropas terrestres y desea viajes y aventuras, entra  prestar sus
servicios en las tres escuadras de nuestra Federacin  en la flota
area.

Si pregunta usted lo mismo  uno de nuestros gobernantes, le dir que
todos esos buques sirven para mantener la libertad de los mares. Pero yo
me ro un poco de ello. Cuando triunf la Verdadera Revolucin y los
rayos negros volaron los navos de guerra de entonces  los
acorralaron en los puertos, existi la libertad de los mares,  pesar de
la falta de buques armados, lo mismo que ahora que mantenemos tres
escuadras.

La supresin del armamento moderno ha acabado con las guerras, pero no
con la profesin militar. Si no hubiese ejrcitos, mucha gente joven se
encontrara desorientada, no sabiendo qu hacer de sus actividades.
Sera difcil viajar entonces por los caminos. Los que nacieron para
hroes, cuando no pueden ser hroes acaban dedicndose  ladrones de
carretera.

Hubo un largo silencio. Gillespie estaba pensativo, y al fin pregunt:

--Y nadie guarda memoria de cmo fueron los poderosos medios
destructivos antes del triunfo de las mujeres?...

El profesor pareci dudar, pero al fin dijo con entereza:

--Nadie. Y si alguno lo supiera, aparte de nosotros los estudiosos,
procurara olvidarlo, por ser un secreto cuya revelacin acarrea la
muerte. No todos los armamentos fueron destruidos por los rayos
negros. Era tan enorme el material de guerra, que permanecieron
intactas grandes cantidades en muchas poblaciones de la Repblica. Estos
caones, fusiles, ametralladoras y dems herramientas mortferas, as
como grandes montaas de proyectiles, estn guardados en los vastos
gabinetes histricos de las universidades, y nicamente nosotros los
conocemos.

Algunos gobernantes tmidos hablaron diversas veces de destruir todo
esto, pero desistieron al fin, pensando que van transcurridos cincuenta
aos y la explosin  inutilizacin de tales materiales servira para
despertar la curiosidad de las gentes de ahora, que no tienen la menor
idea de su existencia. Usted no sabe lo bien que ha trabajado nuestra
instruccin pblica para borrar el pasado.

Yo creo adems que no representa peligro alguno la conservacin de dicho
armamento. Qu podran hacer con l los que intentasen utilizarlo? Dos
mujeres con un pequeo aparato de rayos negros bastaran para destruir
todas las armas antiguas, y con ellas  los imprudentes que pretendiesen
usarlas.

El gigante todava quiso saber algo ms.

--Y los hombres se resignarn eternamente  su decadencia? No temen
ustedes que algn da surja entre ellos otro Eulame que los lleve  la
reconquista de su antigua superioridad?...

Le parecieron tan disparatadas estas preguntas al profesor, que las
acogi con grandes risas.

--Imposible, gentleman--dijo al fin--. Slo puede emitir esa hiptesis
el que no conozca cmo hemos organizado nuestra sociedad despus de la
Verdadera Revolucin. Todos los malvados principios inventados por el
egosmo de los varones, cuando stos dominaban  las hembras, los hemos
resucitado nosotras ahora para su esclavitud moral. Las mujeres
intelectuales que influyen en la organizacin presente (nuestros poetas,
nuestros filsofos, nuestros moralistas) se muestran acordes en absoluto
al enumerar y definir las virtudes masculinas. Un hombre honesto y de
buena familia debe salir poco de casa, preocuparse nicamente de su
administracin, educar  los hijos pequeos, oir en silencio  su esposo
femenino, sin contradecirle nunca; evitar las conversaciones sobre cosas
pblicas, que corresponden nicamente  las mujeres.

As son los hombres de nuestras familias distinguidas, nicos varones
que resultan temibles porque conservan ntegra su inteligencia. Dos
generaciones educadas con arreglo  nuestro sistema han bastado para que
los hombres no guarden el menor recuerdo de lo que fu su dominacin en
otros tiempos y se resignen  su estado actual, encontrando dulces
placeres dentro de la vida domstica y una felicidad pasiva en sentirse
dirigidos por la mujer....

No le ocultar, gentleman, que recientemente se nota cierta
transformacin en los hombres. Hay una juventud masculina que se burla
de la mansedumbre de sus padres, de su falta de aspiraciones, de su
esclavitud domstica. Estos muchachos pretenden ir solos por las calles
y miran  las mujeres audazmente, sin bajar los ojos ni cubrirse con el
manto. Carecen de recato y de modestia. Los hay que hasta dan citas 
los oficiales de la Guardia y pasean con ellos por las afueras de las
ciudades.

Ahora empiezan  fundar crculos hombrunos, en los que discuten sobre su
estado presente y forjan planes de emancipacin, hablando pestes contra
las mujeres. Ya existen dos clubs de esta clase, slidamente
constituidos uno de solteros y otro de casados.

Hasta hay jvenes que escriben, usurpando la pluma a las mujeres. Esto
indigna  nuestros venerables personajes del tiempo de la Verdadera
Revolucin que an no han muerto, los cuales son partidarios del mtodo
antiguo y proclaman la necesidad de que el hombre, para ser virtuoso,
debe vivir metido en su casa y no saber leer.

Algunos jovenzuelos audaces forman agrupaciones con el nombre de Partido
Masculista. Su doctrina la titulan el Varonismo. Pero debo aadir que
las mujeres se ren de esto, y los diarios lo aprovechan como un tema de
burlas  ironas para divertir  sus lectores.

Dentro de las casas la rebelin de los varonistas suele tener ms
importancia. A veces, la mujer, duea absoluta del hogar, como lo exigen
las buenas costumbres, se ve obligada  poner mal gesto y  infundir un
poco de miedo  su compaero masculino, pues ste pretende usurparle sus
funciones y grita que no quiere ser esclavo.

Me dir usted que as empezaron las mujeres antes de la Verdadera
Revolucin; pero el caso no es el mismo. Solamente puede soar con la
conquista del poder quien posea las armas, y mientras los rayos negros
hagan su trabajo destructor, nuestros antiguos dspotas no llegarn 
conseguir que renazca el pasado.




VII

El ms grande de los asombros de Gillespie


Siempre que el doctor Flimnap se presentaba con algn retraso en el
alojamiento del gigante, crea necesario explicar el motivo de su
tardanza.

--Esta maana no pude venir, gentleman, porque asist  una reunin de
autores de la _Gran Historia de las Mujeres Clebres._ Necesitaba dar
cuenta del estado actual del tomo cincuenta y cuatro, de cuya redaccin
estoy encargado. Falta poco para que lo termine, pero con la llegada de
usted tuve que suspender tan importante trabajo.

Y como Gillespie mostrase cierta curiosidad por la enorme obra, el
profesor le di explicaciones sobre su carcter y sus tendencias.

Era el Padre de los Maestros el que la haba ideado, con la noble
ambicin de hacer olvidar hasta los ms remotos vestigios de la soberbia
masculina. Momaren consideraba necesario demostrar al mundo actual que
los grandes benefactores de la humanidad y del progreso haban sido
siempre mujeres. Los creadores de religiones, los filsofos, los santos,
los inventores, todos haban pertenecido al gnero femenino; pero los
hombres, para apropiarse su gloria, falseaban las viejas crnicas,
incorporando  su sexo estas hembras gloriosas.

Gracias  la revisin histrica ideada por Momaren, todo iba  quedar en
su verdadero lugar, y las generaciones futuras se enteraran de que en
ningn tiempo haba existido un hombre verdaderamente clebre, pues los
que aparecan en la Historia como tales eran mujeres que los varones
haban cambiado de sexo.

Edwin, al oir mencionar al Padre de los Maestros, quiso saber por qu
razn su mquina rodante y su litera tenan la forma de una lechuza.

--En nuestro pas, gentleman--continu el profesor--, procuramos dar 
todos los objetos una forma artstica y simblica, de acuerdo con los
gustos  la profesin de sus dueos. La lechuza es el emblema de nuestra
ciencia. A semejanza de este animal nocturno, el sabio vela mientras los
dems seres duermen.

Flimnap quiso hacer un regalo  su protegido. Del mismo modo que ella
gustaba de contemplar  Gillespie  travs de una lente de disminucin,
dese que ste emplease una lente de aumento para verla.

--Temo, gentleman, que sus ojos, acostumbrados  abarcar nicamente las
cosas enormes, no lleguen  distinguir los detalles y delicadezas de una
mujer pequea como yo.

Y el profesor, al decir esto, se ruborizaba, bajando los ojos.

Al fin, una tarde, al salir del plato-ascensor, recomend  dos
servidores que cargasen con un disco de cristal llegado con ella. Era
del tamao de una rueda de carreta, y haba sido labrado en el Palacio
de Ciencias Fsicas de la Universidad Central. Flimnap se excus de
traer con retraso esta lente, que haba prometido para el da anterior.

--No es ma la culpa, gentleman. El profesor de Fsica tuvo esta maana
un hijo, y esto le ha hecho retrasar unas cuantas horas la entrega del
cristal.

Aprovech la ocasin Gillespie para preguntar algo que le traa
preocupado desde que supo la gran victoria de las mujeres. Cmo haban
conseguido las vencedoras, dedicadas la mayor parte del tiempo  los
asuntos pblicos, emanciparse de la servidumbre de la maternidad?

--Oh, gentleman!--dijo Flimnap--. Eso poda ser un problema en otra
poca, cuando la ciencia estaba an en sus descubrimientos elementales.
La maternidad entre nosotros no representa ya mas que una corta
molestia. Un simple resfriado da ms que hacer y obliga  mayores
prdidas de tiempo. Este progreso de la ciencia es el que ms ha
favorecido nuestra emancipacin. Las mujeres slo tienen que preocuparse
por unas horas del acto maternal,  inmediatamente vuelven  sus
trabajos, sin guardar huella alguna del accidente. Mi colega el profesor
de Fsica debe estar  estas horas trabajando en su laboratorio.

--Pero quin cuida  los hijos?--pregunt el gigante.

--Les cuidan los varones, como es su deber. Antes de venir aqu he
visitado  la esposa masculina de mi colega el profesor de Fsica, que
estaba en la cama con su pequeo. Son los hombres los que se acuestan
para dar calor al recin nacido, mientras las mujeres vuelven  sus
funciones, momentneamente interrumpidas, para ganar el dinero que
necesita la familia.

El gigante lanz una carcajada que hizo temblar el techo de la Galera,
levantando un eco tempestuoso. Despus, al serenarse, cont al profesor
que muchos pueblos salvajes, all en la tierra de los gigantes, haban
seguido la misma costumbre.

--Es que esas pobres gentes--dijo el sabio con sequedad--presentan sin
saberlo el triunfo de las mujeres.

Su enfado por las risas del Gentleman-Montaa no dur mucho. Adems,
Gillespie, queriendo desenojarla, se coloc bajo una ceja la lente que
le haba regalado para que la contemplase. El enorme cristal estaba
pulido con una perfeccin digna de los ojos de los pigmeos, los cuales
podan distinguir las ms leves irregularidades de su concavidad.

Vi Edwin  su amiga,  travs del ntido redondel, considerablemente
agrandada. A pesar de su obesidad era relativamente joven, sin una
arruga en el plcido rostro ni una cana en la corta melena. Gillespie,
que la crea de edad madura, no le di ahora ms de treinta aos, y
acab por sonreir, agradeciendo la mirada de simpata y admiracin que
el profesor le enviaba  travs de sus anteojos de miope.

Luego se di cuenta de que el profesor,  pesar de la severidad de su
traje, llevaba sobre su pecho un gran ramillete de flores. Flimnap acab
por depositarlo en una mano del gigante, acompaando esta ofrenda con
una nueva mirada de ternura.

Lo nico que turbaba su dulce entusiasmo era ver que la cara del coloso
se haca ms fea por momentos. Aquellas lanzas de hierro que iban
surgiendo de los orificios epidrmicos tenan ya la longitud de la mitad
de uno de sus brazos. Haba dirigido en las ltimas veinticuatro horas
dos memoriales al Consejo que gobernaba la ciudad pidiendo que le
facilitase una orden de movilizacin para reunir  todos los barberos y
hacerles trabajar en el servicio de la patria. Pensaba dividirlos en
varias secciones que diariamente cuidasen de la limpieza del rostro del
Gentleman-Montaa, as como de la corta del bosque de sus cabellos.

Al fin su tenacidad haba vencido la pereza tradicional de las distintas
oficinas por las que tuvo que pasar su demanda.

--Maana, gentleman, vendrn  afeitarle y  cortarle el pelo. Dnde
quiere usted que se realice la operacin?...

El prisionero prefiri el aire libre. Era un pretexto para permanecer
ms tiempo fuera de aquel local, cuyo techo pareca agobiarle,  pesar
de que se levantaba un metro por encima de su cabeza. Flimnap di
rdenes para la gran operacin del da siguiente, poniendo en movimiento
 la servidumbre del gigante. Pero estas rdenes, aunque el profesor
recomend  su gente el mayor secreto, circularon por la ciudad.

Cuando los carpinteros, poco despus de la salida del sol, colocaron el
taburete del Hombre-Montaa en medio de la meseta, al pie de la cual se
extenda el casero de la Ciudad-Paraso de las Mujeres, una muchedumbre
llenaba ya todo el declive, avanzando poco  poco hacia lo alto,  pesar
de los jinetes que intentaban mantenerla inmvil y  cierta distancia.

Los periodistas, siempre  caza de novedades, haban averiguado en la
noche anterior las disposiciones de Flimnap, y todos los diarios de la
capital anunciaron por la maana el primer rasuramiento y la primera
corta de cabellos del gigante despus de su llegada  las costas de la
Repblica, lo que hizo que los desocupados acudiesen en grandes masas
para presenciar tan curioso espectculo.

Gillespie mostr extraeza al salir de su alojamiento y ver  esta
muchedumbre inesperada. Pero el da era hermoso, dentro de su encierro
haba una penumbra glacial, y crey preferible sentarse al sol, teniendo
en torno  su taburete un espacio completamente libre de gente.

El alarido con que le salud la muchedumbre extendida colina abajo fu 
modo de un saludo risueo. Sobre los miles de cabezas empez  subir y
bajar una nube de gorras echadas en alto.

--Excelente y simptico pueblo!--dijo Gillespie, saludndole con una
mano.

Y mientras una nueva ovacin acoga estas palabras, ruidosas como un
trueno  incomprensibles para el pblico, el gigante fu  sentarse en
su escabel.

La diverta contemplar cmo aquellos jinetes masculinos, barbudos y con
cimitarra, mandados por oficiales hembras, repelan  la muchedumbre
para que no avanzase hasta las puntas de sus zapatos. A un lado del gran
espacio completamente libre vi Gillespie un grupo de hombres que iba
descargando de cinco carretas varios cubos llenos de una materia blanca,
as como ciertos aparatos misteriosos envueltos en fundas y una gran
tela arrollada lo mismo que un toldo. Deba ser el primer grupo de
barberos que entraba  prestar sus servicios.

Gillespie se sinti inquieto al darse cuenta de que el universitario no
haba llegado an,  pesar de las promesas hechas el da anterior.

--Profesor Flimnap!--grit varias veces.

La muchedumbre pretendi imitar su voz, lanzando varios rugidos
acompaados de risas. El bondadoso traductor permaneca invisible.
Gillespie, irritado por esta ausencia, empez  agitarse con una
nerviosidad amenazante para los pigmeos que se hallaban cerca de l.

De pronto se tranquiliz al ver que un hombre de larga tnica y envuelto
en velos, que haba permanecido hasta entonces inmvil en la puerta de
la Galera, se aproximaba  su asiento. Cuatro esclavos le seguan,
llevando  hombros una larga escala de madera. La aplicaron  una
rodilla del gigante, y el hombre subi sus peldaos con agilidad, 
pesar de las embarazosas vestiduras, procurando que los velos
conservasen oculto su rostro.

Al quedar de pie sobre un muslo del Hombre-Montaa, indic con gestos su
deseo de colocarse ms en alto para hablarle. El gigante lo tom
entonces con dos dedos de su mano izquierda, lo deposit en la palma
abierta de su mano derecha y lo fu subiendo lentamente, hasta muy cerca
de su rostro. Esta ascensin desorden las envolturas del hombre velado,
quedando su rostro al descubierto.

--Gentleman--dijo en un ingls tan perfecto como el del profesor--, yo
pertenezco  su servidumbre, y creo que de todos los presentes soy el
nico que conoce su idioma. No s dnde est el doctor Flimnap; tambin
me extraa su tardanza. Pero si el gentleman desea algo, aqu estoy para
traducir sus deseos.

El hombrecito de los velos blancos tuvo que callar repentinamente para
afirmarse sobre sus pies y no caer de una altura tan enorme.

La mano de Gillespie haba temblado con la emocin de la sorpresa. El
pigmeo que tena junto  sus ojos presentaba una rara semejanza con su
propia persona. Era un Edwin Gillespie considerablemente disminuido; sus
mismos ojos, su mismo rostro, igual estatura dentro de las proporciones
de su pequeez. Hasta crey que su voz tena el mismo timbre,
considerablemente debilitado. Pareca que era l mismo quien hablaba
desde una larga distancia.

De todas las maravillas que haba visto en la Repblica de los pigmeos,
sta era la ms asombrosa. Lament haber dejado dentro de la Galera,
sobre su mesa, la lente de aumento regalo del profesor.

--Quin es usted?--pregunt el gigante--. Cmo se llama? A qu
familia pertenece?...

El hombrecillo,  pesar de que estaba en las alturas, mir en torno con
cierta inquietud, temiendo que alguien pudiese escucharle.

--Son demasiadas preguntas, gentleman, para que las conteste aqu--dijo
con una voz extremadamente dbil, persistiendo en su miedo de ser
odo--. Bstele saber que mi protector es Flimnap, y que l me coloc
entre sus servidores despus de haberle prometido yo que nadie vera mi
rostro. nicamente al notar la impaciencia del gentleman, y con el deseo
de serle til, me he atrevido  faltar  mi promesa. Le suplico que no
cuente nunca al profesor que me ha visto sin velos.

Iba  hablarle Gillespie, cuando llegaron  sus odos los gritos de un
grupo de pigmeos que se agitaba junto  sus pies, mientras otros suban
ya por la escala de madera hasta una de sus rodillas.

Eran los barberos y sus servidores, que, una vez terminados los
preparativos de la operacin, queran empezarla cuanto antes. Algunos
tenan tienda abierta en la capital, y deseaban volver pronto  sus
establecimientos, donde les aguardaban los clientes. Estos trabajos
extraordinarios y patriticos por orden del gobierno no eran dignos de
aprecio, pues se pagaban tarde y mal.

Gillespie habl rpidamente al joven vestido de mujer, para convencerse
de que viva cerca de l, en el mismo edificio.

--Cuando terminen de afeitarme--le orden--suba  mi mesa y
conversaremos solos. Me inspira usted cierto inters y quiero
preguntarle algunas cosas.

Suavemente baj la mano, no hasta su rodilla, sino hasta el mismo suelo,
procurando, que el joven no sufriese rudos vaivenes en tal descenso.
Luego se entreg  los barberos que invadan su cuerpo. Flimnap no iba 
venir, y era intil retardar la operacin.

Sinti cmo aquellos hombrecillos suban  la conquista de su rostro lo
mismo que un enjambre de insectos trepadores. Tena ahora una escala
apoyada en cada una de sus rodillas; sobre los muslos se alzaban otras
escalas ms grandes, cuyo remate vena  apoyarse en sus hombros, y por
todas ellas se desarrollaba un continuo subir y bajar de seres
diminutos, agitndose como marineros que preparan una maniobra.

En cada uno de sus hombros se coloc un grupo de aquellos siervos medio
desnudos que se dedicaban  los trabajos de fuerza. Mantenindose sobre
estos lomos, curvos, resbaladizos y cubiertos de tela en la que hundan
sus pies, fueron desenvolviendo dos rollos de cable. Partieron de abajo
unos silbidos de aviso, y poco  poco izaron,  fuerza de bceps, una
enorme lona cuadrada, que serva de toldo en el patio del palacio del
gobierno cuando se celebraban fiestas oficiales durante el verano. Esta
tela, gruesa y pesada como la vela mayor de uno de los antiguos navos
de lnea, la subieron lentamente, hasta que sus dos puntas quedaron
sobre los hombros del gigante, unindolas por detrs con varias espadas
que hacan oficio de alfileres. De este modo las ropas del
Hombre-Montaa quedaban  cubierto de toda mancha durante la laboriosa
operacin.

Los barberos eran mujeres y pasaban de una docena. El ms antiguo de
ellos, de pie en uno de los hombros y rodeado de sus camaradas, daba
rdenes como un arquitecto que, montado en un andamio, examina y dispone
la reparacin de una catedral.

Empezaron los hombres de fuerza  tirar de otras cuerdas para subir al
extremo de ellas grandes cubos llenos de un lquido blanco y espeso. Al
mismo tiempo, por las escalas ascendan nuevos servidores llevando unas
escobas de crin sostenidas por mangos largusimos. Estas escobas fueron
metidas en los cubos desbordantes de jabn lquido, y los servidores
empezaron  embadurnar con ellas las mejillas del gigante, consiguiendo,
despus de una enrgica rotacin, dejarlas cubiertas de colinas de
espuma.

La muchedumbre ri al ver la cara del coloso adornada con estas vedijas
blancas, y tal fu su entusiasmo, que, rompiendo con irresistible empuje
la lnea de jinetes, lleg hasta muy cerca de los enormes pies.

Mientras tanto, los maestros barberos empuaban dos largos palos
rematados por hojas frreas,  modo de guadaas bien afiladas, que iban
 limpiar el rostro del gigante de su dura vegetacin. Cada uno de los
aparatos era manejado por tres barberos, que rascaban con energa este
cutis humano ms grueso que el de un elefante del pas, llevndose una
gruesa ola de espuma, con las caas negras de los pelos cortadas al
mismo tiempo.

Abajo, en torno de las piernas del Hombre-Montaa, el desorden iba en
aumento. Los jinetes eran escasos para contener la creciente muchedumbre
de curiosos. Adems hacan mayor la confusin muchas familias de la alta
sociedad, que, al enterarse por los peridicos de un espectculo tan
inesperado, llegaban ansiosamente sobre sus rpidos vehculos. Estas
gentes privilegiadas se iban colocando junto al coloso, sin que los
oficiales de la polica se atreviesen  hacerles retroceder.

Los barberos que trabajaban en una de las mejillas de Edwin, viendo su
guadaa completamente cubierta de espuma, creyeron necesario limpiarla
con un palo antes de continuar su labor.

--Atencin los de abajo!--grit el ms prudente.

Y desde la considerable altura de los hombros del gigante se desplom
una bola espesa de jabn del tamao de dos  tres pigmeos. Este
proyectil atraves el espacio como un blido semilquido, cayendo
precisamente sobre uno de aquellos jinetes barbudos y de voz atiplada
que movan su alfanje para que retrocediese la muchedumbre. Chap!!...

El caballo dobl sus rodillas bajo el choque, para volver  levantarse
encabritado, emprendindola  coces con los curiosos ms prximos.
Mientras tanto, el guerrero vestido de mujer haca esfuerzos por
librarse de aquella envoltura pegajosa, en la que flotaban unos caones
duros, negros y cortos.

En el lado opuesto ocurra al mismo tiempo una catstrofe semejante.
Acababa de llegar en su litera, llevada por cuatro esclavos, la esposa
masculina del Gran Tesorero de la Repblica: un varn bajo de estatura,
cuadrado de espaldas, barrigudo, y que asomaba su barba de pelos recios
entre blancas tocas.

--Ojo con lo que cae!--grit otro barbero al limpiar su guadaa.

Y la nube de jabn vino  desplomarse precisamente sobre la litera de Su
Excelencia, que se volc bajo el golpe, derribando  dos de sus
portadores.

Tales incidentes obligaron  los jinetes de la polica  dar una carga,
haciendo retroceder  la muchedumbre. Volvi  abrirse un ancho espacio
en torno al coloso, y slo quedaron en este lugar descubierto los
vehculos de las gentes distinguidas.

As pudieron los barberos continuar tranquilamente el rasuramiento de
Edwin, dejando caer sus proyectiles de espuma densa, que al esparcirse
sobre la tierra hacan saltar inquietos y asustados  los corceles de
los guardias. Cuando dieron por terminada esta operacin, se dedicaron
al corte de los cabellos del gigante, trabajo ms rudo y peligroso.

Armados de un sable corvo que llevaban sostenido entre los dientes, iban
trepando por las laderas del crneo, agarrndose  los haces de cabellos
como si fuesen los matorrales de una montaa. Luego, apoyndose
solamente en una mano y blandiendo la cimitarra con la otra, daban
golpes  diestro y siniestro en la espesa vegetacin. Este trabajo
divirti ms al pblico que el anterior,  causa de la destreza de los
trepadores y del peligro que arrostraban. Podan matarse si perdan pie
 tan enorme altura.

Un gran personaje distrajo momentneamente la atencin de los curiosos.
Se abri ancho camino en la muchedumbre para dejar paso hasta el espacio
descubierto  un carruajito de dos ruedas, en figura de concha, tirado
por tres esclavos melanclicos que llevaban por toda vestidura un trapo
en torno  sus vientres. Estas bestias humanas iban guiadas por una
mujer, seca de cuerpo, con nariz aquilina, ojos imperiosos y un ltigo
en la diestra. La corona de laurel que adornaba sus sienes sirvi para
que la reconociesen hasta aquellos que haban llegado recientemente  la
capital.

--Es Golbasto; es el poeta--decan todos mirndola con admiracin.

Ella atraves el gento sonriendo protectoramente como un dios, pas
igualmente entre los oficiales hembras, que la saludaban como  una
gloria nacional, y consider que deba colocarse por su rango  la
cabeza de todos los vehculos privilegiados,  sea junto  las piernas
del gigante.

Las gentes distinguidas dejaron de mirar al Hombre-Montaa para fijarse
en el gran poeta, y esto hizo que Golbasto creyese necesario murmurar
algunas palabras, como si fueran dirigidas  ella misma, para
corresponder al homenaje mudo de sus admiradores. Sus ojos,
acostumbrados  las vertiginosas alturas de la sublimidad ideal, se
remontaron por los perfiles de la masa grosera del gigante hasta llegar
 la cspide donde trabajaban los barberos hembras.

--Qu audacia! Qu seguridad!--dijo con una voz cantante que pareca
exigir acompaamiento de liras--. nicamente las mujeres son capaces de
realizar un trabajo tan arriesgado.

As como los barberos iban cortando la vegetacin capilar, la
amontonaban en haces, atando stos con un cabello suelto, lo mismo que
si fuesen gavillas de trigo. Ya eran tantos, que los segadores se movan
con dificultad, y uno de ellos empuj involuntariamente uno de los
haces, hacindolo rodar por las laderas del crneo.

Grit, agitando su sable, para avisar el peligro; pero la pesada gavilla
fu ms rpida que su voz, y vino  caer sobre la poetisa, doblndola
bajo su fardo asfixiante. Corrieron  salvarla los oficiales que haban
echado pie  tierra y muchos de los curiosos privilegiados. La gloriosa
mujer daba chillidos creyndose herida de muerte, y la muchedumbre, 
pesar de su admiracin, acab por reir de ella con alegre irreverencia.

Al verse sentada otra vez en su carruaje, libre de aquella avalancha
fustigadora, igual  un haz enorme de caas, el susto que haba sufrido
se convirti en orgullosa clera.

--Animal grosero!--grit enseando el puo  Gillespie, como si ste
fuese el autor del atentado contra su divina persona--.
Hipoptamo-Montaa!... Hombre habas de ser!... Y pensar que un gran
pueblo se interesa por ti!...

Enardecindose con sus propias palabras, di un fuerte latigazo  una de
las pantorrillas del gigante. Despus envolvi en otro latigazo  sus
tres corceles humanos, y stos, que conocan el idioma de la
flagelacin, salieron al trote, haciendo pasar el carruajito entre la
muchedumbre.

La agresividad de la poetisa casi origin una catstrofe.

El Hombre-Montaa, al sentir el escozor del latigazo en una pantorrilla,
se llev  ella ambas manos, inclinndose. Los que trabajaban en la
cspide de su crneo perdieron el equilibrio, agarrndose  tiempo  las
fuertes malezas capilares para no derrumbarse de una altura mortal. Dos
hombres forzudos que estaban sobre un hombro cayeron de cabeza, y se
hubieran hecho pedazos en el suelo de no quedar detenidos por un pliegue
de la enorme lona que cubra el pecho del gigante.

La escala apoyada en una de sus rodillas perdi el equilibrio,
derribando de sus corceles  tres de los jinetes barbudos y dejndoles
mal heridos. Varios de sus compaeros desmontaron para llevarlos al
hospital ms prximo.

Descendieron los barberos de la cabeza del gigante, declarando terminada
la operacin. La caballera di una carga para ensanchar el trozo de
terreno libre y que el Hombre-Montaa pudiera levantarse, volviendo  su
vivienda sin aplastar  los curiosos.

As termin el trabajo barberil, y la muchedumbre empez  retirarse
satisfecha de lo que haba visto y proponindose volver  presenciarlo
tan pronto como lo anunciasen los peridicos.

Comi Gillespie  medioda, sin que el profesor Flimnap apareciese sobre
su mesa. Varias veces gir su vista en torno, buscando al hombrecito de
vestiduras femeniles que tan semejante era  l. Alcanz  distinguir en
diversos lugares de la Galera, entre los esclavos ligeros de ropas que
formaban su servidumbre, otros varones encargados de labores menos rudas
y que iban con trajes de mujer, lo mismo que el protegido del profesor
Flimnap. Pero sentado  la mesa como estaba, por ms que puso la lente
aumentadora ante uno de sus ojos, no pudo reconocer al tal joven en
ninguno de los hombres envueltos en velos que pasaban por cerca de l,
ni tampoco entre los que se movan en el fondo del edificio, donde
estaban las enormes despensas para su manutencin.

Deseoso de verle, empez  gritar lo mismo que en la maana, seguro de
que el traductor vendra en su auxilio.

--Profesor Flimnap!... Que busquen al profesor Flimnap!

Los numerosos pigmeos se miraron inquietos al oir este trueno que haca
temblar el techo, profiriendo palabras incomprensibles. Al fin, por uno
de los cuatro escotillones que daban salida  los caminos en rampa
arrollados en torno  las patas de la mesa, vi aparecer al mismo
hombrecillo que le haba hablado horas antes.

Llegaba con el rostro oculto por sus tocas, y sin esperar  que
Gillespie le preguntase, explic  gritos la larga ausencia de Flimnap.
Este haba tenido que salir en las primeras horas de la maana para la
antigua capital de Blefusc, pero volvera al da siguiente. Con las
mquinas voladoras era fcil dicho viaje, que en otras pocas exiga
mucho tiempo. El gobierno municipal de la citada ciudad le haba llamado
urgentemente para que diese una conferencia sobre el Hombre-Montaa,
explicando sus costumbres y sus ideas.

--Esta conferencia--termin diciendo el pigmeo--se la pagan
esplndidamente, y como el doctor es pobre, no ha credo sensato
rechazar la invitacin. Parece que en otras ciudades importantes desean
oirle tambin, y le retribuirn con no menos generosidad. Celebro que el
ilustre profesor gane con esto ms dinero que con sus libros. Es tan
bueno y merece tanto que la fortuna le proteja!...

Pero Gillespie no senta en este momento ningn inters por su primitivo
traductor. Lo que le preocupaba era enterarse de la verdadera
personalidad del hombrecillo que tena ante l.

Como si adivinase sus deseos, apart el joven los velos que le cubran
el rostro, y Gillespie se llev inmediatamente  un ojo la lente
regalada por Flimnap.

Pudo ver entonces con dimensiones agrandadas, casi del tamao de un
hombre de su especie,  este pigmeo tan interesante para l. Era,
efectivamente, un Edwin Gillespie igual al que meses antes viva en
California, pero grotescamente disfrazado con vestiduras femeniles. El
gigante, despus de contemplar tan maravillosa semejanza, dej sobre su
mesa la gran rodaja de cristal y puso un gesto severo, como si
pretendiese intimidar al hombrecillo.

--Se ha fijado usted--le dijo--en la semejanza que existe entre
nosotros dos?

--S, gentleman; al principio fu para m un presentimiento ms que una
realidad. Las facciones de usted resultan tan enormes para nuestra
vista, que la tal semejanza pareca diluirse en el espacio, y mis ojos
no llegaban  abarcarla. Pero el doctor Flimnap tuvo la atencin de
prestarme una maana la lente que usa, y pude apreciar el rostro de
usted como si fuese el de un hombre de mi especie. Le confieso que
nuestro parecido me caus un asombro igual al que usted muestra ahora.

Gillespie, que despus de su primera extraeza empezaba  sentirse algo
ofendido por el hecho de que este animalejo humano se atreviese 
parecerse  l, dijo con brusquedad:

--Quin es usted?... Cmo se llama?...

--Mi nombre es Ra-Ra, y en cuanto  familia, tuve una en otro tiempo y
fu de las ms ilustres de este pas; pero ahora me conviene no
acordarme de ella.

Hubo tal expresin de melancola en la voz del pigmeo al decir esto, que
Gillespie no se atrevi  insistir acerca de su familia, y di otro
curso  su curiosidad.

--Cmo sabe usted el ingls? Se lo ha enseado el profesor Flimnap?

--No; me lo ense mi madre, que lo hablaba tan bien como el doctor. En
mi familia era tradicional el conocimiento de esta lengua. El profesor
Flimnap se interesa por m porque conoci  mi madre y  otros de mi
casa. Pero como el hecho de haber sido amigo de los mos casi representa
un delito, el doctor me protege ocultamente y nunca habla de mis padres.

Call un instante, como si las tristezas de su vida anterior le
impusieran silencio. Pero vi tal curiosidad en las pupilas del coloso,
que al fin sigui hablando.

--Yo viva oculto: mi existencia era azarosa; de un momento  otro iba 
caer en manos de los enemigos implacables de mi familia, y en tal
situacin lleg usted  este pas. El profesor Flimnap se ha convertido,
desde entonces, en un personaje que puede emplear  mucha gente en el
servicio del Gentleman-Montaa, y me llam, dndome la direccin de los
hombres encargados del lecho y la despensa de usted. En este edificio,
que slo depende del profesor y del Comit presidido por l, me
considero ms seguro que si viviese en el Paraso de las Mujeres.

Gillespie segua mostrando la misma curiosidad en sus ojos, pues las
palabras del pigmeo no llegaban  satisfacerla.

--Y por qu lo persiguen  usted?--pregunt--. Quines son sus
enemigos?

--Ya le he dicho que me llamo Ra-Ra, pero este nombre significa muy poco
para el que no conozca la historia de nuestro pas. El generalsimo
Ra-Ra fu el ms importante de los caudillos del emperador Eulame. A l
debi ste sus mayores victorias. El generalsimo Ra-Ra fu mi abuelo.
Cuando las mujeres hicieron lo que ellas llaman la Verdadera Revolucin,
mi glorioso ascendiente,  pesar da su vejez y de su historia heroica,
fu desterrado  una isla desierta, cerca de la gran barrera de rocas y
espumas, creada por los dioses, que nadie se atreve  pasar. All muri
al poco tiempo.

Mi padre, que tambin era general, anduvo vagabundo por toda la
Repblica, ocultando su nombre y dedicndose  los ms bajos oficios
para poder vivir. En esa poca de miseria, la madre del profesor Flimnap
y el mismo profesor, que slo tiene diez aos ms que yo, protegieron 
mi madre. Abreviar el relato de nuestras desventuras. Mi padre muri,
mi madre muri tambin poco despus, y yo, gracias al profesor, consegu
que no me dedicasen  los trabajos forzosos, como tantos otros
desdichados de mi sexo.

No quise ser una mquina de msculos, pero tampoco me plegu  lo que
exiga de m el nuevo rgimen para convertirme ms adelante en la esposa
masculina de cualquiera de las mujeres triunfadoras. Flimnap me llev 
vivir con l por algn tiempo, asegurando que yo era sobrino suyo.
Ojal no hubiese entrado nunca en la Universidad Central!... Hice all
amistades que slo han servido para complicar mi vida, dndola mayor
tristeza.... Pero no; me arrepiento de lo que acabo de decir. La nica
satisfaccin de mi existencia, la sola razn de que an siga viviendo,
proceden de una amistad que contraje durante mi poca universitaria.

Luego mi conducta caus muchos disgustos al bondadoso Flimnap, y me
oblig  huir de su lado. Yo saba lo que un hombre no debe saber en
este pas. Conozco cosas que el gobierno de las mujeres necesita
mantener secretas y que representan un peligro de muerte para aquel que
las aprende.

Call Ra-Ra, como si le turbasen los pavorosos recuerdos de su vida de
perseguido; pero el gigante tena los ojos fijos en l, animndole  que
continuase su historia.

--Con usted, gentleman, me atrevo  hablar de lo que no hablara con
ninguno de mi especie. Este parecido inexplicable que nos une,  m tan
pequeo y  usted tan enorme y poderoso, me inspira confianza. Adems,
qu inters puede tener usted en perderme? Los dos pertenecemos al
mismo sexo; usted es hombre, y no creo que encuentre muy aceptable el
gobierno de las mujeres.

Ya conocer usted ms adelante lo que es ese gobierno. Todas ellas aman
lo nuevo, y como la llegada de usted est reciente, encuentran todava
cierto inters  su persona. Pero cuando transcurra algn tiempo, quin
sabe si su suerte ser peor que la ma!...

A pesar de todo lo que le cuente el bondadoso y entusiasta Flimnap, este
gobierno se muestra cruel con frecuencia, y el pueblo femenil es ms
inconstante que el de los hombres en sus entusiasmos y sus adoraciones.
Yo soy de los pocos que conocen la verdad, y por lo mismo veo la tirana
femenina tal como es.

Se interrumpi un momento para mirar con inquietud en torno de l. No
vi  nadie en la vasta planicie da la mesa; pero,  pesar de esto, le
molestaba tener que expresarse  gritos para que le entendiese el
gigante.

Ninguno de la servidumbre hablaba ingls, pero temi que anduviese por
debajo de la mesa algn universitario vagamente conocedor del idioma y
se apresurase  llevar una delacin al Comit encargado de suprimir
todos los recuerdos del viejo rgimen.

El gigante, para tranquilizarle, lo tom de nuevo sobre la palma de una
mano, subindolo hasta la altura de sus ojos. All, Ra-Ra,  caballo en
un dedo y con las piernas colgantes, pudo continuar su relato.

--Yo supe la verdad sobre los tiempos anteriores al gobierno de las
mujeres por los documentos de mi familia. Mi padre dej  mi madre un
cuaderno en el que haba descrito cmo era la vida antes de lo que
llaman la Verdadera Revolucin, y cmo el mundo, gobernado por los
hombres, resultaba mejor y ms noble que el mundo actual.

El cuaderno estaba redactado en ingls, que era la lengua sabia en los
tiempos de Eulame, la que empleaban sus generales para los estudios
secretos, la que mi abuelo haba enseado  mi padre y ste y mi madre
me ensearon  m. Gracias  estar escrito en un idioma sagrado no
pudieron enterarse de su contenido las gentes ordinarias entre las
cuales pas mi padre sus ltimos aos.

Mi madre nunca quiso dejrmelo leer. La pobre adivinaba que su lectura
acabara con mi tranquilidad, hacindome infeliz por todo el resto de
mis aos. Al morir ella lo recog como nica herencia, y sin saber por
qu,  impulsos de un confuso instinto, no quise enserselo al profesor
Flimnap.

Recuerdo an las impresiones que experiment cuando, viviendo al lado
del doctor, le por primera vez sus pginas. La verdad me deslumbr: un
mundo nuevo fu abrindose ante mis ojos. Era mentira que las mujeres
hubiesen gobernado siempre el mundo; su triunfo databa de algunos aos
nada ms. En cambio, qu historia tan enorme y tan gloriosa la de la
dominacin masculina!...

A partir de aquel momento mostr la terrible franqueza de los nefitos.
Como posea la verdad, consideraba necesario proclamarla  gritos, y
bast que un da, conversando con varios estudiantes hembras, dijera
solamente una pequea parte de lo que yo saba, para que cayese sobre m
una serie de persecuciones que an no ha terminado.

Momaren, el Padre de los Maestros, habl indudablemente del nieto de
Ra-Ra al _Comit de supresin del antiguo rgimen._ Es un Consejo
secreto, que desde los tiempos de mi padre persigue todo aquello que
puede hacer recordar las pocas pasadas, anulndolo con una crueldad
fra  implacable.

Tuve que huir, y he llevado hasta el presente una existencia vagabunda y
aventurera. De vez en cuando la bondad de Flimnap me ha protegido. En
los ltimos das mi situacin era angustiosa. El temible Consejo haba
averiguado por sus espas que yo estaba de vuelta en Mildendo,  sea lo
que llaman las triunfadoras Ciudad-Paraso de las Mujeres. Varias veces
estuve  punto de caer en manos de sus agentes. Si esto ocurre alguna
vez, me llevarn  morir en un islote inmediato  la gran barrera, como
muri mi abuelo. Pero la intervencin de Flimnap sirvi, como ya dije,
para que yo encontrase un refugio aqu, donde me considero casi seguro.

Tal vez se preguntar usted, gentleman, por qu razn vuelvo  la
capital y me empeo en vivir en ella, estando aqu el terrible Consejo
que me persigue. Nuestra vida nunca es rectilnea ni la gobierna la
lgica. En el pas de los Hombres Montaas es posible que ocurra lo
mismo. Los hombres tenemos un corazn que es  la vez el origen de
nuestras desdichas y de nuestras felicidades. No podemos existir sin la
mujer, y vamos all donde ella vive, aunque esto equivalga  marchar al
encuentro del peligro.

Gillespie mir con nuevo inters al pigmeo. Quin poda sospechar que
este animalejo tuviese unos sentimientos iguales  los suyos!... Le
pareci verse  s mismo cuando se lamentaba  solas en Los ngeles,
despus de la desaparicin de miss Margaret.

La melancola de Ra-Ra se transmiti  l. La imagen de su novia
americana pas por su recuerdo con tal intensidad, que hasta crey verla
corporalmente, aspirando su perfume. Pero  continuacin cay en una
tristeza desesperada al contemplarse en este pas inverosmil, sometido
 una esclavitud ridcula, sujeto  los caprichos de una humanidad
inferior.

Le tembl la mano  causa de tales emociones, y Ra-Ra tuvo que apretar
sus piernas sobre el dedo que le serva de asiento y agarrarse  l para
no caer.

Como Gillespie deseaba olvidar su propia situacin, sigui haciendo
preguntas para conocer toda la historia del pigmeo.

--Y cmo ha podido usted seguir vagando por esta tierra sin caer en
manos de sus enemigos?... Cmo logr mantenerse sin trabajar?

Ra-Ra,  pesar de la altura inaccesible en que se hallaba, baj an ms
la voz para decir misteriosamente:

--No soy yo el nico que en este pas conoce la verdad. Flimnap le cont
el otro da, segn creo, que los hombres ya no se muestran tan cobardes
como al principio de la dominacin femenina. Se sublevan contra el
despotismo de las mujeres; quieren una existencia propia; desean vivir
su vida, como dicen los muchachos ms rebeldes. Hasta hace poco tiempo
esto era un simple anhelo de emancipacin, indeterminado y declamatorio,
que nicamente produca conflictos dentro de las familias. Los
peridicos lo llaman el varonismo, rindose de l.

Pero yo, en los ltimos aos, he ido de ciudad en ciudad visitando los
clubs de hombres y otras asociaciones secretas del partido masculista.
En mis conferencias les he hecho conocer el cuaderno que dej mi padre.
Reproducido por prensas clandestinas circula hoy ocultamente, y es ledo
como el libro sagrado del porvenir.

Miles y miles de hombres entusiastas, entre los cuales hay muchos que
son esposas  hijas de altos funcionarios, se han encargado de
mantenerme y ocultarme en mis excursiones de propaganda. Mi deber me
ordena continuar estos viajes, pero los hombres nos dejamos esclavizar
por el amor mucho ms que las hembras, le concedemos mayor importancia,
y yo hago traicin  mi causa para vivir en esta capital, completamente
inactivo durante algunas semanas, con la esperanza de poder hablar  una
mujer.

Como si necesitase buscar una excusa  sus actos, Ra-Ra aadi:

--Pero aunque yo permanezca sin hacer nada, no por esto descansan mis
compaeros. Hay entre nosotros hombres de ciencia que se dedican 
peligrosos estudios; jvenes abnegados que visitan los barrios populares
para hablar  los embrutecidos siervos que ayudan con sus msculos 
esta sociedad y conseguir que despierte en sus confusas inteligencias el
orgullo del sexo. Contamos, adems, con varones respetables y de gran
talento que organizan silenciosamente las fuerzas de una rebelin
futura.

Gillespie qued asombrado por estas revelaciones.

--Comprendo, amigo Ra-Ra, que le busquen con tanto ahinco las seoras
del Consejo secreto. Resulta usted ms terrible de lo que parece con su
tnica y sus velos de mujer. Ya le veo siendo llevado  morir en un
pen, sin agua y sin comida, cerca de la gran barrera de los dioses, si
es que yo no le oculto antes en uno de mis bolsillos. Pero por qu se
muestran ustedes tan adversarios del gobierno femenil?... Segn dice el
profesor Flimnap, ya no hay guerras ni puede haberlas; las mujeres
administran la fortuna pblica con economa; no se nota la miseria ni la
mortalidad de otros tiempos; tampoco hay gobernantes ladrones. Qu ms
pueden desear los hombres?...

Ra-Ra, cediendo  sus hbitos de propagandista, se puso de pie sobre la
mano del gigante para hablar con un ardor de tribuno.

--Queremos la libertad; queremos una vida interesante; la embriaguez del
peligro; en una palabra, la gloria.

Deseo ser justo con mis enemigos y reconozco como verdad todo lo dicho
por el profesor. Las mujeres administran bien, su gobierno es el de una
buena duea de casa que toma con exactitud la cuenta  su cocinera. Las
gentes tal vez comen mejor y viven ms tranquilas que en otras pocas;
ya no hay guerras.... Estamos de acuerdo.

Pero el mundo se aburre de un modo mortal. No ocurre nada, nadie suea,
nadie aspira  cosas imposibles, nadie comete imprudencias. La vida se
extiende ante los ojos como un inmenso campo de plantas alimenticias, en
el que no hay una flor que resulte intil ni un pjaro que deje de ser
comestible.

Nosotros queremos que el mundo vuelva  su antigua existencia. La vida
es montona sin aventuras, sin hroes, y no vale la pena de ser vivida
si le falta el condimento del peligro. La amenaza de una muerte
inmediata da mayor sabor  los deleites presentes. Queremos la guerra,
con sus acciones esforzadas y sus abnegaciones sublimes entre compaeros
de armas; queremos la resurreccin de las virtudes grandiosas y crueles
que forman el herosmo.

Usted debe reconocer como yo, gentleman, que nicamente las mujeres
pueden aceptar esta vida de ave de corral, en la que el deseo de vivir
en paz ahoga todo sentimiento noble y elevado, en la que los cacareos
domsticos constituyen la funcin intelectual de la mayora. No;
nosotros deseamos conocer, como los hombres de otros tiempos, el vino y
la guerra, los dos placeres divinos de los humanos; queremos vivir en un
minuto todo un siglo de angustias y de orgullos.

Quin puede conformarse con esta sociedad que todos los das vive del
mismo modo y al que tiene sed le ofrece agua  leche?... Venga 
nosotros el alcohol, que hace soar cosas grandes y es padre del
herosmo. Venga  nosotros la guerra, madre de las esforzadas
acciones....

En cuanto  m, gentleman, lo que deseo con ms vehemencia es poder
meterle por la cabeza  Momaren, Padre de los Maestros, esta tnica y
estos velos que ahora me cubren, arrebatndole  l para siempre los
pantalones.




VIII

En el que el Padre de los Maestros visita al Hombre-Montaa


Cuando el profesor Flimnap regres de su viaje  la antigua capital de
Blefusc, fu sin prdida de tiempo  visitar al gigante para darle
excusas por su ausencia.

Viva en perpetuo asombro  causa de la enorme gloria que haba cado
sobre l, con acompaamiento de ganancias no presentidas ni aun en sus
momentos de mayor ilusin. De todas las grandes ciudades le llegaban
proposiciones para que fuese  relatar ante auditorios de muchos miles
de personas sus plticas con el Hombre-Montaa y lo que haba podido
averiguar acerca de las costumbres del remoto pas de los gigantes.

Los libreros, que nunca haban querido vender sus pesados volmenes
sobre problemas filolgicos  histricos, le pedan ahora que los
enviase en grandes fardos, aprovechando la primera mquina voladora que
saliese para el lugar de su establecimiento.

Hasta los ms grandes diarios, siempre ignorantes de la existencia de
Flimnap, pues se abstenan sistemticamente de publicar su nombre, le
solicitaban ahora como colaborador, dejando  su arbitrio el fijar la
retribucin por sus escritos.

--Todo esto lo debo  usted, gentleman--deca con entusiasmo, mirndole
 travs de su lente--.Si hubiese visto anoche con qu inters
escucharon la descripcin que hice de su persona ms de veinte mil
mujeres!...

Y para que olvidase su abandono del da anterior iba describindole el
aspecto del enorme pblico y las salvas de aplausos con que fueron
acogidos sus perodos ms elocuentes.

--Gracias  usted--continuaba--soy clebre y tal vez sea rico. Quin
sabe si usted se enriquecer tambin, como nunca lo hubiese conseguido
all en su pas!

El buen profesor senta despierta ahora su ambicin, vindolo todo con
proporciones exageradas. Una mujer de negocios de la capital le haba
hablado aquella maana de una empresa de ganancias fabulosas. Si el
Consejo Ejecutivo dejaba en libertad por algunos meses al
Hombre-Montaa, sta y el profesor podan realizar una excursin por
toda la Repblica dando conferencias. Flimnap hara un relato de cuanto
supiera sobre el pasado y las costumbres de su gigantesco amigo, y ste
se mantendra  su lado para contestar con reverencias  las
aclamaciones de la muchedumbre. La financiera prometa una verdadera
fortuna para los dos como resultado del viaje.

Estaba tan seguro el profesor de una ganancia pronta y considerable, que
hasta haba encargado para l una mquina terrestre en forma de lechuza,
aunque ms pequea que la que le prest en diversas ocasiones el Padre
de los Maestros.

A la maana siguiente de su vuelta de la antigua capital de Blefusc se
present con un nuevo regalo para el coloso. Su amigo el profesor de
Fsica, que apenas si se acordaba ya del accidente maternal de pocos
das antes, le haba fabricado un aparato para que Gillespie pudiese
escuchar considerablemente agrandados los ruidos que resultan ordinarios
en la vida de los pigmeos.

Era un cilindro de cristal no ms grande que una ua del Hombre-Montaa.
Al penetrar en la oreja aumentaba considerablemente su capacidad
auditiva, haciendo oir la voz de los hombrecillos aunque stos hablasen
quedamente.

Apenas lo puso Gillespie en el pabelln de uno de sus odos, la Galera,
que ordinariamente estaba en silencio para l, se pobl de murmullos y
gritos. Ya no vi agitarse  los pigmeos en torno de sus extremidades,
como si fuesen mudos y slo hablasen por seas; hasta de los trminos
ms apartados del edificio le llegaron olas rumorosas semejantes  los
murmullos que agitan los bosques, distinguiendo en ellas las palabras
ininteligibles que profera su numerosa servidumbre.

--De este modo, gentleman--dijo el profesor--, podr conversar con usted
sin tener que levantar mucho la voz, lo mismo que si hablase con un ser
de mi especie. A veces siento el deseo de comunicarle cosas muy
importantes para m, cosas ntimas, cosas tiernas de la amistad, y no me
atrevo. Quin sabe si algn universitario conocedor de nuestro idioma
vaga por debajo de la mesa y puede oirnos?... Ahora, como podr hablar
en voz discreta, tal vez me atreva  decir lo que pienso con algo ms de
libertad.

El profesor dijo las ltimas palabras mostrando una timidez de muchacha,
lo que di  su respetable persona cierto aspecto grotesco. Pero tuvo
que abandonar pronto esta actitud para ocuparse de un asunto ms
importante que motivaba su visita matinal. Si lo haba olvidado al
principio, era  causa de la emocin que senta siempre al hablar 
solas con el gigante.

--Gentleman--dijo--, tengo que darle una buena noticia. El Padre de los
Maestros, que rara vez se digna visitar  los personajes ms importantes
de nuestra Repblica, vendr esta tarde  verle. No habla bien nuestro
idioma y lo lee tambin con cierta vacilacin; pero yo estar presente
para servir de traductor entre los dos. Quiso en el primer momento que
la entrevista fuese en la Universidad, y para ello habra tenido usted
que entrar en el edificio pasando una pierna por encima de los tejados,
y despus la segunda pierna, hasta quedar de pie en el patio central.
Pero el arquitecto universitario se ha opuesto, temiendo por la
integridad de los techos, que son algo viejos. Seguramente se habra
llevado usted con sus rodillas algunos aleros, y en este momento la
Universidad no est para nuevos gastos. Como Momaren es amigo del
gobierno, el implacable Gurdilo se opone en el Senado  todo proyecto de
aumento de nuestra subvencin. Adems, yo he demostrado al Padre de los
Maestros que es mucho ms cmodo subir en su litera hasta lo alto de
esta mesa, donde podr conversar con el Gentleman-Montaa horas enteras.
Tambin resulta mejor para usted que obligarle  permanecer encogido en
un patio, sin atreverse  hacer el ms leve movimiento por miedo 
irrogar perjuicios costosos.

Gillespie acept con gusto la visita. Haba odo hablar tantas veces 
su traductor de la influencia omnipotente del Padre de los Maestros y de
su inmensa sabidura, que consider interesante conocer  tan alto
personaje. Adems se acord de Ra-Ra y del odio concentrado y misterioso
que mostraba contra el ilustre Momaren.

--Debe usted no olvidar--continu Flimnap--que nuestro jefe es un gran
poeta, el segundo poeta nacional, el que figura despus de Golbasto,
aunque este versificador sublime, cuando sufre algn apuro pecuniario 
desea un empleo para alguna amiga suya, no tiene inconveniente en
declarar  gritos que Momaren es mil veces superior. Yo di  leer al
Padre de les Maestros las poesas inglesas que encontr en su cuaderno
de bolsillo. Las traduje  nuestro idioma, y creo que no resultan mal.
Si lo dudase, me hubiese convencido anteanoche de que la traduccin es
buena viendo el entusiasmo con que acogi su lectura el inmenso pblico
de mi conferencia.

Ahora, gentleman, en justa reciprocidad, espero que usted se dignar
leer otra traduccin que he hecho de las poesas de mi eminente jefe
pasndolas del idioma nacional al ingls.

En vista de la conformidad del gigante, el catedrtico fu hasta el
borde de la mesa dando rdenes  gritos, y los atletas que maniobraban
la gra para subir los alimentos pusieron en actividad otra vez el plato
que serva de ascensor. Una vez llegado ste arriba, seis de los hombres
forzudos cargaron con un libro del mismo tamao que el cuaderno empleado
por Gillespie para sus notas.

Tena el volumen unas tapas multicolores, cubiertas de diversas piezas
de cuero formando mosaico. Sus hojas eran de triple pergamino, y las
traducciones de Flimnap haban sido trazadas con brochas gordas, dando 
cada letra el tamao de la cabeza de un habitante del pas.

Gillespie, ponindose la rodaja de cristal sobre uno de sus ojos, empez
 leer. Los atletas sostenan abierto el libro con visible esfuerzo,
pues resultaba este trabajo una empresa digna de su vigor. Mientras
tanto, Flimnap iba pasando las hojas y daba explicaciones para que su
amigo no tuviese la menor duda sobre el texto.

--Qu le parecen estos versos, gentleman?--pregunt cuando estaban ya
en la mitad del volumen.

Hizo Gillespie un gesto evasivo. Machas de las imgenes del poeta no
poda comprenderlas, aun despus de las aclaraciones del traductor.
Otras le parecan extravagantes, y tuvo que hacer esfuerzos para no
saludarlas con una carcajada. Pero temiendo molestar al buen Flimnap, se
apresur  decir:

--Me parecen excelentes. Lo nico que me extraa es ver en la mayor
parte da estos versos algo as como una decepcin amorosa, una
melancola de pasin sin esperanza. Quin hubiese credo que el
respetable Padre de los Maestros fuera capaz de tan frvolos
sentimientos!...

El profesor sonri levemente.

--Ha acertado usted, gentleman. El ilustre Momaren ha sido joven, como
todos, y guarda la tristeza de un gran desengao amatorio. Por eso
muchos considerarnos  Golbasto como el primero de nuestros poetas
heroicos y  Momaren como el ms exquisito de nuestros poetas de
amor.... Yo quisiera que usted le manifestase esta tarde la admiracin y
el entusiasmo que ha sentido al leer sus versos. Piense que es mi jefe;
piense que tan poderoso personaje ha ordenado la produccin de este
hermoso volumen slo por serle grato, haciendo trabajar en l durante
cuatro das  todos los pintores y encuadernadores que dependen de la
Universidad, y piense finalmente que el Padre de los Maestros es quien
puede influir sobre los altos seores del Consejo Ejecutivo para que le
permitan viajar por toda la Repblica acompandome en mis conferencias,
medio seguro de que los dos ganemos riquezas enormes.

Prometi Edwin  su traductor cumplir exactamente tales recomendaciones,
y despus de la comida de medioda aguard, con los codos en la mesa y
la cabeza entre las manos, la llegada del jefe de la Universidad y su
cortejo.

Durante tan larga espera se entretuvo escuchando, gracias  su aparato
auditivo, los gritos y las canciones de los servidores, que se movan
como insectos en el fondo de la Galera. Despus que toda esta gente
hubo comido cerca de las cocinas, el estrpito fu en aumento,
cortndose de vez en cuando el vocero de los pigmeos con las rdenes
que gritaban sus diversos jefes. Al fin se cans de este zumbido de
colmena en desorden, y sacndose de la oreja el microfnico aparato,
qued envuelto en un dulce silencio, estremecido apenas por lejanos 
indefinibles murmullos.

Se iba adormeciendo Gillespie, cuando le estremeci un gran ruido de
muchedumbre, hacindole volver  la realidad.

Vi cmo una masa de curiosos formaba semicrculo en torno  la fachada
de cristal del edificio, completamente abierta, que le serva  l para
entrar y salir.

Numerosos jinetes contenan  estos curiosos para que dejasen paso
franco al ilustre visitante.

Avanz primeramente un grupo de doctores jvenes, que eran muchachas en
traje masculino, llevando como nico emblema de su grado el gorro
universitario. Algunas de ellas, esbeltas y gallardas, tenan un andar
marcial que revelaba su aficin  los deportes, pero las ms mostraban
cierto parentesco fsico con el doctor Flimnap. Las haba enjutas de
cuerpo, con un gesto cidamente triste, como si el fuego del saber
hubiese consumido en su interior toda gracia femenina. Otras eran
gruesas, pesadas y miopes, contemplndolo todo con asombro infantil, lo
mismo que si hubiesen cado en un mundo extrao al levantar su cabeza de
los libros.

Detrs de este escuadrn estudioso apareci la litera en forma de
lechuza, dentro de la cual iba el ilustre Momaren. El profesor Flimnap
marchaba junto  la portezuela de la derecha, conversando con su ilustre
jefe, honor pblico gozado por primera vez, que le haca caminar
titubeante, con el rostro empalidecido por la emocin. Cerraban la
marcha graves matronas universitarias, con togas negras. Todas ellas
ostentaban en sus birretes los varios colores de las catorce Facultades
que clasifican la sabidura entre los pigmeos.

El cortejo fu desapareciendo lentamente bajo la mesa. Sinti el gigante
una ruidosa agitacin junto  sus pies, pero hizo esfuerzos por
mantenerlos inmviles, temiendo provocar una catstrofe. La avalancha de
visitantes se haba fraccionado para tomar los cuatro caminos en espiral
arrollados  las patas de la mesa.

Gillespie vi surgir por los escotillones  muchos servidores suyos,
hombres y mujeres, que se colocaron en uno de los lados de la planicie
de madera, esperando rdenes. Luego fueron saliendo de dos en dos los
doctores jvenes, yendo  situarse en el borde de la mesa, frente al
gigante. Muchos de ellos llevaban lentes de disminucin para examinarlo
detenidamente. Otros, los ms gallardos y de buen ver, rean y se
empujaban con el codo, mirando  ojos simples la cara de Gillespie y
haciendo suposiciones sobre sus enormidades ocultas, que provocaban el
escndalo y la protesta de sus compaeras ms graves y virtuosas.

Apareci, al fin, la litera del Padre de los Maestros, sostenida por
ocho universitarios jvenes, que jadeaban sudorosos despus de esta
ascensin en espiral. Se abri la portezuela de la caja porttil y sali
Momaren, con su birrete de cuatro borlas y una toga de cola largusima,
que se apresuraron  sostener dos aprendices de profesor.

Fu avanzando solemnemente sobre la mesa, y detrs de sus pasos todo el
acompaamiento final de graves doctores, que no ocultaban las arrugas y
las canas de sus rostros matroniles.

El profesor Flimnap corri  colocar en el centro de la mesa un silln,
que era el mismo que l haba ocupado al dar al gigante su leccin de
Historia. El alto personaje se sent en l, teniendo  un lado al
obsequioso traductor. Todo el cortejo universitario permaneci detrs,
rgido y en profundo silencio, esperando que sonase la voz autorizada
del maestro de los maestros. Hasta los doctores revoltosos cesaron en
sus risas juveniles y sus atrevidos comentarios al sentarse Momaren.

Este se llev  un ojo la lente facilitada por Flimnap, y al ver de
cerca el rostro del gigante, reducido casi  las proporciones de un ser
de su misma especie, no pudo reprimir un movimiento de sorpresa. Qued
contemplndole con una expresin reflexiva que revelaba intenso trabajo
mental. Al fin murmur, dirigindose  Flimnap, pero sin apartar su
mirada del gigante:

--A quien se le parece, profesor?... Yo he visto esta cara en alguna
parte.... No puedo recordar con exactitud, pero es absolutamente igual 
una persona que he visto muchas veces.... Quin ser?

Flimnap murmur palabras vagas para excusar su ignorancia. Lamentaba no
poder ayudar  su ilustre jefe en este trabajo de la memoria. Pero
aunque su voz era reposada y su gesto tranquilo, la inquietud hizo
correr por su cuerpo ondas nerviosas de diversas temperaturas. Saba
perfectamente  quin se asemejaba el gigantesco gentleman, pero tuvo
buen cuidado de no revelarlo al Padre de los Maestros.

Por su parte, Gillespie se mostraba tan impresionado como el traductor.
Al ver que el poderoso visitante se pona un vidrio ante un ojo para
conocerle con ms exactitud, l crey del caso hacer lo mismo, por
corts reciprocidad.

Tom la gran redondela de cristal que estaba sobre la mesa, y al
colocarla en uno de sus ojos fu tal su emocin, que falt muy poco para
que el disco duro y transparente cayese como un proyectil, matando 
varios doctores del cortejo.

--Debo estar soando--se dijo el ingeniero--. Esto no puede ser.
Resultan demasiadas sorpresas juntas para que yo acepte como realidad lo
que veo en este momento.

Dos das antes se haba contemplado  s mismo en forma de pigmeo y
vestido de mujer. Aquel Ra-Ra era otro Edwin Gillespie; tan exacta
resultaba la semejanza. Y ahora....

--No hay duda; estoy durmiendo--volvi  decirse--. Esto es imposible.

Pero no necesit de largas reflexiones para dar por falsa la idea del
ensueo. Haba que aceptar todos los caprichos de una realidad que
pareca complacerse en provocar su asombro, ofrecindole maravillosas
semejanzas.

Al convencerse de que estaba despierto y bien despierto, encontr cierto
placer en examinar todos los detalles fsicos del ilustre Momaren, que
hacan de su persona una reproduccin exacta, aunque en escala
reducidsima, de otra persona existente en el mundo de los gigantes
humanos.

El Padre de los Maestros era mistress Augusta Haynes, la madre de
Margaret.

Gillespie se imagin verla,  travs de unos gemelos puestos del revs,
vestida con un traje de doctor estrafalario y magnfico para asistir 
un baile de mscaras. Las dos tenan la misma majestad dura y spera, un
perfil idntico de ave de presa, igual volumen y una solemnidad
orgullosa en las palabras y los gestos.

Edwin crey durante algunos momentos que aquella miniatura de mistress
Augusta Haynes iba  erguirse en su silln para negarle por segunda vez
la mano de Margaret, afirmando que ella no poda transigir con los
hombres de espritu novelesco que ignoran el medio de hacer dinero. Pero
la voz del profesor Flimnap le arranc de su asombro.

--Gentleman--dijo el traductor--: nuestro ilustre Padre de los Maestros
se ha dignado venir  visitarle  causa del gran inters que siente por
su persona. Si desea conocerle no es por la curiosidad que inspira al
vulgo la grandeza material, sino porque sabe que usted ha sido en su
patria un hombre de Universidad, un poeta, y considera deber de
compaerismo darle la bienvenida  su llegada  este gran pas gobernado
por el ms inteligente de los sexos.

Sigui el profesor hablando en tono de conferencista, pues todo su
auditorio entenda el ingls con ms  menos facilidad y era capaz de
apreciar las florescencias de su estilo.

Cuando termin la enumeracin de los mritos de Momaren, de las glorias
del gobierno femenil y de los grandes adelantos intelectuales de su
raza, el gigante contest  su vez con otro discurso, agradeciendo las
atenciones de que haba sido objeto desde su llegada involuntaria  esta
Repblica y las que esperaba recibir en adelante, pero aludiendo de paso
con suavidad al disimulado encierro en que le tenan.

Luego, levantando una mano, que pas como la sombra de una nube sobre
los birretes de los doctores, seal el libro multicolor trado por
Flimnap en la maana, y que estaba ahora cado sobre la mesa. Hizo un
elogio vehemente de las poesas de su ilustre visitante, declarando que
jams en su existencia haba conocido nada comparable  ellas, y que
ninguno de los poetas de su pas podra igualarse con Momaren.

Aunque el Padre de los Maestros no era muy fuerte en el idioma sagrado
de los hombres de ciencia y entenda con dificultad el ingls articulado
por aquella voz de trueno, comprendi perfectamente la ltima afirmacin
del gigante, que le hizo agitarse de emocin en su asiento.

--Dgale--apunt por lo bajo  Flimnap--que sus poesas tambin son
magnficas y me gustaron mucho cuando las le traducidas por usted.

Jams haba experimentado un orgullo profesional ni una satisfaccin de
amor propio comparables  los de este momento. Todos los que admiraban
sus versos, incluso el glorioso Golbasto, tenan voces iguales  las de
los otros humanos, y sus elogios eran siempre idnticos. Pero oirse
alabar ahora por este trueno que vena de lo alto y que en el caso de
ponerse el gigante de pie poda resonar hasta por encima de las nubes,
representaba para Momaren una glorificacin casi divina.

En los primeros momentos, la semejanza de Gillespie con un ser
indeterminado y misterioso le hizo pensar en todos sus enemigos,
considerando esta semejanza hostil para l. Ahora crea, por el
contrario, que deba parecerse el gigante  algo muy superior, y hasta
lleg  pensar si su rostro sera el recuerdo de un dios entrevisto por
l en sus ensueos.

El profesor Flimnap le obedeci, dirigiendo al gigante un segundo
discurso para repetir los elogios con que el Padre de los Maestros
contestaba  las alabanzas de Gillespie. Pero ste empez  fatigarse de
la monotona de una entrevista en la que la vanidad literaria de Momaren
daba el tono  la conversacin.

Mientras finga escuchar el discurso de Flimnap, sus ojos vagaron de un
lado  otro examinando los diversos grupos situados sobre la planicie de
la mesa. De pronto su atencin caprichosa se concentr en el lado donde
se aglomeraba la gran masa de sus servidores.

Crey reconocer  Ra-Ra en uno de los hombres con vestidura femenil que
estaban al frente de los siervos medio desnudos. Deba ser
indudablemente el propagandista del varonismo, el rebelde acosado,
que, oculto bajo sus velos, se daba el placer de pasar y repasar con
diversos pretextos cerca de Momaren, al que pareca tener por el mayor
de sus perseguidores.

Le sigui Gillespie con los ojos en todas sus evoluciones alrededor del
inmvil cortejo universitario. Por un momento sospech si se propondra
hacer algo contra el Padre de los Maestros. Luego una luz nueva pareci
extenderse por el pensamiento de Edwin.

Se explic de pronto el motivo de que Ra-Ra odiase al severo Momaren.
Este joven resultaba una reduccin exacta de su misma persona, y era
natural que se mostrase enemigo irreconciliable de aquel personaje igual
en todo  la viuda de Haynes.

Pero el gigante olvid tales pensamientos, atrado por una nueva
evolucin de Ra-Ra. Retroceda ahora con lentitud hacia un extremo de la
mesa ocupado nicamente por gentes de baja condicin: atletas de los que
manejaban la mquina monta-platos. Un doctor se fu despegando
lentamente del grupo que haba precedido  la litera de Momaren y
pareci seguir de espaldas, fingindose distrado, la retirada de Ra-Ra.

El gigante sospech que este universitario era la mujer amada de la que
haba hablado el proscrito en varios pasajes de su historia. Tal vez no
se haban visto en muchos meses. El joven doctor acababa de adivinar
indudablemente el rostro misterioso que ocultaban aquellos velos
pdicos, y pareca conmovido por la primera sorpresa de su
descubrimiento.

Sinti Edwin una tierna conmiseracin por los dos amantes, un deseo de
protegerlos, de facilitar su entrevista, y para ello dej caer sobre la
mesa uno de sus brazos, colocndolo de modo que fuese como una barrera
entre el ngulo donde quedaba la pareja con el grupo de servidores
forzudos y todo el resto de la planicie.

Los enamorados, al verse protegidos por esta muralla de carne y de
lienzo, sin miedo ya  la curiosidad del cortejo universitario,
corrieron el uno hacia el otro. El hombre ech atrs sus velos
femeniles. Efectivamente, era Ra-Ra. Los dos se abrazaron y empezaron 
besarse, sin prestar atencin al grupo de atletas, que presenciaban sus
arrebatos con impasible estupidez.

Edwin crey ver que era el doctor quien haba tomado la iniciativa, de
estas caricias, con una impetuosidad varonil. Pero esto no le produjo
extraeza alguna. Ya estaba acostumbrado  las tergiversaciones de este
mundo dominado por las mujeres. Lo que l deseaba era conocer el rostro
de la joven universitaria y oir lo que se decan ambos, pero no
resultaba empresa fcil.

El profesor Flimnap segua hablndole. Dulcemente, de los plidos
elogios  sus versos ingleses haba ido pasando  una segunda serie de
alabanzas para las obras de Momaren, y explicaba con profusin el rango
que corresponda  este autor en la historia literaria del pas.

Gillespie movi la cabeza afirmativamente para indicar que aceptaba
todas las palabras del orador. Luego fij en el Padre de los Maestros
una mirada de vehemente admiracin, gracias  la cual pudo recobrar otra
vez su prestigio, pues Momaren pareca algo molestado por sus
distracciones anteriores.

Con el pretexto de querer oir mejor la luminosa disertacin de Flimnap,
busc sobre la mesa el aparato microfnico, introducindolo en uno de
sus pabellones auriculares. Inmediatamente un huracn aullador choc
contra su tmpano. Era la voz oratoria de su amigo, en torno de la cual
parecan enroscarse como suaves lianas las dos voces prudentes y tmidas
de la pareja amorosa. Luego, fingiendo interesarse mucho por lo que
deca el conferencista, se llev  un ojo la lente de aumento.

Vi con enormes dimensiones la cara de mistress Augusta Haynes, rematada
por su honorfico gorro, y que le sonrea protectoramente, como nunca le
haba sonredo la verdadera en el lejano pas de su nacimiento. Poco 
poco fu ladeando la cabeza, y desaparecieron de su redondel de vidrio
el Padre de los Maestros, el orador y los grupos universitarios. Como si
pretendiese cambiar de postura en su asiento, volvi la cabeza ms  la
derecha, quedando bajo su radio visual el extremo de la plataforma donde
estaban los dos amantes.

Ahora pudo ver con claridad, considerablemente agrandado y en todos sus
detalles, al joven doctor que estaba con Ra-Ra. De haberlo descubierto
una hora antes, estaba seguro de que la lente se habra cado de su
rostro empujada por la sorpresa, sindole imposible al mismo tiempo
contener un grito de asombro. Pero despus de haber conocido
personalmente  Momaren, se consideraba  salvo de toda clase de
emociones.

Entre todas las maravillas vistas en el pas de los pigmeos, el rostro
de este joven doctor representaba la ms enorme y la ms grata para l.
Pero existe un encadenamiento lgico entre los sucesos extraordinarios,
igual al que rene los hechos de la vida corriente. Desde el momento que
Ra-Ra era l, y Momaren era mistress Augusta Haynes, resultaba natural
que el joven universitario slo pudiera parecerse  una persona....

Y contempl con admiracin  miss Margaret Haynes, su novia del otro
mundo, que  travs de la lente amplificadora se mostraba casi con su
tamao ordinario.

l no haba visto nunca  Margaret llevando un gorro de doctor. Tampoco
haba tenido ocasin de admirarla con pantalones de hombre; pero crey
firmemente que, de haberla visto as, ofrecera las mismas formas
esbeltas y atractivas que en el presente momento. En realidad, se sinti
satisfecho por primera vez de su viaje  este pas, ya que le
proporcionaba tan agradable visin.

Le gust menos ver cmo su novia apretaba las manos de Ra-Ra, mirndose
en sus ojos, y cmo interrumpa tan cariosa contemplacin para volver 
besarle. Sufrir esto en su presencia!... Pero despus de mirar con odio
 Ra-Ra se dijo que ste era otro Edwin, y los besos recibidos por el
pigmeo le correspondan  l aunque fuese de un modo indirecto.

Con la emocin del encuentro los dos amantes haban olvidado toda
prudencia, y empezaron  hablarse en el idioma del pas. Luego se
fijaron en los atletas que permanecan junto  ellos, dentro del retiro
formado por el brazo del gigante, y creyeron prudente valerse de otro
lenguaje.

Gillespie oy claramente cmo los dos seguan el dilogo en ingls.

--Qu alegra sent al verte!--deca el hermoso doctor empleando el
lenguaje sagrado de la ciencia con tanta facilidad como Ra-Ra--. Te
crea lejos, en uno de esos viajes que tanto me inquietan. Ahora, al
encontrarte, me considero feliz; pero no por eso dejo de pensar en tus
enemigos. Los del _Comit de supresin del antiguo rgimen_ no te
olvidan, y sus espas siguen buscndote por la capital. Al venir aqu
esta tarde, presenta confusamente que algo nuevo y grato iba  ver en
el alojamiento del Hombre-Montaa. Por eso me inspir una simpata
repentina este gigante. Hasta le encontr en los primeros momentos
cierta semejanza contigo. Era, sin duda, el presentimiento de que te
habas refugiado bajo su proteccin.... Pero ay, si llegasen 
descubrirte! Cada da preocupas ms  esas gentes que te odian.

--No temas, Popito; es difcil que den conmigo. Tu amor y las exigencias
de la gran causa  que he dedicado mi vida me hacen ser prudente. Slo
cuando supe que el Padre de los Maestros vena  visitar al gigante me
decid  subir  lo alto de esta mesa con la esperanza de que t
figuraras en el cortejo.

--Y yo que no quera venir!--exclam Popito--. Tu larga ausencia y la
falta de noticias me tenan desalentada. Prefera pasar la tarde
sumindome en el estudio, para no pensar en nuestra situacin. Al fin,
la curiosidad de ver al Hombre-Montaa y un indefinible presentimiento
me arrastraron hasta aqu. Qu desgracia si no hubiese venido!...

La suposicin de esta ausencia impresionaba de tal modo  Ra-Ra, que
para consolarse volvi  repetir sus abrazos y sus besos.

--Oh, Popito!--murmur con una voz de xtasis.

Gillespie consider prudente apartar su mirada de ellos para volverla
hacia el imponente cortejo que haba venido  visitarle.

--Miss Margaret se llama ahora Popito--se dijo mentalmente--. Qu
nombre extravagante!

Pero  continuacin pens que l se llamaba Ra-Ra, y la grave viuda de
Haynes era en este pas el Padre de los Maestros, jefe supremo de las
universidades, y adems escriba versos.

Busc otra vez la mirada protectora de Momaren, quedando medianamente
satisfecho al ver que los ojos de ste parecan amonestarle por su
reciente distraccin. Flimnap continuaba dejando correr el chorro de su
oratoria didctica. Explicaba en estos momentos los diversos y
brillantes perodos de la literatura nacional, aproximndose con la
lentitud de un estratega prudente  la conclusin de que todo lo que
haban producido varias generaciones de escritores era simplemente para
preparar el advenimiento de Momaren. Pero aunque Gillespie haca
esfuerzos por enterarse de la disertacin, inclinaba al mismo tiempo su
cabeza del lado de los amantes, deseoso de oir su dilogo.

La voz de la invisible Popito, algo desfigurada por el aparato
microfnico, evoc en su memoria el recuerdo de la voz dulce y graciosa
de miss Margaret.

--Mi madre se opone--deca--, bien lo s; pero yo te amo, y vers cmo
al fin triunfaremos, consiguiendo nuestra felicidad.

Lo mismo que la otra!... El gigante crey estar an en el Gran Parque
de San Francisco escuchando por ltima vez  miss Margaret, y al ver
bajo sus ojos  tantos ciudadanos de aquel pueblo diminuto que le tena
sujeto  la ms grotesca de las esclavitudes, impidindole volver  la
tierra natal, donde  lo menos le era posible admirar de lejos  la
mujer amada, sinti un deseo vehemente de levantar los puos, aplastando
con unos cuantos golpes  toda la universidad femenina.

Su propia voz saliendo de la boca de Ra-Ra le distrajo por algn tiempo.
El joven hablaba con entusiasmo, y Popito,  pesar de que viva en la
triunfante Repblica de las mujeres, mostraba al escucharle una
supeditacin de hembra feliz que desea verse dirigida y nicamente pide
amor. Era igual  las mujeres descritas por el doctor Flimnap que vivan
en las pocas anteriores  la Verdadera Revolucin.

Ra-Ra contaba las ltimas aventuras de su existencia errante y sus
trabajos para destruir el despotismo femenino. Crea en un triunfo
prximo con la fe de los visionarios, que siempre colocan la victoria de
sus ideales dentro de breve plazo. Tan conmovido estaba por su
vehemencia, que hasta lleg  olvidarse del sexo de su nica oyente.
Todas las abominaciones de la poca actual las atribua  las mujeres,
describiendo  continuacin el perodo de justicia y de bienestar que
seguira al triunfo de los hombres.

Como haba sufrido mucho, su rencor de perseguido exiga venganzas. El
nombre de Momaren iba  figurar entre los primeros culpables que
castigara la futura Revolucin.

--No--protest Popito--. Acurdate, Ra-Ra, que el Padre de los Maestros
es mi padre.

--Di tu madre, para hablar lgicamente--repuso el joven.

--S, mi madre, conforme  los usos del antiguo rgimen, y yo te pido
que la respetes. Momaren tiene un alma generosa. Su nico defecto
consiste en ser tradicionalista y aceptar todas las ideas de su poca.

Gillespie no experiment extraeza al oir esto. Le pareca
extremadamente lgico, y hasta se asombr de que no se le hubiera
ocurrido antes. Siendo mistress Augusta Haynes el Padre de los Maestros,
era natural que Popito fuese su hija. Cmo ira  terminar toda esta
historia empezada al otro extremo de la tierra para reproducirse aqu en
proporciones de burlesca exigidad, pero con un carcter ms dramtico y
peligroso?...

Un mugido gigantesco penetr por su conducto auricular, hacindole salir
de su actitud reflexiva. El profesor Flimnap gritaba  toda voz:

--Qu opina usted de lo que digo, gentleman?

Haba formulado tres veces la misma pregunta, sin obtener respuesta, y
los doctores jvenes, ms revoltosos, empezaban  reir del silencio del
gigante y de la confusin del conferencista.

Engaado por la fijeza de los ojos de Gillespie, el traductor haba
osado dirigirle la tal pregunta convencido de que le escuchaba con
atencin. Luego tuvo que repetirla dos veces ms, mientras  su lado el
ilustre jefe de la Universidad se agitaba en su asiento nerviosamente,
considerando como una ofensa la actitud distrada del gigante.

--Qu deca usted, querido profesor?--pregunt Edwin con la expresin
de un hombre que despierta.

Estas palabras aumentaron las risas en el doctorado joven. Algunos
universitarios se encogan y achicaban para lanzar carcajadas con toda
libertad al amparo de las espaldas de sus vecinos. Queran aprovechar la
ocasin para reirse sin peligro del temible Momaren. Este, con las
mejillas enrojecidas y la nariz ms encorvada que nunca, ara los
brazos de su silln, mientras el buen Flimnap, avergonzado por el
incidente, balbuca sus explicaciones.

--Le pregunto, gentleman, si despus de haber escuchado lo que dije
sobre los diversos perodos de nuestra literatura no cree usted que el
poeta Momaren resulta el ms eminente de todos en el gnero sentimental.

--Es indiscutible--respondi el coloso--, y slo los ignorantes pueden
opinar lo contrario.

Esta respuesta devolvi en parte su tranquilidad al Padre de los
Maestros, pero todava sonaron algunas risas entre la gente joven,
aunque menos audaces por ir dirigidas concretamente contra la persona
del jefe supremo.

--Vmonos, profesor--orden  Flimnap--. Estamos cansando con una visita
demasiado larga  este pobre gigante, que no parece de un vigor
intelectual en armona con su estatura. Despdame de l; dgale que he
tenido mucho gusto en conocerle.

Y se puso de pie, acudiendo inmediatamente los dos aspirantes  profesor
que sostenan la cola de su toga. Tambin corrieron los portadores de su
litera para empuar los brazos de esta caja porttil. Todo el cortejo
universitario, que ya empezaba  fatigarse de una visita larga y sin
incidentes, se aglomer en los escotillones para deslizarse por las
cuatro rampas arrolladas  las patas de la mesa.

Flimnap se despidi de su protegido con breves palabras:

-Vendr maana, gentleman. El Padre de los Maestros le saluda y agradece
su atencin.

Lo que el catedrtico deseaba era volver al lado de Momaren. El
entrecejo de ste y su boca tirante y desdeosa le infundan terror. Se
inclin ante l cuando iba a entrar en su litera, y el eminente
personaje le dijo con frialdad:

-Me parece un buen hombre su Gentleman-Montaa, pero sin ningn sentido
crtico. En cuanto  sus versos, ya sabe mi opinin: muy flojos; casi
dira que son malos.

Fu  meterse en la caja porttil, pero todava retrocedi para
comunicar  su inferior el gran descubrimiento que acababa de hacer. Una
clera sorda y fra haba registrado su memoria ms profundamente que la
vanidad halagada.

-Ya s  quin se parece su gigante: acabo de descubrirlo. Es un retrato
exacto de Ra-Ra, ese loco peligroso, nieto de aquel asesino de las
guerras antiguas que se crea un grande hombre. No es una semejanza que
haga simptico  su Gentleman-Montaa.

Y despus de decir esto se meti en su litera, satisfecho de la
confusin y la alarma en que dejaba al buen profesor.

Gillespie, mientras tanto, haba levantado el brazo que serva de
refugio  los dos amantes. Al ver Popito que el cortejo universitario
haba abandonado ya la planicie de la mesa, se dirigi hacia uno de los
escotillones, despidindose antes de Ra-Ra con varios besos.

--Volver--dijo apresuradamente, ahora que conozco tu escondrijo.
Pretextar un deseo de estudiar de cerca el modo de vivir del gigante.

Despus de tales palabras quiso correr, pero se vi detenida en mitad de
su carrera por un obstculo. El Hombre-Montaa haba colocado una de sus
manos sobre la mesa, mantenindola en posicin vertical, con el pulgar
en alto.

Tropez la joven con los almohadillados carnosos de su palma, y al mismo
tiempo una voz enorme que se esforzaba por ser dulce lleg  sus odos
desde lo alto:

-Doctor Popito, puede usted volver cuando quiera: el Hombre-Montaa la
invita. Si Momaren es el Padre de los Maestros, yo deseo ser el Padre de
los Enamorados.




IX

Donde el gigante va de caza y Popito expone sus ideas sobre el gobierno
de las mujeres

Cuando el bondadoso Flimnap se present al da siguiente, Edwin le hizo
una pregunta que tena preparada desde la tarde anterior.

Adivin que el profesor hembra le traa buenas noticias, a juzgar por la
expresin alegre de su rostro; pero antes de que se enfrascase en su
relato y tal vez en la manifestacin de sus tiernos sentimientos, quiso
satisfacer la propia curiosidad.

-Dgame, doctor: Momaren tiene una hija?

Al oir estas palabras, Flimnap perdi su alegre gesto. No se acordaba en
aquel momento del mencionado personaje, y la pregunta del gigante
resucit en su memoria las molestias y los temores del da anterior.

-S, gentleman; tiene una hija, como usted dice, o como nosotros
decimos, un hijo, que pertenece  la Universidad y podra ser una de sus
mejores glorias. Pero el doctor Popito, adems de proporcionar al Padre
de los Maestros abundantes molestias en el presente, le recuerda un
pasado de sucesos muy tristes.

Viendo que Flimnap callaba, el gigante indic con un gesto su deseo de
saber algo ms; pero el universitario se neg  seguir hablando si no se
colocaba antes en una oreja aquel aparato que permita oir las voces ms
tenues. Tema contar  gritos la historia de las desgracias familiares
de su poderoso jefe. Una indiscrecin de tal clase aumentara la
frialdad que le mostraba Momaren despus de lo ocurrido en la tarde
anterior.

Slo al ver que Gillespie haca uso del micrfono, sigui diciendo en
voz baja:

--La historia del Padre de los Maestros es la historia de todas las
mujeres que concentran su felicidad y su porvenir en un hombre,
entregndose  esa pasin absorbente y martirizadora que llaman amor.
Hace veinticinco aos, cuando an no era jefe de la Universidad, pero
ocupaba un asiento por primera vez en el Senado y una ctedra de
Historia poltica, se enamor de un hombre.

No crea usted, gentleman, que este hombre era un intelectual, digno del
afecto de Momaren. Por el contrario, apenas saba leer y escribir, pero
era un buen mozo y dispona  su capricho de todas las artes que
cultivan los varones metidos en sus casas para atraer y dominar  las
pobres mujeres. Como la mujer vive preocupada por sus negocios y vuelve
 su domicilio rendida de tanto trabajar, ignora el modo de precaverse
de tan diablicas asechanzas.

Momaren, que aspiraba  ser un asceta del estudio, dedicando  la
ciencia su vida entera, sin las preocupaciones de familia, que estorban
la concentracin silenciosa del pensamiento, fu dbil, y cay vencido,
como cualquiera de esas muchachas del casco con aletas que estudian para
oficiales en nuestra Escuela militar. Durante tres aos se consider el
profesor ms feliz de la Repblica porque tena  su lado  este hombre
seductor y diablico.

No era an Padre de los Maestros, pero fu padre de Popito, que naci al
ao de esta unin.

El caprichoso joven no pudo acostumbrarse  la gravedad amorosa del
profesor,  la calma de su casa, y un da se fug con una cmica,
clebre por su belleza, para vagar por los diversos Estados de nuestra
patria, llevando una existencia de aventuras y privaciones.

Debe haber muerto hace tiempo; nadie ha sabido ms de l. Pero el
ilustre Momaren qued herido para siempre despus de esta traicin, y
muy pocos le han visto sonreir.

El dolor es el agua que riega los jardines de la poesa y hace crecer
sus rboles ms lozanos. (Esta imagen, gentleman, siempre que la uso en
una conferencia arranca murmullos de entusiasmo.) Quiero decir que la
mala accin de aquel aventurero sirvi para que Momaren produjese sus
mejores obras. Como usted not durante la lectura de sus versos, este
gran poeta slo canta armoniosamente al recordar sus dolores.

La educacin de Popito le entretuvo durante los aos de su infancia y su
adolescencia. Pero ahora Popito es una mujer completa, un doctor de gran
porvenir, y si el Padre de los Maestros puede darle rdenes como jefe en
los asuntos universitarios, no le puede imponer su voluntad dentro de la
familia.

Para Momaren, la mejor de las esperanzas era que su hijo viviese como l
no supo vivir: observando el celibato, que conviene  toda mujer de
estudios, pensando nicamente en la gloria propia y en el porvenir de la
humanidad, sin caer nunca bajo la tirana del hombre. Un sabio que desea
ser verdaderamente fuerte necesita despreciar el amor. Pero Popito ha
resultado completamente distinta  las ilusiones de su padre. Debe tener
un alma igual  la de aquel aventurero enamoradizo y caprichoso que
abandon al ms alto de nuestros sabios para irse con una cmica. Es de
las pobres mujeres que consideran necesarios para su vida el hombre y el
amor.

De seguir los consejos de su padre, la veramos antes de pocos aos
sucederle en el alto cargo de Padre de los Maestros. Pero tiene un alma
dbil y contemporizadora, como la de aquellas hembras que en los
primeros das de la Verdadera Revolucin lloraban  intercedan por los
varones. Por eso desprecia la ms eminente posicin universitaria de
nuestro pas, prefiriendo vivir con un hombre amado, en cariosa
servidumbre, adivinando sus deseos para cumplirlos y dejndose despojar
de los derechos de superioridad que le confiri, por ser mujer, nuestra
victoria revolucionaria.

Su detuvo el profesor para aadir con timidez, bajando an ms el tono
de su voz:

--Por desgracia, gentleman, yo tengo cierta culpa de la frialdad con que
acoge Popito los sabios consejos de su padre. Esta muchacha ama  un
hombre, y yo, sin darme cuenta, hice que los dos se conociesen.

La interrumpi Gillespie con una voz que para l era casi un susurro:

--Lo s, profesor; el hombre se llama Ra-Ra....

--Ms bajo, gentleman!--dijo el traductor--. Ese nombre no le conviene
 nadie repetirlo en los presentes momentos. Digamos l simplemente, y
nos entenderemos lo mismo. Cmo le ha conocido usted?

Gillespie invent una historia para hacer creer al profesor que por un
azar haba conocido  Ra-Ra, contra la voluntad de ste, llegando al fin
 ver su rostro.

--Imprudente!--murmur Flimnap, refirindose  su protegido--. Hay que
ver cmo lo buscan por toda la capital. Muchas veces quise abandonarlo 
su suerte, en vista de sus absurdas predicaciones contra el excelente
gobierno de las mujeres, pero le quiero tanto!... Lo conozco desde
nio. Adems, en los ltimos das ha aumentado mucho mi afecto hacia l.
Se ha fijado, gentleman, cmo se le parece  usted?...

Gillespie sigui contando el encuentro de Ra-Ra y Popito sobre su mesa
en la tarde anterior, y cmo, extendiendo uno de sus brazos, cre un
refugio para que los dos amantes se hablasen entre caricias.

--Imprudentes!--volvi  repetir Flimnap--. Ahora comprendo por qu se
mostraba usted tan distrado y no contest  mis preguntas. Qu
atrevimiento!... Tener una entrevista de amor  corta distancia del
Padre de los Maestros, que odia  Ra-Ra y desea suprimirle, pues cree
que es el nico culpable del despego que le muestra su hija....

A pesar de las grandes muestras de escndalo que provocaba en Flimnap la
audacia de los dos amantes, se not en su voz cierta admiracin. Unos
das antes su protesta hubiese sido sincera, pero despus de conocer 
Edwin pensaba de distinto modo, mostrando veneracin por todos los que
sacrificaban la seguridad y las comodidades de su existencia en pro de
un amor.

--Me asombro de su atrevimiento, gentleman, pero quin sabe si estos
enamorados valerosos ven la realidad mejor que nosotros y conocen los
goces de la vida ms que los prudentes!... Yo, gentleman, tal vez
hubiese sido como ellos, pero nunca tuve ocasin de conocer el amor. Mi
mundo no me daba facilidades para enamorarme. Siempre he soado con
dedicar mi ternura  algo muy alto, muy extraordinario, que estuviera
por encima de las cabezas de los dems mortales.... Pero antes de que
usted viniese esto equivala  soar con lo imposible.

Se ruboriz Flimnap, creyendo haber dicho demasiado, y mir  travs de
su lente el rostro del gigante. Este permaneca impasible, como si no la
hubiese entendido, y el profesor juzg oportuno no insistir. Por el
momento bastaba esta insinuacin; ms adelante se expresara con mayor
claridad. Y pas  hablar de aquellas noticias que dilataban de gozo su
cara bonachona cuando entr en la antigua Galera de la Industria.

--Usted no puede estar metido aqu siempre, pues eso acabara con su
salud. Se lo he dicho al presidente del Consejo Ejecutivo,  muchos
senadores, al gobierno municipal de la ciudad y  todos los periodistas
que conozco, excelentes muchachas, que ahora me prestan alguna atencin,
despus de no haberme hecho caso nunca, y se dignan repetir en sus
artculos todo lo que me oyen. En una palabra, gentleman: he creado un
movimiento de opinin  favor de usted para que su vida sea ms
higinica y divertida.

El gobierno me ha autorizado para que forme un programa de diversiones.
Qu es lo que usted desea?... Yo, espontneamente, me he atrevido 
proponer varias. Quiero que un da le dejen visitar la capital. Esto es
ms difcil que parece  primera vista. Habr que suspender la
circulacin en las calles para que usted, al marchar, no aplaste  unos
cuantos centenares de transeuntes y para que nuestros vehculos
terrestres no le corten los pies con sus ruedas. La gente slo le ver
desde las ventanas y los tejados.

Como le digo, esto no es fcil, y slo puede realizarse despus que se
rena el gobierno municipal y decrete la suspensin del trfico por unas
horas.

Tambin he hablado al ministro de la Guerra, y est dispuesto  enviarle
un batalln de muchachas, las ms jvenes y giles, para que hagan
maniobras sobre esta mesa y ejecuten varias danzas guerreras. Otras
diversiones tengo pensadas, pero slo podrn realizarse ms adelante,
pues exigen larga preparacin.

El recreo ms inmediato ser maana. Usted necesita el aire del campo,
dar un paseo digno de sus piernas, y el gobierno me ha autorizado para
que le lleve al parque secular, donde nuestros antiguos emperadores se
dedicaban  la caza durante sus veraneos. Tres das de viaje echaban
aquellos dspotas en sus pesadas carretas para llegar  dicha selva,
poblada de toda clase de animales feroces. Ahora, con nuestros vehculos
automviles, vamos en tres horas, y usted, gentleman, tal vez haga el
camino en menos tiempo.

Ver usted cosas maravillosas en aquellas frondosidades, que, segn la
credulidad de nuestros remotos abuelos, fueron habitadas por los
primeros dioses. Encontrar rboles casi de su estatura y tal vez
bestias de caza muy interesantes.

Edwin acept la invitacin con entusiasmo. Deseaba conocer algo ms que
el eterno espectculo de la capital vista por los tejados, y el ro, en
el que nicamente le permitan moverse dentro de un reducido espacio.

Pas la noche inquieto por esta novedad, despertndose con frecuencia, y
apenas hubo empezado  apuntar el alba sali de la Galera,
encontrndose con que el profesor Flimnap le aguardaba ya acompaado por
dos individuos ms del _Comit de recibimiento del Hombre-Montaa_. Un
destacamento de amazonas armadas con arcos llenaba tres vehculos
enormes, sin duda para recordar al gigante que no era mas que un
prisionero.

Las dos mquinas voladoras que permanecan da y noche sobre el enorme
edificio abandonaron su inmovilidad, lanzndose  travs del aire como
para indicar la direccin al cortejo terrestre.

Camin el gigante unas tres horas en pos del automvil donde iba su
traductor, rodando detrs de l los otros vehculos llenos de soldados.
Al entrar en la selva se hundi en una arboleda que tena siglos y slo
le llegaba  los hombros, pasando muy contadas veces sus ramas por
encima de su cabeza. Los vehculos marchaban por caminos abiertos entre
las filas de troncos, pero el gigante, al seguirlos, tropezaba con el
ramaje en forma de bveda, acompaando su avance con un continuo crujido
de maderas tronchadas y lluvias de hojas.

La escolta tuvo que quedarse en el antiguo palacio de caza de los
emperadores, que casi era una ruina, y Gillespie se lanz  travs de lo
ms intrincado de la selva, aspirando con deleite el perfume de
vegetacin prensada que surga de sus pasos.

Del fondo de la arboleda se elevaban nubes de pjaros, unas veces en
forma de tringulo, otras en forma de corona, siendo las ms grandes de
estas aves del volumen de una mosca. Todos los habitantes de la selva
adormecida escapaban asustados al sentir la aproximacin de este
monstruo inmenso. Bajo sus pies moran  miles las flores y los
insectos; cada una de sus huellas era un cementerio vegetal y animal.
Las grandes bestias de caza, del tamao de ratas, capaces de poner en
peligro la vida de un cazador pigmeo, corran en galope furioso,
temerosas y encolerizadas  la vez por la intrusin de esta montaa
andante, que poda aplastarlas con sus piernas, tan gruesas como los
troncos de los rboles ms antiguos.

Gillespie vi jabales de erizado pelaje y ciervos de complicadas y
altsimas astamentas, que parecan datar de los tiempos en que cazaban
los emperadores. Estas bestias de terrorfico aspecto hacan temblar de
emocin al profesor Flimnap,  pesar de que las contemplaba desde una
altura prodigiosa. El gigante, al salir del palacio ruinoso para correr
la selva, haba credo prudente llevar con l  su traductor.

--As me acompaar alguien de la Comisin encargada de velar por mi
seguridad.

Y puso al catedrtico sobre su pecho, aposentndolo en el bolsillo
superior de su chaqueta, donde antes guardaba el pauelo perfumado que
haba sido el asombro de las damas masculinas en el palacio del
gobierno.

Flimnap, asomado al borde del bolsillo, casi lloraba de miedo cada vez
que el gigante extenda una mano pretendiendo apresar en plena carrera 
alguna de aquellas bestias amenazantes dominadoras de la selva.

--No, gentleman!--gritaba--. Tenga cuidado! En este momento recuerdo
que uno de nuestros viejos cronistas relata cmo una fiera de esta clase
mat, hace quinientos aos, al emperador Deffar Plune, valeroso cazador.

Pero el gigante, excitado por los perfumes silvestres y sintiendo
renacer su vigor con este deporte extraordinario  travs de una selva
que tal vez tena mil aos y no era ms alta que su cabeza, ri del
miedo de la traductora y de los emperadores de cinco siglos antes.

En una replaza abierta entre espesos rboles persigui  un jabal, que,
al verse acorralado, le acometi con espumarajos de rabia, pretendiendo
hundir sus colmillos en el cuero de sus zapatos. Pero una patada del
gigante lo envi por alto, yendo  estrellarse contra un rbol copudo y
robusto semejante  un cedro. Luego, en un sendero, agarr  un ciervo
en mitad de su fuga veloz y lo subi  la altura de su pecho,
colocndolo  corta distancia de Flimnap, de modo que el asustado
animal, al mover la cabeza, casi le tocaba con las puntas de su
cornamenta.

El profesor cay desmayado de miedo en el fondo del bolsillo, mientras
el gigante volva  inclinarse sobre la tierra para dejar al ciervo en
libertad.

Tuvo que atender  su traductora, sacndola de su refugio, despus de
esta broma un poco ruda. Se sent en el suelo, rompiendo bajo su peso
varios rboles. Luego meti una mano en un arroyo prximo, pasando dos
dedos sobre la cara de su acompaante. Esta empez  despertar bajo la
caricia hmeda.

--Oh, gentleman!--suspir con acento de reproche--. Por qu me ha dado
ese susto?... Yo que le amo tanto!

A pesar de este tono de queja, se notaba en su voz y en sus ojos una
expresin adorativa, como si estuviese dispuesta  sufrir nuevos
terrores  cambio de contemplar la majestuosa autoridad que ejerca su
amigo sobre una selva donde haban temblado de emocin tantos cazadores
valerosos.

El gigante la dej por unos momentos sentada al borde del arroyo, para
meterse otra vez entre los rboles.--Quiero llevarme un recuerdo de
esta visita--dijo  Flimnap.

Y el profesor vi cmo coga con ambas manos un rbol que le llegaba 
la cintura, empezando  moverle  un lado y  otro, cual si pretendiese
arrancarlo del suelo.

Una nube de hojas envolvi al gigante. Varios pjaros se escaparon
lanzando chillidos. El rbol cruja cada vez ms ruidosamente, hasta que
al fin se rompi junto  las races. Gillespie fu tronchando sus ramas,
y as pudo fabricarse un bastn que ms bien era una cachiporra, gruesa
de abajo, delgada de arriba y con varias pas que marcaban el ramaje
roto.

Hizo un molinete con el tal bastn, que estremeci  los rboles
inmediatos, extendiendo una brisa ondulatoria sobre gran parta de la
selva. Se senta con esta cachiporra en la diestra menos esclavo de los
pigmeos. Sonri pensando que hasta era capaz de echar abajo el par de
mquinas areas que le vigilaban haciendo evoluciones sobre su cabeza.
Un simple garrotazo poda acabar con las dos si es que volaban, como
otras veces, cerca de l para tenerle al alcance de su lazo metlico.

Al cerrar la noche volvi el Hombre-Montaa  su alojamiento. Tanta era
su alegra despus de esta excursin, que durante el camino de regreso,
influenciado por la dulzura del atardecer, empez  cantar mientras
marcaba el paso, llevando sobre un hombro el rbol convertido en
garrote.

Su cancin era una marcha belicosa de las que entonaba el ejrcito
americano durante la guerra en Francia. Cuando se fatigaba de cantar
silbaba, y todos los del cortejo, contagiados por su alegra, intentaban
imitarle. Las muchachas de la escolta, no menos regocijadas y
enardecidas por la excursin, acompaaban el canto del gigante golpeando
sus casquetes con sus espadas. Las aviadoras de larga pluma coreaban la
cancin  los silbidos desde sus mquinas areas, que flotaban muy cerca
de Gillespie. Los habitantes de las cabaas y de los pueblecitos corran
hacia el camino, atrados por esta msica ruidosa que pareca venir de
las nubes.

Aquella noche el profesor Flimnap escribi un largo informe dirigido 
sus superiores, en el que relataba la alegra del prisionero,
insistiendo sobre la necesidad de proporcionarle diversiones para que
gozase de buena salud. As los sabios del pas podran enterarse,
gracias  sus confidencias, de la civilizacin de los Hombres-Montaas.

Despus de redactar este documento slo durmi unas horas. Deba partir
al amanecer en la mquina volante que haca el viaje  una de las
ciudades ms lejanas de la Repblica. Le aguardaban all para que diese,
ante un pblico inmenso, otra de sus conferencias sobre el coloso.

ste, fatigado por su excursin del da anterior, y sabiendo que Flimnap
no vendra  verle, se levant tarde. Pas dos horas en el ro, dedicado
 su limpieza corporal, divirtindose al mismo tiempo en arrojar
manotadas de agua  la orilla de enfrente, donde los curiosos se
arremolinaban y huan riendo de estas trombas lquidas.

Cuando subi  su vivienda, vi que la servidumbre trabajaba ya en torno
de las cocinas, preparando el gigantesco almuerzo.

Ocup Edwin su escabel, apoyando los codos en la mesa; pero al abarcar
con su vista la planicie de madera, tuvo un agradable encuentro. Haba
alguien ms que los atletas que dormitaban junto  la gra. Sentados en
el lomo del libro de poesas trado por Flimnap, y que haca ahora
oficio de banco, vi  Popito y  Ra-Ra. Los dos amantes conversaban con
las manos unidas y mirndose  corta distancia.

--No se molesten ustedes--dijo el gigante--. Continen.

Pero estas palabras resultaban irnicas, pues ninguno de los dos se
haba movido al llegar el Hombre-Montaa ni parecieron enterarse de su
presencia.

Gillespie no pudo ofenderse por este egosmo, propio de enamorados.
Tambin l cuando haba conseguido una entrevista con miss Margaret en
un paseo de Nueva York  en un jardn de California, era capaz de no
mostrar el menor inters ni llevarse la mano al sombrero aunque pasase
por su lado el presidente de la Repblica. El amor tiene bastante con
sus propios asuntos y no deja espacio  las otras curiosidades de la
vida.

--Ha hecho usted bien, doctor Popito--continu alegremente--, en
aprovecharse cuanto antes de mi permiso. Hablen todo lo que quieran.
Aqu tienen al Padre de los Enamorados, que los defender del Padre de
los Maestros y de todos los Consejos que intenten su persecucin. Sobre
esta mesa pueden considerarse ms seguros que sobre la ms alta montaa.
Me basta dar un puntapi  sus patas para demoler todos los caminos de
subida, cortando el paso  los perseguidores.

Los dos amantes agradecieron al Gentleman-Montaa su proteccin. Pero 
pesar de esta gratitud, se adivinaba en ellos que hubiesen preferido
verse solos, sin la obligacin de conversar con el gigante.

Gillespie tambin excus tal egosmo; lo mismo le ocurra  l cuando
hablaba con miss Margaret. Pero aquella maana senta un vivo deseo de
ponerse en comunicacin con estos dos seres que reproducan su propia
existencia como una miniatura reproduce un rostro humano.

--Desde que tuve el gusto de conocerle, doctor Popito--continu--,
llevo en mi memoria una pregunta, y aprovecho la oportunidad para que me
la conteste. Cmo usted, una mujer, ama  este hombre terrible que
desea la derrota del gobierno femenino y que la sociedad vuelva  estar
constituda como antes de la Verdadera Revolucin?...

--Le amo--dijo Popito--por lo mismo que soy mujer y quiero continuar
sindolo. No crea, gentleman, que todas las de mi sexo en este pas
estamos contentas de la tirana de nuestro gobierno y de la situacin
abyecta en que mantiene al hombre, haciendo de l un vencido. Del mismo
modo que entre los varones se va formando el partido masculista, entre
nosotras surge un movimiento de protesta dirigido por las mujeres que
aspiran  una vida dulce y de concordia entre los sexos: una vida sin
violencias, sin que ninguno de los dos grupos en que se divide la
humanidad impere sobre el otro ni abuse de l. No queremos que el hombre
sea el dspota de la mujer, como en otros tiempos; pero tampoco que la
mujer sea el tirano del hombre, como en la actualidad. Por qu no
pueden ser iguales los dos, mantenindose en inalterable armona gracias
 la dulzura y, sobre todo,  la tolerancia?...

Adems, gentleman, yo, como dice mi padre y otras mujeres
intransigentes, tengo un alma de esclava, porque  todas ellas les
parece una esclavitud no ser las primeras en cualquier momento y no
poder dominar y maltratar al ser que marcha  su lado. A m, la libertad
 solas, la independencia spera y egosta, no me seducen. Necesito
vivir acompaada, verme protegida, apoyarme en alguien, y slo pido que,
 cambio de mi sumisin cariosa, me respeten, se muestren ciegos para
mis defectos y, sobre todo, me amen.

Somos ya muchas las que pensamos as. Tres generaciones de mujeres han
vivido como embriagadas por su triunfo, vengndose de un largo pasado de
esclavitud con disposiciones atroces. Nosotras no tenemos nada que
vengar; hemos nacido dentro de unas familias en las que el hombre ocupa
una situacin inferior y humillante, y esto nos hace ver el presente con
ms claridad y ms independencia que pueden verlo nuestros progenitores.
Es la reaccin inevitable despus de un perodo de violencias, el
retroceso al buen sentido despus de un avance exagerado.

--Pero su Ra-Ra--dijo el gigante--tiene otros pensamientos. Suea con
repetir  favor de los hombres todas las violencias que realizaron las
mujeres al ocurrir la Verdadera Revolucin.

--No crea usted sus palabras--dijo Popito con dulzura--. Ra-Ra es
bueno, aunque parezca amargado y cruel por las persecuciones de que se
ve objeto.... Yo estoy  su lado, y cuando el amor une verdaderamente 
dos seres, el hombre slo es perverso si la mujer se lo consiente.

Hubo una larga pausa. Mientras Popito hablaba, su amante, con la vista
baja, pareca reflexionar.

--Adems--continu ella--, cundo triunfar Ra-Ra?... Yo lo deseo,
aunque esta victoria signifique la desgracia de mi padre y la
desaparicin del gobierno de las mujeres. As podra vivir tranquila,
sin las angustias que sufro actualmente, pues temo de un momento  otro
ver preso y condenado  muerte al hombre que amo. Pero es posible esa
victoria?... Cada vez la veo ms lejana. Las mujeres triunfaron tal vez
para siempre al apoderarse de la fuerza.

Las palabras de Popito hicieron que Ra-Ra saliese de su abstraccin.
Tom un aspecto de inspirado, de conductor de muchedumbres, una actitud
heroica, que contrastaba con sus vestiduras femeniles.

--Nuestro triunfo llega--dijo con voz sorda--. Estn contados los das
de la tirana de las mujeres. Anoche recib grandes noticias. Un esclavo
de la servidumbre de nuestro gigante me entreg un papel que le haba
dado otro esclavo venido de una de las ciudades ms remotas de la
Repblica. El nmero de nuestros adeptos aumenta. Tal vez somos ya un
milln.

Pero el nmero representa poco. Lo que vale es el trabajo de los hombres
inteligentes que desean emanciparse de una vida de harn y apelan al
estudio como nico medio de conseguir la libertad.

Hemos encontrado  un octogenario que de joven hizo la guerra con el
generalsimo Ra-Ra, mi heroico abuelo. Este anciano conoce el mecanismo
de todos los aparatos de combate que se conservan en las universidades.
Acurdate, Pepito, que t y yo, cuando ramos muchachos y vivamos en la
Universidad, nos hemos deslizado ocultamente en los almacenes de la
Facultad de Historia para ver de cerca las bestias de acero, gloriosas y
mudas, sin poder adivinar cmo funcionaron en otros tiempos....

--Pues bien--continu Ra-Ra con entusiasmo despus de una larga pausa--,
ese anciano lo sabe; ese guerrero escapado  la venganza de las mujeres
prepara la resurreccin de un mundo de honor caballeresco y de herosmo,
comunicando sus conocimientos  los jvenes.

--Y de qu puede servirles todo eso?--interrumpi Gillespie--. Yo
conozco la historia de este pas, que usted parece haber olvidado.... Y
los rayos negros?

Ra-Ra levant los hombros con una expresin de menosprecio.

--Oh, los rayos negros!--dijo al fin--. El invento de una mujer bien
puede sobrepujarlo el invento de un hombre. Nuestros sabios trabajan....
y no quiero decir ms. Vamos  encontrar algo que nos dar la victoria,
y yo vendr  salvarle, gentleman, antes de que ordene su muerte el
gobierno de las mujeres.




X

En el que se ve cmo el Hombre Montaa conoci al fin la Ciudad-Paraso
de las Mujeres, y la deplorable aventura con que termin esta visita


Despus de numerosas peticiones al municipio de la capital y de no menos
entrevistas con los personajes allegados al gobierno, consigui Flimnap
ver aceptado el programa de diversiones que haba ido formando para
recreo de su amigo el gigante.

Una noche gui al Gentleman-Montaa hasta una colina desde cuya cumbre
se podan contemplar verticalmente dos grandes avenidas de la capital.
Gillespie encontr interesante el hormiguero que rebulla y centelleaba
bajo sus pies.

Un resplandor de aurora ligeramente sonrosado iluminaba las calles, sin
que l pudiese descubrir los focos de donde proceda. Tal vez emanaba de
misteriosos aparatos ocultos en los aleros de los edificios. Pero lo que
ms admir fu el continuo trnsito de los vehculos automviles. Todos
afectaban formas un poco fantsticas del mundo animal  vegetal,
llevando en su parte delantera faros enormes que fingan ser ojos y
cruzaban el iluminado espacio con chorros de un resplandor todava ms
intenso.

La Ciudad-Paraso de las Mujeres le pareci muy grande y digna de ser
visitada.

--No tardar usted en verla toda--dijo el profesor--. Ya tengo el
permiso del gobierno. Aprovecharemos la gran fiesta de los rayos negros.

Y fu explicando  Gillespie sus gestiones para conseguir esta
autorizacin y el motivo de que el gobierno hubiese fijado para dos das
despus la visita del Hombre-Montaa  la capital.

Haba que aprovechar una conmemoracin histrica, porque en tal fecha la
mayor parte del vecindario abandonaba sus viviendas para visitar cierto
templo de las inmediaciones. Era el glorioso aniversario de la invencin
de los rayos negros, considerada como el origen de la Verdadera
Revolucin. Todos en dicho da queran ver la casita y el laboratorio
donde la benemrita sabia haba hecho su descubrimiento: modestos
edificios cubiertos ahora por la techumbre de un templo majestuoso, en
torno del cual se extendan vastsimos jardines.

La capital casi quedaba desierta despus de medioda. nicamente las
personas de distincin continuaban en sus casas  se reunan en
aristocrticas tertulias, para no mezclarse con la gente popular. El
resto del vecindario acuda  la peregrinacin patritica, y hasta los
hombres se agregaban  la fiesta, sin acordarse de que la inventora de
los rayos negros haba sido su peor enemigo.

Una gran feria, abundante en diversiones para la muchedumbre, ocupaba
los jardines del templo. De lejanas ciudades llegaban por el espacio
flotillas de aparatos voladores, depositando en el lugar sagrado nuevos
grupos de peregrinos.

El profesor Flimnap, de acuerdo con los individuos del gobierno
municipal, haba compuesto un programa dando  la vez satisfaccin  la
curiosidad del gigante y  la curiosidad del pueblo. Gillespie deba
colocarse en las primeras horas de la maana  la entrada de la ciudad,
en el camino conducente al templo de los rayos negros. As le podra ver
todo el vecindario mientras marchaba  la peregrinacin nacional. Cuando
la muchedumbre se hubiese alejado, el gigante podra entrar por las
calles casi desiertas, sin riesgo de aplastar  los transeuntes.

As fu. El da sealado, Gillespie, siguiendo  una mquina terrestre
montada por su traductora y varios individuos de su Comit, lleg al
citado lugar. La muchedumbre haba emprendido ya su marcha hacia el
templo, y la presencia del gigante produjo enorme desorden. En vano los
jinetes de la cimitarra dieron varias cargas para dejar un espacio libre
de gente en torno de Gillespie. A estas horas de la maana la
muchedumbre era de los barrios populares, y mostr un regocijo agresivo
y rebelde. Bailaba al son de sus instrumentos, obstruyendo el camino, y
se negaba  obedecer  la fuerza pblica cuando sta pretenda alejarla
del Hombre-Montaa.

Todos queran tocarle despus de haberle visto. Se suban sobre sus
zapatos, se metan en el doblez final de sus pantalones. Algunos
curiosos que eran de gran agilidad, por exigirlo as sus oficios,
intentaron subirse por las piernas agarrndose  las asperezas que
formaba el entrecruzamiento de los hilos del pao.

Hubieron de intervenir finalmente las autoridades que vigilaban esta
salida de la ciudad. Un destacamento de la Guardia gubernamental,
llegando en auxilio de la polica, libr al gigante del asalto de la
muchedumbre. Al fin se encontr el medio de que todos pudieran
contemplar al Hombre-Montaa sin que el desfile se cortase y sin que el
templo de los rayos negros se viera abandonado por primera vez desde su
fundacin.

Como el gigante, colocado en medio del camino, era  modo de un dique
que contena el curso de la gente, le hicieron alejarse un poco de la
ciudad, hasta llegar  una fortaleza antigua situada al borde de un
barranco, la cual haba servido para la defensa de esta ruta en tiempo
de los emperadores.

Edwin se sent sobre la tal ciudadela, que no llegaba  tener dos varas
de alta, y en este silln de piedra descans mucho tiempo, mientras
segua el desfile del vecindario.

Varias lneas de infantes y jinetes extendidas ante sus pies le
separaban de la inquieta muchedumbre, evitando nuevas familiaridades.

A la gente popular de la primera hora sucedieron otros grupos menos
bulliciosos y de mejor aspecto, que pasaban en automviles propios  en
grandes vehculos de servicio pblico.

Los establecimientos de enseanza haban enviado  sus alumnos en
formacin militar para que visitasen la tierra de donde surgi la
liberacin femenil. Las tropas pasaban tambin, con sus msicas al
frente, para desfilar ante la tumba de aquella mujer de laboratorio que
se haba ido del mundo sin sospechar su gloria.

Cerca de medioda el profesor Flimnap volvi en busca de su protegido.
Empezaba  aclararse la muchedumbre de peregrinos.

--Ya puede entrar usted en la capital. El jefe de la polica dice que
las calles estn casi desiertas. Un pelotn de jinetes marchar delante
para que se alejen los curiosos, si es que verdaderamente queda alguno.
Adems van con ellos numerosos trompeteros, que anunciarn ruidosamente
el paso de usted para evitar accidentes. Cuando se sienta cansado, puede
hacer una sea  la escolta y volverse  casa. Usted sabe el camino.

El Gentleman-Montaa se extra de estas palabras.

--Me abandona usted, profesor?... Yo me imaginaba que sera mi gua 
travs de la capital.

--Inconvenientes de la gloria--dijo Flimnap, bajando los ojos como
avergonzado de su desercin--. Mi deseo era acompaarle, pero ahora soy
un personaje popular; segn parece, estoy de moda gracias  usted, y los
seores del gobierno municipal quieren que vaya con ellos al templo de
los rayos negros para pronunciar un discurso en honor de nuestra sabia
libertadora. Todos los aos escogen  la mujer ms clebre para que haga
este panegrico. Ahora me toca  mi, y no me atrevo  renunciar  una
distincin tan extraordinaria.

Flimnap afirm al coloso que acababa de dar rdenes para que lo
acompaase un buen traductor en su visita  la capital. Una hora antes
haba enviado un mensajero  la Galera de la Industria avisando  Ra-Ra
que viniese  esperar  Gillespie en la puerta ms prxima. Tal vez era
esto una imprudencia, pero ya no haba tiempo para disponer algo mejor.
El Gentleman-Montaa deba cuidar de que Ra-Ra conservase oculto su
rostro y no incurriese en las audacias de otras veces.

March Gillespie hacia la ciudad, precedido de un escuadrn de jinetes y
numerosos trompeteros. Las murallas de la capital, levantadas en tiempos
de los viejos emperadores, haban sido destruidas aos antes para el
ensanche urbano. Pero quedaba en pie una de las antiguas puertas,
flanqueada por dos torres de una arquitectura elegante y original, que
haba contribudo  que la respetasen.

El Hombre-Montaa se fij en varias mujeres que estaban en lo alto de
dicha puerta para verle pasar, y en un hombre, el nico, envuelto en
pdicos velos.

--Gentleman, soy yo--dijo  gritos, agitando sus blancas envolturas.

El gigante extendi la mano sobre las torres, y tomando entra dos dedos
 Ra-Ra, lo puso delicadamente en la abertura del bolsillo alto de su
chaqueta. El joven le guiara en su excursin, como el cornac que va
sentado en la testa del elefante.

Siguiendo sus indicaciones, se meti entre las dos torres y las casas
para seguir una amplia avenida.

Durante varias horas Gillespie visit la capital, admirando la audacia
constructiva de aquellos pigmeos. La mayor partes de los edificios eran
de numerosos pisos, y algunos palacios tenan sus azoteas altas al nivel
de su cabeza. Las casas, de ntida blancura, estaban cortadas por fajas
rojas y negras, y muchos de sus muros aparecan ornados con frescos,
gigantescos para los ojos de sus habitantes, que representaban sucesos
histricos  alegres danzas.

Entre las masas de edificios vi el gigante abrirse floridos jardines,
que  l le parecan no ms grandes que un pauelo, y en cuyos senderos
se detenan las mujeres para levantar la vista, admirando la enorme
cabeza que pasaba sobre los tejados. A pesar de que los trompeteros iban
al galope y soplando en sus largos tubos de metal por las calles que
segua Gillespie, los ojos de ste tropezaban  cada momento con
agradables sorpresas que le hacan sonreir. Los diarios haban anunciado
su visita  la ciudad; nadie la ignoraba, pero la fuerza de la costumbre
haca que machos olvidasen toda precaucin y siguieran viviendo en las
habitaciones altas sin miedo  los curiosos.

Edwin vi que se cerraban algunas ventanas con estruendo de clera.
Muchos puos crispados le amenazaron cuando ya haba pasado. Por estas
aberturas completamente desprovistas de cortinas sorprendi sin quererlo
las desnudeces matinales de numerosas mujeres que se acostaban tarde y
se levantaban tarde igualmente, procediendo  sus operaciones de higiene
con la ventana abierta, sin acordarse de que haba gigantes en el mundo.

Delante y detrs de l evolucionaba la caballera, dando trompetazos y
agitando sus sables. Los transeuntes y los vehculos que se haban
quedado en la ciudad huan delante de estas cargas, y ms an de los
inmensos pies, que con un simple roce se llevaban detrs de ellos la
parte baja de una esquina.

Ra-Ra crey estar gozando anticipadamente una parte del triunfo con que
soaba  todas horas. Asomado al bolsillo del gigante, se consideraba
tan enorme como ste, viendo empequeecidos  todos sus adversarios.
Siempre que el Hombre-Montaa pasaba junto  un edificio pblico, l
escupa desde la altura, como si pretendiese con esto consumar su
destruccin. Varias veces ri viendo moverse abajo, como despreciables
insectos,  los que estaban encargados de perseguirle. Como su voz slo
poda oirla el gigante, se expresaba con una insolencia revolucionaria.

--Gentleman--dijo designando con una mano el palacio del gobierno--,
ste es el antro de la venganza femenina.

Edwin di una vuelta en torno  la enorme construccin, asomndose por
encima de los tejados  sus patios y jardines. Lo mismo hizo en varios
edificios pblicos. Vi de lejos otro palacio grandioso, y como
adivinase que era la Universidad por las grandes lechuzas doradas que
coronaban las techumbres cnicas de sus torres, quiso ir hacia l; pero
Ra-Ra le disuadi.

--Ms tarde, gentleman. All descansar usted.

Y dirigi su marcha hacia el puerto.

A pesar de que el da era festivo, los buques anclados en l empezaron 
hacer funcionar los aparatos mugidores que usaban en los das de niebla,
dedicando al gigante un saludo ensordecedor. En los navos de la
escuadra del Sol Naciente, las tripulaciones, formadas sobre las
cubiertas, agitaron sus gorros, aclamndole. El Hombre-Montaa contest
 este saludo general moviendo sus dos manos y luego se inclin
cortsmente.

--Cuidado, gentleman! Acurdese que estoy aqu!--grit Ra-Ra.

Con el inesperado movimiento de su conductor, el pigmeo haba saltado
fuera del bolsillo y se mantena agarrado al borde.

La mano misericordiosa del coloso le volvi  su seguro refugio; pero
despus de esta aventura mortal pareca haber perdido las ganas de
prolongar el paseo y gui  su protector hacia la Universidad.

Siguiendo sus consejos, Gillespie march lentamente para fijarse en
todas las particularidades del edificio que Ra-Ra le iba explicando.

Por su parte, el proscrito, sin dejar de hablar, examinaba los tejados,
las terrazas y las galeras cubiertas de este palacio, grande como un
pueblo, en el que haba pasado su adolescencia.

Hizo que el gigante detuviera su marcha, y echando medio cuerpo fuera
del bolsillo, empez  dar gritos para que acudiese el jefe de la
escolta. Cuando ste, conteniendo la nerviosidad de su caballo, que se
encabritaba al husmear la proximidad del coloso, pudo colocarse al fin
junto  los enormes pies, Ra-Ra le habl desde arriba en el idioma del
pas. El Hombre-Montaa deseaba hacer alto, empleando como asiento uno
de los pabellones bajos de la Universidad. La escolta, poda descansar
igualmente durante una hora echando pie  tierra.

El guerrero acept con alegra la orden. Su tropa llevaba varias horas
de correr las calles, luchando con la rebelde curiosidad del pblico y
repeliendo  los transeuntes y las mquinas terrestres. Cesaron de sonar
las trompetas y los jinetes se desparramaron en las vas inmediatas.

Cuando todos desaparecieron, Ra-Ra volvi  examinar la parte alta y
sinuosa del palacio universitario, donde estaban las habitaciones de los
doctores jvenes. Los ms de ellos se haban ido  la peregrinacin
patritica, y as se explicaba que las terrazas y las galeras
permaneciesen silenciosas, sin el ordinario rumor de peleas dialcticas.

Slo quedaban algunos doctores melanclicos meditando ante un libro
abierto. Al ver la cabeza del gigante distraan su atencin estudiosa
por unos segundos; pero luego reanudaban la lectura, como si slo
hubiesen presenciado un accidente ordinario. Todos ellos recordaban su
visita  la Galera da la Industria, y tenan al Hombre-Montaa por un
animal enorme, cuya inteligencia estaba en razn inversa de su grandeza
material.

Gillespie haba empezado por segunda vez la vuelta del edificio.

--Detngase aqu, gentleman--dijo de pronto Ra-Ra, ahogando su voz.

Edwin no comprendi tales palabras. Qu deseaba este pigmeo, cada vea
ms exigente?...

--Digo, gentleman, que me deje aqu, en esa terraza. Dentro de una hora
vuelva  tomarme. Mientras tanto, puede usted descansar sentndose en
cualquiera de los pabellones anexos  la Universidad. No tema, son
fuertes y soportarn bien su peso.

Gillespie comprendi los deseos de Ra-Ra al ver en una terraza interior,
separada de la fachada por los profundos huecos de dos patios,  una
mujer con gorro universitario que agitaba los brazos, sorprendida y
alegre. No pudo reconocerla porque le faltaba su lente de aumento, pero
estaba casi seguro de que era Popito.

--Divirtanse mucho--dijo el gigante.

Y tomando  Ra-Ra otra vez con el pulgar y el ndice de su mano derecha,
lo sac del bolsillo para depositarlo en un alero. Luego ri viendo cmo
corra, con una agilidad de insecto saltador, de tejado en tejado,
agitando sus velos como las alas de una mariposa blanca, bordeando el
abismo de los profundos patios, para llegar hasta la mujercita de
birrete doctoral que le aguardaba llevndose ambas manos al pecho,
henchido de emocin.

Al quedar solo, el gigante se movi con lentos pasos  lo largo de la
Universidad, cuyas balaustradas finales le llegaban  los hombros. No
vea ningn edificio que pudiera servirle de asiento. Apoy un codo en
un alero mientras descansaba en su diestra la sudorosa frente, y al
momento ech abajo tres estatuas de doble tamao natural que adornaban
la balaustrada, representando  otras tantas heronas de la Verdadera
Revolucin.

Tuvo miedo de causar nuevos daos en el monumento de la Ciencia, y
continu su exploracin, buscando algo ms slido donde apoyarse.

Siguiendo el contorno del edificio lleg  una plaza sobre la que
avanzaba un palacete anexo  la Universidad. Era una construccin de
tres pisos, cuya altura no pasaba de la mitad de sus muslos, y en cuya
techumbre, libre de emblemas y de barandas, poda sentarse cmodamente.

As lo hizo Gillespie con suspiros de satisfaccin. Llevaba varias horas
caminando, con la atencin extremadamente concentrada y moviendo sus
pies entre prudentes titubeos para no aplastar  nadie.

Casi celebr que la audacia de Ra-Ra le hubiese dado motivo para
descansar en esta plaza solitaria, rodeado del silencio de una gran
ciudad desierta. Hasta tuvo la sospecha de que si no venan  buscarle
en su retiro acabara echando un ligero sueo. Encontraba agradable
tener por asiento una dependencia del enorme palacio donde reinaba sin
lmites la autoridad del Padre de los Maestros.

Aquella tarde, Golbasto, el gran poeta nacional, haba salido de su casa
apenas not que las calles empezaban  quedar solitarias. El glorioso
cantor slo gustaba de las muchedumbres cuando se reunan para aclamarle
y escuchar sus versos. Fuera de estos momentos, encontraba al pueblo
estpido, maloliente y peligroso.

La fiesta patritica de los rayos negros slo haba sido notable un ao,
segn su opinin. Fu el ao en que el gobierno le encarg un poema
heroico en honor de la inventora de los rayos libertadores, coronndolo
despus de su lectura y dndole el ttulo de poeta nacional. En los aos
siguientes, la tal fiesta nunca haba pasado de ser una feria
populachera, durante la cual pretendan intilmente parodiar su gloria
otros poetas escogidos por el favoritismo poltico. Hasta una vez--oh,
espectculo repugnante!--el designado para cantar tan sublime
aniversario haba sido una poetisa, es decir, un hombre, cosa nunca
vista despus de la Verdadera Revolucin. Este ao, el poeta de la
fiesta era una jovenzuela recin salida de la Universidad, un rebelde,
que osaba comparar sus versos con los de Golbasto y adems criticaba los
trabajos histricos del grave Momaren, su antiguo maestro.

Los tres caballos humanos del poeta, que soaban desde muchos das antes
con unas cuantas horas de libertad empleadas en asistir  las fiestas de
los rayos negros, slo vieron abierta su cuadra para ser enganchados al
carruajito en figura de concha. Como los tres hombres medio desnudos se
mostraban algo reacios y hasta osaron murmurar un poco, Golbasto los
refren con varios latigazos. Luego, afirmndose la corona de laurel
sobre las melenas grises, subi al carruajito y di una orden  su tiro,
acaricindolo por ltima vez con la fusta.

--Vamos  la Universidad,  la casa del doctor Momaren.

En el camino oy la trompetera que anunciaba el paso del gigante, y se
vi obligado  dar un largo rodeo por calles secundarias para no
tropezarse con l.

--Hasta cundo nos molestar el animal-montaa?--murmur
rabiosamente--. El senador Gurdilo tiene razn: hay que desembarazarse
de ese husped grosero  incmodo.

A pesar de que el poeta viva de sus continuas peticiones  los altos
seores del Consejo Ejecutivo y de las munificencias de Momaren, que
tambin era personaje oficial, senta hoy cierto afecto por el jefe de
la oposicin y encontraba muy atinados sus ataques contra un gobierno
que no saba velar por las glorias establecidas y apoyaba las audacias
de los principiantes.

Entr en la Universidad por la gran puerta de honor; dej en un patio su
vehculo, amenazando con los ms tremendos castigos  los tres
caballos-hombres enganchados  l si no eran prudentes y osaban moverse
de all. Siguiendo un ddalo de galeras y pasadizos, nicamente
conocidos por los amigos ntimos de Momaren, lleg al pequeo palacio
habitado por el Padre de los Maestros.

Ninguna de las recepciones vespertinas del potentado universitario se
haba visto tan concurrida como la de esta tarde. Todos los que
abominaban del contacto de la muchedumbre acudan  una tertulia que
proporcionaba  sus asistentes cierto prestigio literario.

Adems, la reunin de esta tarde tena un alcance poltico. El Padre de
los Maestros quera darle cierto sabor de protesta mesurada y grave por
la ofensa que Golbasto se imaginaba haber recibido del gobierno.
Momaren, haciendo este alarde de inters amistoso, se vengaba al mismo
tiempo del joven poeta universitario que haba osado criticarle como
historiador.

Golbasto, que all donde iba se consideraba el centro de la reunin,
entr en los salones saludando majestuosamente  la concurrencia. Casi
todos los altos profesores de la Universidad haban venido con sus
familias. Las esposas masculinas y los hijos, con blancos velos,
coronados de flores y exhalando perfumes, ocupaban los asientos. Las
mujeres triunfadoras y de aspecto varonil se paseaban por el centro de
los salones  formaban grupos junto  las ventanas.

Los universitarios hablaban de asuntos cientficos; algunos doctores
jvenes discutan, con la tristeza rencorosa que inspira el bien ajeno,
los mritos del camarada que en aquel momento estaba leyendo sus versos
 una muchedumbre inmensa sobre la escalinata del templo de los rayos
negros. Varios oficiales de la Guardia gubernamental y del ejrcito
ordinario se paseaban con una mano en la empuadura de la espada y la
otra sosteniendo sobre el redondo muslo su casco deslumbrante.

De los grupos masculinos vestidos con ropas de mujer surga un continuo
zumbido de murmuraciones y plticas frvolas. Los varones, divididos en
grupos, segn las Facultades  que pertenecan sus maridos hembras,
hablaban mal de los del grupo de enfrente. La esposa de un profesor de
leyes provocaba cierto escndalo. Segn sus piadosos compaeros de sexo,
deba andar ms all de los sesenta aos, y sin embargo tena el
atrevimiento de rasurarse la cara lo mismo que un muchacho casadero, en
vez de dejarse crecer la barba como toda seora decente que ha dicho
adis  las vanidades mundanas y slo piensa en el gobierno de su casa.

Los jvenes ansiosos de que alguien se fijase en ellos se preguntaban si
habra baile en la tertulia de Momaren. La entrada del poeta nacional
sembr la consternacin entre las seoritas masculinas aspirantes al
matrimonio.

--Cmo vamos  bailar si ha llegado Golbasto, el ms acaparador de los
poetas?... Toda la reunin ser para l.

Y las varoniles doncellas se mostraban tristes, resignndose  una larga
inmovilidad en la que slo veran de lejos  los hermosos militares,
mientras aguantaban un chaparrn interminable de versos.

Al ver entrar al poeta laureado, corri inmediatamente  su encuentro el
gran Momaren. Ambos se abrazaron, y algunos aduladores del Padre de los
Maestros sintieron que no estuviesen presentes los fotgrafos de los
peridicos para retratar el abrazo de los dos genios ms clebres del
pas.

--Gracias, amigo mo--dijo Golbasto--. Jams olvidar lo que hace usted
por m en este da.... Los gobiernos se suceden y caen en el olvido,
mientras que nuestra amistad llenar captulos enteros de la historia
futura.

Luego el poeta se empequeeci voluntariamente, hasta ocuparse de la
existencia domstica de su amigo.

--Y Popito?--pregunt.

Momaren hizo un gesto de contrariedad y de tristeza.

--Se ha negado  asistir  nuestra fiesta. Prefiere pasar la tarde en
sus habitaciones de estudiante. Tiene all una terraza, donde cultiva
flores, cuida pjaros y se entretiene con otras cosas ftiles, indignas
de su sexo.

--Qu juventud la que viene detrs de nosotros!--exclam tristemente
Golbasto.

Momaren hizo un gesto igual de melancola.

--Si no lo hubiese llevado en mis entraas--murmur--dudara que fuese
mi hijo.

Despus el gran poeta tuvo que separarse de Momaren para atender  sus
admiradores. Todos protestaban del hecho escandaloso que se estaba
realizando en aquellos momentos sobre las gradas del templo de los rayos
negros.

--Ya no hay categoras, ni respeto ... ni vergenza! El primer
jovenzuelo se cree un genio. Qu escndalo!

Golbasto mova la cabeza aprobando estas protestas, y los admiradores
insistan en sus lamentos, como si fuera  llegar el fin del mundo
aquella misma tarde.

El solemne Momaren cort  tiempo este concierto de quejas, pues los que
rodeaban al versificador haban agotado ya todas sus palabras de
indignacin y no saban qu aadir.

--Ilustre amigo--dijo el Padre de los Maestros con una voz untuosa--,
las seoras y seoritas aqu presentes me piden que interceda para que
nuestro gran poeta nacional las deleite con algunos de sus versos
inmortales.

Esto era mentira; las seoritas masculinas slo deseaban bailar, y en
cuanto  las matronas barbudas, odiaban los versos, porque su
declamacin las obligaba  permanecer silenciosas, estorbando sus
comentarios y murmuraciones. Pero como todas pertenecan  familias
universitarias dependientes de Momaren, creyeron prudente acoger el
embuste de ste con grandes muestras de aprobacin.

--S, s!--gritaron--. Que hable Golbasto!... que recite versos!

El poeta nacional se inclin como si quisiera empequeecerse delante de
Momaren.

--Recitar--dijo con nfasis--mis humildes obras, incorrectas y
anticuadas, en la casa donde vive el ms grande de los poetas, al que
reconocer siempre como maestro!...

Y mientras permaneca con el espinazo doblado, y Momaren, rojo de
emocin, miraba  unos y  otros para convencerse de que todos se daban
cuenta de tan enorme homenaje, dos matronas barbudas murmuraron bajo sus
velos:

--De seguro que piensa pedirle algo maana mismo para alguna de sus
amigas.

--Y lo que se lleve lo quitar  nuestros maridos--contest la otra.

Mientras tanto, Momaren, saliendo de su nimbo de vanidad, deca con
acento conciliador:

--Nada de maestro ... nada de gran poeta. Los dos somos iguales:
compaeros y amigos para siempre.

Golbasto palideci, hasta tomar su cara un tono verdoso. Pareca
dispuesto  protestar de tanta igualdad y tanto compaerismo; pero el
recuerdo de muchas cosas que deseaba pedir al Padre de los Maestros
sofoc la protesta instintiva de su vanidad, haciendo que se mostrase
dulce y bondadoso.

--Para que yo recite algo mo, ilustre Momaren, ser preciso que antes
cumpla una obra de justicia y de respeto declamando una poesa de usted.

El universitario acept con humildad.

--Si usted se empea!... Es usted tan bondadoso!...

Saba Golbasto por experiencia que nada halagaba  este compaero como
oir sus versos recitados por su boca. El poeta del cochecillo en forma
de concha, de los tres caballos humanos y del ltigo sangriento
declamaba con una dulzura celestial que haca verter lgrimas. Adems,
era para Momaren la ms alta de las consagraciones literarias tener 
Golbasto como lector de sus obras. Despus da esto se senta pronto 
darle la Universidad entera si se la peda.

Para que el acto resultase ms solemne, Momaren crey necesario reunir
todo su pblico, esparcido en los diversos salones, y agolparlo en uno
solo que ocupaba la parte saliente del edificio, con dos ventanales
sobre una plaza.

Este saln lo apreciaba mucho por estar amueblado  la moda de otros
siglos, cuando reinaban los emperadores de la penltima dinasta. Como
recuerdos de aquella poca guerrera y brbara adornaban las paredes
grandes panoplias con lanzas, espadas en forma de sierra, sables
ondulados y otros instrumentos mortferos. El alma pacfica de Momaren
se caldeaba en este saln, sintiendo al entrar en l entusiasmos
heroicos que le hacan engendrar versos tan viriles como los de
Golbasto.

Siguiendo las indicaciones suaves del Padre de los Maestros, ms temidas
que si fuesen rdenes, todo el pblico se fu agrupando en este saln.
Las damas y las seoritas formaron varias filas al sentarse, lo mismo
que en un teatro. Las mujeres, por ser ms fuertes, quedaron de pie y se
aglomeraron en las puertas y una parte de los salones vecinos.

Golbasto estaba erguido entre las dos ventanas de la gran pieza, mirando
al pblico como un guila que se prepara  levantar el vuelo. Momaren
sonrea con la cabeza baja, sintindose encorvado prematuramente por el
huracn de las alas de la gloria que iba  descender sobre l.

Como el poeta nacional pensaba siempre en sus asuntos, hasta cuando
finga favorecer  un amigo, tosi repetidas veces para imponer
silencio, y dijo as:

--Ya que deseis que recite, permitid que empiece por las obras del
Padre de los Maestros. El gran Momaren no es conocido como merece serlo.
Hay muchos que se engaan con la mejor buena fe dividiendo nuestra
poesa nacional en dos reinos, uno de los cuales le atribuyen  l y
otro  m. Esos mismos aaden que Momaren es inimitable en la poesa
amorosa y Golbasto en la poesa pica. Error, enorme error! Momaren es
grande en todos los gneros, y para probarlo voy  recitar su canto
heroico  la Verdadera Revolucin, obra inimitable de la que quisiera
ser autor.

Una salva de aplausos salud la descarada adulacin al jefe
universitario y la interesada modestia del gran poeta.

--Quiero recitar ese canto heroico--continu Golbasto--para que se vea
la diferencia entre la verdadera poesa y las miserables y cnicas
falsificaciones que se sirven  nuestro pueblo, tal vez en este mismo
instante.

La alusin al joven y odiado poeta que estaba declamando su obra en el
templo de los rayos negros fu saludada con una explosin de risas
simpticas y de gruidos inteligentes.

Despus de este triunfo preliminar, Golbasto se lanz  la declamacin
de la poesa de su amigo y protector.

El canto  la revolucin triunfante de las mujeres empezaba con un
exordio, en el que el poeta rogaba al sol que acelerase su salida de
entre las espumas ocenicas para no llegar con retraso y poder
presenciar el suceso ms grande de la Historia. Golbasto lanz, con una
voz de clarn, el primer verso:

     Mustrate, oh, sol! y con tus rayos de oro...

Pero en vez de mostrarse el sol, como peda el vate, lo que lleg
inesperadamente fu la noche en plena tarde. El saln qued
completamente  obscuras; todos los concurrentes creyeron haber perdido
repentinamente la vista; las mams chillaron de espanto, extendiendo los
brazos instintivamente para guardar  sus hijas; los hermosos guerreros
echaron mano  sus espadas, aunque sin poder adivinar dnde se ocultaba
el enemigo.

Algunos profesores acostumbrados  no asombrarse de nada y  buscar la
razn cientfica de todos los hechos se dieron cuenta, pasados unos
instantes, de que esta obscuridad era debida  un desprendimiento
exterior,  dos telones macizos que haban cado sobre ambas ventanas,
interponindose entre sus ojos y la luz.

Momaren se ara las muecas en la obscuridad, preguntndose qu poder
infernal al servicio de los envidiosos de su gloria haba conseguido
realizar esta catstrofe....

A ninguno se le ocurri que el Hombre-Montaa pudiera haber empleado
como asiento el techo que tenan sobre sus cabezas. En uno de sus
desperezos de cansancio, Gillespie haba juntado las dos piernas,
colocndolas casualmente, con geomtrica exactitud, sobre las dos
ventanas, lo que cre repentinamente la noche en el interior del saln,
precisamente al mismo tiempo que el poeta invocaba la salida del sol.

Despus del primer aturdimiento de la sorpresa, los ojos, acostumbrados
 la obscuridad, empezaron  ver dbilmente, gracias  la penumbra que
llegaba de las habitaciones inmediatas. Adems, el ligero movimiento de
una de las piernas de Gillespie dej filtrar un rayo de luz, y esto
sirvi para que toda la concurrencia reconociese cul era el origen de
la catstrofe.

Momaren qued mudo, pues el hecho le pareca tan inaudito, que no
encontraba palabras.

Los invitados prorrumpieron en alaridos de indignacin:

--Insolente animalucho!... Qu atrevimiento el suyo!... Venir 
perturbar con sus patas inmundas una fiesta de alta intelectualidad!...

Un hermoso oficial de la Guardia salt, espada en mano, por encima de
las sillas, y aproximndose  una de las ventanas tir una estocada  la
pierna del gigante.

Gillespie, que estaba medio dormido, despert sobresaltadamente. Levant
una de las piernas hasta poner la rtula  la altura da su pecho y se
rasc con ambas manos la picazn que senta en la pantorrilla. Luego
dej caer la pierna otra vez, y sta, como si obedeciese  un poder
diablico enemigo de Momaren, volvi  cerrar hermticamente la ventana.

Rugi de clera la concurrencia, viendo en esto un nuevo insulto para
todos. El Hombre-Montaa quera burlarse de ellos.

Los militares, deseosos de mostrar su herosmo ante los muchachos en
edad de casarse, corrieron hacia las ventanas, acribillando con sus
aceros las pantorrillas del gigante.

Golbasto y Momaren, contagiados por tan heroico ejemplo, quisieron
mostrar que servan para algo ms que hacer versos, y descolgaron de una
panoplia una larga lanza.

Se mostraban enfurecidos por este incidente, que haba venido 
perturbar su gloria, y empuando la lanza  cuatro manos empezaron  dar
pinchazos en una pierna del coloso.

Esta vez el dolor hizo saltar  Gillespie, dejando libres las ventanas,
por las que entr  raudales la dorada luz de la tarde.

Todos pudieron ver como el Hombre Montaa se encoga sobre sus rodillas,
cmo se encorvaba despus con el rostro crispado por el dolor, pegando
sus ojos  las dos ventanas para averiguar qu insectos malignos eran
los que la haban picado venenosamente  travs de dichos agujeros.

Las seoras se asustaron al ver aquellos dos ojos enormes que las
miraban con agresiva fijeza. Pero Golbasto y Momaren, que tenan la
clera larga  implacable de los dbiles cuando sienten herida su
vanidad, continuaban manejando en colaboracin su arma y tiraron un
furioso lanzazo  uno de los ojos que llenaban las ventanas.

Si no qued tuerto Gillespie, fu porque los dos poetas, al retroceder
para que su golpe fuese ms terrible, desviaron un poco la lanza,
rasgndole nicamente uno de los prpados.

El Hombre-Montaa ech atrs la cabeza, separando los ojos de las
ventanas con un pestaeo doloroso, pero inmediatamente puso su boca en
una de ellas.

Son un hervor del caldera, luego un ruido de catarata, y la
concurrencia, dando gritos, empez  huir hacia las habitaciones
interiores. Zas!...

Gillespie, no sabiendo cmo defenderse de aquel enjambre maligno, haba
lanzado un salivazo dentro del saln.

El proyectil lquido pill  los dos poetas y los hizo caer con su lanza
envueltos en una ola pegajosa, de la que no saban cmo salir.

El gigante continu disparando proyectiles de la misma especie.

Corran las damas, levantndose las faldas para huir con ms rapidez.
Otras pataleaban cadas en el suelo, pidiendo  gritos que las librasen
de esta inundacin aglutinante que las haba clavado sobre el pavimento.

Y las heroicas muchachas de la Guardia, no queriendo presentar sus
interesantes dorsos al enemigo, fueron retrocediendo hasta el fondo del
saln, haciendo molinetes con sus espadas para defenderse del bombardeo.




XI

Que trata del discurso pronunciado por el senador Gurdilo y de cmo el
Hombre-Montaa cambi de traje


A la, maana siguiente, el profesor Flimnap se present con gran
apresuramiento en la vivienda del gigante. Jams su rostro bondadoso
haba ofrecido un aspecto igual, de alarma y azoramiento. A pesar de sus
carnes exuberantes, salt con juvenil agilidad del plato ascensor  la
superficie de la mesa, antes de que los atletas encargados de la gra
hubiesen terminado su maniobra.

Lejos an de Gillespie, abri los brazos con desesperacin y junt luego
sus manos en una actitud implorante, gritando:

--Qu ha hecho usted, gentleman? Qu locura fu la suya de ayer? Y yo
que le crea un hombre extremadamente cuerdo!...

Jams haba experimentado tantas emociones en un espacio tan corto de
tiempo. Un miedo anonadador le dominaba desde horas antes, y este miedo
obedeca  sentimientos generosos, pues pensaba ms en la suerte del
Gentleman-Montaa que en la suya propia. La terrible noticia de todo lo
ocurrido en la casa del Padre de los Maestros acababa de sorprenderle en
el momento ms grato de su existencia.

El da anterior haba regresado muy tarde  la ciudad, despus de verse
festejado y admirado durante varias horas por ms de cien mil mujeres.
Su discurso en las gradas del templo de los rayos negros lo haba
escuchado esta enorme multitud, interrumpindolo con aplausos. Su xito
result tan ruidoso como el del joven poeta rival de Golbasto. Nunca
haba llegado  soar con una gloria semejante, ni aun en los tiempos de
la adolescencia, cuando, recin entrado en la vida estudiosa, su
entusiasmo le haca aceptar la posibilidad de las ms inauditas
elevaciones.

Durmi mal, pues el saboreo de su triunfo pareca repeler al sueo. Pero
cuando descendi de su habitacin universitaria, apreciando de antemano
las felicitaciones de unos profesores y la envidia de otros, todo su
orgullo triunfante se deshizo ante la realidad. Oy aterrado lo que
haba hecho el gigante en la tarde anterior. Muchos de los que le
hablaron haban asistido  la tertulia de Momaren y se mostraban
congestionados an por la indignacin al recordar los proyectiles del
gigante, algunas de cuyas salpicaduras haban llegado  ellos  
personas de sus familias.

El Padre de los Maestros estaba en cama despus de este suceso, aunque
sin enfermedad conocida. Golbasto, el gran poeta nacional, se haba
retirado jurando vengarse del brbaro intruso. Los concurrentes le
vieron con un vendaje debajo de su corona de laurel, pues se haba
descalabrado al caer al suelo con Momaren bajo el disparo del gigante.

--Qu ha hecho usted?--volvi  repetir el profesor.

Muchos de los que presenciaron el suceso haban olvidado la insolencia
del Hombre-Montaa para preocuparse nicamente de la finalidad de otra
accin suya que les pareca misteriosa. Despus que el gigante hubo
limpiado de gento los salones de Momaren, haciendo huir  todos al
fondo de la casa para librarse de su bombardeo lquido, irgui su
estatura y fu  un determinado lugar de la fachada de la Universidad,
lanzando varios silbidos con la estridencia de un huracn.

Los doctores estudiosos que permanecan en sus habitaciones intentaron
ocultarse, creyendo que el Hombre-Montaa se haba vuelto loco y deseaba
aplastarlos. Pero antes de cerrar las ventanas de sus viviendas pudieron
ver cmo corra por los tejados un hombre envuelto en velos, cmo el
gigante lo tomaba con una de sus manos, introducindolo en un bolsillo
de su traje, y cmo emprenda una marcha veloz, guiado por este varn
desconocido, hacia la Galera de la Industria, sin esperar  que sonasen
otra vez las trompetas y se reuniera el escuadrn que le haba escoltado
en su paseo.

--Qu va  pasar ahora?--continu diciendo el asustado profesor.

Los murmuradores le haban dado  entender que el Padre de los Maestros
sospechaba si este intruso ayudado por el gigante sera Ra-Ra.

--Yo temo, gentleman, que  estas horas la polica est enterada de que,
efectivamente, el tal hombre era Ra-Ra y que, protegido por usted, entr
en nuestro palacio para ver  Popito.... Usted, gentleman, mezclndose
en cosas polticas de nuestro pas y apoyando de una manera tan
descarada  un propagandista del varonismo, enemigo de la tranquilidad
del Estado! Tiemblo por usted y tiemblo por m.

Gillespie no necesitaba oir al profesor para darse cuenta de la gravedad
de su acto. Pero renaca su clera al acordarse de los pinchazos de
aquellos pigmeos, y crea sentir an el dolor en sus piernas. Por qu
no lo haban dejado dormir en paz?...

Sin embargo, los gestos desesperados del profesor sirvieron para hacerle
pensar que estaba  merced de aquella humanidad pigmea, despreciable
para l, pero sin la cual no poda alimentarse ni atender  otros
cuidados que necesitaba su persona.

Flimnap, creyendo ver en su rostro un reflejo de intensa clera, le
recomend la calma.

--No se exalte, gentleman; al contrario, debe usted mostrarse prudente y
conciliador. Creo que esto se arreglar finalmente. Puede usted
presentar sus excusas al Padre de los Maestros. Yo explicar que todo se
debe  su desconocimiento de nuestra lengua y nuestras costumbres. Lo
que me preocupa ms es lo de Ra-Ra; pero si no hay otro remedio, lo
abandonaremos y que siga su destino. El amor es egosta, gentleman.
Antes de venir usted  esta tierra yo hubiese hecho los mayores
sacrificios por ese joven. Pero ahora no es lo mismo; ahora est usted
aqu, y ms all de su persona nada me interesa.

Pareca haber olvidado el catedrtico todas las inquietudes que le
entristecan momentos antes, al saltar del plato-ascensor. Se haba
puesto ante un ojo su lente de disminucin para contemplar el rostro del
Gentleman-Montaa, y esto le haca sonreir dulcemente.

--Creo llegado el momento--dijo con voz insinuante--de mostrarle mi
alma. Mientras usted viva  cubierto de peligros, yo no me atrev 
decirle lo que siento. Me dominaba la timidez de todo el que ha pasado
su existencia entre libros, viendo de lejos  las personas. Pero despus
de la locura de usted, la situacin es otra. Tal vez el conflicto con
nuestro Padre de los Maestros acabe por arreglarse, pero en este momento
la situacin es mala. Corre usted grandes riesgos, y por lo mismo
considero oportuno manifestarle lo que no me hubiera atrevido  decir en
una ocasin mejor. igame bien, gentleman, y no se ra de m.... Yo le
quiero un poco y me intereso por su felicidad.... Por qu no hablar ms
claramente?... Yo le amo, gentleman, y deseo pasar el resto de mi vida
junto  usted, dedicndome en absoluto  su servicio.

A pesar de su mal humor por la aventura en la Universidad y por las
persecuciones que le podan hacer sufrir estos pigmeos, de los que era
esclavo, Gillespie no pudo contener una carcajada. Despus sofoc su
risa para excusarse cortsmente:

--No crea, profesor, que me ro de usted. Le estoy muy agradecido para
atreverme  tal insolencia. Mi risa es de sorpresa.... En mi pas, rara
vez una mujer declara su amor al hombre.

--Pues aqu no es extraordinario--contest Flimnap--. Acurdese que todo
lo dirigimos las mujeres, y por lo mismo nos corresponde la iniciativa
en los asuntos de amor.

--Adems--dijo Edwin--, usted olvida el obstculo insuperable que la
Naturaleza ha establecido entre los dos al crearnos con tamaos tan
distintos. Me mira usted  travs de su lente de reduccin y se ilusiona
creyndome de su talla. Contmpleme tal como soy, y se convencer de que
por mucho que yo la amase nunca pasara usted de ser una esposa de
bolsillo.

--Oh, gentleman!--interrumpi ella quejumbrosamente--. No sea usted
materialista en sus apreciaciones, no se muestre grosero en sus
sentimientos juzgando  las personas por su tamao. Por qu no pueden
amarse dos almas  travs de sus envolturas completamente diferentes?...
Ahora que le conozco, gentleman, me doy cuenta de que toda mi vida he
estado esperando su llegada. Siempre mi alma sinti la atraccin de las
alturas; siempre so con algo inmensamente grande. Mi espritu vea con
indiferencia las pequeeces de nuestra vida corriente. Yo slo poda
amar  un gigante, y el gigante ha venido. No le parece que un poder
superior nos ha hecho el uno para el otro?...

El Gentleman-Montaa slo contest  esta pregunta con un gesto ambiguo.
Pero el ardoroso profesor sigui hablando:

--Yo no le exijo que me responda inmediatamente. Confieso que esta
manifestacin de mis sentimientos es un poco violenta y que usted no la
esperaba. A no ser por el peligro que le amenaza, me hubiese abstenido
de hablarle de esto en mucho tiempo. Pero, en fin, lo que yo deba decir
ya est dicho. Reflexione usted, consulte su corazn; esperar su
respuesta. Lo que necesitaba hacerle saber cuanto antes es que no soy
para usted un simple traductor y que anso participar de su suerte,
correr sus mismos peligros, si es que la situacin se empeora.

Gillespie, conteniendo la risa que otra vez volva  agitar su pecho,
contest vagamente  la apasionada universitaria. Obedecera sus
indicaciones, estudiara con detenimiento las preferencias de su alma.
Pero por el momento, lo ms urgente era resolver su situacin, que,
segn ella, pareca angustiosa.

--Voy  dejarle, gentleman--contest Flimnap--. Nada consigo
permaneciendo  su lado para sostener una conversacin grata, pero que
resulta estril. Necesito saber noticias. Momaren tiene poderosos amigos
y debe haber hecho algo  estas horas contra Ra-Ra. Adems, hay que
temer  Golbasto. Adivino desde aqu que su cochecito tirado por los
tres hombres-caballos debe estar rodando  travs de la capital desde el
principio de la maana. A saber lo que habr tramado el temible
poeta!...

Antes de desaparecer por uno de los escotillones, todava retrocedi
Flimnap hacia el gigante para decirle en voz baja:

--Si vienen  buscar  Ra-Ra, no se empee en defenderlo; sera peor
para l y para usted. Djelo abandonado  su suerte. Nosotros slo
debemos pensar en nuestro porvenir. Yo siempre he credo que un amor que
no es egosta no merece el nombre de amor.

Y entornando los prpados con expresin acariciante detrs de los
vidrios de sus gafas, el profesor desapareci rampa abajo.

Slo entonces el Hombre-Montaa baj los ojos para mirarse  s mismo,
fijndolos en su pecho. Por la abertura entreabierta de su bolsillo
superior vea la cabecita de Ra-Ra, encogido en el fondo de este
refugio.

--Buena la hiciste ayer!--dijo el gigante en voz queda, como si hablase
con l mismo--. En realidad t eres el culpable de todo lo ocurrido, por
tu maldita idea de dejarme solo para ir  ver  Popito.... Pero no te
abandonar por eso, como me pide la loca de Flimnap.... Qu diablo ser
esto del amor, que  todos nos hace cometer enormes tonteras, y hasta
da un aspecto grotesco  esa pobre mujer tan inocente y bondadosa!...

Vieron los ojos del gigante apoyada en un lado de la mesa la cachiporra
que se haba fabricado durante su excursin  la selva de los
emperadores. La presencia de esta arma primitiva le hizo sonreir de un
modo inquietante para los pigmeos.

--Yo te aseguro, Ra-Ra--continu--, que los primeros que vengan en tu
busca y nos molesten corren peligro de morir aplastados.

Pero aunque esta promesa brbara fuese muy del gusto de Ra-Ra, ste
protest, sacando la cabeza imprudentemente por el borde del bolsillo.

--Lo creo oportuno--dijo el pigmeo--, pero dentro de algn tiempo. Ahora
es intil. Hay que esperar nuestra Revolucin, cada vez ms prxima.

Mientras tanto, Flimnap corra las calles de la capital, enterndose de
una serie de noticias muy inquietantes para l. Un profesor le anunci
que Momaren, por ciertos detalles que le haban comunicado algunos
subordinados, estaba ya convencido de que era Ra-Ra el que acompaaba al
gigante. El Padre de los Maestros, aceptando las sugestiones de su
vanidad, crea que este varonista, enemigo del orden, haba sugerido al
Hombre-Montaa la idea de interrumpir su tertulia en el momento preciso
que el gran Golbasto recitaba sus versos, para quitarle as un gran
triunfo literario. A primeras horas de la maana haba tenido una
conversacin violenta con Popito, la cual neg haber visto  Ra-Ra en la
parte alta del palacio universitario. Luego el influyente personaje
abandon su cama, y estaba ahora en la presidencia del Consejo
Ejecutivo, recomendando sin duda la persecucin del revolucionario
masculista.

Poco despus Flimnap se encontr con un grupo de noticieros de los
grandes diarios, que le iban buscando desde horas antes. Queran conocer
su opinin sobre lo ocurrido en la tertulia del Padre de los Maestros,
pero l se expres de un modo ambiguo. De buena gana hubiese contestado
rudamente  estos curiosos insaciables que le perseguan  todas horas;
pero la gratitud le obligaba  ser corts. Todos los diarios hablaban
con elogios de su discurso en el templo de los rayos negros,
lamentndose de haber desconocido durante tantos aos  un orador tan
eminente.

Los periodistas le dieron una noticia que result la peor de todas.
Gurdilo haba anunciado su deseo de pronunciar un discurso en el Senado
 propsito del Hombre-Montaa apenas se abriese la sesin. Tal vez el
temible orador estaba ya hablando  estas horas.

Flimnap corri al palacio del gobierno, entrando en el ala ocupada por
el Senado. Su amor por Gillespie le sugera las ms atrevidas
resoluciones. El tmido profesor, que pocos das antes era incapaz de la
ms pequea iniciativa, se asombraba ahora de su audacia. Pens hablar 
Gurdilo, si es que an no haba empezado su interpelacin al gobierno.
No se conocan, pero l desde unos das antes era un personaje clebre,
del que se ocupaban mucho los peridicos, y bien poda permitirse la
libertad de hacer una visita  un compaero suyo de gloria. Dentro del
Senado, al preguntar por el famoso orador, se convenci de que haba
llegado tarde. Gurdilo estaba ya en el saln de sesiones, y no admita
visitas que le distrajesen cuando preparaba mentalmente sus terribles
discursos.

El catedrtico subi  una de las tribunas destinadas al pblico, viendo
abajo, entre las matronas que formaban el Senado, al temible Gurdilo,
hacia el que convergan todas las miradas.

Nunca sufri el pobre Flimnap una tortura igual  la de escuchar  este
personaje confundido entre el pblico y sin poder contestarle. Despus
de su triunfo en el templo de los rayos negros, se consideraba tan
tribuno como el clebre sanador; pero aqu no era mas que un simple
oyente que poda ser encarcelado si osaba alterar con sus interrupciones
la calma de la majestuosa asamblea.

La oradora senatorial, con la faz ms amarilla que nunca, la mirada
torva, la nariz encorvada y una voz silbante, atac  Gillespie durante
mucho tiempo, procurando que sus golpes al coloso cayesen de rebote
sobre los altos seores del Consejo Ejecutivo.

Hizo la historia de todos los Hombres-Montaas que haban llegado al
pas en el curso de los siglos. El primero, segn el testimonio de
viejos cronistas, acab siendo un traidor al Imperio de Liliput que le
haba dado hospitalidad, pues se fu con los de Blefusc, que eran
entonces enemigos. Adems, al regresar  su monstruosa patria, public,
segn vagas noticias tradas por Eulame, un libro en el que pona en
ridculo  todos los liliputienses.

Los colosos que haban llegado despus eran gentes brbaras y viciosas,
sin educacin universitaria y de una capacidad estomacal que acababa
causando grandes escaseces y hambres en la nacin. Cometan tales
desafueros, que finalmente haba que suprimirlos.

Y cuando se haba aceptado como medida prudente el matar  estos
intrusos, que se presentaban de tarde en tarde, con la regularidad de
una epidemia, llegaba el ltimo Hombre-Montaa, y el Consejo Ejecutivo,
faltando  la tradicin, le conceda la vida.

Aqu Gurdilo empez  hablar irnicamente de la enorme influencia que
unos cuantos profesores y fabricantes de versos ejercan sobre el
gobierno actual.

--Ha bastado--dijo el orador--que un pobre pedante que ensea en nuestra
Universidad la intil lengua de los Hombres-Montaas, la cual de nada
puede servirnos; ha bastado, repito, que descubriese en un bolsillo del
tal gigante un libro del tamao de cualquiera de nosotros, con unos
versos disparatados, propios de su enorme animalidad, para que todos los
falsos intelectuales que dominan nuestra organizacin universitaria, y
son retribuidos exageradamente por el gobierno, viesen una ocasin de
afirmar su influencia protegiendo  este colosal intruso como un
compaero de letras. Y los altos seores del gobierno, que antes de
ocupar sus cargos no conocan otra lectura que la del diario todas las
maanas, han aprovechado la ocasin para darse una falsa importancia de
intelectuales, obedeciendo las indicaciones de sus protegidos que
monopolizan la Universidad.

No quiero hablar al ilustre Senado de los gastos que ha originado el
Hombre-Montaa desde que vive entre nosotros. Esto ser objeto de un
discurso que pronunciar otro da, cuando tenga completos los datos
estadsticos que estoy reuniendo. Necesito saber con certeza cuntos
bueyes come cada da, cuntas docenas de gallinas, as como las
toneladas de pescado y de pan que lleva devoradas. No insisto en esto;
pronto apreciar el Senado de qu manera el Consejo Ejecutivo derrocha
el dinero de la nacin,  pesar de que el gobierno de nuestro sexo
ostenta el espritu de economa como la mayor de las ventajas sobre
todos los gobiernos anteriores.

Hoy necesito hablar de otra cosa que considero de gran urgencia, pues
equivale  un escndalo intolerable que pone en peligro el orden del
Estado y los fundamentos de nuestra sociedad, haciendo completamente
intiles la sabidura de aquella gran mujer que invent los rayos
libertadores y el herosmo de las valerosas jvenes que combatieron en
la tierra y en el aire por el triunfo de la Verdadera Revolucin.

Yo mismo no comprendo cmo el ilustre Senado, la Cmara de diputados y
los dems organismos nacionales no fijaron su atencin en el aspecto
subversivo que nos ofrece ese gigante desde que lleg. Tampoco puedo
explicarme cmo los peridicos, que atisban el menor de nuestros
defectos para publicarlo inmediatamente permanecen ciegos para el
Hombre-Montaa.... Debo confesar, sin embargo, que yo tambin he vivido
en esta ceguera inexplicable, y slo anoche vi la realidad, gracias  la
sugestin de un poeta eminente, el ms grande de todos los poetas que
hoy existen, y despus de esto casi resulta intil que os diga su
nombre. Todos habis adivinado que es Golbasto.... Con razn llaman 
los poetas _videntes_. Golbasto ha _visto_ lo que ninguno de nosotros
haba logrado ver.

Se hizo un silencio profundo en toda la asamblea. Lo mismo los senadores
que el pblico de las tribunas, esperaban anhelantes la revelacin del
gran descubrimiento del poeta, transmitido por el ms temible de los
oradores. Ms de mil pechos jadeaban oprimidos por la emocin; el
inters haca respirar  todos con dificultad. Nadie apartaba sus ojos
del tribuno, que pareca haber crecido repentinamente. Al fin, despus
de una larga pausa dramtica, su voz reson en el majestuoso silencio.

--Fjese bien el honorable Senado en lo que representa el espectculo
antisocial y subversivo que presenci ayer el vecindario de nuestra
ciudad. El Hombre-Montaa es un hombre, como lo indica su ttulo.... y,
sin embargo, usa pantalones!

Una exclamacin ahogada de todos los oyentes salud este descubrimiento.

--Es verdad!... Es verdad!--murmuraron los senadores y el pblico con
asombro, como si pasase ante sus ojos un relmpago deslumbrante.

--Imagnese el ilustre Senado--continu Gurdilo--qu efecto tan
desastroso habr producido ayer en el pueblo, y sobre todo en la
juventud estudiosa de los colegios, ver  un hombre vestido de un modo
que parece desafiar  la moral y  las conveniencias. Hace muchos aos
que en nuestras calles no se ha visto nada tan indecente.

Bien sabido es que en el seno de nuestra sociedad algunos jvenes
insensatos y mal aconsejados pretenden trastornar el orden social con la
utopa ridcula de que los hombres puedan sustituir  las mujeres en la
direccin de los negocios pblicos. Estos locos, enemigos de lo
existente, deben haber gozado mucho ayer viendo  un hombre con
pantalones, y los hombres prudentes y virtuosos de nuestras familias se
habrn escandalizado con harto motivo al contemplar  uno de su sexo sin
la tnica y sin los velos que corresponden  una matrona virtuosa. El
traje de ese Hombre-Montaa significa el varonismo en accin, que
desafa  todas nuestras leyes y costumbres,  todo nuestro glorioso
pasado,  todas las hazaas y sacrificios de nuestros antecesores.

Si se deja continuar este espectculo subversivo, si no se le pone
remedio, el llamado partido masculista, insignificante y ridculo en
el presente, crecer hasta convertirse en una gran fuerza; los hombres
querrn llevar pantalones, y nosotros, las mujeres que somos senadores,
guerreros, funcionarios, en una palabra, todos los que desempeamos un
cargo pblico  contribumos  la buena marcha del Estado, todos los que
somos cabeza de una familia, tendremos que vestirnos con faldas.

La suposicin de que las mujeres pudieran alguna vez llevar faldas
resultaba tan extravagante  inaudita, que todo el respetable Senado
empez  reir, y, animados por su hilaridad, los ocupantes de las
tribunas lanzaron igualmente grandes carcajadas.

Hasta algunas seoras masculinas que, envueltas pudorosamente en sus
velos, ocupaban la tribuna destinada  las esposas de los senadores
encontraron muy original la paradoja de Gurdilo, celebrndola con
discretas risas.

El orador continu su discurso con arrogancia, seguro ya de que la
asamblea en masa iba  apoyarle con sus votos.

Por el momento, no peda nada contra el Consejo Ejecutivo. Su
responsabilidad sera objeto de otro discurso. Lo que l solicitaba,
como patriota, era que cesase cuanto antes el escndalo y el peligro
para las buenas costumbres que significaba el modo de vestir del
gigante. Los pantalones correspondan  las mujeres, y era un atentado
contra las conquistas heredadas de la Verdadera Revolucin que este
intruso, siendo un hombre, se empease en vestir de modo diferente 
todos los de su especie.

--Pido al Senado--termin diciendo el orador--que le quiten al
Hombre-Montaa lo que no le corresponde usar y que se enve al Consejo
Ejecutivo una ley para que maana mismo lo vista con el recato y la
decencia que exige su sexo.

La ovacin al tribuno fu larga. El presidente tuvo que hacer sonar
varias veces la sirena elctrica de su mesa para conseguir que se
restableciese el silencio.

--Acuerda el Senado--pregunt--que el Hombre-Montaa sea vestido como
corresponde  su sexo inferior?

Algunos senadores rutinarios que veneraban el reglamento hablaron de
votacin, pero los ms se opusieron, considerando que era intil cuando
todas las opiniones se mostraban unnimes. Y levantando una mano,
votaron todos por aclamacin la urgencia de quitarle los pantalones al
Hombre-Montaa.

Flimnap abandon la tribuna con el nimo desorientado, no sabiendo
ciertamente si deba entristecerse  alegrarse por lo que acababa de
oir. La intervencin de Gurdilo le haba hecho sospechar en el primer
momento que tena por objeto pedir la muerta de Gillespie. Pero al
convencerse de que el senador slo deseaba cambiar su vestidura, sin
hablar para nada de hacerle perder la existencia, casi sinti gratitud
hacia l. Le importaba poco que Gurdilo le hubiera llamado pedante y le
aludiese con otras frases despectivas, sin hacerle el honor de citar su
nombre. Los enamorados son capaces de los ms grandes sacrificios 
cambio de que la persona amada no sufra. Para l lo interesante era
saber que el gentleman no iba  morir. Hasta pens que ofrecera un
aspecto ms gracioso vestido con arreglo  las indicaciones del tribuno.
Siempre le haba causado un malestar indefinible verlo con pantalones,
lo mismo que una mujer, contra todas las conveniencias establecidas por
las costumbres y la gloriosa historia del pas.

Al caer la tarde se dirigi  la vivienda del Gentleman Montaa. Despus
de salir del Senado haba pretendido sin xito alguno hablar con el
presidente del Consejo Ejecutivo. Su personalidad gloriosa pareca
disolverse as como iba decreciendo la curiosidad simptica por el
gigante. Las gentes volvan  no conocerle. Varios periodistas pasaron
junto  l sin pedirle su opinin. Los que antes le detenan en la calle
hacindole preguntas sobre el Hombre-Montaa casi lo atropellaban ahora
con sus mquinas terrestres. La mujer de negocios que le haba propuesto
un viaje triunfal por toda la Repblica dando conferencias en compaa
del coloso volvi la cabeza al cruzarse con l.

En los salones de espera del jefe del Consejo aguard intilmente unas
dos horas. Los empleados le ignoraban voluntariamente. Vi  Momaren que
sala del despacho del presidente. Al cruzarse con el profesor, que le
salud con una profunda reverencia, el Padre de los Maestros slo tuvo
para l una mirada fra y un murmullo ininteligible. Al fin, Flimnap,
convencido de que haba pasado su perodo de gloria y de influencia,
sali del palacio del gobierno.

Cerca de la altura en cuya cumbre estaba la Galera de la Industria,
not un movimiento extraordinario. Llegaban por diversas avenidas
batallones de mujeres armadas con arcos y lanzas. Vi presentarse adems
un escuadrn de la Guardia gubernamental y numerosos destacamentos de la
polica masculina y barbuda, que abandonaban la vigilancia de las calles
para acudir  esta concentracin guerrera.

Su corazn se oprimi con el presentimiento de que todo este aparato
blico era  causa de alguna otra inconveniencia cometida por el
gigante. Sobre la cumbre de la colina flotaban varias mquinas
voladoras. Otras iban aproximndose  toda fuerza de sus motores,
viniendo de distintos puntos del horizonte. Una alarma reciente haba
puesto, sin duda, sobre las armas  todas las tropas que guarnecan la
capital.

Flimnap consider una gran suerte su encuentro con varios individuos del
gobierno municipal que le haban acompaado el da anterior en la fiesta
de los rayos negros. Todos estaban an bajo la influencia de su triunfo
oratorio, y le saludaron con afabilidad. Hasta parecieron alegrarse del
encuentro.

--Es el Hombre-Montaa, que se ha vuelto loco--dijo uno de ellos--. Ha
atacado  un destacamento de polica que fu esta tarde  registrar su
vivienda en busca de un terrible criminal y ha matado  no s cuntos
con un tronco de rbol. Usted, doctor, puede hablarle; tal vez le haga
caso. Si no le atiende, la guarnicin dar un asalto  su vivienda.
Correr mucha sangre, pero le mataremos.... Un gigante que pareca tan
simptico!...

El profesor se adelant al ejrcito, que ascenda poco  poco, con
grandes precauciones, conservando su organizacin tctica para poder dar
la batalla al coloso, y  los pocos momentos lleg  la Galera  todo
correr del automvil en que iba sentado.

Fuera del edificio estaba toda la servidumbre, aterrada an por la
tempestuosa explosin de clera del Hombre-Montaa. Muchos de los
atletas semidesnudos se aproximaron  Flimnap con los brazos en alto.

--No entre, doctor!--gritaban--.Le va  matar!

Vi tambin  un grupo de hembras membrudas y malencaradas,
reconocindolas como pertenecientes  la polica. Eran los agentes que
haban intentado examinar los bolsillos del gigante despus de haber
registrado toda la Galera en busca de Ra-Ra.

Algunas de ellas tenan manchas de sangre en el rostro y en las ropas;
otras, sentadas en el suelo, se quejaban de tremendos dolores en sus
miembros. Pero estos dolores, as como la sangre, eran una consecuencia
de las cadas que haban dado al huir del gigante. Su inmenso garrote,
al chocar contra el suelo, esparca un temblor igual al de un terremoto.

Flimnap, despus de muchas preguntas, sac la conclusin de que el
gigante no haba matado  ninguno de los que consideraba sus enemigos.
Felizmente para stos, su pequeez les haba hecho escapar del nico
golpe que el gigante tir con su rbol contra el grupo de policas.
stos, aterrados an, repitieron la misma splica de los servidores.

--No entre, doctor. Deje que llegue el ejrcito. l sabr dar  ese loco
lo que merece.

Pero el doctor se lanz dentro de la Galera con la confianza del amante
que no puede temer  la persona amada, aunque la vea en un estado de
ferocidad.

Gillespie, cansado de permanecer derecho, con la cachiporra en una mano,
junto  la puerta de la Galera, haba vuelto  ocupar su asiento ante
la mesa, pero sin perder de vista la abertura de entrada. Al ver 
Flimnap ech mano instintivamente al tronco enorme que le serva de
bastn.

--Soy yo, gentleman!--grit el profesor con voz temblona.

Y el gigante, al reconocerle, volvi  su actitud tranquila.

Fu para Flimnap una gran desgracia que los atletas de la servidumbre
hubiesen abandonado la gra monta-platos, pues se vi obligado 
ascender por una de aquellas terribles rampas que le infundan pavor.
Para mayor infortunio suyo, el gigante, al levantarse y empuar su
garrote contra la polica, haba hecho esto con tal violencia, que una
de sus rodillas, chocando contra una pata de la mesa, dej medio rota y
casi colgante la espiral arrollada en torno de ella.

El doctor, que remontaba, bufando de angustia, esta rampa interminable,
sinti de pronto que cruja bajo sus pies  iba  romperse
definitivamente, hacindole caer de una altura igual  doce  quince
veces la longitud de su cuerpo. El terror le hizo pedir socorro con
chillidos de angustia. Fuera del local, los servidores y los maltrechos
policas se miraron con una expresin de inteligencia:

--Ya lo mata!... Le est bien, por no haber querido oir nuestros
consejos.

Avisado por los gritos del profesor, Gillespie baj su cabeza hasta el
nivel de su asiento, sacndole con dos dedos de la espiral cimbreante.
Luego, colocndolo en la palma de la otra mano, lo fu subiendo hasta
cerca de su rostro.

--Qu ha hecho usted, gentleman?--preguntaba

Flimnap durante su ascensin, como si intentase reconvenirle.

Pero la clera del gentleman duraba an, y el profesor se asust al ver
la expresin de sus ojos.

Fu contando Gillespie todo lo ocurrido, que era igual, con ligeras
variantes, al relato escuchado por el profesor al pie de la colina.

--Lo que siento--termin diciendo el gigante--es no haber aplastado 
toda esa canalla que pretenda registrarme. Pero otros llegarn; les
espero, y van  tener peor suerte.

--Y Ra-Ra?--dijo el profesor.

Esta pregunta amengu un poco la clera de Gillespie. Despus de haber
hecho huir  los policas, y mientras su servidumbre medrosa escapaba
tambin fuera de la vivienda, Ra-Ra le habl desde el fondo del bolsillo
que le serva de refugio. Consideraba prudente no quedarse all. Ya
haba hecho bastante el gigante para defenderle de sus enemigos. Deba
dejarlo escapar antes de que llegasen fuerzas ms considerables.
Necesitaba mantenerse libre para la continuacin de sus trabajos.

Y el Gentleman-Montaa, convencido por sus razones, le haba dejado en
el suelo para que huyese, aprovechando la confusin que reinaba en torno
de la Galera.

Flimnap se abstuvo de recriminaciones. Lo urgente era evitar un combate
entre el ejrcito asaltante y el coloso, todava irritado. Y empez 
contar  ste lo que haba visto.

De pronto, Gillespie, que escuchaba ceudo las palabras del profesor,
lanz una ruidosa carcajada. Fu el relato del discurso de Gurdilo en el
Senado lo que le hizo pasar sin transicin de la clera  la hilaridad.
La idea de que toda la Repblica confederada de los pigmeos se estaba
ocupando de sus pantalones como de una manifestacin subversiva y la
seguridad de que iban  ponerle faldas iguales  las de Ra-Ra, hicieron
que su risa se prolongase mucho tiempo.

Los grupos de afuera se imaginaron que el coloso feroz estaba saludando
con carcajadas el cadver del sabio.

Mientras tanto, Flimnap se esforzaba por que el gentleman le admitiese
como mediador.

--Por fortuna, usted no ha matado  nadie, y los seores del gobierno
municipal, que estn abajo, me atendern si yo les pido la paz en su
nombre. Qu es lo que usted deseaba? Salvar  Ra-Ra?... ste se ha
ido, librando  usted del compromiso de protegerlo. Ahora lo interesante
es conseguir que no le miren  usted como un rebelde. Me autoriza para
que trate en su nombre?...

El Gentleman-Montaa contest con un gesto indiferente, y Flimnap quiso
aceptarlo como si fuese de aprobacin. Luego suplic  su poderoso amigo
que bajase la mano lentamente hasta depositarlo en el suelo, y sali
corriendo de la Galera.

Cuando las gentes que estaban en las inmediaciones le vieron avanzar
hacia ellas, mostraron el mismo asombro que si contemplasen un
aparecido. No lo haba matado el gigante!...

El profesor sigui corriendo ladera abajo en busca de los seores del
gobierno municipal. No tuvo que ir muy lejos. Las tropas haban formado
un crculo en torno  la colina y ascendan, estrechando cada vez ms su
anillo para que el enemigo no pudiera escapar.

Los del gobierno municipal acogieron al profesor con frialdad. Deban
haber recibido rdenes superiores durante su ausencia, cambiando de
opinin respecto  su persona. Sin embargo, cuando Flimnap les dijo que
el gigante ya no hara resistencia, dejndose registrar y obedeciendo 
cuanto quisieran ordenarle las autoridades, todos se mostraron algo ms
efusivos con el mediador, agradeciendo sus buenos oficios.

Por indicacin de Flimnap, el ejrcito ces en su movimiento ascendente,
mantenindose lejos de la Galera. Su presencia poda excitar de nuevo
la irritabilidad del coloso.

Un simple destacamento de la Guardia acompa  las autoridades y al
profesor cuando se aproximaron al edificio. Flimnap empez  dar gritos
 la servidumbre para que volviesen todos  ocupar sus puestos, como si
no hubiese ocurrido nada. Detrs del rebao domstico entr l con sus
ilustres acompaantes y la escolta.

Obedeciendo sus indicaciones, un grupo de atletas haba corrido  lo
alto de la mesa para manejar la gra que suba los alimentos. Ocupando
su plato-ascensor pudo llegar  la vasta planicie de madera, sin
necesidad de trotar por las fatigosas espirales. Los del gobierno
municipal le acompaaron en su ascensin, mientras toda la escolta
avanzaba por las tres patas de la mesa que se mantenan intactas.

Flimnap present sus acompaantes  Gillespie; y como stos no entendan
el ingls, le pudo recomendar al mismo tiempo que fuese prudente.

--Estos seores se contentan con que permita usted el registro de sus
bolsillos.

Accedi el coloso, sonriendo al pensar en la inutilidad de dicho
registro. Adems, el catedrtico quiso hacerle admitir como un gran
honor el hecho de que iban  ser las hermosas muchachas de la Guardia
las que huronearan en sus bolsillos, en vez de aquellas hembras feas de
la polica  las que haba hecho pasar un mal rato.

Cuando los apuestos guerreros de la Guardia hubieron dado fin  su
infructuoso registro, los del gobierno municipal se retiraron con una
expresin de ambigedad inquietante.

--Que todo contine aqu lo mismo--dijo uno de ellos al profesor--.
Maana veremos qu es lo que dispone el Consejo Ejecutivo.

Este maana inquietaba  Flimnap. Crey prudente pasar la noche bajo
el mismo techo que su amado gentleman, como si con ello pudiese apartar
los peligros todava indeterminados que le anunciaban sus
presentimientos.

Di rdenes  la servidumbre para que el gigante cenase como todas las
noches. El desorden originado por la visita de los perseguidores de
Ra-Ra no deba notarse en la buena marcha del servicio domstico. Luego,
cuando el gentleman iba  acostarse, Flimnap fingi que regresaba  la
Universidad, despidindose de l hasta el da siguiente, pero se dispuso
 pasar la noche en la cama del administrador del almacn de vveres,
aunque estaba seguro de no dormir.

--Maana!--pensaba--. Qu pasar maana?

Fuera de aquel enorme edificio se estaba condensando una nube de
hostilidad que iba  estallar al da siguiente sobre la cabeza del
gigante. Gran parte de las tropas haban quedado al pie de la colina
vivaqueando. En lo alto permaneca inmvil una escuadrilla de mquinas
voladoras.

Durante la noche vi, al asomarse por tres veces, la fila circular de
hogueras en torno de las cuales dorman los soldados, y sobre la
techumbre del edificio los aviones, que abran de vez en cuando sus ojos
enormes, paseando sobre la tierra mangas de luz.

Poco despus de amanecer, cuando el gigante estaba an en su cama, se
present un empleado del Consejo Ejecutivo, al que seguan varias
mujeres que,  juzgar por sus trajes, pertenecan  la clase industrial
de la ciudad. El funcionario manifest  Flimnap que vena para
notificar al Hombre-Montaa el acuerdo del gobierno obligndole 
cambiar de traje inmediatamente. Luego present  los que le
acompaaban, que eran media docena de sastres encargados de confeccionar
los uniformes del ejrcito.

Declar el profesor innecesaria la notificacin, pues su gigantesco
amigo haba sido advertido por l de las decisiones del gobierno.

--En cuanto  lo del traje--continu--, estos seores tendrn que
esperar  que el Hombre-Montaa se haya levantado, si es que no
prefieren tomarle medida mientras est tendido en su cama.

Uno del grupo, que pareca ejercer cierta autoridad sobre sus compaeros
de oficio, acogi tal proposicin con un gesto despectivo, expresando
luego su extraeza de que un hombre tan sabio como el profesor Flimnap
creyese an que los sastres gemetras tomaban medida  sus clientes como
en los tiempos remotos.

--Nos bastar conocer el dimetro de uno de sus tobillos y de una de sus
muecas. Despus, gracias  nuestros clculos aritmticos, descubriremos
las proporciones del resto de su cuerpo, cortndole un traje exacto.
Adems, esto no va  ser un uniforme ajustado, como el que usan los
guerreros de la Guardia; es simplemente un vestido de hombre, con falda
y velo.

Gillespie, que estaba en los postreros momentos de su sueo, cuando
empiezan  despertar confusamente los sentidos mientras el resto del
organismo yace sin voluntad, crey que un insecto le estaba
cosquilleando un tobillo y larg una patada, de la que se salvaron
milagrosamente los dos sastres ocupados en tomarle medida.

--Quieto, gentleman!--dijo el profesor inclinndose sobre una de sus
orejas--. Son los maestros cortadores, que se preparan  confeccionar
ese nuevo vestido que tanto le divierte.

La comisin de sastres haba trado todo lo necesario para hacer sin
prdida de tiempo el traje femenil del gigante. Tenan orden de no
volver  la capital sin haber cumplido su encargo, y fuera de la Galera
les esperaban varias carretas cargadas de piezas de tela, as como una
numerosa tropa de costureros.

En el vasto declive comprendido entre el edificio y el cordn de tropas
acampado abajo fueron desplegando dichas piezas de tela, que sus
ayudantes cosieron rpidamente gracias  unas mquinas porttiles de
vertiginosa celeridad. As qued formada una pieza nica y enorme, que
cubra todo un lado de la colina, y el ms viejo de los maestros,
consultando un cuaderno cuyas hojas llenaba de clculos matemticos,
traz con un pincel blanco sobre la tela las lneas que deban seguir
los cortadores. As como iban quedando separadas las diversas piezas del
traje se apoderaban de ellas los ayudantes, haciendo trabajar de nuevo
sus mquinas de coser. Todos los costureros eran hombres, pues las
labores de aguja nicamente se consideraban compatibles con la debilidad
del sexo masculino. En cambio, los maestros cortadores eran mujeres, as
como los empleados del gobierno que vigilaban la operacin.

Despus de almorzar, Gillespie se asom  la entrada de la Galera para
ver este trabajo extraordinario. Pero desoyendo las instancias del
profesor, no quiso salir completamente del edificio. Pareca que
presintiese un peligro. Se consideraba ms seguro teniendo sobre su
cabeza el techo de la Galera y frente  sus ojos aquella entrada, por
la que tenan que pasar forzosamente los que avanzasen en busca suya.

A media tarde qued terminado el vestido. La noticia haba circulado por
la capital, y ms all de la lnea de soldados se fu extendiendo una
muchedumbre de curiosos. stos ya no mostraban la alegra ruidosa y
protectora de la maana en que los barberos de la capital afeitaron al
gigante y le cortaron el pelo.

Circulaban entre los grupos noticias confusas y hasta contradictorias
acerca del Hombre-Montaa; pero todas ellas estaban acordes en
presentarlo como un insolente, enemigo del pas que le haba dado
hospitalidad y escarnecedor de sus buenas costumbres. Algunos hasta
afirmaban haberle odo horribles blasfemias contra la nacin y contra el
sexo que la gobernaba, como si fuesen capaces de entender su idioma.
Cada vez que en el curso del da apareci el coloso junto  la entrada
de su vivienda, no fu saludado por la muchedumbre con alegres
aclamaciones y echando sus gorras en alto, como otras veces. Un silencio
hostil acoga su presencia. Por encima de las cabezas slo se vean
pasar piedras, y los que las haban arrojado se lamentaban de que stas
no pudiesen llegar hasta el ser  quien iban dedicadas.

Gillespie adivin instintivamente la agresividad contra l que pareca
diluida en el espacio. Por esto no quiso escuchar en los primeros
momentos los consejos conciliadores que le daba el profesor.

--Ya est acabado el traje, gentleman--deca Flimnap--. Hay que
ponrselo inmediatamente, y con eso quedar terminado el conflicto con
todo ese pueblo que no le conoce bien. Los empleados del gobierno
quieren que salga usted de la Galera. Le ser ms fcil vestirse al
aire libre, y los sastres podrn apreciar mejor su obra.

--No, no salgo--contest Edwin enrgicamente--. El que desee verme que
entre aqu. Me siento ms fuerte bajo este techo.

Y al decir esto miraba el tronco enorme apoyado en la mesa.

Los enviados del gobierno, cada vez ms sombros y parcos en palabras,
se consultaron con una mirada cuando sali Flimnap para decirles que el
Hombre-Montaa deseaba cambiar de ropas dentro de su vivienda. Al fin
aceptaron, exigiendo nicamente que el gigante saliese con su nuevo
vestido de hombre, para que la muchedumbre se convenciera de que se
haban cumplido las rdenes gubernamentales.

Una larga fila de cargadores entr en la Galera llevando  cuestas el
nuevo traje, enrollado como un gran toldo.

Ri Gillespie cuando estos atletas lo extendieron bajo su vista. La
exigencia de los pigmeos resultaba tan cmica, que ahog en l todo
intento de indignacin. Pero volvi  fruncir el ceo cuando el profesor
le pidi que se despojase de su chaqueta y sus pantalones, conservando
nicamente la ropa interior.

--No me diga que no, gentleman--suplicaba Flimnap juntando las manos--.
Siga mis consejos. Esto no es mas que una pequea molestia, y representa
la tranquilidad para usted y para m. Los seores del gobierno le
dejarn en paz si le ven sumiso  sus rdenes. Adems, el traje viejo
quedar aqu,  su disposicin; este nuevo es nicamente para cuando se
presente en pblico.

Gillespie, conmovido por la vehemencia del doctor, acab accediendo 
sus deseos. Se despoj de su antiguo traje, que en realidad estaba
maltratado y con numerosas roturas, cubrindose luego con la suelta
tnica que le haban fabricado los sastres del pas. Finalmente se ech
sobre la cabeza un velo hecho de lona de la que fabricaban los pigmeos,
y que ms bien pareca la vela de un antiguo navo.

--Ahora debe usted salir, para que le vea la multitud--dijo Flimnap--.
Es necesario; lo exigen as los representantes del gobierno.

--No--dijo rotundamente Gillespie.

Se convenci el profesor de que sera intil su insistencia. Adems, la
negativa del gigante pareca quebrantar su propia credulidad. S
pretenderan engaarle  l tambin los enviados oficialas?... Los busc
fuera de la Galera, volviendo con uno de ellos, que mostraba un rostro
sombro, vacilando mucho antes de contestar  sus preguntas.

--Gentleman--grit Flimnap--: el digno seor que me acompaa, as como
los otros representantes del gobierno, afirman que puede usted salir de
aqu sin miedo y mostrarse al pblico, pues su vida no corre ningn
peligro. No es as, seor?--aadi, dirigindose  su acompaante.

Este le contest con unas cuantas palabras en el idioma del pas, y su
respuesta pareci satisfacer  Flimnap.

Al fin, el gigante, aburrido de tantas mediaciones y no queriendo que
los pigmeos le creyeran miedoso de su poder, accedi  salir de la
Galera.

Un zumbido inmenso se levant del suelo saludando su presencia. La
muchedumbre lanz aclamaciones, pero stas no iban dirigidas  la
persona del Hombre-Montaa, como das antes, sino  su nuevo traje, en
el que vean un smbolo de abdicacin y de esclavitud.

Adivinando otra vez la hostilidad que le rodeaba, Gillespie quiso
retroceder hacia su vivienda, pero un leve abejorreo son en torno  su
cabeza. Al levantar los ojos, pudo ver las sombras fugaces que
proyectaba en su evolucin circular toda una escuadrilla de mquinas
voladoras. Sinti un agudo latigazo en una mueca y luego otro igual en
la mueca opuesta. A continuacin, una especie de lombriz metlica, fra
y cortante, se arroll  su cuello. Los aviones arrojaban sus cables
metlicos animados por una vida elctrica, y stos iban reptando sobre
su cuerpo, enroscndose  todas las partes salientes en las que podan
hacer presa sus anillos. En un instante se sinti prisionero 
inmovilizado por este manojo de serpientes atmosfricas. Sinti que su
clera le daba una fuerza sobrehumana, y quiso retroceder para meterse
en la Galera, tirando de sus adversarios areos.

Su primer movimiento hacia atrs hizo vacilar  las mquinas inmviles
en el aire; pero stas, pasada la sorpresa, tiraron todas  la vez en
direccin opuesta. El pobre gigante no pudo resistirse  las energas
mecnicas conjuradas contra l; se sinti empujado brutalmente, hasta
caer al suelo, y luego arrastrado un largo espacio, derramando sobre la
huella que dejaba su cuerpo dos regueros de sangre. Los hilos metlicos
partan sus carnes como el filo de un cuchillo.

Otra vez quedaron inmviles en el espacio las mquinas voladoras al ver
al coloso tendido en mitad de la ladera, cerca ya del cordn de tropas.
No quisieron continuar su arrastre y aflojaron los cables para que
sintiese menos su cortante tirantez.

Reconociendo la inutilidad de sus esfuerzos y humillado por su cada,
Gillespie slo supo llorar. La muchedumbre, al ver sus lgrimas,
prorrumpi en una carcajada sonora. Nunca le haba parecido tan gracioso
el Hombre-Montaa.

El profesor, atolondrado por la cada del coloso, corri detrs de l
dando alaridos de indignacin. Luego, al ver que lloraba, llor
igualmente; pero,  pesar de su pusilanimidad, pens que las lgrimas no
podan resolver nada y su dolor se convirti en indignacin.

El grupo de enviados del gobierno avanzaba hacia el cado, y Flimnap lo
increp.

--Esto es una infamia. Ustedes me han dado palabra de que el
Gentleman-Montaa no corra ningn peligro.

Pero el ms viejo repuso framente:

--El gobierno no puede dejarlo en libertad, para que se permita nuevas
insolencias. Hemos cumplido las rdenes de nuestros superiores.

Otro representante, el ms joven de todos, ri de las lgrimas de
Flimnap.

--Creo, doctor--dijo--, que maana mismo se ver usted libre del cuidado
que le da el Hombre-Montaa. Segn parece, los altos seores del Consejo
Ejecutivo piensan suprimirlo, para que no se burle ms de nosotros.




XII

De cmo Edwin Gillespie perdi su bienestar y le falt muy poco para
perder la vida


Flimnap pas una segunda noche sin dormir. Tena ante sus ojos  todas
horas el rostro doloroso del gigante cado. Contemplaba sus manos
cubiertas de sangre, su cuello surcado por dos profundos araazos, su
gesto de clera impotente, que haca recordar la desesperacin pueril de
un nio abandonado.

--Morir as!--murmuraba el vencido--. Acabar  manos de este
hormiguero de hombres-insectos!...

En medio de su desorientacin, el profesor haba encontrado una idea que
consideraba salvadora. Los gestos y las palabras de aquellos enviados
del gobierno le hicieron creer que la muerte del Hombre-Montaa era cosa
decidida por el Consejo Ejecutivo. Vea agitarse  Momaren como una
potencia irresistible que suprimira todo movimiento de piedad en favor
del gigante. Por qu permanecer al lado del cado sin hacer nada? El
gobierno tena enemigos y el Padre de los Maestros tambin. Cuando todos
perseguan al Hombre-Montaa, era conveniente buscar una nueva
proteccin, explotando los rencores que separaban  unos de otros.

Haba abandonado  Gillespie al cerrar la noche para correr  la capital
en busca de Gurdilo. Pronto averigu su domicilio. El famoso senador
haca alarde de una vida austera, procurando que todos conociesen la
pobre casa que habitaba.

Flimnap fu recibido por l cuando estaba terminando, con una
ostentacin virtuosa, su cena frugal, en presencia de varios
admiradores, todos femeninos. El spero senador evitaba el trato con los
hombres, acordndose de las desdichas de Momaren y otros personajes. Sus
amistades ntimas eran siempre con gente de su sexo.

Cuando Flimnap qued  solas con Gurdilo, en una pieza modestamente
amueblada, se apresur  hacer su propia presentacin.

--Senador, yo soy el pedante de que habl usted ayer; el encargado de
guardar al Hombre-Montaa.

El tribuno hizo un gesto despectivo al oir el nombre del coloso. Su
opinin sobre l estaba formada, y todo lo referente  su persona lo
tena guardado en una carpeta llena de papeles puesta sobre una mesa
prxima. All estaban los clebres datos estadsticos sobre las enormes
cantidades de materias alimenticias que llevaba devoradas el intruso.
Todo esto pensaba emplearlo al da siguiente en el segundo discurso que
pronunciara contra el Hombre-Montaa,  mejor dicho, contra el gobierno
que le haba protegido.

--Usted no har el discurso--dijo el universitario con autoridad--.
Resulta intil, por la razn de que maana el gobierno va  dar muerte
al gigante.

El temible senador, que se crea dueo de sus impresiones y hbil para
ocultarlas en todo momento, casi di un salto de sorpresa al escuchar 
Flimnap. Con qu derecho se atreva el gobierno  disponer del
Hombre-Montaa? l consideraba al gigante como una cosa propia; se haba
ocupado de su persona antes que los dems, y ahora vena el Consejo
Ejecutivo  inmiscuirse en el asunto, con el malvado propsito de
robarle un gran triunfo oratorio.

Pens que tal vez este profesor menta por defender  su protegido, y
dijo framente:

--Qu inters puede tener el gobierno en suprimir al Hombre-Montaa?

--El inters de servir  Momaren--contest Flimnap--. El Padre de los
Maestros quiere vengarse del Gentleman-Montaa, no solamente por lo
ocurrido en su fiesta, sino tambin porque se imagina que el gigante
protege  uno de sus mayores enemigos.

El profesor saba lo que representaba para Gurdilo esta segunda
insinuacin. El ser ms odiado por l en todo el pas era Momaren. Desde
su juventud les separaba una rivalidad de condiscpulos. Gurdilo haba
aspirado luego al alto cargo de Padre de los Maestros, y era Momaren
quien lo obtena. Tambin deseaba vengarse de los sarcasmos y
murmuraciones con que le haba molestado este ltimo en muchas
ocasiones. El grave Momaren, que pareca incapaz de mezclarse en asuntos
mezquinos, mostraba una malignidad extraordinaria al hablar del famoso
senador. Seguro del apoyo del gobierno, no le inspiraban miedo sus
discursos, y hasta se atreva  criticar su existencia privada, dudando
de su aparente severidad y acusndolo de hipocresa.

--Ah! Conque es Momaren el que desea la muerte de ese pobre gigante?

Despus de proferir tales palabras, el senador se mostr dispuesto 
aceptar sin resistencia todo lo que dijese Flimnap.

ste adivin en su mirada una repentina simpata por Gillespie. Bastaba
que Momaren y el gobierno deseasen la muerte del Hombre-Montaa, para
que Gurdilo mirase  ste como un cliente que nadie deba tocar.

En mucho tiempo no haba sentido el senador un inters tan ardoroso como
el que mostr escuchando al catedrtico. Crea conocer todo lo que
ocurra en el pas, y ahora se convenca de que ignoraba lo ms
importante.

Flimnap le cont los amores de Pepito con Ra-Ra; cmo ste, valindose
de una astucia todava ignorada, consegua entrar al servicio del
gigante, y cmo el tal gigante, desconocedor de las costumbres del pas,
se haba dejado engaar por el joven, sin suponer sus maquinaciones
contra el orden social. Al no poder vengarse Momaren del revolucionario
Ra-Ra, que andaba fugitivo, quera saciar ahora su odio en el pobre
Hombre-Montaa. Adems, su vanidad de autor atribua una intencin
malvola al pobre gigante, el cual, por simple torpeza, haba
interrumpido su fiesta literaria.

Cuando Flimnap describi, con arreglo  sus informes, el momento en que
Momaren y Golbasto cayeron al suelo bajo el salivazo gigantesco, el
senador empez  reir como un nio, pidiendo que le relatase por segunda
vez la graciosa escena.

Ignoraba que Golbasto tuviera tal motivo para odiar al Hombre-Montaa.

--Ese poeta--dijo--es un intrigante. Le conozco hace mucho tiempo, y no
s cmo me dej influenciar por sus palabras el otro da, cuando
preparaba mi primer discurso contra el pobre coloso. Pero an queda
tiempo para hacer justicia, y Momaren no ver cumplidos sus deseos.
Venga usted maana al Senado y ver cmo el senador Gurdilo es el de
siempre: un defensor de la inocencia y un enemigo de los hombres malos.

Los hombres malos eran Momaren y los seores del gobierno. La mejor
prueba para Gurdilo de la inocencia de Gillespie consista en verlo
perseguido por ellos.

Qued tan satisfecho de la visita de Flimnap, que hasta quiso borrar la
mala impresin que podan haber dejado en l ciertas palabras de su
ltimo discurso.

--Lo de pedante y otras expresiones parecidas--dijo--no debe usted
aceptarlo como verdades indiscutibles. Son libertades oratorias, hijas
de la improvisacin, que yo mismo empiezo por no creer. Los oradores
somos as. Ahora que le conozco, querido profesor, declaro que es usted
hombre de ingenio y que me ha hecho pasar un rato muy agradable. Hasta
maana.

Flimnap, contento de esta entrevista, que le proporcionaba un poderoso
apoyo, pas, sin embargo, la noche en dolorosa incertidumbre, sin poder
apartar de su memoria al vencido gigante.

En las primeras horas de la maana quiso verle, y se dirigi  la
Galera de la Industria. Su vehculo, al llegar  la mitad de la colina,
donde estaban acampadas las tropas, fu detenido por un delegado
gubernamental, que se neg  dejarle pasar. En vano di su nombre.

--Le conozco, doctor--dijo el funcionario--; pero el gigante est preso
y nadie puede verlo sin una orden del gobierno.

--Soy el presidente del Comit encargado del Hombre-Montaa. Los altos
seores del Consejo me designaron para ocupar dicho sitio.

--El Comit ha sido disuelto esta maana, por ser ya
innecesario--contest el otro--. Puede usted leerlo en los peridicos.

Tuvo que retroceder Flimnap  la capital, paseando por sus principales
avenidas mientras esperaba con impaciencia la hora de la sesin del
Senado. El despego que le mostraban las gentes haba ido en aumento,
convirtindose en franca impopularidad. Los que el da anterior fingan
no verle le miraban ahora con una fijeza hostil. Su decadencia iba unida
 la del pobre Hombre-Montaa.

Los envidiosos de su antigua gloria se aproximaban nicamente para darle
noticias alarmantes sobre la suerte de su protegido. Un compaero de
Universidad le hizo saber que el gobierno enviara un mensaje al Senado,
al principio de la sesin, pidiendo permiso para matar al coloso
inmediatamente.

Otro profesor que era verdaderamente amigo suyo le detuvo para
comunicarle algo referente  la vida ntima universitaria. Popito haba
desaparecido, sin que el Padre de los Maestros encontrase el ms leve
rastro de su paradero. Todos presentan que esta fuga haba sido para
reunirse con el rebelde Ra-Ra. Momaren se hallaba  estas horas en el
palacio del gobierno hablando con el ministro de Polica, y los aparatos
de transmisin area enviaban rdenes por toda la Repblica para la
detencin de los fugitivos.

No se interes Flimnap por el paradero de Popito. Lo que  l le
preocupaba era la suerte de su gigante.

Apenas se abrieron las puertas del Senado, el profesor corri  sentarse
en la primera fila de una tribuna. Sus ojos buscaron  Gurdilo entre los
senadores. Simptico personaje! El orador, enjuto, verdoso y de torva
mirada, le pareca ahora de una belleza extraordinaria.

Orden el presidente la lectura de una comunicacin enviada por el
Consejo Ejecutivo. Era, como esperaba Flimnap, una solicitud para poder
suprimir al Hombre-Montaa, fundndose en su falta de adaptacin  las
costumbres del pas y en los enormes gastos que exiga su cuidado y su
sustento.

Gurdilo pidi inmediatamente la palabra. Despus de su ltimo discurso,
todos creyeron adivinar lo que iba  decir contra el gigante. Por
primera vez el jefe de la oposicin y el gobierno se mostraran acordes.
Y como esto significaba un suceso nunca visto, los senadores y el
pblico avanzaron sus cabezas, deseosos de no perder una slaba.

Flimnap, que era el nico que saba lo que el orador pensaba decir, se
estremeci considerando lo difcil que resultaba su trabajo. Llegara 
exponer con habilidad, y sin que el pblico protestase, todo lo
contrario de lo que haba afirmado dos das antes?...

Su confianza renaci al ver la calma con que empezaba  hablar Gurdilo.
El orador no haba sido nunca amigo del Hombre-Montaa; lo haca constar
desde el principio de su discurso. Si el mismo da de la llegada del
gigante al pas se hubiese acordado su muerte, el acto le habra
parecido muy oportuno  inspirado en una verdadera prudencia poltica,
mereciendo su completa aprobacin.

--Pero como estamos dirigidos por un gobierno inconsciente--continu--,
por un gobierno que no tiene opiniones propias y cada da obra de
distinta manera, segn los consejos del favorito que est de moda, se ha
procedido en este asunto del Hombre-Montaa con una torpeza que hace
inoportuna y perjudicial la peticin que ahora nos dirige el Consejo
Ejecutivo y que yo no aceptar nunca.

El orador, despus de indicar con estas palabras el nuevo rumbo que iba
 emprender, se dedic  la descripcin de todos los gastos que llevaba
hechos el gobierno para el sostenimiento del intruso. Al enumerar el
considerable personal instalado en la Galera de la Industria para la
vigilancia y manutencin del Hombre-Montaa, aludi al Comit encargado
de dirigir este servicio costoso y  su presidente Flimnap. Pero ahora
no le llam pedante, sino digno profesor y notable sabio, que mereca
ser empleado en servicios ms tiles  la patria.

Despus abri una cartera llena de papeles. All tena almacenados todos
los datos estadsticos sobre el costo de la alimentacin del gigante.
Leerlos equivala  apoyar al gobierno, que solicitaba precisamente la
destruccin del coloso por razones econmicas. Pero el tribuno no estaba
dispuesto  renunciar al regocijo que su lectura provocara en el
pblico; era duro para l privarse de un gran xito de hilaridad, y
empez  dar  conocer los citados datos, confiando en sus habilidades
oratorias, que le permitiran emplear despus esta misma lectura como un
arma contra los gobernantes.

Los senadores y el pblico lanzaron grandes carcajadas mientras l iba
detallando su estadstica alimenticia. El Hombre-Montaa devoraba cuatro
bueyes cada da, dos por la maana y dos por la noche, adems de enormes
cantidades de aves, pescados y frutas.

--Con una de sus comidas  medioda--comentaba Gurdilo--podra
mantenerse la guarnicin entera de nuestra capital; con una de sus cenas
habra bastante para la alimentacin de toda la escuadra del Sol
Naciente. Y el gobierno, que ha dispuesto este despilfarro monstruoso,
nos pide ahora, de repente, la muerte de su antiguo protegido. Qu
secreto hay en el fondo de tal peticin?... Todava estara derrochando
el dinero del pas para sostener al gigantesco intruso, si ste, por su
bestialidad nativa y su ignorancia, no hubiese molestado
inconscientemente  ciertos personajes, especialmente  uno que es el
consejero secreto del gobierno y el verdadero autor de los errores que
comete.

Aqu Gurdilo se lanz rencorosamente contra Momaren, describindolo sin
dar su nombre, relatando sus desgracias domsticas, su lucha con Popito,
su odio contra el gigante, por creerle cmplice de Ra-Ra. Hasta los
senadores ms amigos del Padre de los Maestros rieron francamente cuando
el senador fu relatando, con una cmica exageracin, todo lo ocurrido
en la tertulia literaria. La imagen de los dos poetas cayendo envueltos
por el salivazo del gigante provoc risas tan enormes, que el orador se
vi obligado  una larga pausa. Fueron muchos los que empezaron  ver en
aquel coloso, tenido por estpido, una bestia chusca, graciosa por sus
brusquedades y merecedora de cierta piedad.

Gurdilo termin declarando que l no poda admitir la peticin del
gobierno, y rog al Senado que votase contra ella. Admitirla equivala 
servir una venganza particular. Poda haberse aceptado esta resolucin
en el primer momento de la llegada del Hombre-Montaa, cuando el Estado
no haba hecho an ningn gasto; pero resultaba incongruente matarlo
ahora, despus de haber costado al pas tan enormes sumas.

Una parte de la asamblea acept la opinin de Gurdilo; pero esta vez el
orador no consigui apoderarse de la voluntad de todos los senadores, y
varios amigos de los altos seores del Consejo se levantaron 
contestarle.

Despus de una larga discusin, la asamblea qued dividida en dos
grupos: unos, con Gurdilo, pedan que no se matase al Hombre-Montaa,
pues esto representaba el derroche intil de las sumas empleadas en su
manutencin; otros defendan al gobierno, demostrando que tan enormes
gastos eran la prueba mejor de la necesidad de suprimir al costoso
intruso para realizar economas.

Flimnap tembl en su asiento. Gurdilo iba  perder la victoria que se
imaginaba haber alcanzado con su discurso. Como los defensores del
gobierno hablaban de economas, la opinin se iba hacia ellos.

Vi que Gurdilo conversaba en voz baja con un viejo senador de palabra
balbuciente y aspecto caduco, el cual daba fin muchas veces  las
discusiones ms intrincadas con una solucin de sentido vulgar, conocida
de todos, pero que todos haban olvidado.

El anciano, despus de oir al tribuno, se levant para formular una
proposicin que poda satisfacer  los dos bandos. Era oportuno no matar
al gigante, para que as no quedasen perdidas las grandes sumas que
haba costado su manutencin, y era conveniente tambin que en adelante
no comiera  costa del Estado, consiguindose de tal modo la economa
que buscaban los amigos del gobierno. Para esto, lo ms sencillo era
obligar al Hombre-Montaa  que viviese lo mismo que los hombres
esclavos, que ganaban su subsistencia trabajando como mquinas de
fuerza.

--Ese gigante puede emplear sus brazos en las obras de ampliacin de
nuestro puerto. Su enorme estatura y su vigor le permitirn colocar
grandes rocas en los fondos submarinos ms aprisa que lo hacen nuestros
buzos y nuestras mquinas. De este modo su manutencin puede resultarnos
gratuita, y quin sabe si hasta representar un buen negocio para el
Estado!... Ese animal enorme, bajo una direccin severa y convencido de
que no comer si no trabaja, puede dar un rendimiento mayor de lo que
creemos.

La proposicin fu admitida acto seguido por los senadores que gustaban
de las soluciones de carcter utilitario. El pblico la encontr tambin
acertada. Los pigmeos se sentan halagados al pensar que iban  infligir
una existencia de crueldades y privaciones  aquel gigante capaz de
aplastarlos entre sus dedos. Esto resultaba ms til y ms divertido que
darle muerte.

En vano los amigos del gobierno intentaron una ltima resistencia,
alegando que el Hombre-Montaa se resistir  trabajar.

--Le obligaremos--dijo ferozmente un senador--. Si no trabaja no comer.
Adems, nuestras mquinas voladoras y nuestros buques le harn obedecer.

Esta contestacin enrgica fu acogida con grandes aplausos, y despus
de ella ces toda resistencia. Gillespie se libr de la muerte, pero fu
condenado  trabajo perpetuo.

Gurdilo, medianamente satisfecho de su triunfo, mir  las tribunas,
descubriendo al doctor Flimnap. ste baj  un saln donde le esperaba
el clebre senador.

--No he podido hacer ms--dijo--; pero en fin, algo es haberle salvado
la vida.... Afortunadamente, el gobierno no ser eterno, y el da que yo
le suceda me acordar de mejorar la suerte del pobre gigante.

Flimnap se hallaba en una situacin igual  la del senador. Senta
contento porque el amado gentleman no iba  morir, pero se aterraba al
imaginarse su nueva existencia.

No intent en el resto de la tarde ni durante la noche subir  la colina
donde estaba el prisionero; pero fu en busca de los periodistas que le
perseguan das antes con sus elogios y ahora le trataban con cierta
proteccin compasiva, como si viesen en l otra vez  un pobre profesor
algo manitico. Estos sujetos podan darle noticias del Hombre-Montaa.

Por ellos supo que una comisin de mdicos haba sido enviada para que
curasen al gigante las heridas de las manos y los pies producidas por
los cables metlicos. Ya estaba ms tranquilo y pareca resignado  su
nueva situacin. Las mquinas voladoras continuaban tenindolo sujeto al
extremo de sus hilos, obligndole con crueles tirones  obedecer las
rdenes del jefe de la escuadrilla. El interior de su antigua vivienda
estaba ahora ocupado por las tropas. El coloso permaneca  la
intemperie da y noche, pues as sus guardianes areos podan hacerle
sentir ms pronto sus mandatos.

Un antiguo discpulo de Flimnap, que hablaba incorrectamente y con
balbuceos el idioma del gigante, era ahora su traductor. El gobierno
haba prescindido del bondadoso universitario, considerndolo poco
seguro.

Segn los periodistas, el Hombre-Montaa sera conducido al puerto en la
maana siguiente para que empezase sus trabajos.

As fu. El desconsolado profesor le vi trabajando en la orilla del
mar, lo mismo que un esclavo. Ya no llevaba su traje nuevo, igual al que
usaban las mujeres antes de la Verdadera Revolucin. Iba medio desnudo,
como los atletas embrutecidos que servan de mquinas de fuerza. Slo
conservaba las antiguas prendas de su ropa interior.

Le vi metido en el agua azul hasta la cintura, inclinndose para
colocar dos pesados sillares que llevaba en ambas manos. Estas masas
enormes las mova con tanta soltura como un nio maneja un guijarro.
Despus de tomarlas en la orilla con las puntas de sus dedos, avanzaba
mar adentro, yendo  colocarlas en el extremo de un malecn que se
estaba construyendo para el resguardo del puerto haca muchos aos. Esta
obra colosal haba sufrido grandes retrasos  causa de las dificultades
que ofreca; pero ahora, gracias  Gillespie, sus directores esperaban
terminarla con rapidez.

Flimnap tuvo que mantenerse lejos de su amigo, pues un cordn de
soldados cerraba el paso  los curiosos. Los grupos reunidos  espaldas
de la tropa comentaban con asombro la rapidez del trabajo del gigante.
En dos horas haba hecho lo que antes costaba varias semanas. El malecn
creca por momentos. Todos alababan el acuerdo del Senado. Pero el
profesor sinti deseos de llorar al ver  su amado en esta situacin
envilecedora.

Sobre su cabeza flotaban continuamente unas cuantas mquinas areas
llevando colgantes sus cables, flcidos y muertos en apariencia. Al
menor intento de rebelda estos hilos amenazadores podan animarse y
retorcerse, haciendo presa en el coloso. Por las inmediaciones de la
escollera iban y venan en incesante navegacin dos buques de la
escuadra, interponindose entre el prisionero y el mar libre.

El profesor tuvo que retirarse sin poder hablar  su antiguo protegido.
nicamente por los periodistas tuvo noticias de su nueva existencia.
Dorma sobre la arena de la playa, sin una manta que le sirviera de
lecho, sin una lona que le defendiese del roco de la noche. Cmo deba
acordarse el pobre gentleman de su cama mullida, all en la Galera de
la Industria, que el presidente de su Comit haca preparar todas las
noches con tanta minuciosidad!...

La comida del coloso daba motivo  nuevas lgrimas del profesor. Varios
desalmados de los que pululan en los puertos eran los que preparaban su
alimento, en una de las grandes calderas tradas de su antigua vivienda.
Esta gente inquietante y zafia reemplazaba  la selecta servidumbre que
haba trabajado para l en la cumbre de la colina.

Lo alimentaban con arreglo  su trabajo. Cada piedra se la pagaban
echando un pescado ms en la caldera; pero como los cocineros vivan de
la misma alimentacin del gigante, sta experimentaba considerables
mermas. Gillespie, acostumbrado  las abundancias de su primer
alojamiento, deba sufrir hambre.

--No poder hacer yo nada por l!--murmuraba el profesor
desesperadamente.

Los representantes de la autoridad no le dejaban aproximarse al
gentleman; pero aunque le permitieran atender  su alimentacin, qu
poda hacer un catedrtico de tan escasa fortuna como era la suya? Los
dos bueyes que necesitaba para un solo plato costaban una cantidad igual
 la que reciba l por dos meses de ctedra; tres almuerzos del
Hombre-Montaa acabaran con todos sus ahorros.... Y convencido de que
no poda remediar su hambre, se entreg  la desesperacin.

Gillespie, en realidad, era menos digno de lstima que lo imaginaba el
profesor. Convencido de que su triste situacin no tena remedio, se
haba sumido en ella con una calma fatalista. El embrutecimiento del
continuo trabajo borraba todos sus conatos de rebelda.

Despus de haber sido arrastrado y maltratado por las mquinas
voladoras, ya no despreciaba  los pigmeos y tena por menos vil la
esclavitud  que le haban sometido.

Como slo le daban  comer parcamente, con arreglo  su trabajo, se
esforzaba por que cada da su labor resultase ms grande. Era imposible
todo intento de fuga, pues ni por un momento cesaba la vigilancia en
torno de l. Al llegar  la punta de la escollera donde colocaba sus
rocas poda ver todo el puerto de la capital. El bote que le haba
trado estaba en mitad de l, como un navo de dimensiones
inverosmiles, rodeado de las unidades de la escuadra del Sol Naciente.
Unos cuantos pasos en el agua le bastaban para llegar  su antigua
embarcacin, y un da sinti la curiosidad de verla de cerca.
Representaba un consuelo en medio de su esclavitud tocar con sus manos
este bote, que le haca recordar el mundo de sus semejantes.

Pero apenas intent avanzar hacia el interior del puerto, uno de los
buques de guerra que le vigilaban forz sus mquinas para cortarle el
paso, colocndose ante l. La tripulacin de pigmeos braceaba sobre la
cubierta, gritndole para que volviese atrs, y como tardase en
obedecer, una gran flecha disparada por el buque pas cerca de su nariz
 guisa de amenazadora advertencia.

Otro da, aburrido de la monotona de sus continuos viajes entre la
orilla de la playa y la punta de la escollera, el Hombre Montaa quiso
permitirse una ligera diversin. Senta el deseo de nadar un poco en
aguas ms profundas, pues el mar slo le llegaba  la cintura en sus
idas y venidas. Y despus de acarrear cuatro piedras en vez de dos, se
ech de espaldas en el agua, nadando mar adentro.

Este simple juego produjo gran alarma en los buques y las mquinas
areas, que hasta entonces haban evolucionado mansamente. Los navos se
lanzaron en su persecucin, y al ver que el gigante se ocultaba bajo el
agua en una de sus cabriolas de nadador, como todos ellos eran
sumergibles, le imitaron, sumindose igualmente en las profundidades
submarinas.

Antes de que Gillespie volviese  la superficie se sinti aprisionado
por las patas de un pulpo, que le inmovilizaban, acabando por tirar de
l. Eran los cables vivientes de los sumergibles, que le haban cazado
en el seno del mar. Sali  la superficie remolcado por estos lazos, que
se clavaban en sus carnes, y para evitar su cruel mordedura hizo pie en
la arena, procurando correr hacia la costa con una velocidad igual  la
de los buques.

Su nuevo traductor, que estaba en la punta de la escollera para
transmitirle las rdenes de los constructores, le habl con la dureza de
un carcelero.

--Esclavo-Montaa--dijo--, no vuelva  repetir esos juegos de mal gusto,
so pena de morir estrangulado por las mquinas areas  de que la
escuadra del Sol Naciente le rompa el crneo envindole una nube de
piedras con sus catapultas.

Y el Esclavo-Montaa--pues al separarse Flimnap de l haba dejado de
ser gentleman--se sumi otra vez en su resignacin servil.

Durante la noche tampoco poda pensar en fugarse. Las mquinas areas
enviaban de vez en cuando la luz de sus faros sobre el cuerpo de
Gillespie, interrumpiendo su sueo. Adems, los hombres que preparaban
su comida dorman en torno de l.

Eran esclavos todos ellos, gente innoble y de mala catadura. Muchos
haban sido perseguidos por la polica y habitado los establecimientos
penitenciarios. Adems, todos ignoraban el idioma del gigante, y ste
tena que hacerse respetar empleando gestos amenazadores. Algunas noches
se vea obligado  colocarse junto  la hoguera que haca hervir el
caldero de su comida, repeliendo con el terror de sus manos enormes 
toda la chusma voraz. Slo as consegua que los pescados no
desapareciesen de la vasija, quedando nicamente el caldo para l.

El primer da festivo le dejaron libre de trabajo. No fu esto por
humanidad, sino porque los obreros que sujetaban con garfios de hierro
las rocas aportadas por l exigan descanso.

Gillespie pudo vagar durante la maana por la costa inmediata al puerto.
Un buque de guerra navegaba paralelo  la orilla para cortarle el paso
si se echaba al agua. Una mquina area le segua con perezoso vuelo.

El gigante vi un edificio bajo, de paredes blancas, con extensas
columnatas, jardines y amplias escaleras de mrmol que se hundan en el
agua azul. Record que Flimnap le haba hablado de este palacio,
construdo por los antiguos emperadores para sus baos de mar.

Bajo las columnatas haba parterres llenos de flores. Los muros,
pintados por los ms viejos artistas del pas, representaban el
nacimiento y las aventuras de las divinidades martimas. Despus de su
triunfo, la Repblica de las mujeres haba regalado este palacio  las
amazonas del ejrcito, que acudan todos los das de fiesta 
ejercitarse en la natacin.

Vi Edwin cmo algunas damas que se paseaban con sus hijas por las
terrazas del blanco palacio huan apresuradamente, cual si se acercase
un peligro. Distingui igualmente cmo iban avanzando por la costa
varias compaas de arrogantes muchachas de la Guardia. Las matronas
masculinas apresuraron el paso, sintiendo alarmado su pudor por la
proximidad de estos guerreros, algo libres en palabras y costumbres.
Todas ellas ordenaban  sus hijas masculinas que marchasen rpidamente,
antes de que los militares se echasen al agua. No era decente permanecer
all. Algunas mams barbudas hasta criticaban al gobierno porque no
dispona que las tropas de la guarnicin nadasen en otro lugar ms
solitario de la costa.

Los grupos de hombres, pudorosos y tmidos, huyeron hacia la ciudad con
tanto apresuramiento, que detrs de sus pasos temblaban como banderas
fugitivas los extremos de velos y tnicas. Mientras tanto, varios
centenares de hembras guerreras se despojaban tranquilamente de sus
uniformes, y unas en simples calzoncillos, otras completamente desnudas,
se lanzaron al agua, haciendo alegres suertes de natacin.

El gigante, atrado por sus risas y queriendo ver el espectculo de ms
cerca, se tendi de bruces en la arena, apoyndose despus en ambas
manos para sacar su cabeza por encima del palacio.

Un gritero de mil voces acogi la aparicin de este rostro gigantesco
que iba elevndose poco  poco sobre el palacio como surge el sol por
detrs de las montaas. Despus del regocijo provocado por su presencia,
las amazonas quedaron como asombradas de la conducta impdica del
coloso. Era un hombre!... Y este hombre, en vez de huir con el recato
propio de su sexo, osaba permanecer all, contemplando  todo un
batalln desnudo!...

Ningn varn de sus familias hubiese hecho esto. Los militares ms
jvenes sacaban el cuerpo fuera del agua, como si quisieran castigar al
atrevido con la exhibicin de su desnudez. Pretendan asustarlo para
despertar de este modo el olvidado pudor de su sexo; proferan palabras
de cuartel para que se ruborizase. Pero el desvergonzado gigante sonri
placenteramente, sin pensar en huir, encontrando muy ameno el
espectculo.

Y los militares ms viejos y ms expertos en la vida se asombraban al
pensar en el mundo de los Hombres-Montaas: un mundo absurdo, donde los
sexos estn lamentablemente invertidos, y son los hombres los que buscan
 las mujeres, no sintiendo rubor ni deseos de huir cuando las mujeres
se muestran  ellos en toda su desnudez.




XIII

Donde se ve cmo unos pigmeos bigotudos intentaron asesinar al gigante


Un anochecer, cuando Gillespie haba terminado su trabajo y, sentado en
la playa, descansaba de ciento ochenta viajes entre la orilla del mar y
la punta de la escollera, recibi una visita extraordinaria.

Estaba  esta hora vigilando el hervor del caldero, para que sus
acompaantes no metiesen en la sopa las lanzas con que extraan los
peces, y vi cmo un hombre de los que iban vestidos con tnica y velos
se aproximaba lentamente  l. Sus ropas eran pobres, remendadas y algo
sucias. Pareca por su aspecto la esposa masculina de alguna de las
mujeres empleadas en el puerto  de alguna contramaestre de la escuadra.
Entre la gentuza que viva alrededor del gigante se mostraban de tarde
en tarde algunos de estos seres pobremente vestidos, pero que ostentaban
el mismo indumento de los hombres de clase superior, para indicar que no
pertenecan al rebao de los esclavos aprovechados como mquinas de
fuerza.

Este hombre de traje femenil pase varias veces en torno del gigante,
mirndole con inters por un resquicio de sus velos. Los malhechores al
servicio del Hombre-Montaa, que formaban grupos  cierta distancia, no
extraaron la presencia del hombre con faldas. Eran muchos los que al
conseguir un descanso en sus tareas domsticas venan solos  en grupos
 ver de cerca al coloso.

Cuando el nuevo visitante se hubo cansado de mirar  Gillespie, medio
tendido en la arena, salt sobre uno de sus tobillos, que eran lo ms
accesible de las piernas en reposo. Luego empez  caminar sobre la
arista huesosa de la pantorrilla, pasando la redonda plaza de la rtula,
para seguir avanzando por el lomo redondo del muslo, detenindose
nicamente junto al abdomen.

Ninguno de los curiosos osaba permitirse con Gillespie esta intimidad.
Le haban hecho una fama de maligno y cruel en toda la nacin, y las
gentes, al insultarle  agredirle con piedras, procuraban siempre
colocarse  gran distancia.

Sinti no tener  mano aquella lente que le haba regalado Flimnap, para
poder contemplar de cerca  este pigmeo que se entregaba  l con tanta
confianza. Inclin su rostro para verle mejor, y not que abra sus
velos y ergua la cabeza, queriendo hablarle y temiendo al mismo tiempo
que pudieran oir su voz los grupos inmediatos.

Gillespie crey adivinar la personalidad del recin llegado.

--Debe ser Ra-Ra--se dijo.

Pero la turbia luz del crepsculo no le permita reconocerlo. Adems,
los movimientos de sus brazos indicaban un afn de ser levantado hasta
el rostro del gigante para poder hablarle con toda confianza. Gillespie
lo coloc sobre la palma de su diestra y lo fu elevando hasta cerca de
sus ojos.

Una agradable sorpresa le conmovi entonces de tal modo, que por
instinto hubo de tomar al pigmeo entre dos dedos de su mano izquierda
para que no se cayese de la mano derecha.... Lo que l crea un hombre
era miss Margaret Haynes que vena  visitarle.

Su rostro, nico en el mundo, le sonrea encuadrado por los velos,
agradeciendo como un homenaje su extraordinaria sorpresa. Pero
inmediatamente pens que, aunque miss Margaret no era de gran estatura,
jams habra podido l mantenerla sobre una de sus manos, como si fuese
un objeto de bolsillo. No poda ser miss Margaret, y siguiendo una
deduccin lgica, descubri que la que tena ante sus ojos era
simplemente Popito.

El doctor hijo del Padre de los Maestros haba renunciado  su traje
universitario  iba vestido como la esposa de un menestral.

--As, gentleman--dijo ella, como si adivinase sus pensamientos--, es
imposible que me reconozcan. A quin se le puede ocurrir en nuestra
Repblica que una mujer vaya vestida de mujer?

Y al decir esto miraba sus ropas con satisfaccin, como si se encontrase
dentro de ellas mejor que cuando vesta su uniforme doctoral.

--Y Ra-Ra?--pregunt el gigante.

Ella baj la voz para contar su vida de aventuras desde que se fug de
la Universidad. Como el gobierno, influenciado por el Padre de los
Maestros, los haca buscar en todas las ciudades de la Repblica, haban
credo preferible no moverse de la capital.

Vivan en los barrios miserables inmediatos al puerto. Entre los hombres
envilecidos que el gobierno femenil empleaba como mquinas de trabajo
eran muchos los que haban abierto sus ojos  la verdad, pero lo
disimulaban fingiendo seguir en su antiguo embrutecimiento. Ra-Ra
contaba con el auxilio de muchos partidarios, que se encargaban de
mantenerle oculto. Del mismo modo que ella para librarse de las
persecuciones iba vestida de mujer, su amante haba abandonado el traje
femenil, imitando la semidesnudez de los atletas condenados  las faenas
rudas. La suciedad propia de su estado le serva para disimular su
rostro.

As vivan, satisfechos de su nueva situacin, participando de la
pobreza y las esperanzas de todo aquel rebao servil, que escuchaba 
Ra-Ra como  un apstol. El doctor era el encargado de cocinar y tambin
de limpiar la choza en que vivan, encontrando un placer original en el
desempeo de estas funciones que haban pertenecido  su sexo en tiempos
tan remotos que ya estaban olvidados. Adems se consideraba feliz porque
Ra-Ra pareca contento. La fe de ste en la victoria de los hombres
haba acabado por sentirla ella igualmente, traicionando por amor los
intereses de su sexo.

--Ahora creo de un modo indiscutible, gentleman--dijo en voz baja--,
que Ra-Ra no se equivocaba al hablarnos de su triunfo.

Inclinndose hacia una oreja del gigante, murmur los secretos del
partido masculista con el fervor de un nefito convencido hasta el
fanatismo de la bondad de la causa que acaba de abrazar.

Los nuevos tiempos estaban prximos. Ya haba sido descubierto el gran
secreto que neutralizara el poder de los rayos negros. Los das de lo
que llamaban las mujeres la Verdadera Revolucin estaban contados. Sus
mquinas que haban hecho estallar las armas sostenedoras del poder de
los hombres resultaban ya intiles. Los fusiles y los caones sacudiran
su largo ensueo para recobrar el diablico poder que les haca
temibles. Los iniciados ms valerosos se estaban ejercitando ya en su
manejo.

Cuando llegase el momento decisivo, los rebeldes no tendran mas que
penetrar en los olvidados museos universitarios que guardaban cantidades
enormes de material de guerra perteneciente  una historia remota. Estos
museos de industria retrospectiva iban  convertirse en arsenales
inmediatamente, dando  sus poseedores el dominio del pas, como los
rayos negros lo haban dado  las mujeres.

--Ra-Ra slo espera un aviso de las otras ciudades para lanzarse  la
destruccin del gobierno femenino. Tal vez no sea prudente empezar la
insurreccin en nuestra capital. El prodigioso invento lo han realizado
en otra ciudad, y en ella lo preparan para que pueda usarse en
abundancia y no como un descubrimiento de laboratorio.... Adems, otros
Estados de nuestra Confederacin guardan el viejo material de guerra en
mayores cantidades que aqu. El gobierno de las mujeres lo regal  las
provincias de poca importancia, con irnica generosidad, para que
pudiesen llenar sus museos locales ... En resumen, gentleman, que la
revolucin soada por Ra-Ra va  realizarse, y yo creo en ella.

Call la joven despus de dar estas noticias. No quiso decir ms sobre
el complot que preparaban los hombres y pas  hablar del gigante.

Popito y Ra-Ra haban lamentado mucho su desgracia, sintiendo adems
cierto remordimiento al pensar que haban contribudo  ella los dos. El
joven deseaba que la revolucin de los hombres estallase cuanto antes,
para libertar al gigante de la esclavitud  que le haba sometido el
gobierno femenino. Su primer acto apenas triunfase sera venir 
buscarle para llevarlo otra vez al palacio situado en la cumbre de la
colina, rodendole de tantas comodidades y homenajes como si fuese un
dios.

--Pero mientras llega ese momento--continu Popito--l teme por la vida
de usted, gentleman, y le recomienda que no tenga confianza en ninguno
de los que le rodean.

Como Ra-Ra viva entre los esclavos del puerto, y stos guardaban cierta
relacin con aquella otra gente todava ms inferior que acompaaba al
gigante, haba recibido ciertas confidencias sobre peligros que
amenazaban al Hombre-Montaa.

--Son noticias todava vagas--continu Popito--. Nuestros amigos slo
han podido sorprender hasta ahora palabras sueltas. Hay entre esos
hombres que viven junto  usted una docena que son los peores y
proyectan matarle, no sabemos por orden de quin.

Gillespie busc con su vista los grupos que estaban poco antes en la
orilla del mar, y no vi  ninguno. Se haban deslizado hacia el sitio
donde herva el caldero sobre las llamas de una hoguera, para repartirse
su contenido, devorndolo. Esta noche Gillespie iba  pasar hambre. Los
bellacos parecan contentos de la visita del hombre con velos, que haba
distrado la atencin del coloso.

Popito sigui hablando para contar lo que saba de estas gentes:
fugitivos de todos los pases; hombres con los que no queran contar los
otros hombres, deseosos de emancipacin. Entre ellos eran tenidos como
peores los de un grupo procedente de Blefusc, fcilmente reconocibles
por sus luengas cabelleras y sus bigotes, que pendan con no menos
abundancia por ambos lados de sus bocas.

Oyendo  estos hombres era como los amigos de Ra-Ra haban sospechado
que se tramaba algo contra el coloso. Pareca que slo esperaban recibir
su recompensa por adelantado para matar al Hombre-Montaa. Como el tal
asesinato no resultaba empresa fcil, discutan mucho los procedimientos
para conseguirlo.

--Est usted tranquilo, gentleman--sigui diciendo la joven--. Nuestros
amigos vigilan, y nos traern noticias ms concretas.

--Quin puede tener inters en matarme?--repuso Gillespie
tristemente--. Los que deseaban vengarse de m deben sentirse ya ms que
satisfechos por el castigo que me han impuesto. Equivale  una muerte
lenta.

Popito sigui hablando:

--Ra-Ra cree que los personajes misteriosos que dirigen  estos bandidos
son Golbasto y Momaren, mi padre. Pero ya sabe usted, gentleman, que l
tiene la mana de atribuir al Padre de los Maestros todo lo malo que
ocurre en el pas.... En fin, sea quien sea el que proyecta la muerte de
usted, nosotros lo averiguaremos.

Despus de esto, Popito mostr deseos de que su interlocutor la pusiera
en el suelo para marcharse, pues acababa de cerrar la noche. Ra-Ra no
haba podido ir  ver al gentleman por una ocupacin inesperada y
urgente. Su grande obra le obligaba  continuas ausencias. Slo por el
deseo de que Gillespie no viviera ms tiempo confiadamente entre la
chusma que le rodeaba, haba enviado  Popito; pero la prxima vez sera
l quien viniese, trayndole una informacin ms precisa.

La joven se march, y el gigante, al verse solo, se puso de pie para
aproximarse al lugar donde la hoguera acariciaba con sus ltimas llamas
la panza del caldero.

No encontr como alimento mas que un caldo sucio en el que flotaban
espinas y cabezas de pescado. Di un rugido, amenazando con sus puos 
los insolentes que acababan de devorar su comida, pero stos huyeron,
estableciendo cierta distancia entre ellos y el coloso. Adems se
sentan protegidos por las tinieblas de la noche, y contestaron con
risas y exclamaciones de burla  la protesta del Hombre-Montaa.

ste se arrodill y puso sus manos en la arena para reconocer  aquellos
hombres bigotudos de Blefusc, sus presuntos matadores. Tena el feroz
propsito de meterlos en la caldera, como un castigo previsor y
ejemplar; pero toda la servidumbre haba desaparecido, ocultndose
detrs de las colinas de arena y los caaverales de la playa.

Transcurrieron dos das sin que recibiese una nueva visita. Llev
piedras, como siempre, de la orilla del mar  la escollera, y vigil el
hervor de su caldero para no verse robado como en la noche que le visit
Popito. Conoca ahora  los hombres bigotudos, que parecan ejercer
sobre sus camaradas la superioridad arrogante y cruel del matn. Con uno
de ellos, el ms alto y musculoso, se permiti una broma digna de su
fuerza.

Al ver cmo rondaba por cerca del caldero, aproxim su mano derecha 
este valentn, manteniendo encorvado el dedo ndice y sostenido por el
pulgar. De repente el dedo encorvado se dispar para quedar rgido,
pillando por en medio al bigotudo jayn, y lo envi  travs del aire,
hacindolo caer de cabeza en la hoguera. Sus camaradas tuvieron que
sacarlo de entre los tizones tirando de sus pies, mientras otros corran
hacia el mar para echarle agua en los mostachos y la cabellera
humeantes.

Cuando en la tarde siguiente empezaba la playa  obscurecerse, Gillespie
vi la llegada de otro hombre con faldas y velos. Deba ser Popito, que
le traa ms noticias. Lo mismo que la vez anterior, di varias vueltas
en torno de l con la cara oculta. Al fin se decidi  subir  una de
las piernas extendidas del coloso. Entonces pudo darse cuenta de que el
visitante era ms grueso que Popito y se balanceaba  cada paso.

Consigui con dificultad subirse sobre un tobillo, pero al avanzar
lentamente y titubeando por la arista huesosa de la pantorrilla, perdi
pie, cayendo de cabeza en la arena. Gillespie tuvo lstima de l y
extendi una mano para tomarlo con los dedos, subindole hasta la altura
de su pecho. Daba gritos de susto por su cada, y al quedar sentado en
la mano del gigante tampoco se consider seguro, agarrndose  uno de
sus dedos. Al fin pareci serenarse, echando atrs el velo que cubra su
rostro para poder hablar.

--Slo por usted soy capaz de arrostrar tantos peligros. Pero todo lo
doy por bien empleado  cambio del placer de verle.

Esta vez el asombro de Gillespie fu risueo.

--El profesor Flimnap!... Y vestido de mujer!

Comprendi el catedrtico el asombro que sus ropas inspiraban al
gigante.

--Verdaderamente, de toda mi aventura lo ms estupendo es haberme
vestido con el traje que llevaban antes las mujeres como una librea de
esclavitud. Qu diran mis discpulos si me viesen!...

Pero despus de esta lamentacin, su coquetera amorosa le hizo
explicarse para excusar los defectos que pudiera tener su vestido.

--Me lo ha prestado la esposa de mi colega el profesor de Fsica. S
bien que es de forma algo anticuada. Hay muchos hombres que visten
mejor. Pero debe usted tener en cuenta que mi compaero de la Facultad
de Ciencias Fsicas raro es el ao que no tiene un hijo, y como su
hombre se pasa todo el tiempo en la cama con el recin nacido  cuidando
de su nutricin, no le queda tiempo para seguir las modas.

Luego el profesor mir con unos ojos admirativos y tristes al mismo
tiempo  su amado gigante.

--Qu cambios en nuestra existencia--dijo--. Pero no hablemos de esto,
no perdamos el tiempo en lamentaciones. Necesito irme cuanto antes;
siento miedo, gentleman.... Para venir aqu he tenido que pasar cerca de
un grupo de soldados, que han empezado  decirme cosas atrevidas,
creyendo que yo era un hombre. Imagnese si descubriesen al profesor
Flimnap vestido con estas ropas! Ahora, segn parece, soy mal mirado por
el gobierno, y el Padre de los Maestros desea quitarme mi ctedra para
drsela  ese intrigantuelo cruel que le sirve  usted de traductor....

Pero no hablemos de m. Estoy dispuesto  aceptar como un placer todo
lo que sufra por usted. Ya conoce mis sentimientos. Hablemos de su
persona, pues para eso he venido.

Mir  un lado y  otro,  pesar de que no haba nadie cerca del
gigante, y aadi con voz tenue:

--Gentleman, le amenazan grandes peligros y vengo  anuncirselos,
aunque ignoro, por desgracia, cmo podr defenderle de ellos.

Su amigo el profesor de Fsica le haba llevado aquella maana  lo ms
apartado y profundo de su laboratorio para confiarle un gran secreto. El
Padre de los Maestros acababa de llamarle para saber si tena siempre
lista la mquina que haba servido para dar inyecciones soporferas al
Hombre-Montaa la noche que lleg al pas. Y como el fsico le
contestase afirmativamente, volvi  preguntar si era posible la
fabricacin en pocas horas--de acuerdo con la seccin de Qumica--de la
cantidad necesaria de veneno para darle una inyeccin al gigante,
dejndolo muerto sin seales escandalosas de intoxicacin.

El profesor haba contestado que no poda encargarse de este servicio
sin una orden expresa del gobierno, y el jefe se la haba prometido para
ms adelante, dejando el asunto en tal estado.

--La promesa de una orden del gobierno es falsa, gentleman--aadi
Flimnap--. Ningn seor del Consejo Ejecutivo osar firmarla. Yo, por el
deseo de defender  usted, ando ahora mezclado en las cosas de la
poltica y me honro con la amistad del elocuente Gurdilo. El gobierno
sabe que el tribuno se interesa por el Hombre-Montaa, y como teme  su
palabra vengadora, se cuidar bien de autorizar tal crimen.

No obstante su confianza en el miedo de los gobernantes, dudaba de que
Momaren abandonase sus malos propsitos.

--Desea su muerte, gentleman, y si no puede organizar lo de la inyeccin
venenosa, buscar otro medio. Debe ayudarle en estos planes el vanidoso
Golbasto. Ya no creo que el tal Golbasto sea un gran poeta, ni mediano
siquiera. La otra noche quise releer sus versos, y me parecieron
despreciables. Ay, no poder permanecer yo  su lado, gentleman, para
seguir su misma suerte!...

La consideracin de su impotencia casi le hizo llorar. Influenciado por
su nueva amistad con Gurdilo, slo vea en este personaje el remedio de
sus preocupaciones.

--Si ocupase el gobierno nuestro gran orador!...

A continuacin se mostraba pesimista.

--El gobierno actual es ms fuerte que nunca. Quin puede derribarlo?
No ser ciertamente Ra-Ra y los dementes que le siguen. Las mujeres que
nos dirigen en el presente momento son enemigos nuestros, pero hay que
reconocer que nunca gobierno alguno se consider tan slido. Hasta
parece, segn dice mi ilustre amigo Gurdilo, que proyectan celebrar una
gran Exposicin, como la de hace aos, de la que es un recuerdo la
Galera que habit usted. Tal vez con motivo de esta solemnidad
universal consigamos su indulto, y usted podr presenciar todas nuestras
fiestas.

Pero el profesor abandon repentinamente este ensueo optimista. Vi con
la imaginacin  su amado gigante tendido en la playa, inerte como un
cadver, las carnes verdosas y descompuestas por el veneno y
revoloteando sobre su rostro, en fnebre espiral, miles y miles de
cuervos.

--Cudese, gentleman--dijo con ansiedad--; desconfe de todos; piense
que pueden echarle veneno en sus alimentos. No coma sin que antes haya
probado su comida esa gentuza que le rodea.

El gigante acogi con una risa sonora la ltima recomendacin. Era
innecesaria. Y mir hacia la hoguera que calentaba el caldero, en torno
de la cual se iban agrupando sus acompaantes para aprovecharse de su
distraccin.

--Sobre todo, gentleman, tenga cuidado mientras duerme. Tambin le
pueden matar durante su sueo.

El gigante celebr otra vez con risas la simpleza de este consejo. Cmo
iba  guardarse  s mismo mientras dorma?

--Es verdad, es verdad--gimi angustiado el profesor--. Dioses
poderosos! Y no poder estar yo al lado de usted para defenderle durante
su sueo! Qu hacer?...

Se pregunt esto varias veces, convencindose al fin de que lo primero
que deba hacer era marcharse, pues el miedo le haca insufrible su
permanencia all. Tema ser sorprendida en su regreso  la capital si
dejaba que cerrase la noche.

--Debo ser prudente, gentleman; el gobierno tal vez me vigila. Fjese:
amigo de usted y amigo de Gurdilo!... Hay ms de lo necesario para que
me encierren en una prisin. Pero volver; yo le traer noticias. Cuente
con que mi amigo el profesor de Fsica no har nada contra usted aunque
se lo mande el gobierno. Pero ay! sus enemigos no cejarn por esto....
Baje la mano, gentleman; pngame en el suelo. Necesito irme.... Cuente
con que pienso en usted  todas horas y me preocupo de su suerte.

Gillespie dej al profesor en la arena, para no prolongar ms el
tormento de su inquietud. Luego le vi correr, balanceando sus formas
abultadas y reteniendo sus velos, que el viento martimo pareca querer
arrebatarle.

Transcurrieron varios das de trabajo, de cansancio y de hambre, sin que
el coloso recibiese nuevas visitas. Un anochecer, estando sentado en la
arena, vi que un hombre saltaba gilmente sobre una de sus rodillas,
corriendo despus  lo largo del muslo. Este no llevaba falda ni toca
mujeriles. Iba casi desnudo, como los hombres condenados al trabajo, con
una tela arrollada  los riones por toda vestidura y mostrando los
musculosos relieves de un cuerpo armoniosamente formado.

Antes de reconocerlo con sus ojos, sinti el gigante que un instinto
fraternal despertaba en su interior para avisarle quin era.

--Oh, Ra-Ra!--dijo con voz tenue--. Cmo deseaba verte!

Adivinando los propsitos de su visitante, lo puso sobre la palma de su
mano derecha, elevndole despus hasta su rostro.

Ra-Ra se tendi sobre esta meseta de carne y hueso, y apoyando su cara
en ambas manos, habl al Gentleman-Montaa:

--Popito le avis  usted hace das que algunos de estos hombres que le
rodean proyectan asesinarlo. Hasta ayer slo tena vagas noticias de
ello; ahora puedo darle un aviso concreto. Creo que es maana cuando
intentarn el golpe contra usted, gentleman. En cuanto  los
instigadores del crimen, tengo formada mi conviccin y nadie me har
desistir de ella. Son Momaren y Golbasto los que desean su exterminio, y
ya que no han podido lograr que el gobierno favoreciese sus deseos, se
valen de esta chusma que rodea  usted.

Sigui hablando Ra-Ra, y algunas de sus revelaciones vinieron 
corroborar las que le haba hecho el profesor.

--Al principio, estos dos personajes proyectaron matarle  usted por
medio de una inyeccin venenosa. Ignoro cmo pensaban realizarlo, pero
de su intencin no me cabe ninguna duda. Deseaban que usted apareciese
muerto un amanecer, aqu en la playa, y que la gente creyese en un
fallecimiento ordinario. Pero como no han podido realizar este plan
hipcrita de venganza, apelan ahora al asesinato. Ya lo sabe, gentleman;
esta noche y la siguiente no duerma usted. Yo creo que el golpe lo
intentarn maana, pero le aconsejo que, de todos modos, se guarde esta
noche, pues bien podran haber adelantado la fecha de su crimen.

Ra-Ra sac la cabeza fuera de la mano del gigante para buscar abajo con
su mirada los grupos de gente sospechosa.

--Los que le rodean, gentleman, son personas de malos antecedentes, pero
no creo que todos ellos vayan  intervenir en el crimen. Segn mis
informes, los nicos que han tomado algn dinero para ejecutarlo y
desean ganar el resto de la cantidad son esos bigotudos de Blefusc, que
tan orgullosos se muestran de su fuerza. No los pierda nunca de vista,
pues en ellos est el peligro.

Gillespie se resista  comprender cmo varios pigmeos podan matarle
durante su sueo no disponiendo de una mquina inyectora como aquella de
que le haba hablado Flimnap.

--Mis amigos--contest Ra-Ra--han podido adivinar, gracias  algunas
palabras de estos hombres, cmo se proponen matarle durante su sueo.
Treparn cautelosamente hasta lo alto de su pecho, pues han observado
que usted duerme de espaldas; pegarn su odo  la curva de su tronco,
para guiarse por las palpitaciones del corazn, y cuando sientan bajo
sus pies estos latidos, cinco  seis de ellos empuarn una barra enorme
de acero terriblemente aguzada, clavndola todos  un tiempo en su
carne, hasta que le traspasen el corazn y salten en torno de su arma
caos de sangre. Momaren y Golbasto deben haberles proporcionado la
barra, dndoles, adems, lecciones para que asesten el golpe en el lugar
preciso.

An hablaron los dos un largo rato. El gigante acab por olvidar los
propios asuntos para que Ra-Ra le contase sus planes revolucionarios y
sus esperanzas en el prximo triunfo.

Ya no poda fijar el joven la fecha del movimiento insurreccional contra
la Repblica de las mujeres. Todos los preparativos estaban terminados y
las rdenes transmitidas  las diferentes ciudades. Slo faltaba que se
iniciase el movimiento en un Estado lejano, el ms favorable para
emplear aquel descubrimiento que deba vencer  los famosos rayos
negros.

Esto iba  ocurrir de un momento  otro; tal vez fuese al da siguiente;
tal vez haba sido ya y lo ignoraban en la capital.

--Le quedan  usted muy pocos das de esclavitud, gentleman--aadi el
joven--, y por lo mismo sera lamentable que esos malvados le matasen
aprovechando los ltimos momentos de la tirana femenina.... No tema
usted las consecuencias: castigue con dureza  esos asesinos en el
momento que intenten el golpe. Ojal estuviesen entre ellos sus
instigadores!...

Ra-Ra no poda prolongar mucho esta entrevista. Tema que los que
acompaaban al gigante se hubiesen fijado en su llegada. Pens tambin
en las precauciones que deba tomar para que no le sorprendiesen durante
su regreso. Un destacamento de soldados estaba acampado en la playa,
cerca del puerto, para impedir que los curiosos se aproximasen al
gigante.

Como vea prximo el momento de la victoria, se mostraba ms prudente
que antes, evitando incurrir en sus antiguas audacias. Si le descubran
y apresaban  ltima hora, poda quedar frustrado el levantamiento de
los hombres en la capital, dejando sin respuesta las sublevaciones de
las dems ciudades.

--Va usted  ver grandes cosas--sigui diciendo--, Quin sabe si ser
esta misma noche cuando nos sublevemos contra la tirana femenil y
vendremos  libertarle!... Y si no esta noche, ser en breve plazo.

Se fu Ra-Ra, y el gigante, despus de comer, qued tendido en la arena,
como todas las noches. No quiso dormir, mantenindose en una fingida
tranquilidad, con los ojos entornados y vigilando las idas y venidas de
algunos pigmeos que an no se haban acostado. Al fin el silencio del
sueo se fu extendiendo sobre la playa, y Gillespie, convencido de que
no intentaran aquella noche nada contra l, acab por entregarse al
descanso.

Al da siguiente, cuando llevaba piedras al extremo de la escollera, vi
 un hombrecillo en una pequea barca, que finga pescar y se colocaba
siempre cerca de su paso, sin asustarse de los remolinos que abran en
las aguas las piernas gigantescas al cortarlas ruidosamente. La
insistencia del pescador acab por atraer la atencin de Gillespie. Mir
verticalmente la barquita del pigmeo, que se mantena junto  una de sus
pantorrillas, y reconoci  Ra-Ra. Este, puesto de pie y con las dos
manos en torno de su boca formando bocina, se limit  gritar:

--Va  ser esta noche; lo s con certeza.... Y ahora contine su
trabajo. No me hable.

Efectivamente, la voz del gigante, sonando como un trueno desde lo alto,
hubiese llamado la atencin de todos sus guardianes y hasta de las
tripulaciones de los buques de guerra que evolucionaban en plena mar
vigilndole.

Continu el gigante su viaje con una roca en cada mano, y el pescador,
recobrando sus remos, se alej hacia el puerto.

Apenas hubo cerrado la noche, se fu dando cuenta Gillespie, por ciertos
preparativos, de que el aviso de Ra-Ra era cierto. Vi cmo los atletas
bigotudos y malencarados se echaban  la espalda sus mochilas,
despidindose de sus compaeros. Esto ltimo lo presinti nicamente por
sus gestos; pero as era en realidad. El grupo de valentones se volva 
Blefusc, anunciando su partida en la primera mquina voladora que
saliese al amanecer para su pas. Los que se quedaban no podan ocultar
su satisfaccin al verse libres de unos matones que tanto abusaban de
ellos.

Gillespie consider este viaje repentino, preparado con ostentacin,
como una certeza de que el golpe contra l sera aquella misma noche.

Se tendi en la playa, como siempre, colocndose  poca distancia de la
hoguera, que empezaba  disminuir sus llamas. Poco  poco se fueron
retirando sus acompaantes para dormir detrs de las dunas  al abrigo
de los caares. Transcurrieron largas horas de silencio. La obscuridad
era cortada de tarde en tarde por los rayos de colores que llegaban de
las mquinas areas. Pero en la presente noche estas iluminaciones
resultaban menos numerosas, como si alguien hubiese influido para que
sus guardianes le vigilasen menos. En los largos perodos de obscuridad,
las palpitaciones de la hoguera poblaban la noche de repentinos fulgores
de incendio, seguidos de largas y profundas tinieblas.

Permaneca el gigante en voluntaria inmovilidad, con los ojos entornados
y lanzando una respiracin ruidosa. De pronto crey oir un ligersimo
susurro semejante al de unos insectos arrastrndose sobre la arena.

--Ya estn aqu--dijo mentalmente.

La camiseta que cubra su pecho se agit con un leve tirn. Era uno de
los asaltantes, el ms gil de todos, que se haba agarrado al tejido,
encaramndose por l hasta llegar  lo ms alto de su trax. Desde all
arroj una cuerda  los que esperaban abajo, y uno tras otro fueron
subiendo cinco hombres, con grandes precauciones, procurando evitar un
roce demasiado fuerte al deslizarse por la curva del pecho gigantesco.

El Hombre-Montaa segua respirando ruidosamente, y sus ojos apenas
entreabiertos podan ver lo que ocurra alrededor de l, aunque de un
modo vago. Distingui cmo se movan sobre la arena obscura de la playa
algunos animales todava ms obscuros. Sin duda eran compaeros de los
asesinos, que se quedaban abajo para dar la seal en caso de peligro.

Los seis hombres que estaban sobre su pecho tiraron de la cuerda con un
esfuerzo regular y prudente para evitar que l despertase. Sinti que lo
que suban no era un ser animado, sino algo largo y de una rigidez
metlica.

--La barra de acero que desean clavarme en el corazn--pens el
gigante.

No se equivocaba. A travs de sus prpados entornados vi cmo el grupo
de hombres iba desatando la barra mortfera, ponindola en posicin
horizontal. Su tamao era doble que la estatura de ellos.

Son abajo un leve silbido, y volvieron  echar la cuerda. El hombre que
suba ahora careca de agilidad, hundiendo pesadamente sus pies entre
las costillas del gigante, como si temiera caerse.

Gillespie no alcanzaba  verle bien, pero sospech que era una mujer.
Esta mujer, tendindose sobre su pecho, se fu arrastrando con el odo
pegado  la piel, sirvindole de gua el ruidoso bombeo de la sangre 
travs del enorme corazn.

Al fin el director femenino se irgui, sealando con un dedo  sus pies,
como si dijese: Aqu.

Inmediatamente acudieron los seis bandoleros con su barra. Mientras unos
la mantenan verticalmente, otros se frotaban las manos y escupan en
ellas, preparndose para el gran esfuerzo comn.

Cuando todos estuvieron listos, la mujer levant un brazo para dar la
seal, y los seis elevaron al mismo tiempo el gran hierro de punta
aguda. Slo esperaban la voz de su jefe para dejarlo caer; pero antes de
que esto ocurriese, una catstrofe los anonad, como si se hubiesen
desatado sobre ellos todas las fuerzas crueles y ciegas de la
Naturaleza, como si las montaas que cerraban el horizonte se hubieran
desplomado sobre sus cabezas formando una cascada de tierra y de
piedras, como si el mar hubiera abandonado su lecho levantando una ola
nica para barrerlos.

El gigante haba movido un brazo para colocarlo al nivel de su cuello, y
 continuacin hizo con l un rudo movimiento  lo largo del pecho, que
anonad y se llev rodando cuanto pudo encontrar.

Los seis hombres, con su barra, as como la misteriosa mujer que los
diriga, salieron disparados por el aire.

Y no fu esto lo peor para ellos, pues el Hombre-Montaa se levant 
continuacin, de un salto, y empez  dar patadas en el suelo,
persiguiendo  las figurillas negras, que huan aterradas en todas
direcciones lanzando chillidos. Cada puntapi dado por el gigante
levantaba nubes de arena, y en ellas se vea flotar siempre algn
pigmeo, los brazos y las piernas abiertos lo mismo que las ranas, unas
veces con la cabeza arriba, otras con la cabeza abajo.

La clera del coloso no encontr  los pocos momentos enemigos que
perseguir. Todos haban hudo. Los inmediatos caaverales se estremecan
agitados por la carrera medrosa de los hombrecillos. Gillespie iba 
tenderse otra vez en la arena, convencido de que nadie osara ya
atacarle, cuando sinti que algo se agitaba debajo de uno de sus pies.

Era una cosa blanda que se retorca lanzando ahogados chillidos,
aprisionada por la arena y el arco de puente que formaban sus zapatos
entre la planta y el tacn. Se inclin hasta tocar el suelo y,
levantando el pie, extrajo aquella cosa animada de su dolorosa
esclavitud.

Vi que eran dos hombrecillos sobre los que haba puesto su pie sin
saberlo. Milagrosamente se haban librado de morir aplastados al
incrustarse entre la arena y el arco del zapato.

Daban gemidos como si hubiesen sufrido graves lesiones interiores, pero
el susto era en ellos tal vez ms grande que las heridas.

Gillespie, que haba tomado estos dos animalejos entre sus dedos, los
subi  su rostro, colocndoselos entre ambos ojos. Pero la obscuridad
no le permiti reconocerlos. nicamente pudo ver que eran mujeres.

Uno de estos pigmeos deba ser el que haba seguido los latidos de su
corazn para marcar  los asesinos el emplazamiento ms favorable para
el golpe.

Pens si seran Golbasto y Momaren, vanidosos personajes implacables en
su venganza y directores de su asesinato, como crea Ra-Ra. Lamentaba
que las mquinas areas no le enviasen un rayo de luz para poder
reconocerlos.

Su primer impulso fu oprimirlos entre sus dedos, aplastndolos como
insectos dainos. Pero le falt la voluntad para darles este gnero de
muerte....

Como deseaba al mismo tiempo desembarazarse de ellos, se dirigi  la
orilla del mar y, echando atrs su brazo para que el impulso fuese ms
grande, los arroj en el vaco.

Lo mismo que dos piedras atravesaron la obscuridad, perdindose sus
lamentos en el sonoro chapoteo de su cada.




XIV

Lo que hizo el Gentleman-Montaa para que Popito no llorase ms


Al da siguiente los peridicos lanzaron en sus ediciones de la tarde la
noticia de un suceso que interes mucho al pblico.

Golbasto, el gran poeta nacional, haba sido encontrado por unos
pescadores, poco antes de la salida del sol, tendido en la playa sobre
la lnea divisoria del agua y la arena. Lo haban conducido moribundo 
su vivienda, pero  la hora en que aparecieron dichas ediciones los
mdicos mostraban esperanzas de salvarle la vida.

Cada uno coment la noticia segn la repulsin  la simpata que le
inspiraba el poeta. Los hubo que hablaron de un exceso de inspiracin
que, hacindole olvidar la realidad, le haba impulsado  arrojarse al
agua. Otros, ms malignos, suponan un suicidio por decepciones
amorosas.

Muchos pretendieron establecer una relacin entre esta noticia,
anunciada con grandes rtulos de plana entera, y otra ms humilde, sin
grandes ttulos, que haba que buscar en la ltima pgina de los
diarios, haciendo saber que el Padre de los Maestros estaba en cama
gravemente enfermo.

Como un vago rumor empez  circular la murmuracin de que tambin 
Momaren lo haban llevado  su casa, en las primeras horas de la maana,
unos hombres que lo encontraron cerca del puerto. Pero como se trataba
de un personaje oficial, fu imposible conocer la verdad. Nadie pudo
encontrar  los empleados universitarios que haban cometido la
indiscrecin de contar la llegada de Momaren conducido en brazos por
unos marineros. Al contrario, todos declaraban que esta noticia era
absurda, pues el jefe de la Universidad estaba en cama desde tres das
antes.

Pero esto no evit que la murmuracin siguiese haciendo su camino, y los
noveleros empezaron  afirmar que la misteriosa enfermedad del poeta era
igual  la del Padre de los Maestros, teniendo ambas el mismo origen. El
senador Gurdilo, ansioso de venganza, insinu  los periodistas que
Momaren y Golbasto se haban batido de noche en la playa por alguna
rivalidad amorosa, pues los dos,  pesar de su exterior solemne, eran
unos hipcritas de perversas costumbres y tal vez se disputaban el
monopolio de algn esclavo atltico.

El vecindario de la capital se acost pensando en estas dos enfermedades
misteriosas, con la esperanza de que al despertar conocera detalles ms
interesantes sobre la existencia privada de tan clebres personajes.
Ninguno de los dos haba podido hablar hasta el presente. Al poeta se lo
prohiban los mdicos hasta que recobrase su perdido vigor. Momaren,
aislado en su palacio, no era accesible  las averiguaciones de los
periodistas.... Pero al da siguiente todo este misterio iba 
desvanecerse, como ocurre en los grandes sucesos que interesan al
pblico.

Sin embargo, al despertar ocho horas despus los habitantes de la
ciudad, ni uno solo se acord del poeta clebre ni del Padre de los
Maestros. Un suceso inaudito llenaba las pginas de los peridicos, y
tal era su novedad, que paraliz la vida corriente, aglomerando  todos
los habitantes en las plazas y calles cntricas. Un temblor de tierra,
la erupcin de un nuevo volcn, un gran naufragio  una catstrofe area
no hubiesen acaparado tanto la atencin. Lo que ocurra era an ms
extraordinario.

Despus de tantos aos de paz, cuando nadie se acordaba de la existencia
de las antiguas guerras, acababa de surgir una guerra.

En Balmuff, uno de los Estados ms lejanos y pobres, se haban sublevado
el da anterior todos los hombres contra el gobierno de la
Confederacin, dirigidos por algunos jvenes excntricos de los que
figuraban en el partido masculista. Su primer acto haba sido constituir
un gobierno provisional, todo de varones, que redact un manifiesto
dirigido al pueblo. En l se decretaba para siempre la abolicin de la
supremaca de las mujeres, declarando que stas deban ser por el
momento inferiores al hombre, y tal vez ms adelante, cuando hubiesen
perdido su presente orgullo, se accedera  que fuesen sus iguales.

La noticia de tal sublevacin, as como el manifiesto de sus jefes, hizo
reir mucho al pblico femenino. Algunos caricaturistas haban
improvisado  ltima hora dibujos para los peridicos, representando las
tropas revolucionarias compuestas de hombres todos con faldas y con
velos, llevando adems lanzas y espadas. Las esposas masculinas de los
individuos del gobierno y de sus altos empleados, as como las
pertenecientes  las familias ricas de la capital, eran las que ms se
indignaban contra esta sublevacin de sus compaeros de sexo.

--El hombre--decan--debe permanecer quieto en su casa, ocupndose de
los hijos y de la fortuna conyugal. Eso de gobernar es oficio de las
mujeres. Adonde iramos  parar si nosotros, con nuestra inexperiencia,
nos metisemos  dirigir las cosas pblicas?...

Y los que pedan ms crueles castigos para la revolucin de los hombres
eran los hombres. En cambio, haba mujeres que permanecan en silencio,
como si temiesen hacer pblica su opinin sobre este suceso. Pero se
notaba en su mutismo algo que haca recordar la doctrina de Popito
acerca de la armona entre los dos sexos.

Se sucedan con rapidez las noticias de Balmuff. Las transmisiones
areas hacan vibrar el espacio incesantemente, y cada media hora
descenda una mquina voladora sobre el palacio del gobierno, viniendo
de los ltimos confines del mundo conocido.

Los curiosos ya no rean de la grotesca revolucin de los hombres.
Lanzaban los peridicos edicin tras edicin para contar la historia de
este suceso, el ms inaudito  inesperado desde que las mujeres
constituyeron los Estados Unidos de la Felicidad. Los insurgentes de
Balmuff se haban lanzado con piedras y palos sobre la Universidad de su
capital, apoderndose de ella sin ms esfuerzo que repartir unos cuantos
garrotazos entre los profesores femeninos y otros empleados de igual
sexo que dependan del lejano y omnipotente Momaren. Luego se haban
esparcido por el Museo Histrico, apoderndose de los fusiles y caones
que figuraban en sus salas. Precisamente el gobierno de la
Confederacin, para satisfacer sin gasto alguno la vanidad de las
mujeres patriotas de este Estado remoto, haba enviado, poco despus del
triunfo femenil, enormes cantidades del antiguo material de guerra de
los hombres, para que con esta ferretera intil adornasen su palacio
universitario.

El jefe militar de Balmuff era una amazona membruda y de labios
bigotudos, desterrada de la capital  causa de sus costumbres demasiado
libres. Este guerrero ri al saber que la canalla masculina--que haca
sus delicias en secreto--se armaba con los artefactos intiles del
pasado, y se limit  ir en su busca con unas cuantas mquinas
expeledoras de rayos negros. De este modo no necesitara que sus
amazonas persiguiesen  los insurrectos  flechazos. Ellos mismos iban 
matarse, pues los rayos prodigiosos haran estallar entre sus manos las
mquinas anticuadas que acababan de adquirir ilegalmente.

Pero al dirigir contra los revolucionarios los rayos negros, siempre
poderosos, qued absorto viendo su ineficacia. De los grupos rebeldes no
surgi ninguna explosin. Adems, estos grupos eran casi invisibles,
pues en torno de ellos se notaba la existencia de una neblina gris, un
halo denso, que los envolva y los acompaaba como una armadura area.
En cambio, de la masa insurrecta surgi de pronto el trac-trac de las
ametralladoras, semejante al ruido de las antiguas mquinas de coser, el
largo y ruidoso desgarrn de las descargas de fusilera, el puetazo
seco y continuo de los caones de tiro rpido, y en unos segundos
quedaron en el suelo la mayor parte de las tropas del gobierno, huyendo
las restantes con un pnico irresistible.

Las gentes de la capital, al leer esto, se miraban aterradas, no
encontrando en su atolondramiento palabras capaces de expresar su
asombro. Los ms locuaces slo saban decir:

--Ser posible?... Ser posible todo eso?

La actitud del gobierno les haca ver que era posible eso y aun algo
ms, que no decan los peridicos, pero que las gentes se comunicaban en
voz baja.

Ya no era Balmuff el nico pas ganado por la revolucin. Los hombres de
otras regiones inmediatas se haban sublevado igualmente, y parecan
contar con el mismo invento de la coraza vaporosa repeledora de los
rayos negros. Todos ellos se pertrechaban  estilo antiguo en los
museos, venciendo instantneamente con sus armas de repeticin  las
tropas gubernamentales. Indudablemente algn hombre dedicado  la
ciencia haba hecho en favor de los de su sexo un invento semejante al
de aquella sabia mujer venerada en el templo de los rayos negros.

Ahora las mquinas voladoras que iban llegando al palacio del gobierno
procedan de los ms diversos extremos de la Repblica. En casi todas
las provincias acababan de sublevarse los hombres. En unas haban
vencido, en otras haban fracasado, porque las autoridades supieron
guardar y defender  tiempo los depsitos de armamento antiguo.

Poco antes de cerrar la noche, los altos seores del gobierno, de
acuerdo con las instituciones parlamentarias, declararon en estado de
guerra  toda la Repblica. Al mismo tiempo decretaron la movilizacin
de las mujeres menores de cuarenta aos, para que tomasen las armas, y
el alistamiento voluntario de los hombres que quisieran trabajar en los
servicios auxiliares y en los hospitales.

En el Senado, el pblico llor de emocin escuchando  Gurdilo el ms
desinteresado y sublime de sus discursos. Todo lo olvidaba ante la
inminencia del peligro comn. Bes y abraz  los seores del Consejo
Ejecutivo, odiados por l hasta un da antes. Ya no resultaban oportunos
los rencores polticos; todos eran mujeres y tenan el deber de morir
defendiendo el orden social, puesto en peligro por las utopas
anrquicas de unos cuantos varones ambiciosos  locos, olvidados de las
virtudes, respetos y jerarquas que forman la base de un pas
slidamente constitudo.

El gran orador fu breve y luminoso en su arenga, repleta de consejos
para los gobernantes. Ya que un nuevo invento masculino haca intiles
por el momento los salvadores rayos negros, las mujeres sabran valerse
igualmente del antiguo material de guerra de los hombres olvidado en las
universidades. Tambin sabran inventar y fabricar nuevas armas ms
poderosas, apelando  la colaboracin de las mujeres cientficas y de
las que dirigan la industria.

Antes la guerra, una guerra larga y sangrienta como las de Eulame, que
verse vencidas y esclavizadas por el hombre, lo mismo que en otros
siglos!

La muchedumbre aglomerada ante el palacio rugi de entusiasmo al ver en
un balcn al siempre descontento tribuno sonriendo  los seores del
gobierno y abrazndose con ellos.

Bajo el resplandor sonrosado de las iluminaciones nocturnas desfilaron
todas las tropas de la capital. El entusiasmo femenino estall en gritos
estridentes al ver pasar los batallones de muchachas arrogantes
acompaadas por el centelleo de sus espadas, de sus casquetes y de sus
uniformes cubiertos de escamas metlicas. Cmo los hombres, groseros y
cortos de inteligencia, iban  poder resistir el empuje de estas
amazonas robustas, esbeltas y de ligero paso?... Despus, las hembras
ms rabiosas rectificaban sus opiniones para aplaudir igualmente al sexo
enemigo.

No todos los hombres eran dignos de abominacin. Los jinetes de la
polica, aquellos barbudos de la cimitarra, tan odiados por el pueblo,
desfilaban igualmente. Todos haban pedido que los enviasen  combatir 
los insurrectos. Y detrs de ellos pasaron miles y miles de voluntarios
que acababan de alistarse: atletas semidesnudos, mquinas de trabajo que
haban vivido hasta entonces en una pasividad estpida y parecan
despertar  una nueva existencia con la aparicin de la guerra. Las
mujeres los admiraban ahora como si fuesen unos seres completamente
diferentes de los siervos que haban conocido horas antes.

--Viva el gobierno! Viva la Verdadera Revolucin! Vivan las
mujeres!--gritaban al pasar entre el gento.

Y sus gritos los lanzaban de buena fe, sin ninguna irona. Lo importante
para ellos era hacer la guerra, no parndose en averiguar contra quin
la hacan. Marchaban  combatir  los hombres porque estaban en la
capital; de haberse encontrado en Balmuff, hubiesen ido  combatir  las
mujeres, profiriendo gritos radicalmente contrarios con el mismo
entusiasmo y la misma voluntad de ser hroes.

El Hombre-Montaa adivin desde las primeras horas del da que algo
extraordinario estaba ocurriendo en la Ciudad-Paraso de las Mujeres.
Los constructores de la escollera le ordenaron, valindose de gestos,
que suspendiese el trabajo de acarrear grandes piedras. Los obreros que
las acoplaban se haban marchado, y el universitario que traduca las
rdenes no apareci en todo el da.

Los buques de guerra que navegaban siguiendo la costa para impedir que
el gigante se lanzase mar adentro se metieron en el puerto  se alejaron
 toda mquina, perdindose en la lnea del horizonte, como si se les
acabase de ordenar un rpido viaje. Los aparatos areos emprendieron el
vuelo, desapareciendo igualmente, y slo qued uno flotando en el
espacio, con el pico vuelto hacia la ciudad, pues  sus tripulantes
pareca interesarles ms lo que pasaba en ella que la vigilancia del
Hombre-Montaa.

Tambin haba disminudo considerablemente el nmero de los esclavos
encargados de su cuidado y vigilancia. Slo quedaban los ms viejos, y
fu para l una fortuna que hubiesen trado al amanecer la diaria
provisin de pescado. Gracias  esto, los servidores pudieron preparar
el caldero, y Gillespie, al cerrar la noche, encontr algo que comer, 
pesar del abandono que notaba en torno  su persona.

Pas una gran parte de la noche de pie, mirando hacia la ciudad. Su
estatura le permita abarcar con los ojos la mayora de sus barrios. El
halo rojo de la iluminacin dur hasta altas horas de la noche. Llegaba
 sus odos el vocero de la inmensa muchedumbre, sus aclamaciones
entusisticas, las canciones patriticas entonadas  coro y el estruendo
enardecedor de las msicas militares. Al mismo tiempo surcaban el
espacio, como si fuesen cometas de distintos colores, los ojos de las
mquinas voladoras con sus largas colas de luz. Abajo, en la obscuridad
del mar, se deslizaban igualmente otras estrellas con todos los fulgores
del iris. Por el aire y por el agua, un movimiento continuo y
extraordinario iba llevndose fuera de la capital miles y miles de
seres.

Sus servidores le gritaban de vez en cuando una palabra en el idioma del
pas, que l no poda entender. Le di, sin embargo, dos significados
semejantes, y estaba casi seguro de no equivocarse. Aquellos hombres
queran decir guerra  revolucin.

Indudablemente haba surgido el movimiento insurreccional que vena
preparando Ra-Ra. Qu sera de Popito?...

Acab por acostarse en la arena para dormir el resto de la noche,
dicindose que al da siguiente tendra noticias ms exactas de lo
ocurrido. No le iban  dejar olvidado en aquella playa. Fuesen los
vencedores unos  otros, se acordaran de l para tributarle honores
casi divinos, como lo prometa Ra-Ra,  para obligarle  trabajar y
darle mal de comer, como vena hacindolo el gobierno de las mujeres.

Al despertar en la maana siguiente, se vi completamente solo. Todos
sus acompaantes haban hudo. Esta soledad inquiet al Hombre-Montaa.
Nadie iba  traerle el pescado para el diario alimento, ni el agua
necesaria, ni la lea para hacerle hervir el caldero. Lo nico que le
tranquiliz, dndole la seguridad de no morir de hambre, fu ver que no
quedaba nadie en torno de l capaz de cortarle el paso.

El destacamento de soldados que vivaqueaba antes entre el puerto y la
playa haba desaparecido. Sobre su cabeza no vi una sola mquina
voladora ni sus ojos encontraron ningn buque enfrente de l. Salan de
la ciudad verdaderas nubes de aviones, algunos de ellos enormes hasta el
punto de poder transportar varios centenares de pasajeros. Pero todos se
alejaban en direccin opuesta, y lo mismo hacan las escuadras de buques
que abandonaban el puerto.

Llevaba una hora de pie, mirando hacia la ciudad, espiando las amplias
avenidas que alcanzaba  ver entre los aleros, y en las cuales
hormigueaba un pblico continuamente renovado, cuando sinti con
insistencia un cosquilleo en uno de sus tobillos. Al volver sus ojos
hacia el suelo, vi erguido en la arena, sobre las puntas de sus botas
para hacerse ms visible y moviendo los brazos,  un pigmeo, mejor
dicho,  un soldado, con casco de aletas y espada al cinto, el cual daba
gritos para llamar su atencin. Un poco ms all vi tambin una mquina
rodante en figura de tigre, que haba trado sin duda  este guerrero, y
era guiada por otro de la misma clase, aunque de aspecto ms modesto.

El gigante se sent en la arena lentamente, para no daar con el
movimiento de su cuerpo al enviado del gobierno. Porque Gillespie slo
poda imaginar que fuese un emisario del Consejo Ejecutivo este oficial
que brillaba al sol como si fuese todo l vestido de vidrio y adems
llegaba montado en un vehculo automvil de aspecto tan fiero.

Puso sobre la arena una de sus manos, y el militar mont en la palma con
cierta torpeza, que hizo sonreir al coloso. Para ser una mujer de
guerra, estaba demasiado gruesa y tena los pies inseguros. Fu subiendo
la mano poco  poco para que el emisario no sufriese rudos balanceos, y
al tenerla junto  sus ojos lanz una exclamacin de sorpresa.

--Profesor Flimnap!

La traductora salud quitndose el casquete alado, mientras apoyaba su
mano izquierda en la empuadura de su espada.

Iba vestida con un traje de escamas metlicas muy ajustado  sus formas
exuberantes, y pareci satisfecha del asombro del gentleman, viendo en
l un homenaje  su nueva categora y al embellecimiento que le
proporcionaba el uniforme. Con una concisin verdaderamente guerrera,
di cuenta  Gillespie de todo lo ocurrido.

El gobierno acababa de decretar la movilizacin contra los hombres
insurrectos, y ella, aunque por su carcter universitario estaba libre
del servicio de las armas, haba sido de las primeras en ofrecerse para
pelear por la buena causa. Consideraba esto un deber ineludible, por ser
nieta de una de las heronas de la Verdadera Revolucin. Pero Gurdilo,
su ilustre amigo, que mandaba ahora tanto como los altos seores del
gobierno, se haba negado  permitir que un profesor de sus mritos
fuese simple soldado y lo haba nombrado capitn, aunque en realidad no
mandaba tropa alguna.

Su obligacin militar iba  consistir en permanecer jauto al gobierno
escribiendo la crnica de la guerra y revisando las proclamas dirigidas
al pas, por si era posible agregarles nuevos toques de retrica.

--Venceremos, gentleman--dijo con entusiasmo--. Desde anoche estn
saliendo tropas para los Estados donde se han sublevado los hombres. Ya
le he dicho que stos disponen de una invencin, de una especie de nube
que los pone  cubierto de los rayos negros; pero aunque esto parezca de
gran importancia  ciertos varones ilusos, influir poco en el resultado
final. Si ellos pueden valerse, gracias  su descubrimiento, de las
armas antiguas que inventaron los hombres, nosotros tambin podemos
hacer uso de ellas, y las guardamos en mayores cantidades. Esta maana
hemos extrado de los archivos de la Universidad Central una estadstica
de todos los depsitos que existen en las otras universidades y se
hallan en poder del gobierno. Por cierto que esto me ha permitido
adquirir noticias sobre el Padre de los Maestros, que est enfermo de
gravedad, lo que origin ayer muchos comentarios.

Y con serena indiferencia, como si hablase de algo ocurrido muchos aos
antes, relat  Gillespie la misteriosa aparicin del poeta Golbasto
tendido en la arena de la playa y medio ahogado, as como la dolencia
extraa de Momaren y las murmuraciones de los que afirmaban que  la
misma hora lo haban llevado innime  su palacio unos desconocidos.

Parpade el gigante oyendo estas noticias, pero sin pronunciar una
palabra de comentario. No hubiera podido tampoco decirla aunque tal
fuese su voluntad, porque el profesor sigui su relato de la sublevacin
de los hombres.

--Los derrotaremos, gentleman. Hay que someter  esa canalla que
pretende resucitar las vergenzas y los crmenes de otros siglos. Lo que
ellos quieren es que volvamos  la guerra y al militarismo.

Y al decir esto se irgui, acaricindose con una mano las melenas
mientras apoyaba la otra en la empuadura de su espada, cuya hoja se
extenda horizontalmente ms all de sus exuberancias dorsales.

--Yo siento expresarme as--continu--porque usted es un hombre. Pero
hay hombres de distintas clases. Hubiese usted sentido orgullo anoche y
esta maana al ver cmo desfilaban miles y miles de varones que han
abrazado nuestra causa y desean morir en defensa del beneficioso rgimen
organizado por las mujeres.

El flamante capitn se interrumpi para mirar abajo, extrandose de la
soledad de la playa. Todos los servidores haban desaparecido.

--Esto no puede seguir as--dijo con autoridad--. Afortunadamente, yo
vuelvo  ser alguien en los presentes momentos, y remediar tal
desorden. No le prometo volverle hoy mismo  la Galera de la Industria,
donde usted se encontraba tan bien. Sera demasiado rpido el cambio y
los seores del Consejo Ejecutivo podran ofenderse. Pero yo hablar a
mi ilustre jefe Gurdilo, y es casi seguro que dentro de unos das
ocupar usted su antigua vivienda. Mientras tanto, cuidar directamente
de su alimentacin. Ahora manda su amigo Flimnap, y no morir usted de
hambre.

Sonri el profesor al acordarse de sus preocupaciones pecuniarias
algunos das antes, cuando intentaba ayudar  la alimentacin del
gentleman con sus modestos recursos.

Como era un guerrero influyente, poda regalar hasta la saciedad  su
adorado gigante distrayendo una parte mnima de los grandes depsitos de
materias nutritivas requisadas por el gobierno para las necesidades del
ejrcito.

--Va usted  comer mejor que en los ltimos das--dijo con el tono
maternal que emplea toda mujer cuando se ocupa de la alimentacin del
hombre que adora--. Le siguen gustando  usted los bueyes asados?...
Cuntos quiere para hoy, dos  media docena?

Iba  contestar el coloso, cuando un ruido extraordinario vino del lado
de la ciudad. Para el odo de Gillespie no era gran cosa: hubiese
equivalido en el mundo de los seres de su estatura al ruido que produce
el choque de dos guijarros,  al de varias bolas de espuma de jabn
cuando estallan. Pero el capitn Flimnap, que tena ms limitadas y por
lo mismo ms sensibles sus facultades auditivas, se estremeci de los
pies  la cabeza, vacilando sobre la mano del gigante.

Escuchaba por primera vez estos ruidos pavorosos, y aunque haba ledo
en las crnicas antiguas muchas descripciones del estruendo de las armas
inventadas por los hombres, nunca pudo suponerlo tal como era en la
realidad.

--Grandes dioses!--grit--. Son tiros! Disparos de armas de fuego!...
Y suenan cerca de la Universidad!... Adivino lo que ocurre. Tambin se
han sublevado los hombres en la capital, intentando apoderarse de
nuestro Museo Histrico. Pero el gobierno ha previsto el caso, y los
sublevados, en vez de llevarse las llamadas armas de fuego, son
recibidos en este momento por nuestras tropas, que emplean contra ellos
las mismas armas.... Otra vez disparos! Gentleman, djeme en el suelo
inmediatamente! Necesito ir all.... All no; al palacio del gobierno,
donde me buscan tal vez  estas horas para pedirme datos.

Y era tal su nerviosidad, que el gigante temi que se arrojase desde lo
alto de su mano. Dej al profesor-guerrero en la arena, y vi cmo
corra hacia su automvil-tigre y cmo escapaba ste  toda velocidad
hacia el puerto.

--Con tal que no olvide su promesa!--pens el Hombre-Montaa, que
empezaba  sentir el tormento del hambre.

El enamorado capitn era incapaz de abandonar un instante el recuerdo de
su protegido, y  la cada de la tarde, cuando ya desesperaba ste de
satisfacer su apetito, empezando  calcular la posibilidad de una
invasin de la capital en busca de comida, vi cmo avanzaban por la
playa unas cuantas mquinas rodantes, negras y sin adornos, de las que
servan para el avituallamiento del ejrcito. Sostenido por dos de ellas
reconoci un plato enorme, de los empleados en su servicio all en la
Galera de la Industria. Sobre este plato se elevaban, formando
pirmide, cuatro bueyes asados. En los otros vehculos llegaban montaas
de panes--cada uno de ellos del tamao de un grano de maz ante los ojos
del gigante--, pirmides de frutas enormes para los pigmeos, pero que
venan  ser del volumen de un caamn, y montones de quesos. Una
seccin de atletas agregados al ejrcito traa en varios vagones una
docena de toneles de agua.

Cuando toda esta gente se march, anunciando que volvera al da
siguiente con nuevos vveres, el gigante, sentado en la arena, pudo
saciar su hambre con holgura. Haca mucho tiempo que no haba saboreado
una comida igual. Hasta encontr agradable la existencia  la
intemperie, siempre que Flimnap cuidase de su alimentacin. Luego pens
que su enamorado capitn acabara por volverle  la Galera de la
Industria, apreciada ahora por l como un palacio maravilloso.

Pas la noche en un sueo profundo,  pesar de que llegaban hasta la
playa los rumores de la ciudad en continuo movimiento.

--Maana--pens-- primera hora, cuando me traigan el almuerzo, se
presentar Flimnap con nuevas noticias.

Pero transcurrieron muchas horas de la maana sin que llegase el
almuerzo ni el amable capitn. Pasado medioda, cuando el coloso, mal
acostumbrado por las abundancias de la noche anterior, empezaba  sentir
el tormento del hambre, vi avanzar  travs de la playa solitaria  un
pigmeo que, sin duda, vena en su busca.

No llevaba uniforme militar ni le segua vehculo alguno. Su vestidura
estaba compuesta de tnica y velo, como la de todos los hombres que no
eran esclavos.

Gillespie pens inmediatamente que tal vez era Ra-Ra  Popito, aunque
sin decidirse por ninguno de los dos, pues se senta desorientado por la
inversin de sus trajes. Cuando el recin llegado, hombre  mujer,
estaba todava  unos cuantos pasos, Edwin puso una mano en el suelo
para que montase en ella, y as lo hizo el pigmeo. Llevaba la cara
envuelta en velos, pero al quedar cerca de los ojos del coloso descubri
su rostro.

Experiment Gillespie una sorpresa que no por haberse repetido muchas
veces resultaba menos intensa. Miss Margaret Haynes!... Luego tuvo
que pensar, como siempre, que miss Margaret, aunque pequea, grcil y
delicada, no era tan diminuta, y que esta beldad pigmea slo poda ser
Popito.

Vi una Popito llorosa y humilde, que en nada haca recordar al doctor
juvenil y seguro de s mismo conocido das antes.

--Gentleman--gimi--, van  matar  Ra-Ra!

Y fu contando rpidamente todo lo que haba ocurrido el da anterior en
la Ciudad-Paraso de las Mujeres.

Los hombres de la capital se haban mostrado menos audaces que los de
otros Estados. Tal vez influa en ello la proximidad del gobierno y de
los grandes medios defensivos acumulados por ste. Adems, dicha
vecindad resultaba corruptora. La mayora de los varones, en vez de
seguir  los que peleaban por la emancipacin de su sexo, haban
preferido ayudar al gobierno de las mujeres.

--Esto no es extraordinario, gentleman. Tambin creo que en el mundo de
los Hombres-Montaas las gentes dan su sangre y mueren por intereses
completamente opuestos  sus propios intereses. Los pobres, vestidos con
un uniforme, pelean por conservar  los ricos su riqueza; los soldados,
cuando terminan las guerras, viven en la miseria, mientras los que se
quedaron tranquilos en sus casas se reparten las cosas conquistadas; las
mujeres ignorantes apoyan  los hombres que se oponen  las
reivindicaciones del sexo femenino. As son los absurdos de la vida.

El gigante asinti con un movimiento de cabeza, mientras Popito
continuaba su relato.

La insurreccin haba tenido que retrasarse un da, hasta que, al fin,
en la maana anterior, Ra-Ra, con unos cuantos miles de esclavos y
llevando como oficiales  muchos jvenes de los clubs varonistas, se
lanz al asalto de la Universidad para apoderarse de las armas
depositadas en el Museo Histrico. Se crean seguros de obtener la
victoria gracias  las mquinas productoras de una coraza vaporosa que
neutralizaba el efecto de los rayos negros. Una ligera interrupcin
ocurrida  ltima hora en el mecanismo de estas mquinas haba
ocasionado el retraso del movimiento insurreccional.

Pero el gobierno estaba advertido de l, y un batalln de muchachas de
la Guardia defenda la Universidad. Muchas de stas se lanzaron
espontneamente  manejar las armas antiguas, inventadas por los
hombres, siguiendo los consejos de un profesor que crea haber adivinado
su uso leyendo libros rancios.

La mayor parte de los fusiles no funcionaron. En otros se rompieron los
caones, matando  las amazonas que los manejaban. Pero los muy contados
que por casualidad pudieron enviar sus proyectiles contra los asaltantes
pusieron  stos en dispersin. Adems, los hombres, que no haban
escuchado nunca el estrpito de las armas de fuego, sufrieron el
sobresalto propio de la falta de costumbre.

El resto de la Guardia atac  flechazos  los insurrectos tenaces que
no queran huir, y Ra-Ra, con muchos de sus oficiales, cay prisionero.

--Hoy lo juzgan, gentleman, y es seguro que lo condenarn  muerte. Slo
usted puede salvarlo. No desoiga mi ruego.

Gillespie qued mirando  Popito con una fijeza dolorosa. La pobre
muchacha gema, sin apartar de l sus ojos lacrimosos, como si fuese una
divinidad en la que pona todas sus esperanzas. Empez  sentir la
clera de un celoso al ver que miss Margaret Haynes se preocupaba tanto
de Ra-Ra y lloraba por su suerte.

--Yo ser su esclava--deca la joven--; pero slvelo. Que l viva,
aunque yo pierda mi libertad para siempre.

Luego pens que Ra-Ra era una reduccin de su persona, y esto le hizo
encontrar ms lgica la conducta de miss Margaret,  sea de Popito. Pero
qu poda hacer l, pobre gigante, para salvarse  s mismo?... Qued
pensativo, mientras la joven, imaginndose que an intentaba resistirse
 sus ruegos, los repeta con una expresin trgicamente desesperada.

--Le suplico, miss Margaret--dijo Edwin--, que calle un momento y me
deje pensar.

Al oirse llamar as, crey Popito que verdaderamente sus lamentos
distraan al gigante, y permaneci silenciosa.

Por un fenmeno mental debido  la influencia irresistible de su
egosmo, Gillespie empez  pensar, contra su voluntad, en el antiguo
traductor convertido en guerrero. No le haba enviado el almuerzo y
seguramente tampoco le enviara la comida. Los pigmeos, ocupados en su
guerra de sexos, no se acordaban de l, y le dejaran morir de hambre.
El Hombre-Montaa, despus de llamar tanto la atencin, haba pasado de
moda, como esos artistas viejos que hicieron correr las muchedumbres
hacia su persona y acaban muriendo en un hospital. Adems, el capitn
Flimnap, arrogante y fanfarrn, pareca una persona diferente de aquel
profesor Flimnap bondadoso y simple que haba conocido. Entusiasmado por
sus ridculas tareas militares, permanecera ausente, sin comprobar la
exacta ejecucin de sus rdenes. Nadie se cuidaba de su alimentacin, y
l necesitaba comer.

--Salve usted  Ra-Ra!--volvi  repetir Popito, considerando, sin
duda, demasiado largas las reflexiones del gigante.

Este grito le hizo pensar de nuevo en el pigmeo revolucionario que era
l mismo. Poda dejarlo abandonado  la venganza de las mujeres?... No
equivala esto  un suicidio?...

Adems, miss Margaret estaba all, arrodillada en la palma de su mano,
tendiendo los brazos en actitud implorante, y no es correcto que un
gentleman se deje rogar por una seorita que pide proteccin, y ms si
esta seorita es su novia.

Mir hacia el puerto, que dominaba en gran parte con su vista. Luego
volvi los ojos hacia la cumbre de la colina ocupada por la Galera de
la Industria.

--Miss Margaret--digo con inflexiones cariosas de voz--, har lo que
usted me mande.

Pero reconociendo su error, se rectific, aadiendo:

--Doctor Popito, salvaremos  Ra-Ra y nos iremos de este pas, que va
resultando poco agradable.

Luego hizo preguntas  la joven para conocer las ltimas noticias de la
revolucin, y, sobre todo, si eran muchas las fuerzas militares que
haban quedado en la capital. Popito, satisfecha de las promesas del
gigante, habl con ms tranquilidad.

Las nuevas recin llegadas eran malas para el gobierno. Los hombres
haban suprimido la dominacin de las mujeres en catorce Estados; la
agitacin iba en aumento en toda la Repblica.

--Sin embargo, gentleman, yo no tengo el entusiasmo ciego de Ra-Ra, y
veo ms claramente que unos y otros. La revolucin de los hombres ha
fracasado. Su primera condicin de xito era la sorpresa, y sta ha
dejado de ser posible. Los hombres ya no pueden vencer en unos cuantos
minutos, como vencieron las mujeres gracias  los rayos negros. Esto no
es una revolucin, es una guerra, y una guerra largusima, igual  todas
las del pasado. Se sabe que empieza ahora, pero nadie puede decir cundo
terminar. El invento de la coraza vaporosa hecho por los hombres les ha
servido para poder utilizar las armas antiguas; pero estas armas son
viejsimas, y aunque las ha conservado mucho la limpieza de los museos,
estallan y revientan frecuentemente, por no poder resistir su ancianidad
las funciones ordinarias de la juventud.

Adems, las municiones son tan antiguas como las armas, y los
explosivos que duermen hace tantos aos en el atad metlico de las
cpsulas se inflaman de una manera caprichosa  insisten en seguir
silenciosos para siempre. De cada cien tiros sale uno. Las mujeres, por
su parte, al ver la impotencia de los rayos negros, apelan  las armas
de los hombres, aunque las manejan peor que stos. El gobierno quiere
fabricar nuevas municiones, y todas las universitarias dedicadas  la
ciencia estudian desde hace dos das incesantemente para resucitar los
secretos malignos y destructores de los varones, que voluntariamente
fueron olvidados.

Pero aunque los descubran, cmo aprendern las mujeres el manejo de
tanta cosa peligrosa y mortfera? Las prximas batallas,  tal vez las
que se estn dando en este momento, sern con armas blancas. Unos y
otros apelarn  la espada,  la lanza,  la saeta, como antes que
Eulame trajese los inventos de los Hombres-Montaas, y en esta lucha de
msculos y de agresividad feroz, el hombre va  acabar por vencer  la
mujer. Pero esto tardar tanto!... Antes de que la guerra termine sern
muchas las vctimas, muchsimas; entre las primeras figurar Ra-Ra, si
usted no lo remedia ... y yo morir.

Esto ltimo no poda tolerarlo Edwin Gillespie.

--Morir usted, miss Margaret ... digo Popito?

nicamente podra ocurrir una cosa tan absurda despus que l hubiese
muerto.

--Slvelo usted!--insisti la joven--. Llvenos lejos de aqu. Este es
un pas donde no queda sitio para nosotros.

De la misma opinin era el gigante. Volvi  mirar en torno de l, y vi
la playa desierta. Ni un solo carro de avituallamiento, ni un emisario
que le trajese explicaciones acerca de su futura alimentacin.
Decididamente, le haban olvidado.

Gillespie, ruborizndose un poco, empez  hablar con cierta dificultad,
como si abordase un tema algo inconveniente:

--Miss, los compatriotas de usted me han dejado en un traje poco
presentable. Verdaderamente, mi facha no es para acompaar  una
seorita. Usted va  venir conmigo, y yo no s dnde meterla, pues las
ropas ligeras que me cubren en este momento carecen de bolsillos.

Qued en actitud reflexiva, acaricindose la mandbula inferior con la
mano que tena libre, mientras sostena  la joven en la palma de la
mano opuesta.

--Se siente usted capaz de viajar montada en mi cabeza?

Popito,  pesar de sus tristes preocupaciones, contest con una plida
sonrisa.

Ella estaba dispuesta  seguir al gigante, arrostrando los mayores
peligros, para salvar  Ra-Ra. Deba tratarla como  un camarada, sin
miramiento alguno.

--Instlese usted ah como pueda.

Y al decir esto, el gigante levant su mano derecha, colocndola al
nivel de la cspide de su crneo. Popito salt entre los negros
matorrales de la cabellera, buscando un lugar  propsito para sentarse.

--Agrrese con fuerza  un mechn--dijo Gillespie--. No tema hacerme
dao. Todo lo que venga de usted es para m una caricia.

Despus de estas palabras galantes, aadi:

--Viajar usted un poco sacudida, pero la primera parte de nuestra
expedicin conviene que sea rpida. Vamos ahora, miss Margaret,  mi
antigua vivienda. Necesito mi traje y otra cosa que guardo all, sin la
cual reconozco que valgo muy poco. Creo recordar el camino, pero, si me
extravo, advirtamelo inmediatamente. Nos conviene llegar antes de que
nuestros enemigos hayan adivinado mi intencin.

Y empez  marchar  grandes zancadas, procurando mantener rgido su
cuello; pero esto no libr  la joven de un vaivn igual al de un navo
en un mar tormentoso. Agarrada  dos mechones de cabellos y contrayendo
sus brazos, se defendi de este rudo movimiento,  la vez que segua con
mirada atenta la marcha de su gigantesco portador.

--Muy bien, gentleman. Eso es. A la derecha!... Ahora siempre de
frente.

Haban llegado al puerto, y Gillespie, marchando por una avenida
exterior de la ciudad, avanz hacia la colina en cuya cspide se elevaba
su antigua vivienda. Las gentes del puerto, que estaban ayudando al
embarque de material de guerra para las islas amenazadas de sublevacin,
se esparcieron por las calles gritando la terrible noticia.

--El Hombre-Montaa se ha escapado!... El gigante se marcha de la
capital!...

Y todos, al oir esto, pensaban lo mismo. El coloso era hombre, y por
solidaridad de sexo iba indudablemente  unirse con los revolucionarios.
Los pesimistas levantaban las manos hacia el cielo, exclamando:

--Slo nos faltaba esta nueva calamidad!...

Cuando lleg la noticia al palacio del gobierno, ya pisaba Gillespie la
cspide de la colina. Al entrar en su antigua vivienda not
inmediatamente los efectos del abandono. Todo lo perteneciente  l
estaba en la misma situacin que lo dej al salir de all. nicamente,
en los extremos del edificio, las cocinas y la despensa mostraban un
desorden semejante al de una ciudad entregada al saqueo. La servidumbre,
antes de marcharse, lo haba robado todo.

Sonri el gigante al ver en el suelo sus pantalones y su chaqueta. Pero
su satisfaccin an fu ms grande al encontrar apoyado en la mesa el
enorme tronco arrancado por l de la selva de los emperadores.

Se llev una mano  la cabeza, buscando entre los mechones de su
cabellera  Pepito, y sta le grit varias veces: Estoy aqu!, para
que su voz sirviese de gua  los dedos. El Gentleman-Montaa la dej
cuidadosamente sobre la mesa cubierta de polvo, diciendo con voz
suplicante:

--Vulvase de espaldas, miss. Siento mucho tener que vestirme en su
presencia, pero nuestra situacin no es para entretenernos en escrpulos
de buena crianza. Termino en un momento.

Y el gigante, levantando sus ropas del suelo, se visti apresuradamente.

Luego, al empuar con su diestra la enorme cachiporra, le pareci que se
haban doblado su estatura y su vigor, sintindose capaz de suprimir de
un golpe  cuantos pigmeos intentasen cerrarle el paso.

--Ahora va usted  viajar con ms comodidad--dijo, tomando  Popito
entre dos dedos y elevndola sobre la mesa.

La introdujo en el bolsillo superior de su chaqueta, donde otras veces
haba guardado  Ra-Ra. Ya no necesitaba mantener su cuello rgido ni
marchar con cierta precaucin, temiendo que Popito cayese desde la
inmensa altura de la selva capilar que cubra su crneo. Ahora podra
moverse y correr cuanto quisiera, sin otro inconveniente que el de
sacudir un poco  la joven dentro de su encierro.

Se lanz fuera del edificio, en direccin  la ciudad, pero al dar los
primeros pasos por la pendiente de la colina vi que se cruzaba en su
camino una mquina rodante con cabeza de tigre, ocupada por militares.

El Hombre-Montaa levant su garrote con intencin de aplastar al
vehculo y los que iban en l. Bastaba para esto un simple golpe dado
con la parte gruesa del tronco. Pero reconoci al capitn Flimnap, que
le gritaba, abriendo los brazos:

--Detngase, gentleman! Adonde va?... Le pido perdn por el olvido de
que ha sido objeto. Los culpables son esas gentes de la administracin
del ejrcito, que, como no estn acostumbradas al nuevo servicio,
equivocaron mis rdenes. Pero vmonos  la playa; deben haber llegado ya
doce furgones llenos de vveres. Tiene usted preparada una comida
magnfica.

El gigante se encogi de hombros, como si no reconociese  su antiguo
traductor.

Luego pas sus pies por encima de la mquina rodante, con cierta
lentitud para no aplastarla, y continu marchando hacia la capital, sin
hacer caso de los gritos que lanzaba Flimnap al verse abandonado.




XV

Que trata de muchos sucesos interesantes, como podr apreciarlo el
curioso lector


Inclin la cabeza para hablar  Popito, que se haba asomado  la
abertura del bolsillo.

--Sepa usted, miss--dijo--, que vamos en busca de Ra-Ra. Dgame dnde lo
tienen preso; gue mis pasos.

Le fu indicando la joven las avenidas que deba seguir por las afueras
de la ciudad. Marchaban entre grandes edificios levantados cuando la
capital se ensanch  consecuencia de la Verdadera Revolucin.

La crcel donde guardaban  Ra-Ra era un antiguo cuartel que las tropas
femeninas haban abandonado por insalubre.

--Aqu--dijo Popito.

Y le seal con sus gritos y sus manoteos un edificio de paredes
sombras, con las ventanas cerradas.

Ante el paso del gigante huan las gentes dando gritos. Sus pies slo
encontraban un desierto repentino, mientras  sus espaldas se iba
levantando un bullicio enorme, pues el pblico se arremolinaba para
seguirle entre vaivenes de audacia y de pavor.

Aquella crcel estaba guardada por una tropa numerosa, compuesta de
mujeres flecheras y hombres barbudos de la polica montada. Al ver
aproximarse al gigante por el extremo de la avenida,  sea  una
distancia que habese exigido de cualquier pigmeo mil pasos para
correrla, todas estas tropas acudieron  las armas. Nadie pens en huir.
Las explosiones de entusiasmo y los cantos patriticos de los das
anteriores haban infundido  todos una audacia heroica.

Con slo media docena de zancadas lleg el coloso  la puerta de la
prisin, hundiendo sus pies en la muchedumbre armada. Las amazonas
enviaron  lo alto una nube de flechas contra su pecho y su cabeza,
mientras los jinetes de las cimitarras intentaban herirle en las
pantorrillas. Pero l, con un golpe de su garrote, abri anchsimo surco
en la masa de enemigos, enviando por el aire docenas de stos, y 
continuacin le bastaron varias patadas para desbaratar el resto de la
tropa. Todos los que an se mantenan de pie huyeron, dejando el suelo
cubierto de camaradas inertes  gimeantes.

Gillespie acometi inmediatamente  puntapis, la gran puerta del
edificio, y finalmente hizo de su cachiporra una catapulta, derribando 
los primeros embates las dos hojas chapadas de acero.

--Ra-Ra, hijo mo--grit  toda voz--, la salida est libre; huye y no
perdamos tiempo!

Saltando sobre las hojas rotas de la puerta aparecieron bajo su arco
varios hombres que parecan asombrados de su buena suerte y miraban en
torno, no sabiendo por dnde escapar. Deban ser los compaeros de
Ra-Ra. ste apareci al fin, y al ver al gigante con su arma aplastadora
y todo el suelo en torno de l cubierto de enemigos, grit con
entusiasmo:

--Victoria!... Marchemos inmediatamente contra el palacio y acabaremos
en un instante con el gobierno de las mujeres. Viva la emancipacin
masculina!...

Pero Edwin se haba inclinado sobre l, tomndole con sus dedos, y lo
elev hasta el mismo bolsillo donde estaba oculta Popito. Al hacer este
movimiento cayeron de su pecho muchas flechas que haban quedado medio
clavadas en el pao de la chaqueta.

--Lo que vas  hacer, querido Ra-Ra--dijo--, es quedarte quietecito
dentro de este bolsillo, donde encontrars una agradable sorpresa.
Crees que voy  perder el tiempo mezclndome en esta ridcula guerra
entre hombres y mujeres?... A callar! Es intil que protestes, porque
no te oir. Ahora ya no necesito guas; puedo moverme solo.

Y como su estatura le permita ver por encima de los tejados, se dirigi
hacia el puerto por el camino ms corto.

Ra-Ra, luego de quedar sumido en el fondo del bolsillo, se asom  su
abertura, braceando entre gritos de desesperacin. Pero el gigante no
quiso escuchar lo que juzgaba protestas polticas del revolucionario y
le di un golpe en la cabeza con uno de sus dedos, envindolo otra vez
al fondo del bolsillo.

Lleg Gillespie al puerto, teniendo siempre ante sus pies un ancho
espacio de terreno libre de gento. Todos huan  ambos lados de l,
pero era para juntarse luego que haba pasado, profiriendo gritos de
alarma y amenazas.

A la cabeza de esta muchedumbre rodaba el automvil-tigre de Flimnap. El
profesor, puesto de pie sobre el vehculo, iba arengando al gento.

--No le hagan dao!--deca--. Se ha vuelto loco; no puede ser otra
cosa; pero tratndolo con dulzura acabar por someterse.

Unos le escuchaban sin hacerle caso; otros, que haban visto de lejos el
exterminio realizado por el gigante ante la crcel, gritaban venganza.
Esta masa enorme y alborotada, sin organizacin alguna, en la que se
confundan militares y civiles, mujeres y hombres, avanzaba cada vez ms
rpidamente, hasta que se detuvo de pronto con un movimiento de
retroceso que se extendi hasta el centro de la ciudad, esparciendo la
alarma en las calles transversales. El gigante se haba detenido al
llegar al puerto, y la muchedumbre que le segua se detuvo igualmente.

Al ver llegar al Hombre-Montaa huyeron todos los que trabajaban en los
muelles trasladando  varios buques mercantes los vveres amontonados
para el avituallamiento del ejrcito y de la flota. El gigante avanz
por uno de estos muelles, anchsimo para los pigmeos, pero en el cual
tena que colocar sus pies con precaucin, como si marchase por lo alto
de una pared.

La muchedumbre lanz un grito de sorpresa y de rabia al darse cuenta de
la direccin que segua. Junto  este muelle se hallaba anclado el bote
que le haba trado de su remoto pas.

--El Hombre-Montaa va  escaparse!--gritaron miles de voces.

Otros se alegraron de esto, aceptndolo como una solucin beneficiosa
para el pas, ahora que necesitaba concentrar todas sus actividades en
la guerra contra los hombres.

Todos vieron cmo se inclinaba sobre los peascos que defendan el lado
exterior del muelle formando una lnea de rompeolas. Con una roca en
cada mano, levant la cabeza, mirando en torno de l inquietamente.
Desde el principio de su fuga le preocupaban ms los ruidos del aire que
las agresiones de los enemigos que marchaban sobre la tierra. Una
flotilla de mquinas voladoras representaba para l un peligro temible.

Son un zumbido de avin cerca de sus orejas y se puso en guardia; pero
al ver que slo era una mquina la que flotaba en el aire, sonri
satisfecho.

En aquel mismo momento los seores del Consejo Ejecutivo y sus ministros
deploraban haber enviado contra los hombres sublevados todas las fuerzas
areas existentes en la capital, y les ordenaban por medio de ondas
atmosfricas que volviesen con toda rapidez para exterminar al gigante.
Slo haba quedado un aparato volador, algo antiguo, para los servicios
extraordinarios, y su tripulacin estaba compuesta de seoras maduras,
movilizadas por la guerra, que haban permanecido largos aos sin
ejercer sus habilidades de guerreras del aire.

La mquina, que tena la forma de una paloma, no os aproximarse mucho
al Hombre-Montaa. Los aviadores que le aprisionaron durante su sueo al
desembarcar en el pas tampoco se habran atrevido  pasar ahora cerca
de su cabeza, como lo hicieron entonces. Haba que temer un golpe de
aquel rbol que le serva de bastn.

Gillespie oy un silbido, viendo al mismo tiempo ondular en el espacio
un serpenteo luminoso semejante  un relmpago blanco. Acababan de
arrojar sobre l uno de aquellos cables de platino de los cuales no
poda defenderse. Pero ech atrs la cabeza, y el brillante hilo pas
sin tocarle, retorcindose y doblando su extremo hacia arriba, como una
serpiente furiosa.

Las matronas de la mquina volante, que vean debajo de ellas  todo el
vecindario de la capital admirndolas, como si de su esfuerzo dependiese
la suerte de la Repblica, quisieron no marrar su segundo ataque, y para
ello hicieron descender la mquina ms cerca del gigante, aunque
mantenindola  tal altura que no pudiera alcanzarla con su garrote.

El Hombre-Montaa levant una mano y, antes de que los aviadores
lograsen enviar de nuevo su lazo metlico, asest  la mquina una
pedrada certera. El ave mecnica se desplom herida, flotando algunos
momentos sobre la copa azul del puerto, mientras las matronas
reservistas se salvaban  nado. Al fin se acost sobre una de sus
aletas, desapareciendo entre los crculos concntricos que haba abierto
en el agua.

Como Gillespie no vea otros enemigos areos, salt dentro de su bote,
lo que produjo en el puerto una enorme ondulacin que hizo danzar sobre
sus amarras  todos los buques de los pigmeos.

Rpidamente, el coloso haba amontonado con ambas manos varias rocas de
la escollera, arrojndolas en el fondo de su barca. Vi con placer que
la marinera de la escuadra del Sol Naciente haba dejado en su
embarcacin dos remos antiguos, as como una cesta, una paleta para
achicar el agua y otros objetos de menos valor. Todo lo dems, vveres y
ropas, se lo haban llevado el primer da de su llegada para exhibirlo
ante el gobierno y guardarlo, finalmente, en los arsenales de la ciudad.

Lo primero que procur fu librar el bote de las amarras puestas por los
pigmeos. Lamentaba no tener un simple cortaplumas para terminar ms
pronto, partiendo los cables que lo tenan sujeto. Dos de stos le unan
al muelle, atados  dos troncos de pino que hacan oficio de pilotes.
Gillespie, para no perder tiempo desenredando los nudos hechos por la
marinera enana, tir simplemente de estos cables, enormes para los
habitantes del pas, pero menos gruesos que su dedo meique, arrancando
los dos maderos de la tierra en que estaban clavados. Luego se dirigi
hacia la proa para levantar las anclas hundidas en el fondo del puerto.

Estas anclas eran recuerdos venerables de la poca posterior  Eulame,
cuando las naciones, en implacable rivalidad martima, se dedicaron 
construir buques inmensos, fortalezas flotantes de numerosos caones,
guarnecidas por miles de combatientes. Para Gillespie resultaban de un
tamao considerable, ms all de las proporciones guardadas por las
dems cosas de los pigmeos, pues eran tan largas casi como sus piernas.
Por esto tuvo que esforzarse mucho para arrancarlas del barro del fondo,
subindolas hasta el bote.

De pronto suspendi su trabajo al oir que le hablaban en ingls desde el
muelle. Era Flimnap. Todos sus compatriotas permanecan alejados despus
de haber visto que el gigante del rbol amenazador saba igualmente
aplastar  sus enemigos  gran distancia, valindose de rocas capaces de
destruir una casa  un buque. Gritaban contra l, pero se mantenan
aglomerados en las bocacalles, prontos  huir, sin atreverse  avanzar
al descubierto sobre los muelles. Slo Flimnap, siguiendo los consejos
de su amor y seguro de la bondad del gigante, se atrevi  ir hacia l.

--Gentleman--dijo con voz llorosa--, llveme con usted, ya que su
intencin es huir para siempre de esta tierra! Piense en m, se lo
suplico!... Cmo podr vivir cuando el Gentleman-Montaa se haya
marchado para siempre?...

Pero el Gentleman-Montaa mir sonriendo al grueso capitn y levant los
hombros. Luego le volvi la espalda, empezando  forcejear para subir la
segunda ancla.

--Llveme!--continu--. Qu voy  hacer en mi patria?... Al ver que
usted quiere marcharse, todas mis creencias se han derrumbado. Nada me
importa que perezca el gobierno de las mujeres, que triunfen los hombres
 que la guerra sea interminable. Lo nico que me interesa es mi amor.

Adems, gentleman, este pas me parece inmensamente triste y empiezo 
aborrecer  los que lo habitan. Creamos terminada para siempre la
guerra; era un monstruo de los tiempos remotos que nunca poda
resucitar; y ahora la guerra surge cuando menos lo esperbamos y nadie
sabe cundo acabar. Viviremos esclavos eternamente de nuestra barbarie
original, sin que haya educacin capaz de modificarnos?... Ser una
mentira el progreso?... Estaremos condenados  dar eternas vueltas, lo
mismo que una rueda, sin salir jams del mismo crculo?...

Pero el coloso no oa sus ruegos ni prestaba atencin  las preguntas
que iba formulando Flimnap, de acuerdo con sus hbitos de conferencista.
Lo que  Gillespie le preocupaba era salir del puerto cuanto antes. Ya
tena fuera del agua la segunda ancla, y empu los remos, empezando 
bogar de pie y mirando  la proa.

--Gentleman, llveme!--grit el amoroso catedrtico con un temblor
histrico en la voz y extendiendo sus brazos--. Yo no quiero vivir aqu.
Tmeme en su navo gigantesco  me arrojo al agua.

No supo nunca Gillespie si el enamorado capitn fu capaz de cumplir su
amenaza, pues se neg  volver el rostro. Pronto dej de oir la voz de
su antiguo traductor. Remaba tan vigorosamente, que con unas cuantas
paladas se coloc en el centro del puerto. De los buques mercantes
escapaban en masa las tripulaciones, por creer que el Hombre-Montaa
quera tomarlos al abordaje. Pero Gillespie puso su proa hacia el otro
lado del puerto, donde estaban los almacenes de vveres para las tropas.

Al saltar sobre el muelle, ste qued desierto. Por encima de las
techumbres de los almacenes vi un patio donde estaban puestas  secar
enormes cantidades de carne convertida en cecina. A puados arrebat
esta reserva alimenticia, arrojndola en el cesto que haba sacado del
bote. Tambin limpi otro patio de los vveres que guardaba formando
montones, y los deposit en el mismo cesto sin ningn orden.

Cuando estuvo otra vez en su embarcacin not que los muelles se iban
cubriendo de pigmeos. Eran soldados vestidos con vistosos uniformes y
que avanzaban denodadamente. Los que tenan arcos disparaban, pero sus
flechas caan mucho antes de llegar adonde estaba el gigante, lo que
hizo sonreir  ste despectivamente, no queriendo responder  la
agresin.

Hubo en la muchedumbre un movimiento de retroceso, y luego se abri
dejando paso  algo que provocaba aclamaciones de entusiasmo. Gillespie,
interesado por este movimiento, permaneci de pie en su bote, mirando
hacia dicho sitio.

Era que el Consejo Ejecutivo, para remedio de la inferioridad agresiva
de sus tropas, acababa de enviar varios caones de los ms grandes que
se conservaban en el Museo Histrico. Esta artillera gruesa databa de
los tiempos de Eulame, y la componan ocho piezas de asedio del tamao y
el calibre de un revlver de marca mayor, de los usados en el mundo de
los Hombres-Montaas.

Los guerreros femeninos empujaban con entusiasmo estas armas colosales,
colgndose de los rayos de sus ruedas para hacerlas avanzar. Momaren,
con la cabeza cubierta de vendajes y el aspecto dolorido, marchaba al
frente de varios profesores que se imaginaban conocer por sus lecturas
el manejo de tales monstruos de acero. Llor de emocin la muchedumbre
al ver que el Padre de los Maestros,  pesar de hallarse gravemente
enfermo, haba abandonado su cama para servir  la patria.

Tres caones fueron apuntados contra el gigante. Uno permaneci mudo,
por ms que los artilleros improvisados se agitaron en torno de l;
otro, al disparar, se acost de lado por haberse roto una de sus ruedas,
aplastando  los que pill debajo. El tercero funcion normalmente, y su
proyectil, en vez de tocar al coloso, ech  pique dos de los barcos que
estaban  la carga.

El estruendo de las explosiones, completamente nuevo para la mayor parte
de este gento, le hizo huir con ms rapidez que el miedo al coloso.
Gillespie no quiso dejar que sus enemigos continuaran ejercitndose en
el manejo de la artillera, y tom el achicador que estaba en el fondo
de su barca. Con esta paleta envi por el aire unas cuantas masas de
agua, que vinieron  desplomarse algunos metros ms all, sobre los
grandes caones y todos los que se movan en torno  ellos.

Momaren huy con sus profesores, perseguido por el enorme diluvio, y
hasta las amazonas ms dispuestas  morir se refugiaron detrs de las
piezas de artillera y de los armones chorreantes.

Edwin, empuando otra vez sus remos, procur salir rpidamente del
puerto. Nada le quedaba que hacer en l. Pero fuera de su boca le sali
al encuentro un obstculo inesperado.

La escuadra del Sol Naciente haba zarpado das antes, lo mismo que las
flotas areas, para combatir  los insurrectos, dejando solamente dos
buques  las rdenes del gobierno. Estos buques, mientras Gillespie
levantaba sus anclas y saqueaba los almacenes, haban embarcado una
parte de sus tripulaciones que se hallaban en tierra con permiso,
saliendo del puerto para combatirle, por creer sus capitanes que fuera
de l podran maniobrar mejor contra el barco gigantesco. Reconocan la
desigualdad de sus fuerzas al compararlas con el poder ofensivo de este
ltimo, pero haban recibido rdenes precisas de los gobernantes--todos
ellos de una ignorancia completa en las cosas del mar--, y marchaban al
ataque con el herosmo sombro del que sabe que va  morir intilmente.

Uno de los navos se coloc ante el bote de Gillespie, cortndole el
camino, al mismo tiempo que le enviaba una nube de pequeos guijarros
con sus catapultas; pero el gigante rem vigorosamente, cayendo sobre l
en unos segundos, y lo hizo desaparecer bajo el rudo choque de su proa.

En el mismo instante el bote qued inmovilizado con tal brusquedad, que
Edwin casi cay de espaldas. Mir en torno de l, sin distinguir nada
amenazante en el mar; pero sobre una de las bordas de su embarcacin vi
cmo se mova una especie de hilo de araa. Este filamento haba acabado
por pegarse  la madera, como si fuese un ser vivo, mientras su extremo
opuesto se perda en la profundidad acutica.

Era un cable igual  los de las mquinas areas. Gillespie adivin que
el segundo buque se haba sumergido y le enviaba desde el fondo sus
tentculos metlicos, animados y prensibles, que parecan poseer la
inteligencia de un ser viviente. Varios de estos cables deban estar
pegados ya  la quilla de su bote. Otro sali del agua, como una lombriz
de nerviosas contracciones, enroscndose en torno  uno de sus remos.
Iba  quedar all, prisionero del buque invisible, no ms grande que un
juguete, el cual lentamente tirara de l hacia el interior del puerto,
 le retendra inmovilizado, esperando que llegase la flota, avisada por
las comunicaciones atmosfricas.

Por primera vez en toda la tarde sinti el coloso la angustia del
peligro. Este adversario resultaba ms temible que todas las
muchedumbres aporreadas y perseguidas por l en las calles de la
capital. Cuando se consideraba libre para siempre de los pigmeos, era su
prisionero y slo poda esperar la muerte.

Asom cautelosamente su cabeza por las bordas de la embarcacin, pronto
 retirarla antes de que un nuevo cable viniera  enroscarse en su
cuello. Siguiendo la direccin de los filamentos hundidos en el agua,
crey ver un objeto negro que flotaba  pocos metros de la superficie.
Agarr una piedra, arrojndola en el mar con una fuerza que hizo surgir
chorros de espuma. Pero en vez de obtener su deseo, un nuevo cable se
elev amenazante sobre las aguas. Arroj otra piedra, y luego otra,
persiguiendo de este modo al terrible pez mecnico que daba vueltas en
torno  su bote.

Sinti un escalofro de angustia al darse cuenta de que slo le quedaba
un pedazo de roca como ltimo proyectil, y lo arroj con toda la fuerza
de su desesperacin, casi sin mirar, confindose al instinto y  la
suerte.

Se obscureci el agua con una dilatacin negra, como si se hubiese roto
en sus entraas una gran bolsa repleta de tinta. Subieron  la
superficie densas burbujas de gases, que estallaron con un estrpito
hediondo, y todos los cables se soltaron  la vez, cayendo inertes, como
los segmentos de una serpiente partida, como los tentculos de un pulpo
desgarrado.

Libre ya de este obstculo, Gillespie volvi  empuar los remos,
avanzando por unas aguas que la marina pigmea rehua el frecuentar. Puso
la proa hacia la barrera de rocas y espumas, obra de los dioses, que
limitaba el mundo conocido.

Despus de una hora de violento ejercicio, Gillespie, cubierto de sudor,
necesit despojarse de la chaqueta. Todava pendan de su tejido muchas
flechas, que le recordaron su primer choque con los soldados de la
Repblica femenina. La vista de ellas evoc en su memoria  los dos
compaeros de viaje, completamente olvidados hasta entonces.

Sosteniendo la chaqueta con una mano, meti la otra en el bolsillo
superior, extrayendo uno tras otro  los dos pigmeos para depositarlos
dulcemente en la popa de la embarcacin.

Ra-Ra se mostr sombro y ceudo, mirando al Hombre-Montaa con
hostilidad, como si recordase an el golpe que le haba dado con un dedo
para que permaneciese dentro del bolsillo. Al ver que el gigante,
hundiendo por segunda vez su mano en la tela, sacaba  su amada, le
grit con dureza:

--Tenga cuidado, monstruo!... La pobre Popito tal vez va  morir.

Edwin mir con asombro  la delicada joven, que, no pudiendo continuar
de pie, acababa de tenderse sobre la madera de la popa, mientras Ra-Ra
sostena su cabeza, arrodillado.

Gran Dios!... Miss Margaret Haynes, por otro nombre Popito, tena las
ropas manchadas de sangre. Su rostro estaba empalidecido por una lividez
mortal. Sus labios eran ahora azules, y una humildad dolorosa pareca
haber agrandado sus ojos.

Con acento de rencor, como si el gigante tuviese la culpa de la herida
recibida por su amada, Ra-Ra fu explicndole todo lo ocurrido desde que
sali de la crcel. Al caer en el fondo del bolsillo oy gemidos
dolorosos, viendo  continuacin cmo la dulce Popito chorreaba sangre.
Una de las muchas flechas dirigidas contra el Hombre-Montaa, al
clavarse en el pao de la chaqueta, la haba alcanzado con su punta.
Ra-Ra trep inmediatamente  la abertura para advertir al gigante; pero
ste, en vez de escucharle, lo golpe con uno de sus dedos, hacindole
caer de nuevo sobre el cuerpo de la joven herida. As haban permanecido
los dos mucho tiempo, sufriendo el ms horrible de los suplicios
encerrados en aquella bolsa agitada continuamente por los movimientos
que hizo el coloso para defenderse de la mquina voladora, para
desamarrar la barca, para inundar la artillera de los pigmeos y para
batirse al fin con los dos buques enemigos.

Era extraordinario que Popito viviese an. l haba vendado la herida
con pedazos de tela arrancados  su traje, y temblaba al pensar que la
delicada joven tal vez no pudiera resistir tantos sufrimientos.

--Usted tiene la culpa, gentleman. Por qu no nos dej en nuestra
patria? Por qu nos ha trado aqu, hacindonos sus esclavos?

Edwin lanz  su propia miniatura una mirada de desprecio.

--Viviras ahora si te hubiese dejado en tu pas?... No era necesario
que me defendiese para que los tres nos visemos libres?...

Y convencido de que Ra-Ra, por ser igual  l, slo poda decir
tonteras cuando estaba furioso, prescindi de su persona para ocuparse
nicamente de Popito. Era posible que miss Margaret fuese  morir
cuando l la haba salvado?... Volver atrs resultaba imposible; en la
tierra de los pigmeos slo les esperaba la muerte. Lo mejor era ir al
encuentro de los gigantes de su especie, para que aquella pobre joven
recobrase la salud. Pens adems que los buques de la flota, avisados
por el gobierno, navegaran ya  estas horas para darle caza, y era
necesario pasar cuanto antes la barrera de los dioses.

Gillespie volvi otra vez  empuar los remos, bogando con un vigor
maravilloso del que no se habra considerado capaz das antes. Le
pareci que el cansancio era algo que su cuerpo no poda conocer.
Tambin crey sobrenatural que el da se prolongase ms all de sus
lmites ordinarios. El sol pareca inmvil en el horizonte. Llevaba
horas y horas remando, sin que sus brazos se fatigasen y sin que el
astro diurno descendiese hacia el mar.

Popito, al permanecer fuera de su encierro, respirando el aire salino,
pareci reanimarse. Sonrea dulcemente, con la cabeza apoyada en una
rodilla de Ra-Ra. Sus ojos estaban fijos en los ojos de l, que la
contemplaban verticalmente. Despus, estrechndose las manos, paseaban
los dos sus miradas por aquel mar misterioso y temible, poco frecuentado
por los seres de su especie. Pasaron junto  una roca cubierta de
plantas martimas, en la que Gillespie slo hubiera podido dar unos
veinte pasos.

--Aqu est sepultado mi glorioso abuelo--dijo Ra-Ra. El mar se iba
rizando con largas ondulaciones que hacan cabecear al bote y hubiesen
representado un oleaje de tormenta para los buques de la escuadra del
Sol Naciente. Los dos amantes miraban con espanto el movimiento de la
enorme nave.

--Atencin, hijos mos!--dijo Gillespie--. Vamos  pasar la llamada
barrera de los dioses, y las rompientes nos sacudirn un poco.

Dobl su chaqueta sobre la popa y puso entre los pliegues  los dos
pigmeos. Luego sigui remando, de pie y con la vista fija en la lnea de
escollos, para enfilar  tiempo los callejones de espuma hirviente
abiertos en ella.

El bote se levant sobre las olas y volvi  caer, tocando varias veces
con su quilla los obstculos invisibles. Terminaron los sacudimientos al
quedar atrs la lnea de rocas submarinas, y un mar de azul obscuro y
profundo se extendi sin lmites ante la proa del bote.

--Entramos en el mundo de los Hombres Montaas--grit alegremente
Gillespie.

Despus de estas palabras se hizo inmediatamente la noche, y Edwin
sinti de golpe toda la fatiga de los esfuerzos que llevaba realizados.

Busc en su cesto de provisiones lo que le pareci ms exquisito,
depositndolo  puados sobre su chaqueta para que comiesen los dos
amantes refugiados en sus pliegues. l tambin comi, tendindose
despus en el fondo de la barca para dormir.

No pudo explicarse cmo el sueo le mantuvo bajo su dominio tantas
horas. Cuando despert, el sol estaba ya muy alto, pero no fu la
caricia custica de su luz la que le volvi  la vida. Unos gritos que
parecan venir de muy lejos, entrecortados por llantos, fueron el
verdadero motivo que le hizo salir de su sopor incomprensible. Ra-Ra le
llamaba.

--Gentleman, Popito se me muere!... Ya ha muerto tal vez!

Gillespie se irgui al escuchar esta terrible noticia. Era posible que
miss Margaret pudiese morir?...

La vi tendida entre dos dobleces del pao de su chaqueta, con la cabeza
sobre una arruga que haba preparado y mullido su amante para que la
sirviese de almohada. Estaba ms blanca que el da anterior, como si
hubiese perdido toda la sangre de su cuerpo. Abri los ojos y volvi 
cerrarlos repetidas veces despus de mirar  Ra-Ra y al gigante.

--Oh, miss Margaret!--suplic Edwin--. No se muera. Qu har yo en el
mundo si usted me abandona?...

Y el pobre coloso tena en su voz el mismo tono desesperado del pigmeo
Ra-Ra.

Como si necesitase contemplarla de ms cerca, pas una mano con suavidad
por debajo del cuerpo de Popito y puso igualmente sobre la palma  su
lloroso compaero, para no privarle ni un instante de la presencia de su
amada.

Sentado en el centro del bote permaneci mucho tiempo, con la diestra
cerca de los ojos, contemplando el grupo que formaban los dos pigmeos
enamorados.

Ra-Ra, arrodillado junto  ella, le tomaba las manos, hablndola
ansiosamente para que abriese los ojos una vez ms, y creyendo que
cuando los cerraba era para siempre.

--Oh, hermano de mis ensueos! Madre de mis alegras! Me oyes?... No
te mueras; yo no quiero que mueras. An quedan para nosotros muchos
soles dichosos y muchas lunas de amor. El Gentleman-Montaa nos llevar
 su pas, y las esposas de los gigantes sentirn asombro al verte tan
hermosa. Para las reinas de aquellas tierras ser una gloria llevarte
dormida sobre su pecho, pues no hay joya que pueda compararse en
hermosura contigo. Me oyes ... di ... me oyes?

Y el gigante, con su bronca voz, se una  este lamento acariciador,
repitiendo montonamente:

--No se muera usted, miss Margaret.... No se muera!

De pronto Ra-Ra lanz un chillido casi femenil:

--No me contesta.... Ha muerto!... ha muerto!...

As era. Haca mucho tiempo que l hablaba, sin que la joven pareciese
oirle. Su ltima sonrisa se haba inmovilizado, convirtindose en una
mueca fra y lgubre.

Ra-Ra levant uno de los brazos de su amada, y el brazo volvi  caer
con la inercia de la muerte. Entreabri sus prpados, y slo pudo
encontrar un globo vidrioso y empaado, del que haba hudo toda luz.

--Ha muerto, gentleman!--grit llorando como un nio.

Y el gentleman permaneca cabizbajo, mirando fijamente su mano, en cuya
palma acababa de desarrollarse la tragedia amorosa de su propia vida.

Pas mucho tiempo ... mucho! Ra-Ra, tendido junto al cadver y abrazado
 l, lloraba y lloraba incesantemente. Gillespie segua inmvil, sin
hacer ningn gesto de dolor, considerando intil la exteriorizacin de
su pena, pues contaba con un otro yo ocupado en derramar sus propias
lgrimas.

A la cada de la tarde, un fuerte deseo de actividad hizo salir  Edwin
de esta inercia. Un gentleman debe al cadver de la mujer amada algo ms
que una dolorosa contemplacin.

Pens en los cementerios de su Amrica, verdes, rumorosos, abundantes en
flores y mariposas, verdaderos jardines que sirven de lugar de cita 
los enamorados y asoman sus tumbas entre frescas arboledas al borde de
riachuelos que se deslizan bajo puentes rsticos. De estar all,
construira en uno de estos paseos, que con su sonrisa primaveral
parecen burlarse del miedo  la muerte, un gracioso monumento para
depositar  Popito, y la visitara todas las tardes llevndola un ramo
de flores. Pero aqu, en medio del mar, tan lejos de las tierras
habitadas por los hombres de su especie!...

Crey ver que el adorable cuerpo de miss Margaret empezaba 
descomponerse. Tal vez era ilusin de sus ojos, pero el mrmol de su
palidez pareca haber tomado un tono verdinegro, con estras que
denunciaban la podredumbre interior. Resultaba preferible no presenciar
la desagregacin material y desesperante de este cuerpo adorado. Adems,
su deber era darle sepultura inmediata en el mar, ya que no poda
hacerlo en tierra.

Tom  un mismo tiempo con sus dedos el cadver de Popito y el cuerpo de
Ra-Ra, depositndolos de nuevo sobre la chaqueta. Luego hizo una rebusca
entre los objetos amontonados en la barca despus del registro realizado
por la marinera de la escuadra del Sol Naciente, y encontr una pequea
caja de cigarros que l haba tomado en su camarote al ocurrir la
voladura del paquebote. Los pigmeos la haban dejado vaca despus de
llevarse las seis columnas de hierba prensada, obscura y picante que
contena su interior, tan altas como sus cuerpos. Esta caja iba  ser el
fretro de la dulce Popito.

Empezaba  ponerse el sol, cuando Gillespie pas  la popa con la cajita
en su diestra. Ra-Ra, como si presintiese el peligro, se puso de pie, y
al fijarse en la mano del gigante adivin su intencin, gritando con voz
desesperada:

--No quiero!... No quiero!

Luego, comprendiendo que su resistencia resultara intil ante las
fuerzas del coloso, apel  la splica:

--Djela aqu, gentleman. Por qu me la arrebata? Esa tumba que quiere
darle es tan enorme, es tan fra!... Usted es bueno, gentleman; usted
me ha protegido siempre. Atienda mis ruegos.

Pero el gigante le hizo retroceder con el dorso de una de sus manos,
tomando despus el cadver para depositarlo en la cajita.

Iba  cerrar su tapa, cuando Ra-Ra se abalanz sobre ella.

--Mtame  m tambin--dijo--. Donde Popito vaya debo ir yo. Nos lo
hemos jurado muchas veces. Por qu se empea en separarnos?...

La mano del gigante volvi  repelerle, mientras dos lgrimas se
desplomaban de los ojos de Gillespie, cayendo en el interior de la
cajita.

Cerr lentamente la tapa, volviendo con una presin de sus dedos  hacer
penetrar las tachuelas en sus antiguos orificios.

Ya se haba ocultado el sol, dejando en el horizonte una barra roja
entre vapores flotantes de oro mortecino.

Otras dos gotas enormes de llanto vinieron  caer sobre la cubierta del
improvisado atad.

Mientras tanto, Ra-Ra lanzaba continuos lamentos, iguales  los aullidos
de una bestezuela herida muy lejos ... muy lejos....

--Adis, Margaret!--murmur Edwin.

Y sacando un brazo fuera del bote, dej caer la caja de cigarros.

Flot sobre el agua unos instantes, y luego se fu al fondo bajo el peso
de alguien que acababa de arrojarse sobre ella.

Era Ra-Ra, que haba saltado fuera de la embarcacin para abrazarse al
fretro, desapareciendo con l.

Y Edwin Gillespie, como si temiera quedarse solo, obedeciendo  una
voluntad superior y misteriosa que le empujaba con fuerza irresistible,
imit  Ra-Ra, lanzndose tambin de cabeza en el mar.




XVI

Donde el Hombre-Montaa deja de ser gigante y da por terminado su viaje


Se vi envuelto en pegajosa obscuridad. Una fuerza voraz tiraba de l,
absorbindole. As fu descendiendo  las regiones inferiores, donde las
tinieblas eran an ms densas.

Brace desesperadamente al sentir las primeras angustias de la asfixia,
dando al mismo tiempo furiosas patadas en el ambiente lquido. Tena la
certeza de que iba  morir ahogado, y esto mismo comunicaba  sus
fuerzas un nuevo vigor.

--No quiero morir, no debo morir!--se deca Edwin.

El egosmo vital se haba apoderado de l, borrando las tristezas
sentimentales de poco antes. Ya no se acordaba de la dulce Popito ni de
Ra-Ra, suicida por amor. Este pigmeo poda matarse, era dueo de su
vida, y l no pensaba negarle el derecho  disponer de ella. Pero el
Gentleman-Montaa no alcanzaba  comprender en virtud de qu razones
deba imitar al otro, solamente porque se parecan, como una persona se
asemeja  un retrato suyo en miniatura.

Como el joven americano deseaba prolongar su vida, agit brazos y
piernas, no sabiendo en realidad si el abismo segua absorbindolo  si
lograba remontarse poco  poco hacia la superficie.

Su deseo era terminar lo ms pronto que fuese posible esta vida flotante
y anormal, en la que su cuerpo tena que luchar contra las leyes
fsicas, trabajando desesperadamente por libertarse de los tirones de la
gravitacin. Slo aspiraba  encontrar un punto de apoyo, algo slido
que poder asir con sus manos.

Tan vehemente era este deseo, que no tena en cuenta la magnitud del
objeto. Una botella cerrada, un simple tapn flotante, bastaran para
sostener todo su cuerpo. Lo esencial era encontrar donde agarrarse.

Y de pronto su mano derecha sinti el duro contacto de una madera pulida
y firme.

Se cogi  ella con la crispacin del que va  morir; la oprimi como si
pretendiese incrustar sus dedos en la venosa y compacta superficie.
Despus peg  ella su otra mano, y, apoyndose en este sostn, fu
elevando todo su cuerpo.

Tan grande resultaba la violencia del esfuerzo, que la madera cruji,
esparciendo un sonido de rotura  travs del ambiente lquido y
pegajoso.

Poco  poco sac la cabeza fuera del agua y vi que haba cerrado la
noche. Pero la lobreguez nocturna estaba cortada por el resplandor de un
sol rojo cuyos rayos parecan de sangre flida.

Este sol lo tena sobre su cabeza,  instintivamente volvi los ojos
para verlo. Era simplemente una lamparilla elctrica resguardada por un
vidrio cncavo.

Aturdido por tal descubrimiento, cerr los ojos para condensar sus
sentidos y poder apreciar lo que le rodeaba sin absurdos
fantasmagricos. El hecho de que el sol se convirtiese de pronto en una
lmpara elctrica le hizo sospechar que estaba dormido  que el descenso
al abismo ocenico haba perturbado sus facultades mentales.

Volvi  abrir los ojos, limitndose  mirar enfrente de l. Lo primero
que vi fu sus pies descansando sobre algo que estaba ms alto que el
suelo; despus contempl este suelo, que era de madera limpia y
brillante, con ensambladuras muy ajustadas; y ms all, como ltimo
trmino, una barandilla recubierta exteriormente de lona pintada de
blanco. Sobre esta baranda se abra una obscuridad misteriosa que
pareca exhalar el aliento salitroso del infinito.

Sinti dolor en las manos  causa de la tenacidad con que estaban
agarradas al objeto providencial que le haba servido de punto de apoyo
en su agona de nufrago.

Los ojos de Gillespie, todava mal abiertos, siguieron la longitud de
uno de sus brazos, en busca de las manos, para encontrarlas al fin
agarradas  una madera de color de manteca, pulida y brillante. Esta
madera afectaba una forma que no era desconocida para Edwin.

Despus de examinarla con los titubeos de un entendimiento todava
confuso, acab por descubrir que era el brazo de un silln. Una vez
hecho este descubrimiento, todo lo dems result fcil para l; sus
facultades despertaron instantneamente, ayudndose unas  otras.

Se di cuenta de que estaba sentado en un silln, con las piernas
extendidas. Luego se incorpor, soltando el brazo de madera, que dej
oir un nuevo quejido de quebrantamiento al verse libre de la desesperada
opresin. Rpidamente fu reconociendo el verdadero aspecto de todo lo
que le rodeaba. El sol rojo no era mas que una lmpara elctrica de las
que alumbran el puente de paseo de un paquebote.

Gillespie tard en reconocer el buque. Qu haca l all?... Quin le
haba trado?... Quiso echar una pierna fuera del silln, y su pie
tropez con algo que resbalaba sobre la madera lanzando un susurro, como
de frote de papeles.

Al avanzar su cabeza vi un libro cado, que tena el lomo en alto,
ostentando en su tapa de colores un hombre con casaca  la antigua, las
piernas en forma de comps, y pasando entre ellas un ejrcito de
pigmeos. La vista de este dibujo le ayud  despertar completamente,
reanudando el funcionamiento de su memoria.

No haba hecho mas que dormir, como tantos protagonistas de cuentos y
comedias, soando con arreglo  su ltima lectura y viendo las escenas
de su ensueo lo mismo que si realmente transcurriesen en la realidad.

Sinti un escalofro, y ponindose de pie, mir su reloj. Eran las ocho.
Los pasajeros deban estar ya terminando de comer. Al extremo de la
cubierta de paseo jugueteaban tres nios vigilados por una institutriz.
Tal vez les perteneca aquel libro que haba hecho pasar  Gillespie
cuatro horas de continuos ensueos, inmvil en un silln, mientras por
el interior de su crneo desfilaban las escenas de una historia tan
interesante como inverosmil.

Al verle despierto y de pie, los nios hicieron esfuerzos por ocultar
sus risas. Deban haber pasado muchas veces ante su asiento,
contemplando cmo se agitaba y hablaba en voz baja sin dejar de dormir.

La risa sofocada de los tres y de la institutriz le hizo abandonar el
puente, bajando  los salones del paquebote. El americano, despus de
tanto soar, senta hambre, un hambre slo comparable  la que haba
sufrido cerca del puerto de la Ciudad-Paraso de las Mujeres mientras
esperaba intilmente el envo de vveres prometido por la enamorada
Flimnap.

Pero la evocacin de esta parte material de su ensueo sirvi para
resucitar en su memoria la imagen de la dulce Popito y la escena de su
muerte.

Pepito era miss Margaret, y al recordar cmo haba fallecido sobre una
de sus manos y cmo la haba arrojado al agua, se sinti invadido por
los ms tristes presentimientos.

Reconoci de pronto que los supersticiosos no son dignos de burla, como
l haba credo siempre. Se imagin que todo lo que llevaba visto en
sueos no era mas que una preparacin para llegar  la muerte de Popito
y que esta muerte deba considerarla como un aviso de las potencias
misteriosas que rigen el curso de la vida humana.

--Miss Margaret ha muerto, estoy seguro de ello--se dijo el joven.

Y en el comedor, cada vez ms solitario, pues los pasajeros abandonaban
ya las mesas, Gillespie dej intactos todos los platos que le present
el camarero.

--Ha muerto, ha muerto indudablemente.

Cuando vi entrar al encargado de la telegrafa sin hilos del paquebote,
mirando  un lado y  otro, con un pequeo sobre en una mano, Edwin se
incorpor para atraer su atencin.

Estaba seguro de que le buscaba  l, trayndole la ms fatal de las
noticias.

Efectivamente, el telegrafista fu hacia su mesa y le entreg el
despacho.

Gillespie abri el sobre con mano temblorosa, buscando inmediatamente la
firma del telegrama. Lo que l haba pensado!... El despacho iba
suscrito por mistress Augusta Haynes.

No consider necesario leer las lneas del texto. Para qu?... Slo un
acontecimiento terrible poda obligar  esta seora, tan enemiga suya, 
enviarle un telegrama.

--Ha muerto; efectivamente, ha muerto.

Danzaron ante sus ojos las luces del comedor; despus se fueron
debilitando, como si les faltase la fuerza del fluido. Un velo acutico
acababa de correrse entre sus ojos y estas luces. Y para que los
pasajeros retardados no le viesen llorar, Edwin Gillespie inclin la
cabeza permaneciendo as mucho tiempo.

Al fin volvi  abrir el despacho instintivamente, para leerlo lnea por
lnea. Senta el deseo amargamente atractivo que nos impulsa  paladear
los grandes dolores. Necesitaba saber cmo haba sido su desgracia,
conocerla detalle por detalle, rebuscando entre las palabras inmviles y
secas del telegrama la vibracin de aquella catstrofe, sin inters para
el resto de los humanos, pero la ms grande que poda ocurrir en el
mundo para la madre y para l.

Se movi en su asiento nerviosamente al leer las primeras palabras.
Miss Margaret no haba muerto!... La madre le deca simplemente que su
hija estaba enferma, muy enferma, y para que recobrase la salud, ella
rogaba  Gillespie que regresase cuanto antes  los Estados Unidos.

Qued aturdido por el texto inesperado del despacho. Experiment una
gran alegra, avergonzndose  continuacin de ella. El desesperado
pesimismo que haba sentido en los primeros momentos se reprodujo,
hacindole buscar en el telegrama la parte ms alarmante,  sea las
primeras palabras.

Qu importaba que la orgullosa seora, olvidando la altivez con que
siempre le haba tratado, se humillase hasta formular este
llamamiento?... Lo concreto, lo seguro, era que Margaret estaba muy
enferma. Para que mistress Augusta Haynes se decidiese  llamar al
ingeniero Gillespie--pretendiente que nunca haba sido de su gusto--era
preciso que la hija estuviera en verdadero peligro de muerte. Y l que
se hallaba al otro lado del mundo, separado por una navegacin de varias
semanas!...

Pas la noche sin dormir, saltando de su lecho para pasear por el puente
y volviendo  meterse en el camarote con un deseo siempre incumplido de
lograr un poco de sueo.

--Quin sabe si ya habr, muerto!--pensaba tenazmente bajo el influjo
de su pesimismo--. Cuando la madre ha enviado este despacho, es
indudable que Margaret va  morir.... Y yo sin poder realizar los
deseos de esa seora, que parece me espera con ansiedad!... Qu idea la
ma de emprender un viaje  estas tierras remotas!

Despus del amanecer subi  la ltima cubierta, paseando cerca del
puente de mando para poder hablar con alguno de los oficiales.

Encontr  uno que no se pareca en nada al que haba visto durante su
ensueo, ocupando juntos el mismo bote cuando abandonaron el buque
prximo  hundirse.

Quiso saber los medios ms seguros para regresar  los Estados Unidos
cuanto antes, y el oficial le habl de un paquebote que partira de
Melbourne horas despus de la llegada de ste en que iban ellos.

La buena noticia anim un poco  Gillespie, hacindole pensar en la
remota posibilidad de que sus asuntos pasionales obtuviesen finalmente
una solucin dichosa.

Cuando se diriga al comedor en busca del desayuno, escuch su nombre.
Era el empleado del telgrafo, que le buscaba para entregarle un nuevo
despacho.

Sinti que toda su sangre aflua al corazn, dejando sus miembros en una
frialdad cadavrica. Despus el torrente sanguneo refluy con
violencia, esparciendo por todo su cuerpo una picazn custica.... Lo
que l haba presentido durante la noche iba  realizarse. El primer
telegrama de la madre era una especie de preparacin para que el dolor
lo fuese recibiendo por gradaciones. Le haba anunciado que Margaret
slo estaba enferma, para horas despus enviarle un segundo telegrama
con la terrible noticia de su muerte.... Y el telegrama estaba all al
alcance de su mano.

Pero el telegrafista, un jovenzuelo de ojos maliciosos, le miraba
sonriente, y se adivinaba en su sonrisa algo que tal vez tena relacin
con el despacho.

En el primer momento Gillespie se sinti tan irritado por esta
jovialidad, completamente en desacuerdo con su dolor, que hasta tuvo el
propsito de gratificar al joven con un puetazo entre ambas cejas.
Despus pens que el telegrafista estaba enterado indudablemente de lo
que contena el sobre, y era inverosmil que entregase sonriendo una
noticia de muerte.

Hasta se imagin que su sonrisa actual era continuacin de otras
sonrisas anteriores que no haba podido reprimir mientras con un lpiz
en la mano y el casco de orejas metlicas en la cabeza escriba las
palabras misteriosas llegadas  travs de la atmsfera.

Gillespie le arrebat el despacho para abrirlo.... Oh Dios! La firma
de miss Margaret!

Y despus de leerlo en un silencio entrecortado por su respiracin
jadeante, empez  reir. Luego dijo en voz alta, con tono de admiracin
y regocijo:

--Oh, las mujeres! Quin podr nunca luchar con las mujeres?

Salud el telegrafista, asintiendo  estas palabras, y sus ojos
parecieron decir: El gentleman tiene mucha razn.

Luego se march para que Edwin pudiese volver  leer con toda calma
aquel papelillo que contena todo un mundo de felicidad.

La dulce miss Margaret Haynes le telegrafiaba para ordenarle que
volviese cuanto antes, aadiendo que si haba recibido un despacho de su
madre con la noticia de que ella estaba gravemente enferma no hiciese
caso alguno.

Su salud era mejor que nunca; pero haba necesitado fingirse enferma
durante un mes, con gran abundancia de melancolas y llantos, y hasta
privarse de bailar en tanto tiempo. Esto ltimo era lo que haba
asustado ms  la madre, hacindola creer en una muerte prxima; y como
amaba mucho  su hija, la grave seora haba acabado por acceder  su
matrimonio con el ingeniero.

La consideracin de que Margaret haba podido privarse de bailar durante
cuatro semanas para casarse con Edwin conmovi  ste profundamente.
Adorable criatura!... Imposible pedir mayor sacrificio!... Ay!
Cmo deseaba tenerla en sus brazos, de cinco  siete de la tarde, en
cualquier hotel de las riberas del Atlntico  del Pacfico, bailando al
son de una orquesta de negros, cadenciosa y disparatada!

Su impaciencia le hizo subir otra vez al puente, en busca del mismo
oficial.

--Cundo llegaremos  Melbourne?

--Dentro de tres horas.

--Est usted seguro de que el otro vapor sale en seguida para San
Francisco?

--Zarpar lo ms tarde maana al amanecer.... Tal vez salga hoy, y
tendr usted que moverse mucho para obtener un buen camarote y trasladar
su equipaje.

Oh, Providencia, que alguna vez te acuerdas de los enamorados!...
Gillespie, despus de tales noticias, baj al camarote para preparar sus
maletas. Pero mientras cumpla este trabajo mecnico, su imaginacin
empez  galopar por los campos del futuro, creando instantneamente las
escenas ms risueas.

Se vi unido  miss Margaret Haynes, que haba pasado  ser mistress
Gillespie. Recorri la casa que habitaran en Nueva York, improvisando
en unos segundos, sin gasto alguno y sin discusiones con los
proveedores, todas sus piezas, amuebladas con gran comodidad.

Despus, dando una cabriola sobre el obstculo de diez aos, se
contempl entre varios nios hermosos, bien vestidos y de una gracia
conmovedora, iguales  los que se muestran en los escenarios de los
teatros y en el lienzo luminoso de los cinemas.

La seora Gillespie, mam de todos ellos, estaba ms bella que nunca,
con ese esplendor de verano hermoso que proporciona la maternidad y un
aterciopelamiento azucarado de fruto en plena sazn.

Pero de pronto su fantasa optimista se estremeci, dando un salto
atrs. Acababa de ver  alguien que haba olvidado. La solemne mistress
Augusta Haynes pas ante sus ojos. Cmo se portara con l?... Sera
la serpiente del paraso que acababa de crear?...

Su optimismo acab por no tener en cuenta el aspecto imponente y duro de
la madre de Margaret. El fondo de su carcter tal vez era bondadoso,
como afirmaba la hija.

--Y si no lo es?... Y si no lo es?...

Gillespie, ante tal duda, se sinti con un alma enrgica hasta la
crueldad.

Lo que l deseaba era que Margaret le amase siempre. Contando con el
cario de su esposa, no haba suegra que le infundiese miedo.

Nueva York y San Francisco estn  orillas del mar, y l se acord de lo
que haba hecho cierta noche, estando en la playa, con el ilustre
Momaren, Padre de los Maestros y madre de la dulce Popito.

Y lo que hace un gigante puede repetirlo igualmente un simple hombre,
siempre que no le falte buena voluntad.



         FIN



         NDICE


         AL LECTOR

     I.--Frente  la Tierra de Van Diemen
    II.--Noche de misterios y despertar asombroso
   III.--De cmo Edwin Gillespie fu llevado  la capital de la Repblica
    IV.--Las riquezas del Hombre-Montaa
     V.--La leccin de Historia del profesor Flimnap
    VI.--Donde el profesor Flimnap termina su leccin
   VII.--El ms grande de los asombros de Gillespie
  VIII.--En el que el Padre de los Maestros visita al Hombre-Montaa
    IX.--Donde el gigante va de caza y Popito expone sus ideas sobre el
         gobierno de las mujeres
     X.--En el que se ve cmo el Hombre-Montaa conoci al fin la
         Ciudad-Paraso de las Mujeres, y la deplorable aventura con
         que termin esta visita
    XI.--Que trata del discurso pronunciado por el senador Gurdilo y de
         cmo el Hombre-Montaa cambi de traje
   XII.--De cmo Edwin Gillespie perdi su bienestar y le falt muy poco
         para perder su vida
  XIII.--Donde se ve como unos pigmeos bigotudos intentaron asesinar al
         gigante
   XIV.--Lo que hizo el Gentleman-Montaa para que Popito no llorase ms
    XV.--Que trata de muchos sucesos interesantes, como podr apreciarlo
         el curioso lector.
   XVI.--Donde el Hombre-Montaa deja de ser gigante y da por terminado
         su viaje













End of Project Gutenberg's El paraiso de las mujeres, by Vicente Blasco Ibanez

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Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Each eBook is in a subdirectory of the same number as the eBook's
eBook number, often in several formats including plain vanilla ASCII,
compressed (zipped), HTML and others.

Corrected EDITIONS of our eBooks replace the old file and take over
the old filename and etext number.  The replaced older file is renamed.
VERSIONS based on separate sources are treated as new eBooks receiving
new filenames and etext numbers.

Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     https://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.

EBooks posted prior to November 2003, with eBook numbers BELOW #10000,
are filed in directories based on their release date.  If you want to
download any of these eBooks directly, rather than using the regular
search system you may utilize the following addresses and just
download by the etext year.

     https://www.gutenberg.org/etext06

    (Or /etext 05, 04, 03, 02, 01, 00, 99,
     98, 97, 96, 95, 94, 93, 92, 92, 91 or 90)

EBooks posted since November 2003, with etext numbers OVER #10000, are
filed in a different way.  The year of a release date is no longer part
of the directory path.  The path is based on the etext number (which is
identical to the filename).  The path to the file is made up of single
digits corresponding to all but the last digit in the filename.  For
example an eBook of filename 10234 would be found at:

     https://www.gutenberg.org/1/0/2/3/10234

or filename 24689 would be found at:
     https://www.gutenberg.org/2/4/6/8/24689

An alternative method of locating eBooks:
     https://www.gutenberg.org/GUTINDEX.ALL


